sábado, 21 de enero de 2017

EL VAGÓN

Era tarde y estaba cansada. Subí en aquel tren que me alejaba de mi vida, dejándo allí mi motivo. Me acurruqué en el vagón, rodeada de gente pero sola, sin importarme nada de lo que ocurría en aquel lugar,o eso creía yo. Ella entró ocupando un espacio inexistente, tropezando casi intencionadamente con aquellas sombras que se acomodaban para el viaje. Se sentó desparramando su cuerpo en un asiento casi ridículo para aquel pedazo de vida teñida de un rubio casi imposible. Lo que debía ser algo imperceptible se convirtió de repente en mi curiosidad. Se quitó la cazadora como si se estuviera retirando toda la piel del cuerpo, sin importarle aquel chico de rizos que intentaba esquivarla de sus airados y sinuosos movimientos. Se convirtió en un segundo en la niña de mis ojos. Abrió aquel mundo de bolso y comenzó a montar su mesa quirúrgica: el "Diario de Ana Frank" a la derecha, su móvil dorado a la izquierda, su megacámara de fotos plateada enfrente y su inmensa melena apoyada sobre su hombro y ya de paso, sobre el hombro de su anónimo compañero de viaje. Ni decir que me conquistó desde el primer momento, ansiosa de saber con que instrumento comenzaría su viaje. Cogió el libro, tapas blandas sin un solo uso, lo abrió como si del mismísimo Quijote se tratara, y cerrando ligeramente sus ojos comenzó a leerlo por la primera página. Me tardaba la segunda cuando diez minutos después con desparpajo, cerró el libro como si de una concha de ostra asustada se tratará y esbozó un suspiro. Ya, ya lo había leido, era suficiente por hoy. Llegó el momento del móvil dorado, tecleando con una sola mano y componiendo una melodía en cada toque de letra, orgullosa de su dominio. Tentada estuve de intentarlo yo, pero no, sólo tengo tres falanges en cada dedo, ella no, estoy segura. De pronto, algó falló en aquella máquina del diablo, resopló y me temí lo peor, y eso ocurrió: cual mismísimo demonio empezó a desmenuzar el teléfono. Fuera tapa posterior, fuera batería, fuera tarjeta de memoria, fuera ... todo fue arrojado a aquel bolso sin fondo. Le atacó la desesperación, agarró su fornida melena, y la arrojó hacia su hombro izquierdo arreándole a su compañero de viaje un golpe con su pelo que lo hizo despertar de su hibernación. Juró por dios que  pensé no bajarme del tren así llegara a mi punto de destino, sin saber como acababa aquella historia de sadismo. Me acomodé en el respaldo, miré mi reloj y me alegré al saber que aún me quedaba tiempo para ver el final de aquella historia. Me miró, sentí como con sus ojos me empujaba hacia el respaldo de mi asiento, casí me dió miedo, casi. Cerró sus ojos con fuerza, suspiró ruidosamente y se dejó caer sobre el respaldo quedando en un semicoma cuasipreocupante. Se mantuvo en este trance durante un par de minutos, la veía respirar cosa que me tranquilizó, lo juro. Este estado le debió provocar un destemple corporal, y en un tris se levantó de su asiento golpeando nuevamente a su víctima-compañero de viaje para coger en la repisa superior la piel que tiempo atrás se había arrancado. Me dió la risa, siento confesarlo con tanta sorna, pero temí por la vida del pobre vecino. Llegaba a mi destino, me aseguré de llevarme todas mis pertenencias, y confieso que casi me apetecía seguir encajada en aquel teatro de vida. Allí se quedó la rubia, con su melena volante, su móvil destrozado, su libro casi no estrenado y con su víctima aún respirando. Buena noche.

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