lunes, 25 de junio de 2018

REFLEXIONES

Las manos, la parte más íntima, el centro de mi sensación, la caricia más intensa, la piel de seda del corazón, la máxima expresión de entrega, las manos, el todo a veces tan lleno, otras tan vacío.

De niña me sentaba allí porque mi hermano mayor y sus amigos me decian que sentiría como alguien pasaba por detrás y que cuando me girara, nadie habría. Ahora me siento, y quiero notar como pasa a mis espaldas, cierro los ojos para creer que ocurrirá, más cuando los abro, nadie ha pasado, triste sensación de soledad.

Patricia es una mujer maravillosa, tierna, sensible, valiente. Quería curar sus "pupas". "¿Me ayudarás?", me dijo. La cogí de aquella pequeña mano, "por supuesto, bonita". "Pues no te olvides de mí", me dijo girando su cabeza de lado sobre su hombro. "Jamás te olvidaré, te acabas de quedar grabada en mi vida". Patricia tiene Down, Patricia es mágica.

Lo intenté, Dios y el demonio lo saben, quise darle la vuelta a aquel desaguisado,más nada hay que tenga dos caras iguales, más tampoco existe la ficha perfecta que encaje en un vacío. Así todo, espero.

Creo fielmente que los imposibles están llenos de cobardes. La necesidad de intentarlo una y otra vez me dará la seguridad para levantar la mirada, para poder caminar firmemente sin tener miedo a tropezar con mis propios pies.

Tengo que apurar, debo darme prisa, tengo que encontrarte antes de que te despiertes. Si no, corro el riesgo de perderme.

Y cuando tú naciste, generaste en mi un torbellino de sentimientos, dónde se mezclaba la deseada bienvenida con la soledad más doliente. Lloré tu alegría y mi pena. Sequé las lágrimas, besé tu cabeza y comenzamos la más bella relación de amor existente.

No era su país, ni era su casa, quizás tampoco el hombre que ella esperaba. Ella no tenía papeles que le dieran derecho alguno, y él la tenia "enganchada" a su vida por una cadena de esclavitud para siempre jamás. Le dije que saliese de allí, que su cuerpo no tenía dueño, que su príncipe no debía tener puños de los que provocan dolor, que buscara amor de las caricias, al de los abrazos, al de la sonrisa. Salió de allí para volver a la misma cueva en la que nunca debió entrar. Lo siento pequeña.

Claro que volveré allí, donde tengo reservada mi mesa, dónde el aire huele a mar, dónde el sol se cae por el horizonte. Si quieres, te invito a compartir conmigo el silencio alguna vez, creo que es la única forma de entenderte, en silencio.

Y cuando esté cansada de andar y el camino se haga estrecho y agobiante, quiero encontrarte hermano y tumbarme a tu lado para ver aquel cielo que una vez me prometiste. Contaremos las estrellas y buscaremos otros mundos más brillantes. Prometo buscarte y regresarte.



lunes, 11 de junio de 2018

MI HIJO GUILLE

Tú no te das cuenta, pero a veces te miro de reojo cuando estás distraído y sonrío porque eres tan buena persona pero tan rollo, que esa combinación hace que enamores a la gente. Llegaste y desde los primeros días tuviste que luchar más que nadie, eras tan pequeño y tenías una enfermedad tan grande para aquel cuerpo tan bonito...
Creo que en esos días se secó mi alma de tanta lágrima y tanta angustia, pero tú ya eras más fuerte que yo, y le diste la espalda a aquella pesadilla, y decidiste darlo todo hasta ganar. Creciste siendo una auténtica preciosidad en todos los sentidos. Y fuiste el rey de la casa hasta que llegó tu hermano y tomó posesión de todo nuestro tiempo. Quizás recuerdes que yo no podía atender a todos tus por qué, que no podía dedicarte todas las horas que tú necesitabas, que las comidas eran más desesperantes y que los juegos se acortaban. Pero no podía dedicarte todo el tiempo, tenía que repartirlo con tu hermano, que por aquella época me traía loca con su hiperactividad y su ocurrencias demoníacas. Ya sabes, te lo he contado mil veces, a los dos os adoro, pero Gabri me hizo perder el instinto maternal de un plumazo. Y tú fuiste creciendo en todos los sentidos, porque creciste en bondad, en inteligencia, en tu capacidad de lucha, en abrazos que necesitaba...
Siempre creí que serías médico, eres tan vocacional. Me acuerdo el día que le hiciste una reanimación a un huevo frito, cuando acudimos a una disección anatómica de un zanco de pollo asado y cuando nos explicabas las partes de la columna vertebral de los rapantes. Siempre te atrajo la medicina en su parte clínica. Sufriste la mayor parte de las enfermedades: fuiste el primero en el universo en tener la gripe A, un mes después ébola, más tarde la fiebre hemorrágica del Congo, tétanos, cólera, malaria..., las tuviste todas mientras yo miraba al techo preguntándome de donde quitabas tales ideas, pero con la seguridad de que encontrarías la cura a todas ellas en un trozo de galleta.. Y no eras hipocondríaco, no lo creo, pero te empeñabas en sufrir cada una de esas enfermedades, a veces dos a la vez, y había que dejarte para que comprobaras que no te ibas a morir. Sufriste los esguinces grado tres más cortos de la historia, te duraban hasta que en dos horas te dolían las manos de usar las muletas. Una vez dijiste que no veías bien y te llevé no una, ni dos, hasta tres veces al óptico en una semana para que te graduara , y dijo que tenías media dioptría, que no necesitabas aún gafas, pero tú las querías porque te molaban, y te compré dos pares que no pusiste más de dos meses, hasta que recuperaste milagrosamente la vista porque alguna te dijo que tus ojos eran más bonitos sin ellas. Vale, es cierto que te rompiste el menisco y no te creí, pero ya te encargaste de decirle a todo el mundo que no te había hecho caso, y te juro que me pesó como una losa en mi conciencia, pero hijo, entiéndeme, ya habías tenido ébola dos veces...
Conste que me he reído mucho contigo. ¿Recuerdas el día que decidiste hacerte una arreglo tú solo con una cuchilla?.¿Recuerdas cómo descubrí lo que habías hecho?.¿Recuerdas como caminabas?...
La verdad es que tengo que agradecerte muchas risas.
Hace unos días te graduaste, estabas nervioso como una ardilla saltando de árbol en árbol, no logré alcanzarte para hacerme una foto contigo, querías estar con tus compañeros, cosa que no me molestó, no creas. Pero querido, una foto con tu madre hubiese estado muy bien para el recuerdo.
Mañana te examinas del selectivo, dices estar preparado y yo quiero pensarlo así. Sabes que estos días te he apretado los tornillos porque te veía un poco desmotivado, pero lo hago para que no pierdas la ilusión por una carrera que ansías desde niño, y te insisto porque sé que vales para ello, porque tienes la suerte de sentir esa vocación y porque estoy segura de que serás un muy buen sanitario. No hay día que no lo piense Guille, lo sueño y lo vivo. Y sí no lo logras por la nota, buscaremos la forma para que seas lo que has deseado siempre porque yo no voy a dejar que pierdas esa ilusión, básicamente porque creo que en ti se ha convertido en una necesidad. Esta noche soñaré contigo para darte fuerzas, para que mañana tengas la tranquilidad de que lo vas a conseguir. Buena suerte, mi niño.Buena noche.

miércoles, 6 de junio de 2018

ARISTAS

Descubriendo las aristas, fina forma de describir como me siento. Hoy, día extraño. Amanecí cansada, quizás el cuerpo no llegó a apoyarse del todo en la cama esta noche. No tengo la cabeza ni el alma en paz, y no por culpa, sí por falta, sí por añoro.
Llegué, buenos días paso a paso hasta mi lugar, tarareando aquella canción que duele si la hago consciente, la que no puedo evitar porque me niego a olvidar. Y allí me senté, vacié mis bolsillos, apoyé el móvil y cogí aire. Llegó un mensaje, estaba fuera. Pasó, lo llevé a quien debía y salí cerrando la puerta que protegería su intimidad. Pronto recibí una orden y me puse con él. Estaba nervioso, asustado, se veía en sus ojos, tenía la necesidad de que aquel dolor cesara y de que su diagnóstico llegara. Puse mi mano sobre su brazo, no agarrándolo, sólo intentando transmitirle el calor de seguridad que precisaba. Acabé mi trabajo y le tocó esperar por resultados. Mientras, caminé hacia mi puesto susurrando la canción que vive en mis labios cuando vi la camilla y aquella mujer custodiada por tres familiares llenos de lágrimas de tristeza infinita. Conocía a uno de ellos, pero me llegaba tan solo uno para notar el dolor de todos. El hijo se secó los ojos y comenzó a contarme con voz entrecortada que no tenían que estar allí, que los esperaban en otro hospital, que ...Le sujetéél  la mano suavemente, casi un roce,él me miró con los ojos llenos de dolor y le expliqué que haríamos lo que me pedía, pero por orden. Primero tratar el dolor de su madre, y después tratar el suyo, llegar a su zona de confort donde su miedo, su ansiedad y su impotencia disminuirían sensiblemente. Y así fue, y cuando ella calmó su dolor, la llevé a dónde la esperaban. Y me cogió la mano y noté su calor, y me la acarició con agradecimiento, y llenó mis ojos de lágrimas que tuve que tragar para no descubrir su despedida definitiva.
 Volví a mi lugar, un padre sujetaba en sus brazos una bebé minúscula, la agarraba en sus brazos enormes con una dulzura infinita, protegiéndola de cualquier daño, siendo también la pequeña la que lo protegía a él de la rabia con la que hablaba de como los habían tratado. Mientras la madre lloraba asustada  agarrada al carro del bebé, pidiéndo ayuda en silencio, sin palabras, sólo con su pena. El tenía tanta rabia contenida, tanta impotencia retenida, tanta fuerza a punto de estallar que pensé que de allí no saldría nada bueno. Me posicioné del lado del miedo, no pude hacerlo del lado de mis compañeros porque entendía a los padres, los entendía a ellos, yo había sentido ese miedo, esa rabia, esa impotencia. Me acerqué a la madre y le cogí las manos, dejando las suyas abrazadas por las mías, las medié entre las dos, cogió un soplo de aire entrecortado y dejó de llorar. Le sequé las lágrimas, la abracé y le dije que la pediatra la atendería y solucionaría sus dudas. Más tarde los vi a los tres en camas, abrí la puerta, me invitaron a entrar, ahora era su espacio, la madre daba el pecho a su hija y el padre las miraba con orgullo. Hablé con ellos, ya estábamos en otro momento, había calma, empatía y agradecimiento. Me acerqué y acaricié aquella pequeña cabeza, les conté brevemente mi lucha y nos despedimos. La mamá me dijo: "ojalá tengas suerte". Le sonreí, ojalá es mi palabra mágica y me fui a buscar los resultados de mi primer paciente. Ya tenía su diagnóstico y su nueva cita para tratar su problema. Se acercó a mí y me dio dos besos, se giró hacia la pared y comenzó a llorar. ¿Qué te pasa?, le pregunté. Su respuesta fue demoledora: " todos os portáis tan bien conmigo y yo no hago nada por vosotros. Mi madre te adoraba, la cuidabas, siempre hablaba de lo buena que eras con ella". Le toque la cara con mi mano, acariciando aquellas bellas palabras, y lo abracé. Era un abrazo necesario desde hacía mucho tiempo, era una paz que quizás los dos necesitábamos darnos, era un consuelo prometido.
Miré el teléfono, mi hijo no se encontraba bien, le mandaba mensajes para intentar cuidarlo y mimarlo con mis palabras, pero mi necesidad era llegar a casa para agarrarlo de la mano, para jugar con sus dedos, para empaparme de él. "Ya falta menos, mi vida, no tengas miedo".
Mi amiga tenía a su hija enferma. La conozco, la noto asustada, no quiero que tenga miedo, quiero que tenga tranquilidad y confianza. Me senté en la camilla y le cogí el brazo a su pequeña. Le expliqué lo que tenía que hacerle, con calma, sonriéndole, acariciando aquel pequeño brazo. Y se dejó hacer con tranquilidad, y le acaricié la cara y salté con mis dedos de su barriga a su nariz, consiguiendo una sonrisa entre tanto malestar. Y ya pasaba de mi hora, mi hijo me esperaba, pero ella era mi amiga hermana, y su niña estaba enferma, el mío también pero aún así, no podía dejarla hasta que todo estuviera encaminado. Así fue, me despedí, cogí mis cosas y miré el teléfono. Mi hijo me necesitaba y yo no estaba allí. Alguien me dijo "pero aún estás aquí, vete a casa con tus niños, anda". Asentí con la cabeza y sonreí. Sí, quizás necesito que me abracen, quizás hoy necesito que me agarren la mano, quizás necesito una caricia en la cara, quizás.... Buena noche.

viernes, 29 de diciembre de 2017

PITUSA

Mi querida Pitusa, se me hace raro llamarte así porque para mí siempre has sido "mi Tita Pilar", una mujer de bandera, tierna y tan facilmente querible, que el simple hecho de nombrarte provoca en mi mente un torbellino de recuerdos confortables. Esta mañana te has ido y lo has hecho como tú eras, prudente, discreta, quitándole importancia a cualquier guerra con la que te toparas. Debo confesar que esta última semana ha sido para mí intensa, dolorosa y reconfortante al mismo tiempo. Hace unos días me contaste que cuando dormías soñabas con un jardín donde veías árboles con grandes hojas verdes, y me decías que era curioso porque de sus ramas colgaban hacia abajo enormes flores de colores, te parecía tan bonito y te notaba tan encantada de haber estado allí...
Cuando iba a verte te agarraba de la mano y tú agarrabas la mía con fuerza, como si las manos de los que te cuidamos fuera lo que te anclaba a la vida, a este mundo... Tranquila, te la agarré hasta el final, hasta cuando ya te habías ido en alma. En una de las últimas conversaciones contigo me pediste que te pusiera una inyección para dormir (tú llamabas así a los rescates de la sedación), y yo te pregunté si ibas a soñar. Me contestaste que querías volver a soñar con ese jardín lleno de colores, que querías quedarte allí porque estaba también tu madre. Y allí te fuiste a soñar, y allí te quedaste para no volver.
Esta mañana tenía mi corazón partido en dos, porque te quiero en mi vida, pero tengo que dejarte ir, este mundo ya no es para ti, Pitusa. Y de esa forma callada, te has ido.
Estos días has recargado mi mente de recuerdos, tan cálidos, tan familiares, tan intensos..., te echaré tanto de menos... Ojalá hayas llegado ya a tu destino, ojalá abraces ya a los tuyos, ojalá haya valido la pena tanto sufrimiento. Estés dónde estés, seguiré agarrándote de la mano. Hasta siempre, Pitusa.

lunes, 11 de diciembre de 2017

RISTO vs JORDI CRUZ

Leía en prensa la entrevista que le hizo Risto Meijide a Jordi Cruz (sí, ese cocinero que presume hasta de cómo echarle sal a las comidas con estilo). De entrada ambos me parecen arrogantes, de miradas esquivas, incapaces de sentarse de frente quizás por el supuesto duelo dialéctico de dos gallos de corral con espolones bien afilados. Risto lanza dardos envenenados y Jordi los desvía con un revés magistral. Ambos titanes, ambos puro genio, hasta que una imagen consiguió doblegar a Jordi, una fotografía hizo que de golpe entrara un rayo de calor en el poro de su humanidad: allá su hermano, allá su padre, y éste último es el que desmontó las piezas del hombre de acero. Su emoción provocó que se escapara de su boca una frase que hizo que mi corazón bombeara algo más que sangre hacia mi cerebro. Activó mi sistema límbico, allí dónde dice mi amigo que se acumulan los recuerdos. No quiero desviarme de la historia, estábamos con la emoción de una imagen. Pues bien, Jordi se emocionó, decía la entrevista que sus ojos se humedecieron al recordar a su padre. Casi era fácil imaginar lo que seguía: que lo echaba de menos, que recordaba cuando iban a hacer volar las cometas los domingos, sus abrazos, sus besos, las tardes de sofá a su lado..., !pues no!. Con los ojos llenos de emoción dijo: "Jamás me dijo que me quería, y yo a él tampoco se lo dije nunca". Y eso me cayó como un golpe inesperado, como cuando te clavan una aguja en la nalga sin darte antes los cachetes correspondientes...
¿Cómo puede ser posible que el padre de Jordi no le dijera jamás a su hijo que lo quería?. ¿Cómo puede ser posible que su hijo no le dijera a su padre "te quiero", aunque fuese en un momento de emoción?. ¿Cómo puede ser posible que este hombretón haya pasado exactamente por lo mismo que yo he pasado?. Porque sí, yo no recuerdo haberle oído decir a mi padre jamás la palabra "te quiero" a nadie, así explicitamente, jamás. Y se lo pedí, mejor dicho, le reté a que me lo dijera poco antes de "viajar al espacio", porque él no se moría, no le daba la gana, él pasaba a otro plano existencial, pero sin morirse. Lo de la muerte era tristemente para los demás, pero no para él.
No quiero perder el hilo de la conversación; pues bien, este hombre, que es más hermético que una conserva, estaba reconociendo en un medio público que su padre había sido tan "capullo" como el mío. Y casi que me fastidiaba un poco que lo de mi padre no fuera original, que hubiese en la misma especie otro ser carente de sentimiento, ojo, hacia los demás, porque querer sí se quería a si mismo, hasta el punto de creerse inmortal, pero esa es otra historia. La "chicha" de todo esto, es que aquel Jordi, que hasta ahora lo tenía castigado en una esquina de mi indiferencia, se ganó el trocito de mi corazón que aún mantengo caliente y me dió pena, pero porque me sentí terriblemente identificada en aquellos ojos, que hoy amenazaban a lluvia y no a tormenta, como a diario. Y es que es una judiada cuando los padres no aprenden a decir te quiero, porque de una pareja te los esperas (todo se consume, hasta las palabras), de los hijos, bueno las hormonas los vuelven descerebrados "asentimentales" hasta que las chicas les hacen ojitos y les crecen los te quieros en cada libreta, de los amigos según la temporada y el número de vinos a sus espaldas, de la cajera del supermercado fliparía si me dice que me quiere mientras me cobra la compra, pero hasta sería emocionante, no sé...
Mira Jordi, hasta hoy no me caías muy bien, tengo que reconocerlo, porque no entendía como un hombre tan joven podía ser tan arrogante y distante, pero te entiendo, tú no tienes la culpa, tú sólo has contruído una coraza, de esas impenetrables, pero mira, deja un poro abierto para que puedan entrar los "te quieros", porque son necesarios, créeme, una vez que los pruebas, ya no puedes vivir sin ellos. Y con esto no te digo que siempre los vayas a tener, no, te los quitarán porque decirlo muchas veces compromete y eso tiene un coste que no todos están dispuestos a asumir. Pero mira majo, yo te doy uno, te doy un "te quiero" porque hoy te he sentido más cerca, hoy has ocupado un trozo de mi piel, justo ese pedacito dónde he tenido el escalofrío al leer tu entrevista. Siento mucho la afasia de tu padre, como sentí la del mío. No aprendas de eso, no vale la pena. Dí te quiero cuando quieras, cuando alguien lo precise y no dejes que se vaya sin que se lo recuerdes una y mil veces, porque sabes Jordi, que te quieran es cálido, pero que te lo digan, es de valientes, y valentía hoy en día, la justa. Buena noche.

martes, 7 de noviembre de 2017

CUATRO PALABRAS

Mientras desayunaba, leía las palabras que el actor Antonio Banderas le dedicaba a su madre tras su fallecimiento hace unos días. Eran palabras llenas de recuerdos y con un aviso de esos que se te clavan en carne: "Dile que la quieres". En cero coma dos mi cabeza completó esa frase: " dile que la quieres mientras la tienes, repíteselo mil veces a los ojos, mira como te acaricia con las palabras, abrázala intensamente, ocupa todo tu tiempo en ella, huélela, saboréala, disfrútala, porque después la echarás de menos y todo te faltará. Ese es el error que cometemos una y otra vez, creyendo que siempre tendremos a todos a nuestro lado". Y me hizo pensar y saltar al ordenador para escribir sus palabras, y con cada una, una bofetada a todos los que dejan escapar vidas entre sus manos. El paso de tener a recordar y añorar es parte de la vida, pero es de una simpleza casi burda e insultante. Recuerda y añora cuando no esté, pero cuando hayas consumido hasta el último minuto con esa persona a la que le dedicas palabras tan emotivas, sea quien sea, disfruta con el tipo de amor correspondiente al añorado. Está bien respetar silencios, con ellos respetas la íntima libertad de la persona que tienes a tu lado, pero a veces, o casi siempre es una pérdida de tiempo. ¿Cuánto darías ahora por escuchar la voz del que ya no está, una conversación aunque fuera por unos segundos, cuánto no darías por abrazarlo, olerlo, sentir su calor, cuánto no darías por aquellas risas interminables que acababan en un llanto trágico-cómico, donde llevábais la conversación hasta la parte más absurda del sinsentido, cuánto no darías por caminar a su lado tropezando o exagerando un empujón sólo por ese contacto de un segundo que recordarás como si fuese de toda la vida?.
Cúantas palabras quedaron por decir, las que no te atreviste a pronunciar nunca, las que callabas con tristeza porque no era el día, o simplemente tendían siempre a la mala interpretación, cuántos silencios absurdos de ver pasar gente que ni si quiera conoces, buscando algo en el aire en lo que fijarse, dándole espacio a tu compañero de mesa.
Los silencios deben ser personales, íntimos, de sofá y manta, de soledad, de un vino consigo mismo. Cuando tengas a tu lado a alguien, quien sea, que quieras, una persona a la que ames, una que te erice la piel al tenerla cerca, que disfrute de tu olor, de tu calor, que te revuelva el alma y te ponga la vida patas arriba, abrázala, siéntela, bésala, cuéntale, dile, acaríciala, memoriza cada parte de su cuerpo, cada lunar, cada sonrisa, y guárdala ahí, dónde los sentimientos no se pierden, donde los recuerdos se graban a cincel y martillo, dónde reposan y sedimentan los recuerdos.
Siempre alguien se irá, la marcha es una cola sin orden, es un fino hilo que se rompe de pronto, un paso de un momento, y eso supone un desastre para los que se quedan, porque nunca te han preparado para ese momento, nunca has dicho todo lo que te hubiera gustado que supiera, y no hay vuelta atrás, lo que no se ha dicho no permanece. Así que habrá que olvidarse de tanto silencio personal, de tanto intimismo de postín, de tantan introspección innecesaria y comenzar a decir lo que hierve dentro. Dile que la quieres. Buen día.

domingo, 17 de septiembre de 2017

EL SOFÁ VERDE

Tengo una casa llena de vida, no sólo por los que habitamos en ella, sino porque en cada rincón hay historias llenas de risas, alegrías, lágrimas, pensamientos y reflexiones. La cocina suele ser el primer sitio que visitan mis hijos al llegar del colegio. Entran compitiendo por saber quién acertará con el menú del día, y a veces incluso dicen frases mágicas como "hoy huele a navidad", " me gusta como huele desde las escaleras". Desayuno en ella todos los días, mis tostadas y mi café solo, mirando por la ventana, a veces amaneceres naranjas, otros, con la luz ya tendida.Me gusta tomarme mi tiempo, planeo el día, leo la prensa, escucho la radio, imagino ilusiones...
La terraza, mi zona de guerra psicológica, donde voy cuando quiero salir de la vida por un momento,donde apago el botón de la conexión constante, donde olvido lo que necesito... Me gustan mis plantas, cuidarlas, acariciarlas, darles agua, los silencios que me regalan...
El dormitorio ultimamente" no lo quiero mucho".Me he tenido que quedar en esa cama por enfermedad, es el sitio donde "atacan los pensamientos" que me roban el sueño, es la alfombra áspera en la que me deslizo, donde mis articulaciones se inflaman, duelen, donde mis manos no pueden ya acariciar...
Pero si hay una zona, un sitio preciado en mi casa, es el sofá verde. Ayer les dije a mis hijos: "voy a cambiar el sofá y comprar uno más grande". Los dos al mismo tiempo dijeron: "de eso nada, ¿tú sabes la cantidad de historias que tiene ese sofá?. Ahí he pasado mis dolores de barriga, Gabri ha pasado su enfermedad, tú te has curado de tu pulmón, estaba ahí cuando el abuelo vivía, cuántas navidades y papa noeles han pasado conmigo, es el sitio dónde debe estar las mantas mágicas del invierno, es dónde me siento contigo cuando tengo miedo, ahí se curó mi rodilla, tú duermes en él cuando estás cansada, me acompañaste en las noches que no podía dormir, ahí comíamos las regalices que escondías en la cocina, es dónde nos sentamos para nuestras sesiones de cine, te vi llorar a veces cuando creías que no te miraba, es el sitio dónde a veces te entrenas para dormir. No puedes cambiar ese sofá ,tiene demasiada vida y demasiadas historias en él. Y además no te olvides, es mágico, mamá".
Añadiría más, la mágia que ven mis hijos en él me ayudó a no volverme loca durante la enfermedad de Gabri, a buscar e investigar qué es lo que le estaba ocurriendo, me acurrucaba entre sus cojines cuando ya no podía más o cuando creía que había llegado al final, y siempre había una idea nueva que hacía que me volviera a levantar y continuara la búsqueda. He visto a mis dos hijos tumbados en él, los dos juntos cuando uno estaba mal, y tapados por la manta mágica que curaba los dolores, bajaba la fiebre, quitaba las náuseas o atrapaba aquellos miedos que no los dejaban dormir y los lanzaban fuera de su alcance.Lógicamente he rectificado, les he dicho que no puedo cambiar parte de su historia, que el sofá se quedará con nosotros hasta que ya no pueda acumular más historias, hasta que este repleto y se venga abajo por tanto recuerdo. Y cuando eso pase, cargaremos todas las historias en las mantas mágicas y las sacudiremos en el sofá nuevo que nos compremos, un poco más grande si cabe, pero será de nuevo "un sofá verde". Y mágico. Buena noche.