lunes, 11 de diciembre de 2017

RISTO vs JORDI CRUZ

Leía en prensa la entrevista que le hizo Risto Meijide a Jordi Cruz (sí, ese cocinero que presume hasta de cómo echarle sal a las comidas con estilo). De entrada ambos me parecen arrogantes, de miradas esquivas, incapaces de sentarse de frente quizás por el supuesto duelo dialéctico de dos gallos de corral con espolones bien afilados. Risto lanza dardos envenenados y Jordi los desvía con un revés magistral. Ambos titanes, ambos puro genio, hasta que una imagen consiguió doblegar a Jordi, una fotografía hizo que de golpe entrara un rayo de calor en el poro de su humanidad: allá su hermano, allá su padre, y éste último es el que desmontó las piezas del hombre de acero. Su emoción provocó que se escapara de su boca una frase que hizo que mi corazón bombeara algo más que sangre hacia mi cerebro. Activó mi sistema límbico, allí dónde dice mi amigo que se acumulan los recuerdos. No quiero desviarme de la historia, estábamos con la emoción de una imagen. Pues bien, Jordi se emocionó, decía la entrevista que sus ojos se humedecieron al recordar a su padre. Casi era fácil imaginar lo que seguía: que lo echaba de menos, que recordaba cuando iban a hacer volar las cometas los domingos, sus abrazos, sus besos, las tardes de sofá a su lado..., !pues no!. Con los ojos llenos de emoción dijo: "Jamás me dijo que me quería, y yo a él tampoco se lo dije nunca". Y eso me cayó como un golpe inesperado, como cuando te clavan una aguja intramuscular sin darte antes los cachetes correspondientes...
¿Cómo puede ser posible que el padre de Jordi no le dijera jamás a su hijo que lo quería?. ¿Cómo puede ser posible que su hijo no le dijera a su padre "te quiero", aunque fuese en un momento de emoción?. ¿Cómo puede ser posible que este hombretón haya pasado exactamente por lo mismo que yo he pasado?. Porque sí, yo no recuerdo haberle oído decir a mi padre jamás la palabra "te quiero" a nadie, así explicitamente, jamás. Y se lo pedí, mejor dicho, lo reté a que me lo dijera poco antes de "viajar al espacio", porque él no se moría, no le daba la gana, el pasaba a otro plano existencial, pero sin morirse. Lo de la muerte era tristemente para los demás, pero no para él.
No quiero perder el hilo de la conversación; pues bien, este hombre, que es más hermético que una conserva, estaba reconociendo en un medio público que su padre había sido tan "capullo" como el mío. Y casi que me fastidiaba un poco que lo de mi padre no fuera original, que hubiese en la misma especie otro ser carente de sentimiento, ojo, hacia los demás, porque querer sí se quería a si mismo, hasta el punto de creerse inmortal, pero esa es otra historia. La "chicha" de todo esto, es que aquel Jordi, que hasta ahora lo tenía castigado en una esquina de mi indiferencia, se ganó el trocito de mi corazón que aún mantengo caliente y me dió pena, pero porque me sentí terriblemente identificada en aquellos ojos, que hoy amenazaban a lluvia y no a tormenta, como a diario. Y es que es una judiada cuando los padres no aprenden a decir te quiero, porque de una pareja te los esperas (todo se consume, hasta las palabras), de los hijos, bueno las hormonas los vuelven descerebrados "asentimentales" hasta que las chicas les hacen ojitos y les crecen los te quieros en cada libreta, de los amigos según la temporada y el número de vinos a sus espaldas, de la cajera del supermercado fliparía si me dice que me quiere mientras me cobra la compra, pero hasta sería emocionante, no sé...
Mira Jordi, hasta hoy no me caías muy bien, tengo que reconocerlo, porque no entendía como un hombre tan joven podía ser tan arrogante y distante, pero te entiendo, tú no tienes la culpa, tú sólo has contruído una coraza, de esas impenetrables, pero mira, deja un poro abierto para que puedan entrar los "te quieros", porque son necesarios, créeme, una vez que los pruebas, ya no puedes vivir sin ellos. Y con esto no te digo que siempre los vayas a tener, no, te los quitarán porque decirlo muchas veces compromete y eso tiene un coste que no todos están dispuestos a asumir. Pero mira majo, yo te doy uno, te doy un "te quiero" porque hoy te he sentido más cerca, hoy has ocupado un trozo de mi piel, justo ese pedacito dónde he tenido el escalofrío al leer tu entrevista. Siento mucho la afasia de tu padre, como sentí la del mío. No aprendas de eso, no vale la pena. Dí te quiero cuando quieras, cuando alguien lo precise y no dejes que se vaya sin que se lo recuerdes una y mil veces, porque sabes Jordi, que te quieran es cálido, pero que te lo digan, es de valientes, y valentía hoy en día, la justa. Buena noche.

martes, 7 de noviembre de 2017

CUATRO PALABRAS

Mientras desayunaba, leía las palabras que el actor Antonio Banderas le dedicaba a su madre tras su fallecimiento hace unos días. Eran palabras llenas de recuerdos y con un aviso de esos que se te clavan en carne: "Dile que la quieres". En cero coma dos mi cabeza completó esa frase: " dile que la quieres mientras la tienes, repíteselo mil veces a los ojos, mira como te acaricia con las palabras, abrázala intensamente, ocupa todo tu tiempo en ella, huélela, saboréala, disfrútala, porque después la echarás de menos y todo te faltará. Ese es el error que cometemos una y otra vez, creyendo que siempre tendremos a todos a nuestro lado". Y me hizo pensar y saltar al ordenador para escribir sus palabras, y con cada una, una bofetada a todos los que dejan escapar vidas entre sus manos. El paso de tener a recordar y añorar es parte de la vida, pero es de una simpleza casi burda e insultante. Recuerda y añora cuando no esté, pero cuando hayas consumido hasta el último minuto con esa persona a la que le dedicas palabras tan emotivas, sea quien sea, disfruta con el tipo de amor correspondiente al añorado. Está bien respetar silencios, con ellos respetas la íntima libertad de la persona que tienes a tu lado, pero a veces, o casi siempre es una pérdida de tiempo. ¿Cuánto darías ahora por escuchar la voz del que ya no está, una conversación aunque fuera por unos segundos, cuánto no darías por abrazarlo, olerlo, sentir su calor, cuánto no darías por aquellas risas interminables que acababan en un llanto trágico-cómico, donde llevábais la conversación hasta la parte más absurda del sinsentido, cuánto no darías por caminar a su lado tropezando o exagerando un empujón sólo por ese contacto de un segundo que recordarás como si fuese de toda la vida?.
Cúantas palabras quedaron por decir, las que no te atreviste a pronunciar nunca, las que callabas con tristeza porque no era el día, o simplemente tendían siempre a la mala interpretación, cuántos silencios absurdos de ver pasar gente que ni si quiera conoces, buscando algo en el aire en lo que fijarse, dándole espacio a tu compañero de mesa.
Los silencios deben ser personales, íntimos, de sofá y manta, de soledad, de un vino consigo mismo. Cuando tengas a tu lado a alguien, quien sea, que quieras, una persona a la que ames, una que te erice la piel al tenerla cerca, que disfrutes de su olor, de su calor, que te revuelva el alma y te ponga la vida patas arriba, abrázala, siéntela, bésala, cuéntale, dile, acaríciala, memoriza cada parte de su cuerpo, cada lunar, cada sonrisa, y guardala ahí, dónde los sentimientos no se pierden, donde los recuerdos se graban a cincel y martillo, dónde reposan y sedimentan los recuerdos.
Siempre alguien se irá, la marcha es una cola sin orden, es un fino hilo que se rompe de pronto, un paso de un momento, y eso supone un desastre para los que se quedan, porque nunca te han preparado para ese momento, nunca has dicho todo lo que te hubiera gustado que supiera, y no hay vuelta atrás, lo que no se ha dicho no permanece. Así que habrá que olvidarse de tanto silencio personal, de tanto intimismo de postín, de tantan introspección innecesaria y comenzar a decir lo que hierve dentro. Dile que la quieres. Buen día.

domingo, 17 de septiembre de 2017

EL SOFÁ VERDE

Tengo una casa llena de vida, no sólo por los que habitamos en ella, sino porque en cada rincón hay historias llenas de risas, alegrías, lágrimas, pensamientos y reflexiones. La cocina suele ser el primer sitio que visitan mis hijos al llegar del colegio. Entran compitiendo por saber quién acertará con el menú del día, y a veces incluso dicen frases mágicas como "hoy huele a navidad", " me gusta como huele desde las escaleras". Desayuno en ella todos los días, mis tostadas y mi café solo, mirando por la ventana, a veces amaneceres naranjas, otros, con la luz ya tendida.Me gusta tomarme mi tiempo, planeo el día, leo la prensa, escucho la radio, imagino ilusiones...
La terraza, mi zona de guerra psicológica, donde voy cuando quiero salir de la vida por un momento,donde apago el botón de la conexión constante, donde olvido lo que necesito... Me gustan mis plantas, cuidarlas, acariciarlas, darles agua, los silencios que me regalan...
El dormitorio ultimamente" no lo quiero mucho".Me he tenido que quedar en esa cama por enfermedad, es el sitio donde "atacan los pensamientos" que me roban el sueño, es la alfombra áspera en la que me deslizo, donde mis articulaciones se inflaman, duelen, donde mis manos no pueden ya acariciar...
Pero si hay una zona, un sitio preciado en mi casa, es el sofá verde. Ayer les dije a mis hijos: "voy a cambiar el sofá y comprar uno más grande". Los dos al mismo tiempo dijeron: "de eso nada, ¿tú sabes la cantidad de historias que tiene ese sofá?. Ahí he pasado mis dolores de barriga, Gabri ha pasado su enfermedad, tú te has curado de tu pulmón, estaba ahí cuando el abuelo vivía, cuántas navidades y papa noeles han pasado conmigo, es el sitio dónde debe estar las mantas mágicas del invierno, es dónde me siento contigo cuando tengo miedo, ahí se curó mi rodilla, tú duermes en él cuando estás cansada, me acompañaste en las noches que no podía dormir, ahí comíamos las regalices que escondías en la cocina, es dónde nos sentamos para nuestras sesiones de cine, te vi llorar a veces cuando creías que no te miraba, es el sitio dónde a veces te entrenas para dormir. No puedes cambiar ese sofá ,tiene demasiada vida y demasiadas historias en él. Y además no te olvides, es mágico, mamá".
Añadiría más, la mágia que ven mis hijos en él me ayudó a no volverme loca durante la enfermedad de Gabri, a buscar e investigar qué es lo que le estaba ocurriendo, me acurrucaba entre sus cojines cuando ya no podía más o cuando creía que había llegado al final, y siempre había una idea nueva que hacía que me volviera a levantar y continuara la búsqueda. He visto a mis dos hijos tumbados en él, los dos juntos cuando uno estaba mal, y tapados por la manta mágica que curaba los dolores, bajaba la fiebre, quitaba las náuseas o atrapaba aquellos miedos que no los dejaban dormir y los lanzaban fuera de su alcance.Lógicamente he rectificado, les he dicho que no puedo cambiar parte de su historia, que el sofá se quedará con nosotros hasta que ya no pueda acumular más historias, hasta que este repleto y se venga abajo por tanto recuerdo. Y cuando eso pase, cargaremos todas las historias en las mantas mágicas y las sacudiremos en el sofá nuevo que nos compremos, un poco más grande si cabe, pero será de nuevo "un sofá verde". Y mágico. Buena noche.

martes, 11 de julio de 2017

DÍAS QUE VALEN LA PENA

11 de julio, un gran día en mi vida. Esta mañana estaba temerosa de que sería otra pérdida de tiempo. Me senté en aquella sala, mirando la pantalla vacía, esperando el turno para entrar en aquella consulta con mi hijo, quizás con la inquietud de aquel que ya no espera ayuda. Su número se iluminó y caminamos hasta la puerta de la que esperaba por lo menos, respeto. Tantas veces hemos tenido que levantarnos sin esperanzas, acariciando la espalda de mi hijo para intentar transmitirle la esperanza que yo ya no tenía, prometiéndole que encontraríamos a alguien que nos ayudaría a acabar con su tortura, tantas veces lo he hecho, que hoy creía que sería un día más. Nos sentamos en aquellas tres sillas perfectamente alineadas al otro lado de la mesa: su padre, mi hijo en medio y yo, pegada a la ventana, cerca de la luz, lo que me ayuda a respirar. Hablaba, escuchaba, escribía, preguntaba, exploraba, sonreía, se dirigía a él con empatía y dijo que había que estudiarlo.  Le enseñó un video que provocó que mi hijo desviara su atención, que yo mirará al suelo e intentara no escuchar sus quejidos, aún me duelen tanto, me provocan tanta impotencia, me hicieron sentir tan inútil...Salí de allí creyéndola, con una buena sensación. No le falle por favor, otra vez no.
Fui a arreglar papeleo pendiente y lo llamé:" ¿Estás en el hospital?. No, volveré en media hora". Allí volví en ese tiempo, necesitaba su abrazo, sabe que lo necesito, que hace que dosifique mi miedo. Hablamos de la vida, de cómo nos conocemos, de cómo querríamos "irnos", con una conciencia de paz, de relajación y de entrega  al incierto final. Me relaja escucharlo, me transmite tanta paz...Me volvió a abrazar en la despedida: sólo le pedí que no dejara de hablarme, que necesitaba sus abrazos antes de operarme, y por supuesto, en el camino. Mantente cerca David, no te alejes demasiado.
Fue una semana de decepción, desencanto, no fui capaz de arrancar de mi piel la frialdad de aquellas palabras. Mi Sonia, toda la semana culpándose de su no culpa, intentando arreglar el corazón de dos amigas a base de abrir el suyo en canal. Es cierto que le dije que no quería saber nada, se lo dije varias veces y cada vez que lo hacía, la espina se clavaba más en carne. Maldita sea, ni capaz soy de no quererla. No dejes que siga estando coja, acompañadme en este camino, no podré hacerlo sola.
No tengáis miedo, el miedo roba fuerzas,confunde, no ayuda. Ahora sí, ahora podremos, ya veréis como sí. Os quiero.
Y para ser un fantástico día, él consiguió ser feliz. Lo sé, lo vi. Buena noche.

jueves, 29 de junio de 2017

VAYA DIA

Mal día el de ayer, podía ser un día cualquiera, pero no, todo, absolutamente todo, tuvo que torcerse.  Uno no hace bien su trabajo, otro no respeta los turnos, otro busca y sólo encuentra excusas, otro te llama la atención en mi propia casa, bah!.
Esa mañana salí a la calle y me encontré con mi informático preferido. Me preguntó mientras me daba un beso: ¿cómo estás?. Yo que estoy en un momento de sinceridad absoluta, le contesté: "mal, tengo  cáncer". Y la jodí, vaya si la jodí. Me miró con ojos de cordero degollado, me abrazó con fuerza, acarició mi espalda como intentando consolarme y me dijo: "Ya me has jodido el día, ya no voy al mercado, ya me has dejado sin ganas de nada" y con la misma, volvió a abrazarme con más fuerza. Mientras, con el poco aliento que me permitía la situación, le dije: "vaya, lo siento, ya sabía yo que tenía que haber pasado por la otra calle", intentando quitarle hierro al asunto. Me soltó de golpe y vi sus ojos; si hubiese repirado una sola vez más, mi amigo, mi informático de cabecera, comenzaría a llora. Le acaricié la cara con toda la dulzura posible, me giré y le dije adiós con la mano. No quise llorar, no allí.
Más tarde me fuí con mi hijo a un ortopeda. Estabamos allí sentados, a la hora que nos habían dicho, siempre cumplidores, cuando al rato llegó un nuevo cliente con muletas, arrastrando una pierna dificil de encajar en aquel cuerpo. La ironía, su "fetor enólico", vaya, que el susodicho cojo apestaba a aguardiente barato y casi ni revolvía la lengua, salvo para saludar al ortopeda cada vez que pasaba por delante, claro que ambos se conocían, no sé si de siempre o por "el miembro". Total, llegó nuestro turno y el "colega" le dijo al cojitranco que pasara a la consulta tras darle una palmadita en la espalda. Yo, que soy nieta de militar y que últimamente mi paciencia acaba al contar 1, me levanté y  con los brazos en jarra reclamé mi turno, dispuesta a luchar contra dos marimachos hasta mi último aliento. Era de esperar que al colega no le gustara eso de no permitirle al cojitranco ebrio ganarme en la carrera cuya meta era su despacho. Era nuestro turno, soy una mujer que acude con su hijo, el colega no sabe de nuestras miserias, ni de nuestras enfermedades, ni de..., me importa un bledo, es nuestro turno y ya está. Al rato, salimos del despacho. Miré al cojo, le di una palmadita en la espalda y nos fuimos airosos.
Aquel fontanero era la tercera vez que venía a casa a solucionar la misma avería y llegaba con dos horas de retraso. Así como entró por la puerta, con las manos en los bolsillos, sin bolsa/maleta/caja de herramientas, lo seguí hasta el baño, la cuna del futuro enfrentamiento. No debía tener más de 25 años,con esa prepotencia que les da la edad, giró la cabeza y me dijo: !!pues a mí no me huele mal!!. A ver como lo explico: si meto un lobo hambriento en un gallinero y me aparecen las gallinas muertas, ¿puedo culpar al lobo o a las gallinas?. Pues el deserebrado fontanero adolescente, tuvo la osadía de decir: si el baño huele mal, no es mi culpa. Y yo, que soy nieta de sargento coronel, hizo que mi sangre hirviera en 0,2 segundos y le dije: "Oye guapito, admito que no sepas/puedas arreglar ese desaguisado, y si es así, yo me encargaré de traer a la persona que sepa hacerlo, pero no te permito que entres en mi casa a culparme de tus limitaciones técnicas", por supuesto, manteniendo mis brazos en jarra. Un airiño de sensatez le hizo cerrar el pico de adolescente deslenguado e hizo su trabajo. Ahora correctamente, al fin, eso espero.
El otro se presentó como Técnico de Calidad de mi compañía de seguros. Lo acompañé hasta el baño y tras hacer una encuesta digna de un comité de selección de personal de la Nasa, sacó una cámara de fotos del bolsillo y comenzó a fotografiar cada pieza de loza que había en aquel baño. A la pregunta sencilla de : ¿pero qué haces?, le empezó a temblar el labio superior y esbozó una sonrisa nerviosa mientras decía: "tranquila señora, estas fotos son para mí". Ese es el problema, animal de bellota, que esas fotos sean para ti, fotos de MI ducha, de MI lavabo,de MI taza..., depravado técnico de calidad.
Se puso tan nervioso que se movía como un hamster en una jaula intentando encontrar la salida. Si no llega a encontrar la puerta, lo hubiese metido en una jaula con una noria.
El resto del día, me hubiese gustado pasear por mi playa en silencio, con mi silencio y mi libertad, que en el fondo es lo único que me pertenece y me respeta. Si bien es cierto que necesito a los míos cerca en este momento, necesito mi espacio vital, mi individualidad y mi aire. Y esa mano, que allí buscaré. Buena noche.

sábado, 17 de junio de 2017

MI GUERRA

Antes de que leáis esta entrada, deciros que por una vez en mi vida he tenido suerte, mucha suerte, y aquello que parecía un cáncer no lo ha sido. Estoy enferma, mi pulmón está enfermo, seriamente enfermo, pero no se trata de un cáncer. No quiero modificar el blog porque en el momento de escribirlo expuse lo que sentía, un terremoto de sentimientos que me ayudaron a comprender como cambia la vida propia con un simple diagnóstico. Esta entrada va dedicada a todas las personas valientes que luchan por una grave enfermedad, tenga el nombre que tenga. A mis valientes.

Hola, me llamo Julia, tengo 50 años,soy madre de dos adolescentes estupendos,  narradora de este blog, enfermera vocacional, amiga de mis amigos hasta la médula, gran defensora de la sonrisa y de los abrazos, amante de los paseos por la playa, apasionada por la música, enamorada de la fotografía y desde hace diez días, enferma de cáncer.
Estoy segura que más de uno se acaba de echar las manos a la cabeza mientras piensa: ¿cómo puede decirlo así, de esta forma tan inpersonal, tan fría, tan clara?. Pues porque yo no me lo he buscado, simplemente él ha querido instalarse en mi pulmón, así, sin previa invitación. Creo que lo odio, no, lo sé, lo odio, y no lo quiero en mi cuerpo, ni cerca de mis hijos, ni tan siquiera en mi mundo. Pero ahí está, hasta ahora tan callado mientras crecía, sin darme la oportunidad de habérmelo cargado antes. Un fallo no, muchos, tres años de fallos. Y muchos oídos sordos. Desidia.
¿Y qué siento?. Pues no lo sé, una mezcla de sentimientos bestiales: miedo, odio, pena, ira, desesperanza, debilidad, incredulidad, frío, vértigo, angustia, y todo esto elevado a la enésima potencia. No ha sido una buena semana, demasiadas malas noticias, demasiada carga para una vida, demasiada condena.
Oigo una y otra vez palabras de ánimo, que agradezco de corazón. Me han abrazado hasta el ahogo, intentando exprimir el miedo. Me han enternecido sus lágrimas, curiosa reacción la mía, realmente ellos me emocionan mucho más que este extraño  que crece en mí.
Me sorprende como aprovechan mis movimientos y mis ausencias para preguntarle a los míos cómo es posible que mantenga el humor y la sonrisa intacta. Ni yo sabría contestar a eso en este momento.
Vivo en un tiempo de descuento hasta el día de la cirugía; no quiero pensar en verano, ni en navidad, ni más allá de dos días en mi vida. Sé lo que voy a hacer mañana y quizás pasado, pero no el otro .
He hablado con mis hijos,les he explicado lo que me ocurre, aunque no tengo claro que hayan entendido que esto será una guerra dura, de la que me gustaría protegerlos, a sabiendas de que no podré hacerlo. He visto llorar a mis amigos, he visto mi miedo en sus ojos, he secado sus lágrimas mientras mis manos temblaban y he tomado la decisión de mantener la serenidad y la esperanza.
En unos días comenzará una pelea dura, intentaré no decaer ni perder el hilo de la sensatez, prometo intentar esquivar los pensamientos grises y tornarlos de color, buscar la fuerza en la positividad, arañar la esperanza de la última capa de mi optimismo vital, soñar con la curación.
Y para esto os necesito, no tengo que decir quienes sois, eso lo sabeis, cada uno en su espacio, cada uno en su forma, pero todos necesarios. Un abrazo, unas palabras, esa mano que me sujete, el beso en la frente, una llamada, un lo siento o un no te dejaré caer, todo vale porque son piezas que encajan en esta situación de caos.
Hola, me llamo Julia, soy la autora de este blog y tengo cáncer. Y os prometo que lucharé para quedarme aquí hasta el final. Buena noche.


sábado, 3 de junio de 2017

LONDRES Y YO

Hace tanto tiempo que no escribo...quizás por no delatarme, por no querer demostrar lo que no quiero que se sepa, quizás por "esconder" mis sospechas. Pienso en mi vida, sí, a diario, cada etapa que he pasado, cada pena que he vivido, cada alegría de la que me he olvidado. Quizás mala suerte, quizás estaba escrito en el diario de mi vida, quizás alguien pasó algo por alto, maldita sea. A unas horas de disipar una duda que me está matando, me encuentro en una situación de indiferencia ante un futuro próximo. No, no es que me dé todo igual, es como si el tobogán por el que me deslizo fuese tan resbaladizo que sería un gasto de energía intentar frenar. Me resultaría más efectivo dejarme caer y ver que hay al final del descenso. Acepto lo que haya, estoy demasiado cansada para plantearme por qué, demasiado hastiada para pensar en un pasadomañana que me agota sólo con pensarlo. Y eso no significa que tire la toalla, no, ni hablar, sólo que necesito tiempo para que las cosas transcurran por una vía natural, y ver lo andado y las cosas desde la distancia. Pienso que he tenido una vida que quizás no me he merecido, eso si lo piendo egoistamente. Pienso que he hecho lo que he podido para solucionar los problemas de los más, que he luchado lo impensable por ayudar a mis hijos, que siempre que alguien me ha necesitado he corrido para estar en primera fila de su alivio y conseguir su bienestar. He mantenido todos mis sentidos alerta para que nada se me escapara, he cuidado en mi casa, a mi familia, a mis amigos, a mis pacientes...
He mantenido un luto invisible para muchos, he llorado en silencio y sin lágrimas, he gritado sin producir ningún sonido, sólo para que nadie supiera lo que que me dolía y cuanto.
Y siento miedo, como lo tendría cualquier persona en mis zapatos. Ella me dice : "no sé cómo lo haces, yo me volvería loca". Y no lo hago, mi querida amiga, sólo dejo que el tiempo transcurra, y con él el temor, porque si lo dejo correr es imposible pararlo, como la corriente al abrirse una puerta hueca y así imagino que pasará de largo.
Ultimamente pienso en que he vivido lo que me ha tocado, tanto bueno y tanto menos, pero lo que me tenía preparado el destino. A la pregunta de que si tengo miedo, la respuesta es NO. Ojalá la vida me tenga preparada gratas sorpresas, pero también estoy preparada para cargar con mi maleta a pesar de no haber reservado este billete. No me gustaría, pero sí lo haría si no tuviera más oportunidades. Si me preguntas que deseo pediría antes de irme, no podría pedir uno, por derecho debería de dejar varios deseos en el aire escritos, pero el primero ante todo sería para mis dos hijos, para que la vida los proteja, para que vivan el amor con sus amores elegidos, para que puedan abrazar a sus hijos como lo he hecho yo con ellos, para que envejezcan al lado de sus personas amadas, que lo poco y bueno que les he enseñado lo transmitan con la misma ternura con la que yo lo he intentado...
Aún pecando de contradictoria, me gustaría sentir sus vivencias, quizás por el egoismo de madre, quizás por llevarme ese sentimiento en mi maleta. Sé que allá no voy a estar sola, hay demasiadas personas pérdidas a las que echo mucho de menos, hay demasiados abrazos que han quedado pendientes, hay demasiadas almas que añoro...
Hoy no es un buen día, estoy escuchando las noticias de otro absurdo atentado que ha llenado las calles de Londres de vidas perdidas. Hablan de números, tan despersonalizado, tan poco valorados. A estas horas hablan de siete víctimas, así de frio, sin pensar en las familias, amigos, compañeros que aún no habiendo perdido sus vidas, han visto como sus normalidad ha sido atacada a acuchilladas, si no cortantes, igual de hirientes.
No quiero religiones que maten, no quiero dioses llenos de sangre, no quiero muertos ni familias heridas para siempre, no quiero irme, no quiero dejar a los míos, no quiero en el caso de que deba hacerlo, irme con miedo. Buena noche, aunque ni la vida ni el terrorismo nos lo permita hoy.