martes, 21 de abril de 2026

INSTANTES

Cómo siempre llegué a la cita antes de la hora, yo y esa maldita manía de ir corriendo a todos lados...

Zona B, sala 2. Aquí es. 

Sillas en filas estilo parada de autobús, perfectamente colocadas paralelamente. 

Entré sigilosa, casi aguantando inconscientemente la respiración. "Buenas tardes". Nadie levantó la cabeza de la pantalla del móvil. 

Encaminé el paso hacia mi asiento mientras fruncía el ceño en señal de reprobación. Ya nadie mira, ya nadie saluda, ya nadie acompaña. 

Acobardada por la situación, me senté  procurando no hacer ruido, no molestar, no romper el silencioso paso de los dedos sobre las anodinas pantallas. Un sonido enlatado era lo único que les hacía volver a la realidad y levantar la cabeza del móvil. Miraban el ticket arrugado entre sus dedos mientras "el agraciado" con el número de la irritante pantalla se levantaba de un salto para dirigirse a la puerta que allí le indicaba. El resto de seres de aquella sala, sin parpadear volvían a mirar las pantallas.

Cómo de costumbre, busqué algo que me llamara la atención. Mi mirada se centró en una pareja. Ella apoyaba la cabeza sutilmente sobre el hombro de su compañero y cerraba los ojos con un aire que olía a derrota. Su pelo suavemente recogido en una coleta del pasado. Un libro sobre el regazo, una bolsa de tela sujeta como si de un cofre del tesoro se tratara y las manos apoyadas, casi rendidas sobre las piernas. 

Él le tocaba el pelo durante su frágil descanso, lo acariciaba con una triste ternura. Cada vez que alguien se levantaba o hablaba, ella se despertaba y volvía a abrir aquel libro de forma casi automática. Se recolocaba las gafas de pasta y acariciaba cada una de las  páginas del libro de sus sueños. Él entonces aprovechaba para acomodarse en la silla durante los breves segundos que duraba el nuevo intento por seguir cuidando de su chica. 

Ella volvía una y otra vez a cabecear, derrotada, pálida, ojerosa. Él la sujetaba, le besaba la cabeza y ella sonreía. No fui capaz de oír sus voces, sólo veía la ternura que me transmitían, un amor que destilaba aroma a una difícil lucha.

Sentada entre el público como una más, me gustaba observar como interaccionaban las personas que llevaban las butacas Dos filas por delante, un hombre de pelo cano y tez morena se sentaba al lado de una mujer de pelo plateado, que lo miraba cada vez que articulaba un sonido. La sonrisa de él lo delataba con cada palabra, suave, casi indescriptible. No podía dejar de mirarlos, como si esperara algo sorprendente y así fue. Él le dio un leve beso en los labios que supo a ternura infinita. Ella le regaló una sonrisa cómplice. Cerré por un instante los ojos y dejé que los recuerdos me envolvieran...

Rozaban los cuarenta, se acercaban por la misma acera. Levantaron una de las manos para "chocarlas" con sus puños como saludo. Dos segundos después, una sonrisa les impulsó a agarrarse de los brazos, como una súbita necesidad de mayor contacto. 

Así se interesaron por el último año en un intento tímido de recuperar una amistad quizás nublada en estos últimos meses o años.

No pude evitar imaginar lo que podría ocurrir. Y de pronto, lo que intuía, ocurrió. Los dos se fundieron en un abrazo duradero. 

Pasé por su lado sin poder desviar la mirada, les sonreí y seguí mi camino con la certeza de que los amigos, aunque nos resistamos a serlo, son tan necesarios como el aire. 

Buena noche.




jueves, 26 de febrero de 2026

PROPIAS

Mujeres, hijas, madres. Ellas. 

Vidas que se deslizan de forma constante por una vertiginosa montaña rusa plagada de interminables curvas que ocultan  responsabilidades que hemos aceptado socialmente como una herencia envenenada. Castigos autoinfringidos estúpidamente por no llegar a tiempo a todo, por no estar disponible en cada segundo de todo momento o no cumplir con los arcaicos cánones de belleza marcados por una sociedad vil, simple e insustancial.

Mujeres cansadas de un baile de hormonas que no hemos aceptado libremente, que  suben y bajan cambiando nuestros cuerpos, humor, sensaciones, planes, futuro...

Gestar, dar de si en todos los sentidos, parir con un dolor insoportable escuchando voces ajenas de fondo que repiten una y otra vez un "tranquila, tú puedes, ya queda menos, ya faltó más", que simplemente no aporta lo necesario en ese momento. 

Ahora cría y disfruta del momento, porque ni problemas, ni la enfermedad, ni la vida van a pararse para tí. Se abrirán mil frentes y tú seguirás representando el papel acordado sin tu consentimiento de mujer, madre, hija...

Todo sigue.

Menopausia, otra de hormonas. Todo natural, todo vendido como un paseo inevitable que hay que patear sin protestar mucho, porque todo lo que te pasa es "normal". Voces a tu alrededor que como el eco, te repiten que necesitas transitarla con tranquilidad, comprensión y entendimiento. 

Y lo intento, pero tengo la imperiosa necesidad de gritarle al mundo que el insomnio me mata, que no reconozco mi cuerpo, que tengo la líbido por los suelos y que fulmino con la mirada a las pavisosas de treinta y cinco años porque en clase de pilates se exiben estirándose como gomas nuevas. Mal saben ellas que TODAS las gomas ceden con el tiempo. Cuando me baja la adrenalina, recobro el sentido común y vuelvo en si con un ligero remordimiento pero con un desahogo real.

Y cuando te has rearmado tirando del amor propio, vuelves a sentir que el mundo te mira con total indiferencia, no paras de escuchar frases manidas como " y ahora no sé por qué llora", " no hace más que repetir a cada momento que todo lo está haciendo mal", "siempre está muy cansada"...

¡Qué tontería, debería ser feliz, tiene de todo y sólo quiere llorar. No hay quién la entienda!

Nadie nota el peso cargado a la espalda, apenas me ven. Creen que tu obligación es poder con todo mientras sostienes el agobio, bajas la mirada, acunas las tristezas e intentas calmarte. Cierras los ojos, sólo necesitas un abrazo que dure más de seis segundos, de los que siempre te tranquilizaban y ahora escasean tanto, tanto, tanto. 

¡Maldita sea!. Cálmate, por favor.

En un momento te sientes bonita y a los cinco minutos has perdido la belleza, hay algo raro en esa sonrisa que nadie alcanza a interpretar a pesar de que te sientes transparente para todos. Y mientras seguimos avergonzándonos de nuestra debilidad. Ya no hablo, no duermo, no como. Sólo bajo la mirada, estoy  cansada...

De vuelta al trabajo, cuida aquí y allí, acaricia, consuela, abraza a desconocidos que necesitan descargar su dolor, ayuda fuera y dentro, deja para el final tus necesidades, otra vez...

Sonríe al abrir la puerta de casa, arregla el desorden, ese que nunca es el mío. Compra, haz la colada, plancha montañas de ropa.

Venga, otra ducha con los ojos cerrados, otro momento para diluir con agua caliente las tristezas para que nadie lo note, deja que todo se vaya por el desagüe.

Reflejada en el espejo del baño no es fácil reconocerse. La piel menos tersa, ojeras imposibles, el pelo canoso recogido que muestra en paso del tiempo en tu pecho y de nuevo, como siempre abrazada a un jersey de lana cedido. Pruebo a sonreír, lo intento, ya no recuerdo la última vez que lo hice, casi duele hacerlo. Me rearmo.

Abro de nuevo la persiana, otra mañana, el mismo comienzo, la misma secuencia. Hoy tampoco estaba en mi sueño como me había prometido, sigo echándolo muchísimo de menos.

Vuelvo a cerrar los ojos, estoy harta de que todos repitan sistemáticamente que debo hacer con mis recuerdos, como si pudiera arrancarme el sentimiento del pecho y arrojarlo al fondo de un barranco. Menuda estupidez, que sabrán ellos. Siempre estarás conmigo.

Es viernes, apenas llego entera, otra semana agotadora en la que nadie se da cuenta del peso que carga mi vida. Un poco de colorete, una pincelada de rímel y un "pués estás fantástica" como un eco que ya no llega a ningún lugar.

Me sirvo una copa de vino, mis bocetos, mis pensamientos acompañados de música, mientras pasa el tiempo, todo demasiado rápido ,justificándome una y otra vez ante todos.

¡Harta!.

Ya he vivido mucho, dos tercios de mi vida, he sido hija, esposa y madre. Ya he pasado mucho tiempo de responsabilidad, el suficiente para hacerme dudar de decisiones que he ido postergando y que no puedo ignorar ni un sólo minuto más. 

Cada vez que pienso en ello, sonrío. Ahora con los ojos bien abiertos y llenos de esa picardía madura que tanto escondí, quizás imaginando o recordando, nunca lo sabréis. Sólo yo sé que pasa por mi cabeza. Me gusta esa sonrisa, ahora sí soy yo. O ella. O  quizás todo esto no es más que una historia inventada. 

Buena noche.



sábado, 7 de febrero de 2026

SANITARIOS

Después de mil crisis existenciales sobre la profesión a la que me quería dedicar, pelear contra unos inútiles números clausus para entrar en otra carrera que no me atraía lo más mínimo, volver a estudiar y seguir peleándome con el planeta, conseguí finalmente conseguí estudiar lo que quería. Como diría un buen amigo, soy una de esas locas vocacionales que se pasan media vida corriendo de un lado para otro en pijama y zuecos de colores.

Estoy segura de qué te habrás cruzado con alguna de nosotras en tu vida, quizás nos hayas visto sentadas delante de la pantalla del ordenador en el control con el ceño fruncido o corriendo como posesas hacia una alarma activada desde el box vital. Puede incluso que te hayas tropezado con alguna de nosotras en el pasillo de una planta de hospitalización arrastrando los zuecos para atender a la llamada de un timbre insistente. 

Puede que nos hayas visto en la calle camino de un domicilio, quizá te hayas sorprendido al vernos saltar de una ambulancia en medio de una carretera para asistir en un accidente o entrando desorientados en un portal cargando mil maletas pesadas.

Sí quieres, puedo aclarar tus dudas sobre una técnica, contarte por qué una vacuna te va a ayudar a no enfermar, cuál es el motivo por el que no debes dejar de tomar un medicamento o qué problemas puedes tener si lo haces por tu cuenta. 

Quizá nos has visto tropezando con las esquinas del control de enfermería, bostezando somnolientas de madrugada, calentando las manos con una taza de café a mitad de un turno, apoyándonos en vuestra cama para descansar un poco el cuerpo o  abrazándote para tu sorpresa cuando tus ojos estén a punto de desbordarse. 

Me gustaría oír de tus labios que no te hemos hecho sentir mal en ningún momento por un trato injusto, y si así lo fue en algún momento, te pido perdón.

Somos especialistas en técnicas que pueden ser  molestas, te pueden asustar y ser algo dolorosas o desagradables. Tranquilo, entiendo tus quejas y temores. Quiero que sepas que lo haremos de la forma más delicada posible para minimizar tu malestar, que entiendo tu mirada y sé de tus miedos.

Me puedes encontrar ayudando a cualquier médico, intentando ayudarte a que te cures o procurando que tu enfermedad no se agrave. Te prometo que lo hago con todos mis sentidos alertas. Responderé a todas tus preguntas y dudas para tranquilizarte porque eres el motivo por el que he elegido esta profesión.

Ahora sólo te pido que leas lo siguiente con calma, tengo que contarte algunos secretos sobre nosotras, mis compañeros, sobre mí.

Aunque nos veas muchas veces en el hospital, no vivimos allí.

Y aunque a veces parece que no tenemos otra vida fuera del hospital, si tenemos una familia que nos espera en casa.

También sufrimos enfermedades como tú, la profesión no nos protege de que podamos ser pacientes exactamente igual que lo eres tú. Después de cuidarte en el hospital, nos vamos a casa y seguimos cuidando de nuestras familias, postergando en muchas ocasiones molestias propias para tratar las ajenas, tomándonos un analgésico a escondidas para seguir con el día a día. 

Cuando presenciamos un accidente, una urgencia o algo que precisa una atención urgente, puede que me cruce contigo y ni te salude. Y no es orgullo ni protagonismo, nuestra cabeza centrífuga en ese momento mil escenarios posibles anulando el resto de nuestros sentidos. Si una persona necesita ayuda inmediata, nos centramos en ella obviando todo lo que está a nuestro alrededor. Nuestro nivel de estrés es muy alto cuando sospechamos gravedad, pero cogeremos aire suficiente para planificar la actuación más efectiva.

Hay muchos momentos en los que sabemos que nos enfrentamos a dos posibles situaciones, que todo salga bien y salgas de allí con una sonrisa en el alma, o que sea demasiado tarde. Cuando esto último ocurre, difícilmente podremos levantar la mirada, no querremos que veas levitar la pena, apretaremos los labios y mascaremos  un silencio que nos pesará mucho. A veces buscamos una pared alejada para apoyar la tristeza y procesar lo que ha pasado.

Cuando vuelva al trabajo puede que te acaricie la cara antes de hacer algo que te produzca dolor, o que te abrace si noto que lo necesitas. Puede ser que no te des cuenta de que mis ojos se están nublando mientras leo algún resultado inesperado o que te pregunte mil veces cómo te encuentras durante un turno cada vez que me respondas con un monosílabo. Por tus pasos, tu forma de sentarte o tu mirada, sabré que "algo" te pesa, y también estaré ahí para ayudar a sujetarte. En el fondo somos un poco brujas, sabes, leemos la mente...

A cambio sólo te pido que me respetes, no nos alces la voz, no hagas uso de la violencia física ni me repitas como un disco rayado que tú pagas nuestro sueldo. Quizás estés cansado, dolido, triste o con necesidad de desahogarte por una situación estresante, lo entiendo, pero hazlo desde el respeto.

Puedes estar tranquilo, entiendo tu miedo. Respétame como persona, como profesional y te ayudaré en todo lo que pueda, no tengas duda alguna.

Ahora me voy a casa, no veo a mis hijos desde ayer. Necesito mi lugar y sus risas. Mañana volveré para cuidarte, en mi ausencia te cuidarán mis compañeros con el mismo mimo con el que yo lo hago. Mientras tanto, intenta descansar. 

Buena noche.



sábado, 13 de diciembre de 2025

FELIZ TODO


Feliz Navidad, feliz cumpleaños, feliz fin de semana, feliz año, felices vacaciones,...

Haciendo cálculos, de 365 días que tiene el año,  te desean felicidad cuatro días en diciembre, un par de fines de semana, el día de tu cumpleaños y basta.

Los días restantes, te las tienes que apañar tú solo para ser feliz, sea como sea y si puedes, claro.

Cruzarte en un lugar con la persona a la que no soportas, esa "amiga" con la que hace años compartías tus secretos pero de la que ahora te irrita hasta el aroma de su rancio perfume, la que cada vez que ronda a menos de un metro de tu zona de confort te produce una dentera insoportable. Esa que sonríe a la vida con un poco de aire artístico y un mucho de no ser nadie. Esa persona a la que cada vez que le miras a los ojos es imposible no retarla a salir de ese oscuro pozo de poder y con la que desearías solucionar de una vez las deudas del pasado para tu calma interior y pasar página, esa, esa va y te desea felicidad...

Pero en mi vida doy prioridad a las "otras personas", a las que no has visto en mucho tiempo y te escriben un mensaje deseándote lo mejor. Yo no quiero que "me deseen", quiero tomar un café contigo y contarte que el tiempo pasa, que para unos con más deprisa que para otros, que las risas se pierden cuando ya ha pasado demasiado el tiempo, que aún podemos solucionar aquello que  nos quedó pendiente y aprovechar cada instante que nos quede...

También a todos aquellos que lo desean porque son felices en estas fiestas, los que te abrazan, los que se emocionan, los que comparten con complicidad los ojos vidriosos, la persona que se molesta en escribirte algo bonito, amable y cálido. 

Y el que quiere que nos veamos y compartamos un vino con carcajadas de las de verdad, los que te preguntan y esperan realmente la respuesta, la que me peina el pelo con sus dedos cuando se da cuenta que no puedo más, el que busca la sonrisa en las sombras de mis ojos, el que te incita a baila sin pudor en una carretera recóndita, la persona que respeta mis silencios y es complice con miradas de reojo, el que comparte conmigo sus gustos y mis defectos, el que me quiere como amiga sin fronteras, el que me quiere como él o ella quiera, sin más.

No quiero que me deseen felicidad por compromiso, ni estar cerca de nadie que cumpla con normas sociales arcaicas, ni al que rumia venganzas sin verdades, tampoco al que presume sin darse cuenta de lo que carece, ni al que el poder le da agrias ideas de venganza, y menos, al que no diferencia su tormenta de mi calma.

Agradezco la felicidad de los que caminan en mi vida sin hacer ruido, y los que hablan con un tono cálido y sincero, los que abrazan con los ojos cerrados más de seis segundos, los que roban besos en la mejilla tímidamente permitidos, los que escuchan más allá de las palabras, los que acarician con la voz, los que acompañan sin tropezones injustos, de los que aprendes algo bonito cada día,  los que te ayudan y es cierto, los que están con ternura en los fracasos y te sonríen con un guiño en los logros y sobre todo, de los que quieren ser en mi existencia.

También de los que comparten momentos absurdos con carcajadas sinceras, de los que disfrutan del humor inteligente, de los que quieren tiempo compartido para y conmigo, de los que son comedidos en mis silencios, de los que disfrutan de cada segundo de cada hora, de los que dicen, de los que no callan, de los que no te olvidan, de los que siempre están, de los que quiero.

Buena noche.






sábado, 15 de noviembre de 2025

NOSTALGIA ll

En aquella época era un tanto frecuente que cada vez que se incorporaba un nuevo miembro a la familia, se recogieran los bártulos y se mudaran a un piso más espacioso a continuar con la vida. Y así ocurrió.

Poco recuerdo de la primera casa a la que nos mudamos, sólo que desde el portal hasta el ascensor había un pasillo muy largo y allá al fondo, te topabas con Lola, la portera del edificio. Cómo si de un uniforme se tratara, Lola era muy rigurosa con su indumentaria: zapatillas de casa, falda de cuadros marrón y lana, medias gruesas oscuras, jersey de canalé monocromatico y una minicapa de lana morada tejida por ella misma, con un cordón asfixiante que enlazaba en su cuello.

Nunca supe calcular la estatura de Lola, siempre estaba sentada en una mesa al fondo de aquel pasillo, y la inocencia de la edad me hacía pensar que el trabajo de la buena señora era estar sentada todo el santo día en aquella mesa de tablero marrón contrachapado. Alguna vez se me pasó por la cabeza la idea de que Lola no tenía cuerpo debajo de aquellas múltiples  y herméticas capas de ropa. Un moño alto y gafas de pasta muy de los años setenta, remataban su indumentaria. 

Un  buen día, Lola desapareció de "su espacio", ya nadie hablaba de ella, sólo quedó su mesa en el vacío de aquel largo pasillo. Tiempo después corrío el rumor que la pobre Lola había sufrido un infarto y que ...

Ya en nuestra segunda casa, una cortina de tela de saco separaba el hall de un pasillo estrecho, que los pequeños utilizábamos como frontera virtual que separaba la zona de trabajo de mi padre del resto de la casa. Claro que en esa época éramos muy niños y le habíamos encontrado una utilidad mucho más lúdica a aquel límite. En el momento en el que ningún "mayor" nos veía, la usábamos de hamaca. Uno se tumbaba sobre la cortina mientras los otros dos hermanos sujetaban las esquinas inferiores de la cortina y balanceaban al que le tocaba por turno disfrutar del "columpio" secreto. Nos turnábamos con rapidez para que no lo descubriera mi madre y su zapatilla de suela de goma. Aún recuerdo la sensación de achicharrarnos las manos cuando nos resbalaba una de las esquinas. Dos se lastimaban las manos mientras un tercero se esnafraba contra el duro suelo de baldosa del pasillo. Pero nunca nos quejabamos de las consecuencias del "delito"...

También recuerdo una habitación con un armario marrón y un patio de luces oscuro en el que había un pilón. En el Pilar, la "santa" que nos cuidaba, lavaba la ropa y las zapatillas 

de gimnasia. Ese pilón también sirvió de refugio en alguna ocasión...

La  casa de Buhigas fue la última, tenía muchas habitaciones, y de ella conservo los más más emotivos recuerdos. Ya éramos siete de familia y aquel fue nuestro hogar definitivo.

Habíamos bautizado cada una de las habitaciones con un nombre, como si se tratara de las salas de un palacio: la habitación de los zapatos, la de la plancha (anteriormente la habitación de mi hermano mayor), la habitación de las niñas, la de los niños, la de los padres, la salita, el cuarto de baño pequeño, el baño grande y el salón. 

La habitación de los zapatos era un cuarto de baño que se habilitó como mini habitación que  cumplía mil funciones: servir de zapatero, paragüero, depósito de la caja gris de herramientas y ser escondite en nuestros juegos. En una de las paredes, mi padre atornilló unas baldas que se llenaban con revistas de decoración de mi madre como el Nuevo Estilo, el Selecciones del Reader's Digest y un montón de números de la revista Tiempos Médicos. Más que una habitación parecía un bazar.

La salita era diminuta, sólo amueblada con una mesa camilla con brasero, dos sillones de skay, una alfombra, una mesa de televisión con ruedas y la televisión de la "teta" en su parte trasera. Era una sala tan pequeña que cuando los tres hermanos mayores nos tumbábamos en el suelo para ver la televisión, si alguien entraba o salía, debía esquivar aquellos pequeños cuerpos tendidos haciendo de alfombra  humana.

Cuando mi padre decidió cambiar la consulta, se tiraron los tabiques de dos habitaciones  contiguas y cambió la categoría de sala a salón, pero esto no pasaría hasta años más tarde. 

El cuarto de la plancha fue en principio la habitación de mi hermano mayor. Tuvo el honor de ser el primero en tener una habitación para él solo, algo que nos fastidiaba mucho a "las niñas".  Además le hicieron un armario de obra enorme, blanco con unos cajones que pesaban muchísimo y cerraban fatal, cosa que nos hizo mucha gracia al resto, que con maldad infantil nos alegrábamos del pesado defecto de los cajones mientras él hacía el esfuerzo en abrirlos y cerrarlos a diario.

La habitación en cuestión no tenía luz natural, tan sólo una ventana que abría hacia una pequeña terraza, que a su vez daba a un oscuro patio de luces que se convirtió en la única comunicación con el exterior. 

Pero el reinado de aquella habitación duró poco, ya que la familia crecía y se necesitaba más y más espacio. De un día para otro y muy a su pesar, lo exiliaron a una habitación  del pasillo y su preciado reino se transformó en el cuarto de la plancha, dónde Carmen, la nueva mujer que ayudaba a mi madre en el cuidado de los niños, pasaba horas planchando montañas de ropa que se iban apilando en un sillón de mimbre allí olvidado.

La habitación "de las niñas" tenían dos camas, una puerta de balcón que jamás cerró bien y por dónde entraba un frío terrible por mucho burlete que colocara mi padre. Un pequeño armario y una estantería con cajones que no se atascaban, una mesa de estudio, un flexo y listo.

La habitación de los más pequeños tenía dos camas abatibles (algo muy típico entre las familias numerosas de la época) que se encastraban en un armario pegado a la pared, que con el paso de los años se iba aflojando. Pero en esa época no valoramos el riesgo de morir espachurrados debajo de aquel pesado mueble. Cuando nadie nos veía, las camas servían para emparedar a mis hermanos pequeños en unos juegos un poco de la santa inquisición. Un armario, una mesa de estudio completaba el escueto mobiliario.

Un largo pasillo atravesaba la casa y al fondo se encontraba el salón, el corazón de la vivienda, "el sanctasanctórum". Sus puertas sólo se abrían para grandes eventos (bautizos, comuniones,  comida y cena de navidad), y los domingos para comer en el de forma circadiana y como algo exclusivo. En una de sus paredes lucía un horroroso mueble modular donde se guardaba la vajilla "buena", las copas de fiesta y el  tocadiscos. Perfectamente colocados a su lado, los vinilos con música de la época : La Pandilla, Los Mismos, Los Indios Tamajara, Mocedades, Camilo Sesto, Nino Bravo, Cecilia, Emilio José, Las Grecas, Juan Pardo, Micky, Los Módulos, Santabarbara...

El tocadiscos sólo podía sonar en casa los domingos por la mañana por real orden de mi madre. Y ese día se compraba pasteles para la merienda, a elegir, merengue blanco o rosa. En "San Domingo", mi padre nos llevaba a todos los hermanos al quiosco de La Baldosa o al de Montáns y nos compraba sobres sorpresa de cacharritos o peluquería a las niñas. Nunca entendí lo de los sobres sorpresa porque  sabíamos perfectamente sabíamos qué íbamos a encontrarnos en su interior. 

Los de los niños contenían soldados, tanques, indios y vaqueros que jamás se mantenían de pié, parecía que ya salían inválidos de aquel sobres sorpresa. Ese domingo si el tiempo acompañaba, nos llevaba a un bar a tomar el aperitivo y nos "derretíamos de gusto" cuando nos dejaban pedir una Fanta o una Mirinda con patas fritas para compartir.

Si de camino pasábamos por la de Beiras, una pastelería-cafetería de la época y si habíamos sido "buenos durante la semana", nos compraban caramelos de gajo de naranja y limón que casi no nos cabían en la boca. Fue un milagro no morir ahogados en la niñez con aquellos caramelos.

El pasillo de casa era el espacio de juego cuando mi hermano mayor traía a casa a sus amigos Fernando, Suso y Valentín, para jugar con sus "Geypermán y Madelmán", unos muñecos semirígidos que conducían un jeep con las piernas tiesas como si tuvieran una prótesis de rodilla oxidada y se tiraban en paracaídas desde la lámpara, pero que nunca sufrían "fracturas".

Las niñas  "bajábamos a jugar" a la calle a la goma o a la cuerda. Nuestra compañera  de juegos, la tercera pata era la hija del marmolista, que siempre se asomaba a la puerta de su negocio para controlar a su hija. La hora de vuelta  a casa no la marcaba un reloj, cuando mi madre consideraba que ya habíamos estado bastante en la calle, salía al balcón de la sala y nos hacía un gesto con la mano para "recogernos" y no había quién le rechistara. 

Al llegar a casa nos daba tiempo a cambiarle el vestido a la Nancy y a la Lesley antes de cenar.

En esa época los juguetes de las niñas eran algo machistas. A mí me gustaba el Hogarín, que era una media caja que simulaban una habitación con los muebles necesarios para formar el "hogar ideal". Cada cumpleaños o reyes, me regalaban una habitación distinta, así que cuando acababas de tener toda la casa del Hogarín, ya eras adolescente y ya te interesaban otros temas. Otro regalo muy socorrido era "el juego de limpieza", con el cubo, fregona, escoba y recogedor. Todo un juego educativo en aquellos últimos años del franquismo.

Aquel pasillo largo nos daba muchas oportunidades de juego. Como a mí hermano pequeño le gustaban los camiones, le regalaron uno enorme con volquete, tan grande que él cabía a la perfección dentro. Cómo teníamos que incluirlo en nuestros juegos por orden gubernamental, decidimos meterlo dentro del volquete, rodearlo de cojines de silla para amortiguar la dureza del metal, ponerle un casco de monopatín que evitara traumatismos craneoencefálicos y lanzarlo desde la puerta del "sanctasanctórum" hasta el armario de los abrigos que estaban cerca de la puerta principal. 

De nuestra parte poníamos todas nuestras fuerzas posibles para intentar completar el recorrido, pero casi siempre fallaba la dirección del vehículo y acababa chocando contra una de las paredes del pasillo. El alguna ocasión, logramos que llegara hasta la puerta del armario acabando con un choque frontal que hacía temblar los cimientos de toda la casa. En ese momento, los tres hermanos mayores nos quedábamos callados y sin movernos, hasta que el llanto o la risa de mi hermano pequeño nos hacía saber que no había perdido el conocimiento. Cualquier expresión que salía de sus labios era señal suficiente para saber que no nos habíamos excedido con la fuerza y la velocidad. Rápidamente lo bajábamos del camión, lo sentábamos en el suelo, lo consolábamos y si aparecía mi madre, nos mirábamos cómo si no supieramos por qué lloraba aquel pequeñajo. Era un auténtico ejercicio de supervivencia. 

Buena noche.


domingo, 2 de noviembre de 2025

PARA GUSTOS


No me gusta la gente que comienza una conversación diciendo "yo odio". Ni los que se revuelven y dan la espalda a tu paso. 

No me gusta la gente a la que le tiembla la sonrisa al verte, ni la que es elitista siendo ellos mismos unos mediocres. Tampoco las personas que extienden su odio al mundo con opiniones personales vejatorias y que"embarran" vidas ajenas por venganza.

No me gustan los "castigadores sociales" que ven defectos en los demás sin pararse a pensar en sus propias "taras". Ni las personas que ante una crítica se defienden haciendo daño durante toda la eternidad. Tampoco los que utilizan la venganza dándose golpes de pecho mientras rezan el "yo pecador, me confieso".

No me agradan los cobardes que se parapetan detrás de una carpeta que usan como escudo para menospreciar al igual, ni las caras que amargan y creen imponer así el respeto no merecido, es sólo el abuso del ignorante. 

No me gustan las personas que se tiran a los pies de otras para demostrar su "falsa fidelidad", ni los agradecimientos verbales excesivos. Me producen desconfianza. 

Tampoco la hipocresía del que sabe que la está aplicando, ni los falsos perdones. No me gusta la persona que repite una y otra vez críticas ajenas sin juzgarse nunca a si mismo. 

No me gustan los que ignoran a los que se cruzan en el camino y sólo sonríen a entes "superiores". Ni los que sistemáticamente interrumpen conversaciones sin respetar los tiempos ajenos. Tampoco los que "pisan" a sus iguales. 

No me gusta la mentira, la manipulación, la falsa fe, el poder usado para provocar daño, la hipocresía, los sonrisa maquiavélica, las caricias con puñales, los borregos sociales, la debilidad cuya única defensa es atacar cruelmente . La mala ignorancia disfrazada de inteligencia, ni los seguidores aférrimos de un mal líder.

No me gusta el absolutismo, las personas de misa dominical y semana de abuso, ni los que se erigen como salvadores de los que sobreviven solos. No me gusta el uso de la balanza de la justicia para ser injustos, ni los que se "abandonan" por un mandato superior.

Me gusta la sonrisa clara, la normalidad de las relaciones humanas, el debate sano, los abrazos interminables, la empatía real, la verdad sin condiciones, la crítica desde el respeto, la amistad imperfecta pero con capacidad para aclarar y perdonar, la igualdad social, la inteligencia acompañada de respeto, la fidelidad con cariño, los saludos con un guiño de ojo, las personas que no permiten el odio en su vocabulario y por supuesto, los que no lo ejercen. Me gusta la amistad sin condiciones, las críticas que hacen replantearnos alguna idea y sacar justicia de ellas. 

Me encanta mandar un beso a la estrella más brillante y abrazar a los que están. Cuidar de personas "rotas", saber interpretar la mirada y sus gestos, no añadir más dolor cuando "el vaso lleva tiempo sin vaciarse" y acompañar incondicionalmente al que no encuentra abrigo.

Me gustan las personas buenas y "sanas", así sin más.

Buena noche.


 



viernes, 24 de octubre de 2025

NOSTALGIA I

Estoy en un momento vital en el que me apetece rebuscar en la memoria y traer de allí recuerdos que aún me saben a familia. Vamos allá.

Éramos una familia numerosa de la época y cada mañana los cinco hermanos nos sentábamos juntos  para desayunar leche con cacao y galletas en la mesa ovalada de la cocina. Mis padres, quizás por marcar esa diferencia entre "mayores y pequeños", desayunaban en la mesa del salón. Eso sí, la sacra comida del mediodía, la hacíamos en familia.

Era una época en la que casi todos los niños del país merendaban un bocadillo de pan con chocolate, y en mi casa, los más innovadores metíamos un plátano dentro de aquel sabrosísimo nutre de pan de Alonso.

Indefectiblemente siempre se cenaba de bocadillo, el cenar de plato estaba reservado a mi padre, que tomaba la leche con café en un plato sopero que llenaba de pan hasta hacer una papa que a mí me producía un cierto repelús. Recuerdo el sonido de la radio de fondo.

En casa estaba terminantemente prohibido madrugar, mi madre era de sueño ligero y si oía el más mínimo ruido mañanero, se levantaba de mal humor. Prácticamente era necesario levitar si querías madrugar. 

Los sábados por la mañana íbamos de forma  rutinaria a la plaza de abastos: primero al puesto de las Faras para comprar fruta, huevos, patatas, pan de maíz y algún queso. Me gustaba subirme a la acera del puesto para ver qué "novedades" tenían cada sábado, era como tener un supermercado en una pequeña habitación.  Yo era devota de su pan de maíz, me ponía de puntillas para otear aquella tabla cubierta de varios trozos de pan, deseando que mi madre le pidiera a Carmiña una loncha de aquel manjar. Y alguna caía cuando miraba a mi madre con cara de cordero degollado (expresión que utilizaba mi madre cuando le hacíamos la pelota para conseguir algo). Casi podría afirmar que Las Faras fueron las primeras en realizar entrega de pedidos a domicilio, claro que ellas, aunque no nos unía un vínculo de sangre, siempre fueron de mi familia: Lela, mi buena Lela llegaba a casa discreta y no paraba ni cinco minutos, Julia se sentaba en el salón a charlar con mi madre y ya darnos achuchones a todos los niños, y lo de Carmiña era curioso porque Bruno, nuestro enorme perro, estaba obsesionado con darle  pellizquitos con los dientes en el trasero, en cuanto la buena señora ponía un pie en casa. De hecho, ya en los últimos años de trabajo, nos rogaba que lo encerráramos en una habitación antes de entrar en casa. Esto generó en mi familia una espiral de hipótesis científicas del por qué de dicho comportamiento "perruno". Unos opinamos que Bruno lo hacía porque Camiña tenía un tono de voz demasiado agudo, otros que lo hacía porque al cánido le encantaba el olor a queso y la hipótesis más segura, pero la que menos barajaba nuestras mentes infantiles era porque el perro percibía su miedo.

Después de hacer la compra en el puesto de la plaza, seguíamos el recorrido haciendo la parada inexcusable en el quiosco "del ciego", apodo que le habíamos puesto los tres mayores porque el buen hombre se había quedando sin visión debido a una enfermedad que desconocíamos. Aunque debo confesar que a veces dudábamos de cuan ciego era, porque  siempre nos decía lo guapos que íbamos y lo bien que nos sentaba este o aquel color. Esa intriga rondó nuestras pueriles mentes durante años, intentando atravesar con nuestra mirada aquellos cristales oscuros verdes botella que  hacían aún más sospechosos esos ojos. 

Pero bueno, sigamos. La parada del kiosko del ciego incluía  la compra de la prensa y si cuadraba, cinco chupachups Koyak de fresa, una delicia que se nos concedía para chupetear mientras disfrutábamos todos juntos la película de las cuatro de la tarde del sábado, de temática western o aventura. 

Para no faltar a la verdad, mis padres se sentaban cada uno en su esquina del sofá, mientras  los niños nos tumbábamos en la alfombra acomodando cojines bajo la cabeza a la  espera de las palabras de mi padre sobre las película en cuestión : "está es un peliculón de rayo". 

Era curioso, no había películas mejores o peores, todas tenían esa calificación, "peliculón de rayo". Yo creo que lo decía para que estuviéramos callados porque no pasaba más de cinco minutos en el se  quedaban los dos dormidos, cada uno en su esquina del sofá. Las siestas en mi casa, sagradas y de sofá de toda la vida. 

La televisión más antigua que recuerdo tenía una "teta" en la parte posterior, se encendía dándole a un botón color crema del tamaño de un toffe, imágenes en blanco y negro, y canales que se cambiaban con una rueda estriada. Dos canales eran suficientes en aquella època, la primera cadena con una programación variada, y la segunda, de tipo cultural, o sea, más de padres.

Recuerdo que en cuanto entrabamos en la cocina, alguien enchufaba la radio, siempre estaba encendida como si formara parte del mobiliario. Algún viernes, cuando mis padres se animaban, uno de los hermanos mayores se eregía recadero y se encargaba de ir a buscar a la Parris unos sandwichs para la cena. Nunca supe por qué se llamaba así, pudiéndose llamar París. En aquella época no se cogían encargos por vía telefónica, el teléfono era para hablar con la familia. 

En casa teníamos dos cuartos de baño, "el grande", de padres, y el "pequeño", mal llamado "el de los niños". Para las duchas se utilizaba el primero, con una cadencia de un día sí y otro no. La bombona de butano no daba para una ducha diaria para tantos y las toallas eran compartidas pero segregadas entre los hermanos, la de las chicas y la de los hombres. Ni os imagináis  lo que agradecía en ese momento tener una única hermana. Los días que no había ducha, se practicaba la modalidad de "lavarse por parroquias", rigurosamente por la mañana y por la noche. Mi madre tenía un detector de olor a "cebolleta" infalible y un poder de convicción absoluto de que lo que ella olía, era lo real.

Eso sí, el cuarto de baño era un lugar de cultura, dónde el cesto de la ropa usada cedía un poco de espacio para revistas y crucigramas. Allí  te movías entre revistas médicas y el Selecciones del mes. La pasta dental de siempre, Licor del Polo, a ser posible el envase que traía de regalo un chicle de clorofila, que nos hacía entrar en competición entre los hermanos para ver quien se lo metía en la boca antes de que mi madre nos mandara repartirlo. El más rápido lo masticaba un poco y después era ofrecido al resto de los hermanos. Vamos, una cochinada de la época.

En el bajo del edificio estaba situada la panadería de Alonso, reconocida por sus nutres, palitos y las "barras finas". Mi familia con tanto hijo y bocadillos, éramos considerados fieles clientes. En mi casa se compraban a diario cinco barras finas y cinco nutres, eso sí, se bajaba con la bolsa de pan, que era de una tela feísima. 

¿A quién le toca bajar a por el pan hoy?, era la frase de las dos y media de mi madre. Nunca había voluntarios, el que estuviera en ese momento más cerca de ella, era el designado para "bajar a por el pan". A veces llegábamos un poco tarde a la panadería, pero Otilia siempre tenía reservadas nuestras barras en un estante secreto que había debajo del mostrador. Me hacía gracia porque nos miraba como amenazándonos "es la última vez" y así lo hizo hasta su jubilación. 

El que bajaba a comprar el pan tenía el privilegio de comerse el currusco de la barra más tostada (a escondidas, claro). Si te ibas de excursión se lo decías a Otilia, y previo interrogatorio sobre la hora de partida, lugar de destino y con qué colegio ibas, te anotaba en su libreta  cuadriculada el número de nutres que necesitabas a primera hora de la mañana para que tu madre te hiciera el famoso bocadillo de tortilla francesa que viajaba ese día contigo.

Una señora curiosa está Otilia, pero que bien sabían aquellos bocadillos lejos de casa.

Mañana seguiré recordando.

Buena noche.

sábado, 11 de octubre de 2025

EL PRECIO DE LA PAZ

Dicen que ha acabado la guerra, que se ha pactado una paz cosida con hilos de tela de araña.

Es ingenuo pensar que ya queda atrás el escozor en los ojos que veían como una estampida humana huía de las ciudades, durante la eternidad que les supuso dos años, intentando esquivar las balas siendo objetivo, sin que se les permitiera encontrar un lugar dónde sentirse seguros. Un país desolado, sin comida, sin servicios básicos, sin abrigo, sin descanso, sin vida...

Un mar resacoso de víctimas de una guerra vengativa en la que se mecen entre el odio y las ruinas de su identidad, que es nada...

Imágenes de filas caóticas e interminables llevando sobre su espalda todo lo poco que les queda, intentando volver a lo que un día llamaron hogar, calores que ya no están,  borrados del mapa, expulsados de sus propias vidas.

Estremece la dureza al cruzarse con más y más cuerpos extenuados que buscan y no encuentran nada, ya no quedan vecinos, amigos, familia... 

Todo es destrucción, todo es muerte y duelo contenido.

Madres que ya no son, hijos que ya no son, maridos que ya no son, familias que un día fueron y ya no son, ni serán ...

La crueldad de una guerra no se sufre en el segundo en el que caen las bombas sobre una escuela, un hospital o una iglesia en la que buscan desesperados refugio, eso es un instante. Duele el estómago al ver las consecuencias inmediatas, el número de muertos y heridos, las ruinas humeantes y la errática búsqueda de supervivientes que ya no están...

Nos quedamos con la imagen de ese momento, no se piensa en su mañana imposible, en las consecuencias físicas y psicológicas, en los heridos sin futuro, en cómo se afronta el día  siguiente a la pérdida de parte o toda su familia, en cómo se sigue viviendo un duelo imposible que enlazará a la mañana siguiente con otro nuevo duelo, más cruel quizás, más imposible de procesar, seguro. Sólo ellos...

Tengo en la memoria la imagen de una niña de doce años agarrando el cuerpo inerte de su madre, suplicándole que se despertara ya. Mientras se deshacía en lágrimas, aún con las manos llenas de ceniza, acariciaba con delicadeza la sábana blanca que la cubría. "Mamá, quiero morir contigo". Desgarrador escuchar que prefiere que una bomba la mate antes de que lo haga el dolor, con tan sólo doce años. Están borrando la infancia, maldita guerra...

El gran jefe rubio y el gran vengador han jugado a la guerra seguros en sus casas con un gran tablero de ajedrez. Cada día hacen caer  miles de pequeños peones, miles de personas que no apoyan un régimen terrorista, que  nunca hicieron mal, personas normales que bastante hacían con intentar seguir vivos hasta el siguiente día...

Y mientras los dos "señores de la guerra" planean una ciudad de vacaciones anexionada a un territorio arrebatado a base de sangre y cuerpos destrozados. Pretenden construir un mal llamado edén sobre miles de ruinas que no son más que tumbas de gente inocente. Edificios vacacionales en su Austliz personal, con cimientos de huesos de quienes fueron víctimas inocentes del juego macabro.

Hablan de paz, de retirada de tropas, de entrega de rehenes, de ayuda humanitaria en camino...

Todo llega tarde, demasiado tarde para los que seguirán muriendo mientras llega un orden sin tiempos fijados. Cada día seguirán muriendo personas que ya no son recuperables, carentes de fuerza, de ánimo, de ganas de llegar hasta "la reconstrucción" que han marcado los que han comenzado un desastre humanitario descomunal... 

Creo que no digo mal si afirmo que no podemos ponernos en la piel del pueblo palestino, es imposible soportar física y mentalmente lo que han sufrido, no podemos ni imaginar la impotencia que supone no saber hacia dónde caminar para salvarse, ni el miedo que sienten cuando hacen fila para conseguir comida y agua, sin saber si ese día comerán o llorarán una nueva muerte...

No podré olvidar jamás esta guerra inútil, la injusticia de su comienzo, por qué unos terroristas sin alma torturaron, violaron, asesinaron y secuestraron a jóvenes cuyo peor pecado fue acudir a un festival para divertirse sin sospechar este atroz final...

Pocos quedan ya con vida porque la radicalidad enferma hizo enterrarlos en túneles sin luz, sin aire, sin espacio, sin comida y sin dignidad. 

Dos años después "liberarán" los cuerpos de los fallecidos y de los que aún siguen con vida, una vida que les será muy difícil recuperar... 

No todo Gaza es Hamas, ni todo Israel es Netanyahu. La paz fue firmada por un país "ajeno" al conflicto, que aportó armas a Israel por la puerta de atrás. Un país con un "jefe" arrogante y mal teñido, pero reconociendo muy a mí pesar, que ha movido las piezas de un conflicto y que le ha salido bien la partida. Prefiero no pensar a qué precio...

Hamas no debió existir nunca, Netanyahu debería de responder ante un tribunal internacional por los crímenes cometidos contra una población desvalida. Los rehenes y los muertos inocentes de este sinsentido son las víctimas. Los que quedan errando entre las ruinas de lo que fue su país deben ser ayudados, debemos ayudarnos, debemos ayudarlos...

También la guerra de Ucrania debe ser frenada, el ejército ruso debe replegarse, están haciendo del mundo un lugar insoportable. El mal creído "zar" debe ser tumbado en el tablero, cueste lo que cueste. Jaque mate ya.

Todos los conflictos bélicos que supongan una lucha de egos, deben desaparecer. Estamos destruyendo todo, ya sólo queda (y es cuestión de tiempo) que el mundo nos destruya a todos nosotros. 

Quiero pensar que ahí fuera, en otros mundos, hay vida inteligente...

Buena noche.

sábado, 13 de septiembre de 2025

EL COCHE AZUL

Dormir una noche sin que nada la despertara se había convertido en un deseo casi imposible, sin embargo aquella no había sido una de las peores. Aún así, a media mañana el cuerpo le pesaba un poco más de lo ya habitual, los pasos no parecían ágiles y una niebla espesa orbitaba a su alrededor, todos ellos sutiles indicios de que el cuerpo suplicaba una pequeña desconexión.

Agarró la botella de agua y bebió como si aquel sorbo le proporcionara el empujón definitivo de vitalidad que necesitaba. Y así siguió pasando la mañana, con minutos que se iban multiplicando en cada segundo hasta que llegó la hora de volver a su mundo. 

Cerró la puerta con las últimas fuerzas que le quedaban ese día, un portazo inútil que hizo que la puerta volviera a abrirse, como si quisiera burlarse de su debilidad. Suspiró una última vez, cogió aire profundamente, la agarró con ambas manos, frunció el ceño para mostrar su enfado, empujó está vez con una rabia foribunda hasta conseguir cerrarla de un golpe seco. No faltó una mirada atrás para comprobar que nadie hubiera presenciado aquel gesto tan poco femenino...

Llegó al vestuario como si hubiese atravesado cinco valles, tres ríos y dos veredas. Introdujo la llave en la cerradura de la taquilla y sintió como si hubiera abierto un sendero hacia la libertad. Sonrió tímidamente cuando echó un ojo a la ropa que colgaba de las perchas, todo liviano; sandalias, sol, mar, aún se respiraba verano, lo que parecía devolverle a la vida.

Salió a la calle para recibir el primer bofetón de calor, colocó las gafas de sol sobre sus eternas ojeras y tomó el camino entre los árboles que la llevarían hasta el aparcamiento. Una suave brisa, el ruido chirriante de unas ruedas sobre el asfalto y el final del camino que acababa en un paso de peatones. Miró a la derecha, a la izquierda y se dispuso a cruzar. De nuevo volvió a escuchar el chirriante ruido, levantó la mirada y vio como un coche azul se acercaba a toda velocidad. Tuvo un mal presentimiento, apuró el paso y al llegar a la acera, el conductor dio un volantazo injustificado dirigiendo el coche hacia dónde estaba ella. Dos fugaces segundos para pensar ¡corre!. Y así lo hizo, dudando de la agilidad tantas veces cuestionada y de si realmente le daría tiempo a esquivar un atropello seguramente mortal. Sus pies volaron hasta la acera mientras otro volantazo hizo que aquel descerebrado conductor corrigiera su trayectoria. Ella quedó paralizada mientras aquel coche se dirigía de nuevo hacia una segunda "víctima" que se encontraba unos metros más allá. 

Aún con el susto en el cuerpo, se  sentó al volante en silencio, intentando entender aquella actitud. Había sido una larga jornada de trabajo y sus pies pesaban más que cualquier otro día. Deseaba volver a casa, comer algo y descansar olvidando todo lo ocurrido. Pero no pudo evitar pensar en las consecuencias de aquel errado alcance, quizás no hubiese llegado hasta la acera, ni al coche o ni tan siquiera a su casa. 

Quizás hubiesen alertado a su hijo de una salida en ambulancia para atender un atropello cerca del hospital. Él nunca sospecharía quién era la víctima a la que debía atender, o simplemente quién sería la persona que ya no necesitaba ser atendida. Y mientras se enfrentaba a uno de los peores momentos de su vida, el conductor del coche azul estaría sentado a la mesa en su casa con la familia sin inmutarse por la barbaridad cometida.

Ella ya no estaría, sus hijos habrían perdido a su madre, mil planes quedarían aplazados para siempre, muchas palabras sin decir y abrazos que flotarían perdidos en el aire.

El coche volvió a pasar por delante de aquella mujer asustada con la actitud chulesca de un adolescente que quiere comerse el mundo. Mal sabe que la propia vida puede devorarlo en una décima de segundo. Se fue cómo vino, vacío, cruel y dañino. 

Ella tuvo suerte, llegó a casa y llamó a su hijo. Sólo necesitaba oír su voz otra vez y decirle que lo quería de todas las formas queribles. Él escuchaba en silencio sin entender el motivo de aquella llamada. Ella colgó el teléfono y se tumbó en el sofá verde, aquel que curaba todas las heridas de vida. Y se quedó dormida 

Buena noche.

jueves, 28 de agosto de 2025

ELLA

Todos sabíamos que aquella sombra de ojos acabaría naufragando esa noche. Todos menos ella, que intentaba por todos los medios buscar primaveras en una vida en la que ya sólo había inviernos, nubes grises y lluvia. Por mucho que le dijeras que las rosas no nacen bajo el cemento, ella se resistía a romper el hilo que la mantenía unida a lo imposible. 

A veces podías oirla tarareando en voz baja canciones que hablaban de amores perdidos, de vueltas de alguna parte, de caminos inversos, aunque nunca alzando la voz, siempre en susurro. Creo que sabía de lo absurdo de sus pensamientos y aún así, se negaba a abandonarlos...

Juro que se lo dije mil veces, "abrirse en canal, hablar de lo que siempre se silencia es el primer paso hacia un suicidio mental. Es como tirarte al vacío sin saber lo que hay ahí abajo. Y no siempre son nubes, querida... ".

Alguna vez quise levantarle el ánimo, "venga, sigue así, lo estás haciendo bien, estás volando, ¿lo sientes?. Eso la motivaba a salir de su oscura tristeza, a seguir intentando una y otra vez. Quizás no debí insistir tanto, no sé...

"En un sitio dónde no hay amor, yo le encontré. Y me dicen que no siga buscando lo que una vez tuve porque no lo encontraré de nuevo. No me conocen, mal saben ellos que nunca les haré caso, no perderé la esperanza de tropezar de nuevo con alguien como él , en otro lugar insospechado". Cómo me gustaría que se cumpliera tu deseo, amiga... 

Repetía una y otra vez "tengo escondidos en rincones de mi casa, mares llenos vida, agitados, en calma, tormentosos. Y cada uno de ellos, hechos de momentos vitales. Incluso, si te permitiera buscarlos, encontrarías algún naufragio del que salí en dirección hacia una tierra secreta. Y ahí, quizás es dónde me encuentro ahora". Me encantaban sus rutundidades...

Se quedaba con la mirada perdida buscando recuerdos. De pronto sonreía, me miraba y decía con su voz rotunda:  "¿Sabes?. Era jodidamente embaucador, cómo sabía acariciarme con las palabras..."

Siempre llevaba en la cartera un billete de vuelta al mismo sitio, por si acaso, por si debiera volver a un momento que sabía imposible...

Tenían un lugar mágico, la SONRISERÍA, dónde se "encontraban" cuando ya no tenía fuerzas para seguir, cuando ya estaba agotada de intentar volver "a ser siempre". La he visto "viajar" a ese lugar muchas veces, me hubiese gustado acompañarla en alguna ocasión, no os imagináis la serenidad que transmitía...

Siempre estaré ahí para ella, a su lado, en su luz y en sus sombras, pendiente de cada paso, "abastonando" su vida. Vete tranquilo...

Buena noche.



domingo, 13 de julio de 2025

LELA

 "Ayer se fue una mujer buena". Así comienza esta historia. 

Intento rebuscar en mis recuerdos el momento en el que conocí a Lela y no logro separarla de mi vida. Debía ser yo una niña muy pequeña cuando ella apareció en la vida de mi familia. No existía vínculo de sangre entre su familia y la mía, sin embargo aquella mujer grande, con melena corta y horquillas a cada lado, con zapatos enormes y ojos siempre tristes, seguiría unida a nuestra historia de vida hasta el final de sus días.

Un poco huidiza de todo, guardiana fiel de sus hermanas, o quizás separada al mundo de aquella cocina, siempre callada, prudente, servicial y emotiva, Lela se levantaba cada mañana para los demás, esa es la sensación de humildad que trasmitía.

No recuerdo que el amor le hubiese rozado nunca. Siempre con sus hermanas y un poco relegada a segundo plano, nunca acudía a bodas, comuniones ni entierros, siempre guardiana de una casa, nunca participaba en encuentros sociales. Siempre faltaba Lela, mi buena Lela.

Sus ojos marrones, verdes o parduzcos trasmitían una tristeza oculta. Nada sabías de sus sentimientos, sólo de su trabajo. Nada era ella, todo eran los demás.

Agradecida eternamente, llena de emoción contenida, abrazada a si misma, Lela iba cumpliendo años para los demás. Aquella mujer grande, empezó a venirse abajo con la misma entereza que mantuvo siempre. Se apoyaba en las paredes para mantener un equilibrio perdido hace años, cada vez más silenciosa y callada, cada vez menos visible y más vigilante de sus hermanas desde el silencio y la quietud. 

Lógica, cabal, sensata, recorrió los últimos años de su vida de puntillas, sin hacerse notar, con la discreción exquisita de la que antepone la vida de los demás a la suya propia. 

Ayer Lela se apagó y con ella se fue una parte de mi historia. Y lo hizo con la misma discreción con la que vivió, en silencio, sola y sin hacer ruido. Siendo yo mujer de poca fe, deseo para ella que exista un cielo en el que se encuentre con todos los suyos y los míos. Aunque conociéndola, estoy segura de que seguirá allá dónde sea cuidando de todos los que se fueron antes que ella. Ojalá exista tu cielo, Lela. Ojalá que tus ojos brillen allí con toda la intensidad que te faltó en la tierra.

Vuela alto, Lela.

Buena noche.


jueves, 5 de junio de 2025

PRESENTE

Me gusta sentarme en el sillón verde de curar los males y dedicarme unos minutos para sanar. Cuántas veces me habré preguntado si estoy haciendo las cosas bien, si realmente hago lo que quiero o si alguna vez tendría que haber actuado de una forma menos impulsiva y más reflexiva.

Este "paseo" por lo consciente del inconsciente no es fácil, por sí necesario.

Todos tenemos sombras, cuidamos mientras nos descuidamos, firmamos sueños en papel que con el paso del tiempo se vuelven ásperos, pétreos, incómodos ... 

Cuántas veces rumiamos conscientemente frases como "yo puedo con todo, no temo a nada, con esto es suficiente, no necesito más, ya ha pasado lo peor". Frases valientes que arrastran un descomunal esfuerzo que no acaba de convencer a nadie...

Ven aquí, siéntate conmigo "mi yo del presente", tenemos que hablar.

Deja que te tome las manos, sólo necesito decirte que no dudes tantas veces. Créeme, lo estás haciendo bien. Tomas decisiones  que antes ni te hubieras planteado, por fin te has situado por delante de todo, te importas más y ya no eres el número dos en tu lista. Por una vez has comprendido que no puedes cuidar siempre hasta el agotamiento, ni consumir todo tu tiempo y menos quedarte sin un solo minuto para tí. Deja de adaptarte a todos, vas camino de ser canonizada... 

Si las personas que se asoman a tu vida te quieren realmente, tendrán que entender que esta historia se basa en un justo equilibrio entre tú y ellos. 

Tienes valores, deseos, prioridades que debes respetar porque si así no lo haces, seguirás llena de carencias, y la paz interior no se alimenta  de las faltas.

Tú decides cómo quieres que transcurran los días y las noches, no estás en este mundo para y por los demás, necesitas momentos de cobijo, caricias en el pelo, abrazos, y un dedo recorriendo suavemente tu columna desde el cuello hasta el infinito.

Sólo tú sabes qué y cómo duele el interior, todas las dudas, lo que deseas y lo que harías desaparecer. No permitas que nadie te calle, no grites en silencio, no sonrías en momentos en los que sólo te apetece cerrar los ojos y desaparecer. No repitas "no importa" mil veces al año, no disfraces las decepciones con palabras que le vengan bien a nadie. No lo hagas...

Ya es hora de revolverte, decir no una y mil veces, no me apetece, no es lo que quiero, no está en mi lista de prioridades, no es lo que deseo, no. 

Acércate más a tu libertad, a los sueños, a la música, a la arena y sal corriendo de los sitios fríos, agobiantes o dónde no puedas ser tú. Sabes perfectamente a lo que me refiero.

No busques amistades que se han ido, cada uno marca sus prioridades y puede ser que tú no seas una de ellas. Qué más da, ahí fuera hay gente fantástica, personas que aportan, comparten y no restan. Dale movimiento a tus alas, sólo tú puedes hacerlo, échate brillo en los labios, saca tus mejores galas, levanta la vista del suelo y libera sonrisas y palabras. 

Esa sí eres tú, ¿pero dónde te habías metido?. 

No permitas que nadie gestione tus tiempos, planifica las horas del día sola o con quién respete tu libertad, acércate sólo a las personas que no priorizan su vida ante la tuya. 

Que a nadie se le ocurra insinuar qué debes hacer a una cosa u otra sin antes haberte preguntado si estás de acuerdo, no vivas de los intentos ajenos, hazlo desde tu caja de decisiones postergadas que dejaste  encerradas sabe dios cuándo ...

Y si alguien te dice que debes hacer algo "sí o sí", ponte enfrente, levanta la cabeza y respóndele con un no austero. Repítelo como un eco interminable hasta que entienda que sus decisiones no son las tuyas. 

Hola, bienvenida a tu yo del presente. Ahora ¡vive!.

Buena noche.






domingo, 11 de mayo de 2025

EL POLLO

Llevo una semana encerrada en casa porque un pollo enfermo se ha cruzado en mi camino y no sé cuándo ha sido. No, no he perdido la cabeza, debe ser lo único que no he perdido estos días. Me imagino la secuencia. Un pollo, seguramente casero, de los que campan a sus anchas entre las verduritas de la huerta, se acerca graciosamente a su dueño moviendo las plumitas de su trasero. Éste lo habrá cogido en el regazo para decirle lo buen pollo que es y lo orgulloso que está de que forme parte de su fantástico gallinero, y de esta relación idílica en la que no hace falta lavarse las manos porque son como de la familia, ¡zasca!. 

O quizás la historia no fue así, quizás el pollo se tambaleaba desde hacía unos días, tenía mal color en las patas, se le caían las plumas y estaba poco comunicativo. Y ante tal estado, el dueño del pollo en un momento de lucidez pensó que era mejor que el plumífero no sufriera y formara parte de un cocido o de unas ricas croquetas. Seguramente pensó, "le damos viaje y como es mucho pollo para nosotros , le regalamos medio bicho al vecino que el pobre está currando todo el día en el bar". El vecino recibe encantado el regalo, le da cuatro machetazos al medio difunto regalado,  lo mete en la nevera  con el resto de las viandas para cocinarlo al día siguiente, le pasa un agua al cuchillo descuartizador y corta el fiambre para la siguiente mesa, ¡zasca!.

O quizás el pollo no estaba enfermo, ni cojeaba, ni acabó siendo croquetas, pero para mí, ¡zasca!.

Cambiando de tema, me he quedado de piedra cuando un miembro de la Guardia civil ha dicho en un medio público que a partir de ya, no se puede cantar en el coche porque produce distracciones al volante. Y digo yo, ¿no será infinitamente más peligroso llevar de copiloto a un hijo adolescente poniendo ritmos reguetoneros mientras te amenaza con que si no lo dejas salir el sábado se va a ir de casa para siempre jamás con el hijo del vecino?, niño que ya se teñía el pelo de verde a los siete años y se dejó bigote con trece. 

¿No será mucho más peligroso ir escuchando la radio mientras te cuentan que aquel político de mejillas sonrosadas y sonrisa pelín cínica le ha estado pagando a su churri un piso en una selecta calle de la capital con los impuestos que tú y yo pagamos religiosamente?. Porque no sé a tí, pero a mí, vaya o no conduciendo, me dan muchas ganas de rebanarle el dedo ventiuno sin previo aviso.

¿Y no será mucho más peligroso, ir conduciendo mientras un recién licenciado en carnet, pitillo en mano y ventanilla baja, con el coche lleno de colegas imberbes y la música a todo trapo, te hace luces mientras acerca provocativamente el morro de su coche al trasero del tuyo porque vas a cincuenta en una zona de cincuenta, y él va con todos sus caballitos adolescentes revolucionados?.

Después de balancear la novedosa teoría del honrado cuerpo de seguridad  vial y mis dilemas, he decidido comprarme un chicle y grabar el discurso del Rey de la navidad pasada. En el caso de que me detuvieran en un control por ir cantando,  que quede claro  que yo no iba entonando canción alguna y que los movimientos faciales no era más que la actividad de mis maseteros mascando la gomita en cuestión. Y lo del discurso, pues yo que sé, que piensen lo que quieran o que multen al pollo, que es más culpable que yo.

Estoy nerviosa, se acerca peligrosamente la temporada de "changlas". No me veo preparada, este año con más edad he sufrido una pérdida importante de paciencia y siento terror de no poder controlar mi ira cuando empiecen a gritar  por todas las esquinas que si "changlas o changletas" en peluquerías, mercados, bares, parques infantiles o zoológicos. No saben el daño que hacen, cuántas sorderas traumáticas han provocado, y lo peor de todo, no sé cómo mantenerme tibia cuando esté delante de un "changlista" y recite una tesis  doctoral sobre cómo y con qué quedan divinas. No lo voy a poder soportar, no me siento con fuerzas. No sé, será culpa del pollo...

Por cierto, no pretendo aguaros la primavera pero también ha llegado la época de los mosquitos, y este año vienen más sedientos de sangre que nunca. Yo ya he sufrido el ataque en mis carnes hace dos semanas y no os podéis imaginar para lo pequeños que son, los tremendos picotazos que pegan. No suelo promocionar ningún método de adelgazamiento más allá del deporte y la dieta, pero en esta ocasión voy a saltarme mis estrictas normas éticas por el bien de la humanidad y hacer una promoción que no deberían dejar pasar los "changlistas". Ahí va,  "los mosquitos de este año, a parte de provocar una espectacular renovación sanguínea eliminando restos metabólicos indeseables, también hacen liposucción siempre que piquen más de tres veces. No perdáis la oportunidad, es gratis hasta el fin de la existencia", por si cuela...

Tengo un problema serio con el robot aspirador de casa,  me da más trabajo que un hijo adolescente. Es un aspirador de estos independientes, que van a su bola, nunca mejor dicho. Cada vez que lo pongo a funcionar, en milisegundos se busca un problema, me llama con un pitido insistente, tengo que buscarlo y liberarlo de todos los lugares imposibles de la casa. Con el cariño de una dueña amorosa, la pongo ruedas arriba, le desenredo los cables de los cepillos, le vacío el depósito del polvo, limpio cada uno de sus filtros y lo devuelvo al suelo diciéndole que no se vuelva a meter en líos, que no hace falta tragarse todo lo que se encuentre y que cuando acabe, vuelva a casa como se espera de un buen robot. Espero que nunca me eche en cara que no pudo aspirar a más por tener que dedicarse a aspirar para mí . Y si lo hace me importará un bledo porque pudo aprovechar estos años en el país para aprender el idioma y el erre que erre, se empeña en hablarme en alemán. Qué dura es la adolescencia, hasta en los robots...

El otro día una amiga me hizo una pregunta científica aprovechando mi carrera de ciencias. "Me comí un donuts y antes de que pasara un minuto, me comí una manzana. Lo hice así porque leí en una revista (¿científica?, lo dudo) que la fructosa de la manzana absorbe los hidratos de carbono del donuts y así no engorda". A veces creo que la humanidad se va a extinguir antes de que se derritan los polos. También me hace reflexionar en el porque a veces escucho en modo avión...

Por cierto, ya llega la época de las cerezas, que ganas tengo de comerme un puñado para que me duela la barriga por mi culpa.

El lunes del apagón decidí ir a la playa acompañada de dos catastrofistas. No había conexión por datos en los teléfonos móviles, no teníamos una radio analógica, ni una navaja multicorte, ni placas solares acumulando energía para el desastre que preveían. Yo estaba de lo más relajada mientras observaba como mis acompañantes orientaban sus teléfonos en todas las direcciones en busca de cobertura cual ofrenda a los dioses. Me miraban con las caras desencajadas y estaban claramente ofendidos por mi caída de ojos inevitable al ver que ellos se sentían en un momento vital crítico y yo, pues disfrutando del mar. ¿Qué podía hacer, sino intentar "recargar las pilas" antes de que todo se apagara?. Y curiosamente, el verdadero apagón ocurrió unos días después, fíjate tú.
Por hoy llega con este desahogo.
Imposible olvidarme del maldito pollo, 

Buena noche.






jueves, 17 de abril de 2025

CONVERSACIÓN ÍNTIMA

No saber lo que se quiere o desea, dudar en cada momento de lo que realmente es necesario, si son abrazos o tal vez un poco de espacio en la alfombra de sueños, o un cuerpo cómplice que te procure compañía y calma, o quizás el apremio de un susurro que te despierte de la aburrida realidad, o imaginar que puede volver a tí si no hubiese sucedido, fue ...

Recordar cuando sus ojos despertaban después de una noche de locura, volver una y otra  vez a sentir la calma que su respiración me daba, o el abrazo que  anclaba mi cuerpo al suyo con el justo espacio entre los dos, sin invadir, sin posesión, sin reclamos, un sueño, sea  ...

Qué no exista capacidad de cuestión, ni aparezcan dudas sobre dónde, qué o cómo sentirse, sin un lo siento planeando por su mente de forma constante, sin marcar límites injustos ni pensamientos que frenen ilusiones, sería ... 

Uno frente al otro, en silencio, desnudando las conciencias sólo con miradas que aclaren lo que las palabras no saben decir, puede ...

Un brillo en la mirada que delate, un gesto cómplice, expresiones sutilmente conscientes que intentan enmascarar un "no volverá a ocurrir" cansino que se repite demasiado a menudo, porque ...

Labios que se fruncen sin respeto, que intentan disimular la ternura de su boca, miradas que evitan un lo siento inaudible, comisuras equívocas, ojos llenos de ternura esquiva, gestos que evitan el contacto, seguro ...

Siempre navegando entre un ahora quiero pero no, después un no quiero, seguidamente de un no puedo, un sinsentido. Una mano que frena lo que se ha pensado mil veces con cordura, lo que la conciencia ha cuestionado una y otra vez, un por qué no, porque quizás, porque no lo sé ...

Pensamientos recurrentes de mañanas eternas, sueños de media noche compartidos, narices enfrentadas, despertares sintiendo su mirada desde el sillón, sintiéndose extrañamente feliz, completa, amada, deseada, cuidada, volver...

Lo tuvo todo y todo se quedó parado en un momento.  Muchas veces reniega de un volver a sentir con tanta intensidad, otras lo añora más que nada en su mundo, para acabar de forma recalcitrante en la necesidad imperiosa de volver a sentir aquello tal y como fue, pero sin ser ... 

En momentos grises necesita creer que  volverán las historias con final feliz, la viveza a sus ojos, el hablar sin pudor de los escalofríos que produce la emoción, sin medias verdades, sin sentimientos reprimidos y ante todo, sin el temor paralizante a qué vuelva a ocurrir otro final repetido, será...

Necesita imperiosamente  volver a temblar con canciones que comienzan en el cuello y acaban en la mañana, olvidar que ya no hace falta arrancar las hojas escritas, que caerán por si solas el próximo otoño. No habrá más copas de vino con labios pálidos e inexpresivos y que para siempre, marcarán el borde de la copa que morderá con deseo, algún día...

Seguirá soñando con la persona con la que pueda compartir deseos de "hoy quédate conmigo sin lujuria, sin promesas irresistibles, sin expectativas, sin deseos ni desalientos. Siéntate a mi lado en silencio, acaricia mis manos y lee entre los dedos la historia de todas mis vidas. Y después déjame mirarte a los ojos antes de despedirme. En ese momento lo entenderás todo. Y si aún así decides quedarte, ven, acércate, te haré un sitio bajo la manta".

"Y si así no fuere, simplemente te daré las gracias por alejarte y enseñarme que ocupabas una parcela de mi vida que no te correspondía, por hacerme entender que mis alas pueden extenderse otra vez sin que por ello duelan, e incluso llegar hasta donde mis dedos quieran alcanzar. Te daré las gracias por indicarme un camino que evita el daño, por señalarme el que no lleva a ninguna parte y por hacerme poseedora de las mejores decisiones. 

Y si así es, cogeré aire profundamente, cerraré los ojos sonriendo, me recogeré el pelo, me abrazaré a los costados del abrigo y comenzaré el camino, ahora más segura de que ahí delante, hay mucho por descubrir. Sin duda...

Buena noche.


martes, 18 de febrero de 2025

MAGIA

Llegó nerviosa, cabizbaja, traía un pañuelo de papel entre sus manos que no dejaba de retorcer y lo miraba continuamente como buscando consuelo entre sus dedos. 

La miraba de reojo mientras acababa de atender a otra paciente. Me llamó la atención la tristeza que transmitía, como si estuviera envuelta en un cielo de nubarrones grises que amenazaban pronta tormenta.

La llamé por su nombre, levantó la mirada y se encaminó hacia mí agarrando su pañuelo como si fuera su tabla de salvación.

"Hola, te lo voy a explicar todo, ¿de acuerdo?". Faltaban menos de 5 segundos para que aquellos ojos se desbordarán sin remedio, y así ocurrió. 

Mientras se ahogaba entre lágrimas desesperadas me iba contando lo angustiada que se encontraba. Sin mirarme y con su mente envuelta en recuerdos  pasados me dijo que la vida no había sido justa con ella y que "lo de ahora" era lo que había desbordado el vaso de sus miedos.

Bolígrafo en mano, folio doblado, empecé a escribir siglas, grados, tipos, dibujando lo que ella tímidamente me iba preguntando, llenando aquella hoja de respuestas, sonrisas tibias, caricias de consuelo y alguna que otra palabra de esperanza.

Mujer de cuidar a todos los ángeles terrenales, nunca se había mirado al espejo para verse a si misma, ni había percibido las cicatrices de vida que la definían. Le hablé de lo que se veía reflejado, de la pérdida de identidad, de intentar verse a si misma como un ser con vida propia.

De pronto se levantó la camisa y me enseñó su pecho lleno de cicatrices, dónde se podía leer la historia de una lucha terrible y no muy lejana. ¿Qué te parece cómo me los han dejado?. La miré a los ojos, sonreí, me acerqué a ella y le dije: "dame el nombre del cirujano, tengo que recomendárselo a unas cuantas pacientes". Su rostro se iluminó, su gesto se relajó, sus ojos se cerraron con aprobación y prometió traerme los datos en la próxima cita.

Me levanté, ella saltó como un resorte de la silla para acercarse a mí y sin pudor, me  abrazó con fuerza y con una ternura exquisita. Como un continuo, agarró mi cara con sus dos manos y me besó la mejilla con una delicadeza angelical, con uno de esos besos sonoros típicos de las abuelas. Ella misma se sorprendió de la reacción, se puso colorada y comenzó de nuevo a llorar, pero está vez de emoción por la tranquilidad que percibió en las palabras. No pude más que volver a su abrazo para que esas lágrimas cesarán, su sonrisa volviera a surgir y se recompusiera del momento. Se puso el abrigo, le recoloqué la bufanda en su cuello y me lanzó un beso por el aire mientras se iba.

Con todo esto, no me había dado cuenta de que en uno de los sillones de la sala estaba esperando sentada mi siguiente paciente. Me acerqué a ella mientras se secaba los ojos. ¿Estás bien?, le pregunté extrañada. Con un pañuelo de papel se secó los ojos y dijo: "me  emocioné, siempre lo consigues". 

Le guiñé un ojo, sonrió con complicidad, se agarró de mi brazo y dijo con voz templada, "este lugar tiene mucha magia". 

Y no saben que la magia la generan ellos.

Buena noche.


domingo, 19 de enero de 2025

DUALIDAD

La soledad buscada es un verdadero placer para los sentidos. Poder estirarte en la cama en cualquier dirección sin encontrar unos pies que te marquen los límites es una delicia. Madrugar sin la culpa de despertar a la persona que yace a tu lado, encender la luz con un bostezo sonoro, tirar de la manta sin tener remordimiento al destapar a la persona que duerme a tu lado, es genial. 

En la ducha encontrarte el jabón como tú lo dejaste, la esponja escurrida, el champú con tapa puesta, ..., todo ello produce un regusto que estremece . 

El cartón de leche tapado, el café en el bote con su nombre (y que esté lleno), los cereales cerrados con la pinza que colocaste el día anterior, los manteles limpios y doblados..., producen una sensación casi orgásmica.

Que tú sofá siga siendo tuyo, que la manta de las siestas la alcances sólo con estirar el brazo, que la pasta de dientes continúe tapada y en el vaso boca arriba, que el rollo de papel higiénico siga teniendo  papel y haya otro de reserva en la estantería, que la tapa del cesto de la ropa para lavar oculte la vagancia del día anterior, que en el espejo no se reflejen churretes de jabón y pasta de dientes, que el depósito del deshumidificador esté vacío, que los cajones llenos de ayuda para una mala cara estén cerrados, me eriza la piel.

Las puertas del armario de las segundas pieles cerradas, la habitación confortablemente arreglada, las alfombras sin peligrosas dobleces que amenacen con una caída, la ropa de los cajones colocada sin qué una tira de un sujetador se haya enganchado irremediablemente en el cajón inferior, las ventanas sin huellas de nariz y dedos marcadas en los cristales, las cazadoras en el armario sin que estén posadas eternamente en las sillas del salón, no sentir la niebla del desodorante flotando durante días en el aire, la toalla del lavabo seca y estirada, la bolsa de pan cerrada y sin aire, los relojes marcando la hora española, la terraza sin hojas que amenacen una inundación evitable, me gusta con delito.

La nevera llena de productos frescos, la margarina sin migas de la última tostada, el arcón lleno de comida casera y desalojado de productos no cocinados con mimo, los frutos secos sin sobrepasar en meses la fecha de caducidad, las cenas a la hora que te lo pide el cuerpo, las cartas abiertas en un plazo más que razonable, la posibilidad de decir "hoy no, no me apetece", escuchar la música que te gusta a la hora que quieras, escribir, leer, pintar, soñar...

Sólo hay unos pocos "peros", que me obligan a repasar las reflexiones:

"Pero..., ¿y si necesito un abrazo en la noche?.¿Y si tengo miedo a tomar una decisión?. ¿Y si necesito un momento de ternura?. ¿Y si tengo frío?.¿Y si me derrumbó en el sofá y nadie me tapa al quedarme dormida?.¿Y si me apetece un vino compartido?". ¿Y si necesito sonreirte sin que me veas hacerlo?.

Mañana lo pensaré, hoy no puedo enfrentarme a esas dudas. Quizás nunca lo haga.

Buena noche.



viernes, 29 de noviembre de 2024

ABRAZOS Y OTROS

 "¿Me permites darte un abrazo, te importaría?". Se me plantó delante, tratando de encontrar la respuesta en mi cara, una tibia sonrisa, casi pidiendo un permiso innecesario para dar ese paso inseguro. 

"Claro que sí, en este lugar se dan muchos abrazos". 

Eran unos brazos desconocidos, pero esa no es la cuestión. Ella lo necesitaba, y yo que me he vuelto tremendamente empática con todo lo vivido, le ofrecí el calor que su rostro me estaba pidiendo. Me apretó fuertemente contra su cuerpo, le correspondí con la misma intensidad, cómo si realmente fuese yo la necesitada de esa sensación de protección.

Tal vez, quizás era así...

"Gracias, vendré todos los meses a verte, aunque no tenga ninguna cita médica, vendré. Me transmites mucha tranquilidad, necesito estos abrazos. ¿Cómo voy a estar cuatro meses sin ellos?". 

Una sonrisa fue mi respuesta. Un por supuesto mi respuesta.

Observaba el desparpajo de su caminar, la elegancia con la que entraba en "la edad plateada", si saber ser y estar. Nos cruzamos un sonoro beso por el aire y volví a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Un trago de agua, sonrisa, una inspiración profunda y la agradable sensación de saber que has ayudado a otra persona, es como poco bonito. 

No tardó en llegar un paciente apresurado.

"Perdón, perdón, sé que llego tarde". 

"Tranquilo, aquí nunca se llega tarde, siéntate y coge aire", le contesté intentando calmar su cuerpo acelerado.

Se desplomó en el sillón como si hubiera agotado toda la energía de un cuerpo ya muy consumido por la enfermedad. Le di un vaso de agua, levantó la mirada y susurró de forma ahogada un "gracias" mientras el primer sorbo le ayudaba a recuperar la palabra. 

"Mira que sois raros en este servicio", me espetó en cuando recuperó la voz. 

"A buena hora me hubiesen dado un vaso de agua en otro lado, sólo me hubiesen llamado la atención por llegar tarde a la cita". Se quedó  mirándome fijamente esperando una respuesta enojada. Par su sorpresa le guiñé un ojo. 

"En este lugar no existe la prisa, es mejor si llegas a tu hora, pero si te retrasas un poco, vamos a atenderte igual". 

Sonreí con otro guiño de ojo. Él me correspondió con una dulce mirada. 

"Ojalá todos fueran así, que digo, con la mitad llegaba...".

Por la puerta entraba en ese momento Sara, una niña de 10 años con una vida demasiado  intensa para su edad. Hacía poco que había estrenado otra nueva gracias a la generosidad de una familia que está pasando su peor momento.

Un caminar simpático y su saludo particular.

"Hola, ¿no vas a hacerme daño, verdad?". Se sentó en la "silla del daño", arrastré otra hasta ella y me senté a su lado. Le acaricié su pequeña mano y le agarré el dedo meñique suavemente.

 "¿Cómo te parece este dedo comparado con los otros?". 

"Débil ", me respondió buscando en mi cara aprobación a su contestación. 

"Inteligente respuesta ", le contesté.

 "Ésta eres tú, y quiero convertirte en un pulgar grande y fuerte. Puede que te moleste lo que tengo que hacerte, pero es necesario para que no enfermes".

Me miró con entrega bajando los párpados de golpe.

 "Ya está, listo". ¿Te ha dolido?".

 "Nada de nada". ¿Ya soy un pulgar?".

"Ya eras pulgar cuando entraste por la puerta, Sara".

Se levantó, caminó  hacia la salida y en medio de la sala se giró hacia mí lanzándome otro beso por el aire que me supo a abrazo. Con la misma complicidad, le devolví otro que se cruzó con el suyo. 

"Hasta la próxima cita, mi niña bonita".

"Hola, creo que tengo una cita en este servicio".

Los nuevos pacientes que entran temerosos son fácilmente reconocibles. Les delata una mezcla de tímida prudencia con una expresión de miedo contenido. 

"Hola, sí claro, es aquí. Siéntate mientras veo tu historia". 

Lo cierto era que no hacía falta que leyera nada, la postura corporal y su mirada al suelo la delata. Me levanté y fui a buscar su tratamiento.

Cerré  la puerta a mis espaldas y me senté frente a ella, apoyé la caja a un lado y le dije si quería que le explicara algo. 

Contesté a todas las preguntas que sus ojos me pedían sin articular palabra. Cogí sus manos nerviosas que jugaban con unos dedos que sudaban miedo y vergüenza. Puse mis manos sobre los suyas para que la quietud de sus dedos le diera la oportunidad de descansar. 

Y así fue, su boca se llenó  de preguntas, liberó el miedo mascado durante la última semana y al terminar, esbozó una tenue sonrisa.

"Gracias, estoy más tranquila, gracias por perder tu tiempo conmigo, seguro que tienes muchas cosas que hacer".

"Sí, parte de las cosas que tengo que hacer es explicarte todo lo que necesites saber para que tu corazón recupere el ritmo y tus manos vuelvan a estar calientes. En este lugar no caben las dudas, siempre tendrás una respuesta. Y si no sé esa respuesta, la buscaré para tí". Me devolvió una dulce sonrisa.

Después la acompañé hasta la puerta.

"¿Puedo darte un abrazo?". 

"Por supuesto".

La abracé con la ternura que necesitaba, con la fuerza suficiente para que se sintiera protegida es un lugar hasta ahora desconocido y lleno de temores, que a partir de ahora le aportaría seguridad. 

Se fue sonriendo, otra sonrisa ganada al miedo.

Es hora de recoger, estoy segura de que mañana habrá más besos volantes y abrazos de los que curan. 

Y no solamente a ellos...

Buena noche.

martes, 1 de octubre de 2024

PUDO HABER SIDO

Alejarse de los recuerdos no es la solución, es huir de un momento de la vida, de momentos vividos, sean buenos, malos o peores, un mal intento pora borrar todo lo que la mente se empeña en devolver a la consciencia una y otra vez. Y con una valentía comedida, la mejor opción es aceptarlos. 

Hoy hace tres años de un mal momento que casi acaba con mi historia de vida. No es un aniversario, es tan sólo un mal recuerdo. 

Hace un tiempo mi hijo me contó un sueño, quizás premonitorio o tal vez esperanzador, en el que Juan me llevaba hacia un certero final, mientras mis dos motivos me agarraban firmemente para retenerme. 

En esta guerra de fuerzas, él lo entendió  y me soltó. El impulso de mis hijos hizo que volviera hacia el lugar seguro y me quedara con ellos. 

No hubo palabras, sólo una mirada y su dulce sonrisa, fue suficiente motivo para entender que no quería dejarles. Quizás quería medir sus amor, quizás arrancarme de la vida para no volver a perderme, quizás mi hijo necesitó sentirlo así, quizás nunca lo sabré ...

Fuimos a la conferencia un lunes y yo de vuelta, mi hijo me preguntó, ¿quién quieres que venga buscarte cuando te mueras?. Le contesté que... , sin dar tiempo a mi respuesta y sin apenas coger el aire necesario para contestar algo sensato, se adelantó a mí respuesta y me dijo que él querría a Juan o a su abuela.

Le sonreí con complicidad y susurré guiñándole un ojo que mi hermano y Juan serían mis dos elegidos, que ambos me transmitirían la serenidad precisa para soltarme de lo material y sentir la paz necesaria para olvidar lo que un día gris perdí.

Unos días después se lo comenté a un buen amigo y me afirmó quién sería mi tercera persona. No, le respondí, esa persona no. Me sorprendí a mí misma con la rapidez de la respuesta. No, le repetí varias veces. Su cara fue de sorpresa, mi contestación me hizo volver a tiempos muy lejanos, tiempos ocultos en un lugar profundo al que no quiero volver. No, no sería mi tercera persona, estoy  segura...

Mi hijo menor, siempre quiso hacerse un tatuaje, y la semana pasada se lanzó a ello. Me mandó una fotografía, su primer tatuaje sería dedicado a Juan. Quería llevarlo en su piel para siempre y eso me emocionó. Juan jamás se hubiera imaginado todo lo que dejó sembrado en este mundo, todo lo que nunca había tenido antes de llegar a nuestras vidas. Lloré en silencio,  he aprendido a hacerlo hacia dentro, sin que nadie lo perciba, a hablar de y con él susurrando en soledad, siempre prudente, como él era..

Mis hijos se acuerdan de él sin dolor. Uno se tatúa su guitarra en el brazo, la que acariciaba con cariño y respeto. Mi otro hijo quiere que sea él quién le dé serenidad cuando se vaya. Y yo, yo sólo quiero que lo recuerden como ellos deseen, de seguir amàndolo ya me encargo yo.

Pudo haberse acabado mi historia un veintinueve de septiembre de hace tres años, un momento en la que mi vida poco me aportaba, en el que me pesaba más la pena que la felicidad, en el que una simple brisa podría haberme derribado. 

Hoy camino sola recordando en cada paso a quién me daba tranquilidad, sosiego y paz en mis tormentas, he aprendido a hacerlo de forma lenta para no perder el equilibrio que él  me proporcionaba, teniendo claro que no habrá jamás una persona que me demuestre tanto amor, admiración y agradecimiento como él lo hizo. 

Sigo viendo el brillo de sus ojos en mis recuerdos, algo que no dejaré apagarse nunca, que se quedará conmigo para siempre.

Pudo haber sido el final de mi historia, pero ellos tenían más fuerza y él dejó de luchar por un amor que  vive en su sueño eterno. Gracias por entenderlo. 

Te quiero para siempre, pequeñuelo.

Buena noche.

Buena noche.

miércoles, 22 de mayo de 2024

PARA SIEMPRE

Sé que hay una bonita mujer de cabello color plata esperando desde algún sitio que desconozco para que le escriba unas palabras. Sé que se lo debo, así que ahí vamos.

Para ti, Auri.

Para comenzar siento una obligación moral de confesarte una cosa, espero que desde "allí" sueltes una sonada carcajada: durante cierto tiempo te llamaba Agripina (empezamos fuerte), no por relacionarte con la Roma antigua sino porque nunca recordaba como te llamaba tu familia, luego la mía también. Tu hijo me corregía una y otra vez con una paciencia infinita, "Auritinaaaaa" repetía como si yo lo hiciera a propósito, que nunca fue así, te lo aseguro.

Recuerdo cuando salía de clase y pasaba por tu casa para recoger a tu hijo. Siempre apuraba un cigarro antes de llegar al portal y subía hasta el noveno exhalando el aire para no oler a tabaco, como si con treinta y pico años tuviera que justificar mi pequeño vicio, como si el olor a tabaco desapareciera por quedarme asfixiada en algún  piso por debajo del vuestro. Siempre llegaba tarde y os daba los besos correspondientes con su hola correspondiente para cada uno, primero a Choni y otro para ti.

Os recuerdo sentados cada uno en vuestro sillón y con las piernas tapadas con el tapete de la mesa camilla que escondía el calor de un brasero. Me gusta recordar esa imagen, me transmite mucha paz.

Nunca vi que pusieras mala cara a nada, jamás una mala contestación a nadie, sólo alguna mueca hacia Margarita, que parecía ver sólo a Choni en aquella casa. La verdad es que era un poco de película sesentera, y me refiero al servilismo hacia "el señor" por parte de ella y tu gesto contenido para no tensionar la situación.

En más de una ocasión me mordí la lengua, si ella quería ver a un señor, también tenía que haber visto a su lado a una señora que se cuidó muy mucho y durante muchos años, de tratarla como si fuera de la familia, sin distinción slguna. Y mordiéndose la lengua más que yo incluso, que ya es contención...

Recuerdo cuando Choni enfermó y te pasaste todo el tiempo a su lado en el hospital. Estabas siempre sentada en aquel sofá de polipiel que era una prolongación de su cama, día y noche sin descanso. No volviste a casa, no querías que nadie se turnara contigo para acompañarlo en aquellos días tristes, querías estar cada segundo con él y así lo hiciste hasta el día en que se fue para siempre.

Aún sabiendo certeramente la proximidad del triste desenlace, era la noticia que nadie queríamos escuchar. Choni se moría mientras en mi abdomen crecía mi bebé.  

Y con todas las hormonas alborotadas, llegó la triste noticia, y te vi llorar por primera vez ya sin el amor de tu vida. Recuerdo su funeral, muchas lágrimas y un silencio terriblemente respetuoso, como fue él en vida. Se había ido una gran persona.

Los siguientes meses sirvieron para reordenar la vida. Recuerdo que te quedaste con sus gafas, a las que les faltaba una patilla, perdida en sabe dios que momento. Me hacía gracia la naturalidad con la que te las ponías, siempre cojas de un lado para hacer los crucigramas, siempre torcidas por esa cojera heredada. Compartimos risas con esas gafas durante años a las que ni tan siquieran le cambiaste los cristales, quizás por intentar ver a través de sus ojos. Siempre decías que no estaban tan mal, sin patilla y con una graduación que no era la tuya, pero eran sus gafas, y con eso era más que suficiente para tí.

Recuerdo tardes en tu casa viendo fotografías de hace muchos años, fotografías color sepia con los bordes en sierra, de todos los tamaños y preguntándome si reconocía a éste o al otro, y yo que tengo mucha memoria a largo plazo, a veces acertaba a la primera. Me acuerdo en concreto de una fotografía que sacaste de una caja y apoyaste boca abajo en tu pecho, como si quisieras abrazarla y resguardarla. Dijiste, como si de un juego se tratara; ¿a qué no sabes quién es esta niña?. La fotografía estaba hecha en un campo de fútbol, en una grada y en ella sentado un señor con bigote, traje y sombrero.

Reconocí con sorpresa a Choni cuando era joven y a su lado, sentada una niña que no logré adivinar de quién se trataba. Tú te echaste a reír y con un tono orgulloso me dijiste: "soy yo, fíjate que no nos conocíamos y nos sacaron una foto juntos siendo yo una niña y él ya un señor". Tus ojos brillaban llenos de amor, creo que brillaron siempre, desde ese día hasta el último de tu vida. Jamás he conocido a dos personas tan enamoradas...

Pasaron los años y "adoptaste" su sofá, sus gafas sin patilla, sus medicamentos caducados con las cajas en las que había escrito a bolígrafo para qué era cada uno de los fármacos. Un frasco de runquinquina, del que me atreví a sospechar que no te deshacías porque su olor te devolvía al presente al amor de tu vida. Te imaginaba abriendo la botella a escondidas en el baño y oliéndo su recuerdo...

Pasaron los años y pasaron muchas cosas en las familias. Yo perdí a parte de los míos, a mi amiga, y mi hijo pequeño perdió su salud.

Muy asustada, agotada, solos, sin que nadie nos echara una mano y viendo como mi familia se desintegraba poco a poco. Toda mi ayuda a los demás durante años, se quedó en alguna llamada de teléfono, en la que se nos deseaba mucha fuerza y mucho ánimo, sin adivinar que los deseos no curan, ayuda era lo que necesitábamos y no buenas palabras. 

Me dolió y quizás fue el motivo de cierta separación Auri, pero siempre sabía de ti.

Llegaron más enfermedades para todos, para todos. Volví a estar ahí de nuevo hasta que también me tocó enfermar y tuve que dejar de cuidar para empezar a cuidarme. 

Quizás por la forma en la que llevo las cosas, no entendisteis el por qué me desvinculé de vosotros en ciertos momentos, pero créeme, fue necesario para coger aire y seguir luchando por vivir. 

Siempre fuiste Auri, siempre estuve cerca de ti, eras una mujer prudente y respetuosa.

Te recuerdo cuando abrías los ojos y mirabas con un gesto de bondad absoluta, hasta que te sonreía y tu cara se relajaba con sosiego. Me encantaba esa expresión de complicidad. 

No olvidaré nunca nuestra última conversación  cuando ya estabas mal. Te hice una pregunta mirándo tu cara y la afirmaste con lágrimas en los ojos. Era tan fácil comprenderte...

Ese día te di un beso en la frente y fue el último día que dijiste mi nombre cómo sólo tú lo hacías. El siguiente beso te lo mandé por tu hijo, me aseguré que te lo diera. Fue mi último beso, me hubiese gustado dártelo yo, llegué tarde...

Hace casi dos meses que te fuiste y me atrevo a decir que todos te echamos de menos. Todos hemos salido perdiendo con tu marcha, pero me quedo con todo lo bueno que has dejado aquí. 

Hablo por mi boca, pero también hablo por Guille y Gabri, sé todo lo que te echan de menos. Por cierto, tus plantas están repartidas entre dos casas en las que siempre se te recordará de forma entrañable y no dudes que cuidaremos de ellas con el mismo mimo con el que tú lo hacías. 

En cierto modo, vives entre nosotros y te cuidaremos hasta el final. Gracias por haber formado parte de mi vida, por dejarme pertenecer a la tuya. Siempre te echaré de menos. Vuela alto, Auri. Te quiero.

Buena noche.





lunes, 18 de marzo de 2024

YADIRA

Crear un relato utilizando un número limitado de palabras es tan absurdo como decidir si se debe continuar una amistad con condiciones, así que acepto el reto y entre ambas opciones, me decanto por la primera. 

"Aún no había amanecido cuando Yadira levantaba su agotado cuerpo de la cama tras apagar la alarma de los dos despertadores que cada mañana le traían de vuelta a la vida. Sin abrir los ojos, arrastraba sus pies por el suelo de la habitación y estiraba los brazos tratando de tocar con la punta de los dedos aquellas conocidas esquinas que se interponían en su camino hacia el baño. Allí se quitaba el pijama y lo dejaba caer al suelo como si de su propia piel se tratara, y a tientas, intentaba adivinar la puerta de cristal tras la cual encontraría el verdadero despertar. Acurrucada contra una esquina de la ducha, abría el grifo con una mano que retiraba inmediatamente para evitar más frialdad en su piel, más de la que sentía al estar desnuda. Sin abrir los ojos se atrevía a  mojar su cuerpo con el agua que se templaba lentamente, mientras tarareaba la misma canción de todas las mañanas, subiendo el tono a medida que el agua alcanzaba las partes críticas  de su cuerpo. Llegado ese punto, era el momento de meter la cabeza bajo aquel chorro de agua y abrir los ojos a otro día del que no esperaba nada más que pasaran lo más  rápido posible las horas de luz y sombra. Levantaba su cabeza y dejaba caer el agua sobre sus ojos donde se mezclaba el dulce del agua de la ducha con lo salado de sus mares internos, todas las mañanas el mismo sentimiento de ausencia, todas las mañanas deseando salir de aquella lluvia que le recordaba tristezas...

Con rabia contenida, cerraba el grifo dejando que el agua le recorriera de forma desvergonzada el cuerpo hasta que su piel le gritaba abrigo. Con los ojos entreabiertos y sin levantar  su mirada del suelo, abría la puerta de cristal que le devolvería a la mañana. Desde hace un tiempo, cubría el cuerpo sin la sensualidad de antaño, ya no había un motivo para hacerlo, ya no habría más buenos días, ni besos en la frente, ni la casa olería al café recién hecho. El mundo se había olvidado de que estaba sola en una vida nada atrayente. Un poco de crema en su cuerpo era el único olor que aún conservaba de su rutina, pero sin aquellas manos que dedo a dedo dibujaban en su espalda dos palabras que cada mañana la hacían estremecer y que la hacían encaminar su cuerpo dos pasos hacia atrás para el abrazo que tanto le gustaba. 

Volviendo a la realidad, se vestía sin importarle la ropa que había escogido la noche anterior de su armario, un pantalón vaquero, una camiseta, un jersey que no se dejase abrazar y las zapatillas de siempre. Caminaba a tientas hasta la cocina, levantaba la persiana, encendía la cafetera y apoyaba su frente en la estantería de las tazas como si estuviera pensando en que no debía pensar. Aquella estantería era parte de su pasado, allí estaba su taza y la otra, la que no quería usar por si se le rompía más la vida. Ya no habría dos cafés, ni conversaciones cómplices sobre sueños, nadie la sacaría a bailar con el ruido de la cafetera, ni pondría un plato con arándanos en la mesa. Sólo estaba ella y aquel café amargo cargado de ausencia. 

Agarraba la taza con las dos manos, daba un sorbo corto, metía en su boca un trozo de galleta resesa, otro sorbo rápido y una mirada esquiva. Eso era lo único que le quedaba en aquella cocina, pocos más que prisa por salir corriendo de allí. 

Camina de vuelta al baño con los ojos cerrados para imaginar un roce, su olor, un susurro que le hiciera creer que nadie se va para siempre, pero nada de eso ocurría, sólo  era una ilusión como siempre. Cada mañana se miraba al espejo y no se reconocía, tapaba sus mejillas con sus manos y las movía como intentando cambiar los surcos de su rostro, su gesto, su realidad. Hoy tampoco se maquillaría, la misma decisión de cada mañana, un poco de colonia, atusa con desgana el pelo y listo, nada cambiará por más que se lo proponga. 

Abre la persiana de la habitación, está amaneciendo, le gusta apoyarse en la ventana dos minutos y ver como la luz disipa la oscuridad de la noche, no antes de buscar una estrella, besarse el dedo índice y apoyarlo en el cristal. Algún día tendrá que limpiar todas aquellas marcas de besos perdidos, algún día tendrá que dejar de darle los buenos días y dejarle marchar. 

Es hora de irse, llega tarde como siempre, coge el bolso cada vez más pesado y el manojo de llaves. Cierra la puerta con delicadeza, como si no quisiera despertar a alguien, a no sabe quién, ya a nadie. Se vuelve a morder el labio odiando la rutina de todas las mañanas. Coge el coche, llega al trabajo, da los buenos días con la mejor de sus sonrisas como si de otra vida se tratara, siempre algún guiño cómplice en el trabajo, es otra guerra, su otra vida". 

(Yadira, nombre hebreo que significa "amiga").