Cómo siempre llegué a la cita antes de la hora, yo y esa maldita manía de ir corriendo a todos lados...
Zona B, sala 2. Aquí es.
Filas de sillas estilo parada de autobús, perfectamente colocadas de forma paralela. Entré sigilosa, casi manteniendo la respiración. Nadie levantó la cabeza de la pantalla del móvil cuando dije en voz alta ¡buenas tardes!. Encaminé el paso hacia mi zona mientras fruncía el ceño en señal de reprobación. Ya nadie se mira, ya nadie saluda, ya nadie acompaña. Me senté procurando no hacer ruido, no molestar, no romper el silencioso paso de los dedos sobre las anodinas pantallas. Un sonido enlatado era lo único que les hacía volver a la realidad y levantar la cabeza del móvil. Miraban el ticket arrugado dentro de sus manos mientras el agraciado paciente se levantaba de inmediato para dirigirse a la puerta indicada. El resto, vuelta a mirar las pantallas.
Cómo ya es costumbre, me dispuse a observar a una pareja que llamó mi atención. Ella apoyaba la cabeza sobre el hombro de su compañero y cerraba los ojos. Su pelo recogido en una coleta del pasado. Un libro en el regazo, una bolsa de tela que sujetaba como si de un cofre del tesoro se tratará y las manos apoyadas sobre sus piernas. Él tocaba le el pelo durante su frágil descanso, lo acariciaba con una triste ternura. Cada vez que alguien se levantaba o hablaba, ella se despertaba y volvía a abrir aquel libro de forma casi automática. Se recolocaba las gafas de pasta y acariciaba cada una de las hojas del libro. Él aprovechaba entonces para acomodarse en la silla durante los segundos que duraba el nuevo intento por seguir cuidando de su chica.
Ella volvía una y otra vez a cabecear, derrotada, pálida, ojerosa. Él la sujetaba, le besaba la cabeza y ella sonreía. No fui capaz de escuchar sus voces, sólo veía la ternura, un amor que destilaba una difícil lucha.
Sentada entre el público, me gusta observar como interaccionan las personas. Dos filas por delante, un hombre de pelo cano y tez morena estaba sentado al lado de una mujer de pelo plateado, que lo miraba cada vez que hablaba. La sonrisa de él lo delataba con cada palabra, suave, casi indescriptible. No podía dejar de mirarlos, como si esperara algo sorprendente y así fue. Él le dio un leve beso en los labios que supo a ternura infinita. Ella le regaló una sonrisa cómplice. Cerré por un instante los ojos y dejé que los recuerdos me envolvieran...
Rozaban los cuarenta, se acercaban por la misma acera. Levantaron una de las manos para chocarlas con los puños como saludo. Dos segundos después, una sonrisa les impulsó a agarrarse de los brazos, como una súbita necesidad de mayor contacto.
Así se interesaron por el último año en un intento tímido de recuperar una amistad quizás nublada en estos últimos meses. No pude evitar imaginar lo que podría ocurrir. Y de pronto, lo que intuía, ocurrió. Los dos se fundieron en un abrazo duradero. Pasé por su lado sin poder desviar la mirada, les sonreí y seguí mi camino con la certeza de que los amigos, aunque nos resistamos, son tan necesarios como el aire.
Buena noche.
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