Cómo siempre llegué a la cita antes de la hora, yo y esa maldita manía de ir corriendo a todos lados...
Zona B, sala 2. Aquí es.
Sillas en filas estilo parada de autobús, perfectamente colocadas paralelamente.
Entré sigilosa, casi aguantando inconscientemente la respiración. "Buenas tardes". Nadie levantó la cabeza de la pantalla del móvil.
Encaminé el paso hacia mi asiento mientras fruncía el ceño en señal de reprobación. Ya nadie mira, ya nadie saluda, ya nadie acompaña.
Acobardada por la situación, me senté procurando no hacer ruido, no molestar, no romper el silencioso paso de los dedos sobre las anodinas pantallas. Un sonido enlatado era lo único que les hacía volver a la realidad y levantar la cabeza del móvil. Miraban el ticket arrugado entre sus dedos mientras "el agraciado" con el número de la irritante pantalla se levantaba de un salto para dirigirse a la puerta que allí le indicaba. El resto de seres de aquella sala, sin parpadear volvían a mirar las pantallas.
Cómo de costumbre, busqué algo que me llamara la atención. Mi mirada se centró en una pareja. Ella apoyaba la cabeza sutilmente sobre el hombro de su compañero y cerraba los ojos con un aire que olía a derrota. Su pelo suavemente recogido en una coleta del pasado. Un libro sobre el regazo, una bolsa de tela sujeta como si de un cofre del tesoro se tratara y las manos apoyadas, casi rendidas sobre las piernas.
Él le tocaba el pelo durante su frágil descanso, lo acariciaba con una triste ternura. Cada vez que alguien se levantaba o hablaba, ella se despertaba y volvía a abrir aquel libro de forma casi automática. Se recolocaba las gafas de pasta y acariciaba cada una de las páginas del libro de sus sueños. Él entonces aprovechaba para acomodarse en la silla durante los breves segundos que duraba el nuevo intento por seguir cuidando de su chica.
Ella volvía una y otra vez a cabecear, derrotada, pálida, ojerosa. Él la sujetaba, le besaba la cabeza y ella sonreía. No fui capaz de oír sus voces, sólo veía la ternura que me transmitían, un amor que destilaba aroma a una difícil lucha.
Sentada entre el público como una más, me gustaba observar como interaccionaban las personas que llevaban las butacas Dos filas por delante, un hombre de pelo cano y tez morena se sentaba al lado de una mujer de pelo plateado, que lo miraba cada vez que articulaba un sonido. La sonrisa de él lo delataba con cada palabra, suave, casi indescriptible. No podía dejar de mirarlos, como si esperara algo sorprendente y así fue. Él le dio un leve beso en los labios que supo a ternura infinita. Ella le regaló una sonrisa cómplice. Cerré por un instante los ojos y dejé que los recuerdos me envolvieran...
Rozaban los cuarenta, se acercaban por la misma acera. Levantaron una de las manos para "chocarlas" con sus puños como saludo. Dos segundos después, una sonrisa les impulsó a agarrarse de los brazos, como una súbita necesidad de mayor contacto.
Así se interesaron por el último año en un intento tímido de recuperar una amistad quizás nublada en estos últimos meses o años.
No pude evitar imaginar lo que podría ocurrir. Y de pronto, lo que intuía, ocurrió. Los dos se fundieron en un abrazo duradero.
Pasé por su lado sin poder desviar la mirada, les sonreí y seguí mi camino con la certeza de que los amigos, aunque nos resistamos a serlo, son tan necesarios como el aire.
Buena noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario