lunes, 28 de septiembre de 2026

CUANDO TE VAYAS

Como cada mañana, entré en la habitación con la luz del pasillo encendida. Le di los buenos días y tiré de las cortinas para que entrara la luz del día.

"Buenos días, papá".

Él cogió el embozo de las sábanas y se tapó la cara. Cada mañana repetía el mismo movimiento. Me acerqué a él, le destapé la frente y le di un sonoro beso.

"Pero mira que eres pesada, que tú no eres mi hija, que sólo tengo un hijo y está de viaje".

A pesar de ser la contestación de todos los días yo no podía evitar elevar los ojos y asentir con la cabeza. Y así cada despertar de cada día de cada año...

"Te voy a preparar el desayuno, tu café y tus galletas de canela", le dije.

No tardó ni medio segundo en destaparse la cara para demostrarme su desacuerdo.

"Quiero chocolate con churros. En esta casa siempre se ha desayunado chocolate con churros los domingos antes de ir a misa. Dile a tu madre que me lo prepare y tú vístete ya, que vas a llegar tarde al catecismo".

Cada mañana era la misma monserga, sin fallar ni una sola, como una gota de agua herrumbrosa que cae siempre en el mismo punto de la piedra. Así me hacía sentir, desgastada.

La cafetera italiana al fuego, puse el mantel que mi madre había bordado durante su enfermedad y un plato con las galletas de canela que tanto le gustaban, pero que ahora había decidido que ya no. Por lo menos, hasta que se sentaba en la mesa.

Apareció por la puerta de la cocina arrastrando las zapatillas de cuadros, esas que tienen años y no me deja cambiar. Despeinado y con su pijama azul de botones, se sentó en la silla de la cocina delante de la taza del café humeante.

"¿Ya están hechos los churros?, me preguntó con voz de enfado. "Tu madre siempre los tiene preparados cuando me levanto. ¿Dónde está?. ¿Tampoco piensa desayunar hoy con nosotros?. Seguro que ya está reunida con las beatas del coro de la Iglesia. Sólo ella sabe cantar, el resto son como loros". 

"Venga papá, desayuna que se te va a enfriar el café. Hoy te dejaré un ratito en el centro social, creo que toca baile y así tendré tiempo para hacer la compra".

"De eso nada, yo quiero ir a misa a escuchar como canta tu madre y tú irás al catecismo. Si continúas faltando no podrás hacer la Primera Comunión y serás la única niña del barrio sin tomar la hostia". " Cuando tu hermano la hizo iba impecable, parecía un general del ejército de tierra, sólo le faltaba un sable en el cinturón para poner orden en aquel salón parroquial lleno de niños gritones". 

"Por cierto, ¿vendrá hoy a misa con nosotros, no?. Ya hace unos cuántos domingos que se la salta y eso no le hace ninguna gracia a tu madre, y menos a ese párroco melenudo que se ha apropiado de nuestra Iglesia ". 

"Sí papá". Un eco retumba dentro de mi cabeza, sí papá, sí papá, sí papá...

En el cuarto de baño, sentado en una banqueta delante del espejo del armario se mira sin reconocerse. 

"Mira, ahí está el gilipollas del vecino asomado todo el día a la ventana. No tendrá nada que hacer ese, más que vigilar a los vecinos de bien. Anda, echa la cortina, seguro que está esperando a tu madre el muy depravado".

Tengo que colgar la toalla del lavabo sobre el espejo para que se calme. Le peino y afeito con cuidado pero aún así, siempre tiene que quejarse por algo. En mi mente continúa un perenne si papá, sí papá, sí papá...

Ayudo a que se abotone la camisa y anudo la corbata que ha elegido. Lo recuerdo con su traje de chaqueta toda la vida, siempre fue muy presumido. Un poco de colonia en el cuello y en las manos, el bastón negro que heredó de su madre. 

"No vamos a llegar, nunca llegamos a tiempo. Tu madre tan tempranera y tú te distraes con una mosca que se te cruce delante. Vamos, apura, que se hace de noche". 

Sin tiempo para peinarme, me calzo las deportivas, agarro el abrigo, el bolso y el gorro. No puedo sacar de mí cabeza el sí papá, sí papá, si papá...

Le pongo el abrigo y ya en el ascensor, mientras le acomodo la bufanda en su cuello, me mira y me sonríe.

"¡Eres tú, has venido. Pero qué alegría más grande, hija mía!.

"Sí papá, soy yo", le sonrío mientras me da un beso en la frente.

" Qué solos nos hemos quedado, hija. Ojalá tu hermano no hubiese cogido aquel vuelo, aún no me lo puedo creer. ¿Por qué tuvo que pasar con su avión?. Creo que eso fue lo que mató a tu madre, no el cáncer como nos dijo el médico, sino la pena de verse sin su hijo".

"Lo sé, papá, lo sé. Pero estamos juntos y eso es lo que  importa. Como tú dices, somos un equipo".

Al llegar al portal, mi padre me pregunta si mi hermano vendrá hoy a comer. Vivo en una montaña rusa de emociones, frustraciones, rabia, sonrisas y recuerdos que vienen y van.

Él es lo único que me queda de los años vividos. A veces me enfado con sus olvidos y otras veces pienso que él es mi único puente al pasado.

Mi padre tiene Alzheimer, cada día se apaga un poco más, pero vivo con él momentos de una lucidez tan bonita como su sonrisa al reconocerme.

Sé que pronto se perderá en la enfermedad, pero yo estaré con él hasta su último recuerdo. 

Esta entrada está dedicada a Laura, y a todos los pacientes y familiares que sufren cada día las consecuencias de esta devastadora enfermedad. Por todos vosotros.

Buena noche.




jueves, 24 de septiembre de 2026

VEJEZ

He decidido cómo voy a ser en mi ya cercano futuro. Una viejecilla solitaria, un poco hippie y compartiendo hogar con un gato pardo capado.

Seré socia nominal del Centro Social del barrio y por las tardes acudiré al curso máster de calceta sobre cómo tejer mañanitas de colores con restos de lanas que llevo años acumulando en el enorme costurero. No me apetece  mucho, pero me ahorraré unos eurillos en regalos en la onomástica de mis reumáticas amigas, de las que me caigan bien, claro.

Como el gato no sabrá hacerlo, no me quedará más remedio que bajar la basura al contenedor cada tarde. Por supuesto sin perder mi estilo, en bata de guatiné color rosa chicle y zapatillas a juego con pompones despeluchados. Quizás me plantee unos rulos. Y esto lo haré meridianamente a las ocho de la tarde de reloj, antes de tomar la pastilla azul que "me pone" feliz para caer en los brazos de Morfeo.  

Tendré que aprender a jugar a las cartas, a la brisca o a la canasta, por supuesto haciendo trampas, sobre todo cuando la partida la acompañe con un vino dulce y unos euros...

Coleccionaré tickets del supermercado para mis estudios de mercado, los guardaré en una bolsa "ganchillada" de colores chillones y los ordenaré por fecha y santoral. 

Haré papiroflexia con las bolsas de plástico del supermercado, doblándolas en forma de triángulo equilátero perfecto y sentada en la mesa de comedor a la luz de la lámpara de chupones morados. 

Pondré unos tapetes de ganchillo en los brazos de los sillones ,de esos que se escurren con una leve brisa. Tengo que encontrar una amiga que a esas alturas no tenga mucha artrosis y sea capaz de ganchillar con agilidad, a mí ya me llega con la calceta. 

Quizás también tenga una mesa camilla con faldones de terciopelo verde y un brasero que fluidifique la circulación de mis enclenques piernas. Sobre las mesas una siembra de marcos de plata con fotos de mil bodas y demás  acontecimientos folclóricos familiares, con el correspondiente mantelito de hilo blanco calado. 

Cada quince días iré a la peluquería de mi Cris a cardar los cuatro pelos que me queden, quizás me teñiré de un color berenjena o rubio cobrizo, tendré que pensarlo. Igual recogido en un moño peinetero envolventemente perfecto, no sé.

Usaré gafas de montura metálica, con una patilla torcida de las múltiples veces que me habré sentado encima de ellas sin enterarme. Las colocaré  sobre la punta de la nariz y miraré por encima de ellas, clavando la vista en un horizonte borroso. Me quedaré dormida en el sillón después de comer, viendo una novela insufrible.

Jamás saldré a la calle hasta  que la laca del pelo haya formado una nube tóxica imposible sobre mi cabeza. 

Me pintaré los labios de color rosa peleón, casi indecente, un brochazo de colorete y una bruma de mi perfume favorito al rededor de mi cuello.

Cocinaré lentejas con jamón y las comeré durante toda la semana porque no habré aprendido jamás a calcular la cantidad. 

Miraré con ansia los pies, recordando con nostalgia la época en la que mis manos llegaban hasta ellos para masajearlos y tendré las uñas de las manos pintadas de rojo corazón enamorado. Tengo que acordarme de decírselo a Cris. 

Barreré el felpudo de la entrada con una fuerza endemoniada hasta que los pelos chispeen y salgan disparados hasta el descansillo. Los empujaré disimuladamente con mis zapatillas de pompón hasta la puerta del odioso vecino. 

Cenaré media docena de pastillas mojadas en leche caliente a rabiar mientras revuelvo el mejunje con la mirada perdida. 

Me meteré en la cama cuando acabe el noticiario de la noche, jamás antes de haber visto qué tiempo hará al día siguiente para organizar la colada. Sábanas de borrego desmelenado y un camisón de licra. Acomodaré las manos entrecruzadas sobre el pecho y disfrutaré de los chasquidos de la electricidad estática del camisón sobre mi cuerpo. Tengo que acordarme de avisar a uno de mis hijos para que me cuelgue un cuadro con marco grueso encima del cabecero de la cama que está muy de moda. Me levantaré a las seis de la mañana para no perder el día, tendré la casa limpia a las siete y la comida preparada a las nueve.

Colgaré todas mis enormes bragolas color carne en el tendal con una exquisita y perfecta alineación, una tras otra, todas con una larga etiqueta que rece "algodón 100%. Todas serán absolutamente iguales y seguidas de una ristra infinita de sujetadores que ya no sujetarán nada.

Plancharé la colada sentada en una silla frente al televisor puesto a todo volumen y con la mirada fija en la novela de la cadena nacional por excelencia, una de esas de mil doscientos capítulos y de origen centroeuropeo.

Iré al médico de cabecera a tomarme la tensión todas las semanas, sin piedad, cómo desgasta una gota constante y sólo por verle bufar cada vez que me vea entrar por la puerta de la consulta. 

Llamaré "hijo" a todo varón con el que me cruce, pellizcaré los mofletes de los niños repolludos y les preguntaré por sus abuelos, a los que seguiré refiriéndome como "mis compañeros de clase" aunque ya hayan partido de este mundo al otro que dicen que existe. No sé yo, no conozco a nadie que haya vuelto para creérmelo...

Llamaré a mis hijos todas las tardes y los tentaré con croquetas caseras y crema  de grelos para que vengan a visitarme. Sólo cuidaré de los nietos cuando sus padres trabajen y no tengan con quién arreglarlos. Veré con ellos todas las pelis de Disney en las que haya brujas y les contaré secretos de adolescencia de sus progenitores, seguro que les encantará, a ambos...

Me cubriré el rostro con una mascarilla de avena, los ojos con dos rodajas de pepino y me relajaré escuchando un podcast sobre la importancia del deporte en los países de Europa del norte. Dormiré la siesta sentada en el sofá, con el cuello desencajado y con un suave ronquido me despertaré para llamar al michi rayado que sólo veo cuando quiere comer.

El fin de semana iré a bailar al centro de mayores y pisaré con picardía los pies de lo que me saquen a bailar. Imposible no jugar unos cartones de bingo con la esperanza de llevarme un pellizco de tres euros para casa, más por fastidiar a las asiduas que por la ganancia. Me tomaré un vino dulce (o dos) con pastas de té y tendré una cuenco de cristal tallado lleno de bombones de licor para cuando la pena, penita, pena me pueda.

Me acordaré de tí cada noche, me abrazaré a tu foto, cerraré los ojos y repetiré la manida frase que nos dijimos hace tantos años.

"Espérame en tu sueño dentro de diez minutos, mi vida".

Buena noche.



jueves, 23 de julio de 2026

SU MIEDO

Después de una mañana de espesa niebla en mi cabeza y en la que se iban agotando las fuerzas minuto a minuto, por la puerta asomaba tímidamente la última paciente del tedioso turno de trabajo.

Al fondo, una dama robusta que rozaba los setenta años, bien acompañada por un caballero quijotesco alto y delgado de ojos tristes. Los dos caminaban conversando en un tono bajo, como si pudieran molestar a las personas que ya no había en la solitaria sala de espera. 

Le pregunté su nombre, digamos que se llamaba Silvia, un nombre curioso para las mujeres de su época. 

Los invité a tomar asiento. No lo hicieron en los lucidos sillones azules, esos que tanto tientan a los más jóvenes a sentarse casi sin pudor. Con una discreción enternecedora, lo hicieron en las sillas de plástico rígido destinadas al acompañamiento, cruzaron las manos sobre su regazo y mantuvieron en silencio pensativo, como lo haría un cristiano orando en el banco de su iglesia. De vez en cuando se dirigían la palabra manteniendo la mirada hacia el suelo, ella triste, él asintiendo a cada palabra de la buena señora. 

Yo seguí "a lo mío y a lo suyo", imposible no hacerlo. 

Llegó su turno y les indique que ya podían pasar a la consulta. Ella se levantó planchando la falda con las manos y con actitud comedida, llamó a la puerta. Con voz dulce dijo un "con permiso", esperando la respuesta. Pasaron al despacho, no antes de recibir la aprobación de la voz que resonaba dentro.

Silvia era una paciente con la sombra de un mal diagnóstico y un pronóstico poco prometedor, sin embargo su cuerpo se mantenía robusto y conservado, cosa que produce un cierto desconcierto. En pocos minutos salieron del despacho con la misma prudencia y silencio con el que habían entrado. 

Lo invité a sentarse de nuevo, mientras escribía en la historia clínica su historia de vida. Con un tono tranquilo le expliqué lo que le iba a hacer mientras ella frotaba las manos de forma nerviosa. Me senté en la silla frente a ella para preparar su tratamiento cuando salió de su silencio.

"He sido mariscadora toda mi vida, siempre me mantuve muy fuerte, y ahora..., mire lo que me ha venido. Y tengo mucho miedo ". 

La dejé hablar, lo necesitaba.

"He cuidado de mis hijos, de mi madre que sufrió tres ictus y de mi marido cuando estuvo enfermo. He pasado mucho frío, mucho calor, mucho dolor, pero nunca tanto miedo."

De pronto sus manos asustadizas agarraron las mías, como si yo pudiera sostenerla y llevarla a una superficie dónde poder respirar. En una décima de segundo se dió cuenta de su actitud, me soltó las manos y me pidió perdón por el atrevimiento. Nada más lejos de la sensación que me produjo. La miré a los ojos, está vez fui yo quién se las cogí a ella. Se las agarré con la fuerza necesaria para trasmitirle que no me había molestado, intentando llevarla a flote por unos segundos. 

Ese fue el comienzo de un llanto silencioso y cabizbajo cargado de emoción. Sin soltar nuestras manos hablamos del pasado, del presente y del futuro, de la dura pelea a la que se enfrentaba en la que los fármacos la ayudarían pero aclarándole que ella debía poner de su parte el ánimo, con vistas al futuro. 

Me miró extrañada pero asintiendo con la cabeza. "No sé si seré capaz". 

"Lo serás Silvia, la vida sólo podemos caminarla hacia adelante, hacia atrás sólo quedan recuerdos ".

Por primera vez vi el esbozo de una sonrisa en su rostro y sus ojos brillaron de una forma distinta. 

"Gracias por tus palabras, te estoy haciendo perder el tiempo".

"Silvia, no vamos a perder nada ninguna de las dos", le respondí.

Su quijote estaba atento a la conversación sentado en las incómodas sillas de plástico rígido. No pude evitar mirarlo mientras se secaba los ojos con un pañuelo de tela doblado en forma de cuadrado perfecto, y me devolvió una sonrisa cargada de emoción. 

Después de ponerle el tratamiento, me levanté y me dirigí hacia ella para darle un abrazo que ella no esperaba pero si necesitaba. Ella me abrazó con fuerza, esa que yo quería transmitirle, esa que ella quería demostrarme.

Como si de mi hijo se tratará, cogí su cara entre mis manos y le di un beso en la mejilla. Su sonrisa fue el regalo que ella me hizo.

"¿Te veré cuando vuelva en septiembre?".

"Por supuesto Silvia, pero también estaré aquí para cuando necesites que te lleve a la superficie cada vez que lo necesites".

Me emocionó la sonrisa que los dos me ofrecieron. Se dieron la mano y salieron del servicio con la misma discreción con la que habían entrado.

Adoro a esta pareja.

Buena noche.

viernes, 19 de junio de 2026

MARINA

Caminaba sutilmente agarrada del brazo de un chico alto, de mediana edad, que respetaba su lento caminar. Ella con una amable sonrisa que me invitaba a devolvérsela ya desde la puerta de entrada. A medida que se iba acercando, aquella bonita persona de ojos añosos y sonrisa perenne, me saludó como si me conociera. 

"Sentaros, por favor. ¿Me puedes decir tu nombre?."
"Buenos días, me llamo Marina. Creo que la conozco", me dijo de forma casi imperceptible.
"Por favor Marina, trátame de tú, aquí somos muy de casa". 

Sus labios pintados esbozaban una espléndida sonrisa que iluminó mi cara.
Se sentó a medio metro de mí, a una distancia suficiente que me permitía mirarle a los ojos, muy expresivos, con las arrugas propias de su edad pero inmensamente llenos de gratitud. 

Puse mis manos sobre las suyas mientras le explicaba para qué servían cada una de las vacunas que le iba a administrar. En cuestión de segundos, ella cogió mis manos y empezó a acariciarlas mientras mantenía aquella sonrisa que transmitía una ternura que me parecía muy familiar.

"Tienes las manos cargadas de cariño. Me estás explicando lo que me vas a hacer sin prisa. Yo tengo mala memoria, son los años, pero creo que esto no lo voy a olvidar, mejor dicho, no te voy a olvidar".

"Gracias por tus palabras, sólo trato cómo me gustaría que lo hicieran si yo estuviera sentada en tu sitio. No quiero que sientas miedo, si has entrado con él se quedará aquí, metido en ese contenedor de miedos".

Marina no dejaba de sonreír ni cuando le puse la vacuna. Volvió a recoger mis manos como quién coge algo muy delicado que se ha caído al suelo y me dió las gracias.

"No hay de qué, Marina. Te volveré a ver en un mes".
"Me encantará verte tan pronto, vendré con mi hijo, que es guardia civil a todos los niveles. ¿Verdad, hijo?". 

Me guiñó un ojo buscando mi complicidad y no pude más que responderle con otro guiño y una caricia en sus manos. Se levantó lentamente y me acerqué a ella para acompañarlos hasta la puerta de salida.

"Perdona cariño, no quiero liarte más tiempo pero estarás aquí cuando vuelva dentro de un mes, ¿verdad?".
"Eso espero Marina, si la vida me lo permite, aquí estaré".
"Pues entonces estarás".

Ayer acudió a su nueva cita. Marina asomó la cabeza por la puerta y su dulce voz llegó hasta mis oídos.
"Estás aquí, qué alegría verte. Se lo dije a mi hijo, quiero que esté la misma enfermera". 

Cerré mis ojos y le sonreí, quizás para contener una emoción que podía desbordarse. Me acerqué, le di un abrazo y la acompañé hasta la silla.

"Se lo venía diciendo a mi hijo, que es guardia civil en todos los sentidos. Ojalá esté la misma enfermera, esa que sonríe".

Su acompañante entonces se dirigió a mí.
"Mi madre me dijo viniendo hacia aquí, tengo poca memoria hijo, pero a ella la recuerdo. Era una chiquilla cuando perdió a su hermano y durante años, ella perdió la sonrisa. Ya han pasado muchos años, y verla sonreír me emocionado. Yo era la profesora de su hermano el año que falleció".

En ese mismo momento reconocí a Marina y no pude más que acercarme a ella y abrazarla con el mismo cariño como ella lo hizo el peor día de mi vida. Puse mis manos en su cara y con un beso en la mejilla le agradecí que se hubiera "descubierto".

La veré en septiembre, eso espero. Casi me está tardando.

Buena noche.

sábado, 13 de junio de 2026

CEGUERA MENTAL

La sala de espera de urgencias de un hospital es una zona dónde nada deja de sorprender. Todos los que ocupamos un asiento esperamos noticias de algún familiar, amigo, conocido...

Cada minuto entra en la sala de espera una hilera de pacientes con problemas de vida, como un grifo mal cerrado que pierde agua gota a gota. Mientras, otros deambulan por esa jungla horas y horas, con una edad y un cuerpo que ya no está para aguantar esa espera.

Ayer, mientras esperábamos con paciencia una buena noticia que despejará la duda que  rondaba silenciosamente en la cabeza, entró en la sala un hombre mayor de pelo cano, calzado con alpargatas y vistiendo pantalón vaquero con camisa de cuadros. Y es necesario describirlo porque su aspecto era absolutamente impoluto. Para nada se sospechaba desagradable, para nada fue incorrecto, para nada se merecía la estúpida contestación de dos cuerpos inmóviles sentados en las sillas esperando sabe dios qué o a quién.

El anciano se acercó arrastrando los pies a una mujer de mediana edad que sujetaba entre sus manos una recalentada botella de agua. No acerté a escuchar claramente la conversación que inició el buen hombre, sólo conseguí escuchar un tímido y prudente "por favor señorita".

El anciano le pidió ayuda para conseguir de la máquina de snacks una botella de agua y unas galletas. La chica impasible miró hacia el suelo con aire de incomodidad y sin mirarle, le contestó un "no" repetido, un "no" sonoro, un "no' que le invitaba sin motivo a separarse de ella.

Dos pasos atrás, un chico de cuarenta y tantos se desvivía por no levantar la vista de su móvil. Ceño fruncido que delataba la incomodidad que le provocaba observar como el anciano se le acercaba. 

El hombre se dirigió al chico y le pidió si podía ayudarle a quitar de la máquina un agua y algo de comer. Como si le hubiera pedido tres litros de su propia sangre y con la misma cara de amargado con la que nos lo habíamos  encontrado en aquel jardín de antipáticos, miró desafiantemente al anciano y le espetó un "no" que  retumbó en toda la sala de espera. 

Hirviéndome la sangre, me levanté para ayudar al anciano en su "problema", no antes de mirar desafiantemente a los dos impresentables.

El pobre hombre con su andar titubeante se adelantó a mis pasos y se dirigió entonces a un chico que estaba retirando una botella de agua de la máquina al que pidió ayuda. El joven le preguntó mirándole  a los ojos en qué podía ayudarlo. El anciano respondió que tan sólo quería una botella de agua y unas galletas. 

Ante el desconocimiento evidente del anciano de como funcionaba la máquina dispensadora, el joven presionó el botón que hacía rodar la tan ansiada botella de agua. En el mismo segundo en que la botella caía en el cajón, el anciano sacó de su cartera un billete de veinte euros y se lo entregó al joven para realizar el pago. 

El joven ayudó al anciano a recoger la vuelta de "su compra" y a elegir las galletas que deseaba.

 Un "gracias, muy amable" fueron las delicadas palabras de agradecimiento.

Los dos innombrables que no ayudaron al anciano, sentaban sus posaderas en un servicio de urgencias al que acudieron para que se les prestaran un servicio que supuestamente necesitaban, mientras que estos mismos demandantes le negaban ayuda a un anciano por miedo a tener que abonarle de su bolsillo una botella de agua y unas galletas.

No sé en qué mundo vivimos, lo único que sé ciertamente es que la humanidad, la empatía y la capacidad de ayuda ha dejado de ser una característica humana. 

Era evidente que el anciano llevaba muchas horas en aquel hospital. Quizás ese fue el único momento en el que pudo dejar sin su compañía a un familiar y acercarse a la sala de espera para comer y beber algo. Quizás se trataba de su anciana esposa postrada desde hace horas en una incomoda camilla en un frío pasillo. O puede que estuviera cuidando de un hijo o de un nieto enfermo... 

Sólo necesitaba que alguien le dijera cómo podía comprar una botella de agua y unas galletas. El escudo de indiferencia y desprecio al prójimo con el que se cubrieron los dos despreciables de aquella sala de espera, me resultó repugnante. No puedo evitar desearles  el mismo trato, la misma indiferencia y el mismo NO a la asistencia que reciban en este servicio. Si no hoy, el día que acudan como ancianos.


Al joven amable que lo ayudó, todos mis respetos. A veces hay un rayo de luz en gente buena.

Buena noche.


sábado, 30 de mayo de 2026

NECESIDAD

Una serie de televisión fue el detonante de un torbellino de consecuencias imparables. Habían pasado varios veranos desde aquel suceso y ella se iba alimentando de charlas imaginarias, de espejismos llenos de ilusión en aquella esquina del sofá, que aunque ya vacía para siempre, era el lugar dónde "se sentaba" cada noche a conversar.

Una película, un argumento tan familiar que sin esperar, provocó un llanto casi infantil en el que no faltaba hipo, abrazos invisibles y una cascada de lágrimas imparables cayendo a un vacío demasiado conocido.

Tanto y tanto lloraba que siempre acababa usando la camiseta de su pijama para contener el río de lágrimas desbordadas.

Su único refugio, aquella esquina en la que quedó el tiempo parado, un lugar para imaginar, su espacio.

Allí se mezclaban palabras con sentimientos y recuerdos de promesas, dónde un para siempre se convirtió en una mentira eterna que inmortalizó. Si la llegaras a conocer como la conozco yo, te darías cuenta de que aún sigue buscando su voz por todos los rincones...

A veces creo leer su pensamiento donde imagina sin pudor, mezclando medias verdades con medios deseos de realidad, escalofríos reprimidos, temores pasados y falsas ilusiones futuras. Por momentos creo que saca todo del lado oscuro de su ya cansado corazón...

Cualquier acercamiento a su vida es casi imposible, no permite la entrada de aire fresco. Cómo mucho la oirás decir "quédate esta noche si quieres, pero sin amor y sin que se repita. Quédate sin expectativas, sólo porque creas que esta noche tú me necesitas, sin más".

"Vive in pace, culpa tua non est quod mihi accidit", repite una y otra vez.

Buena noche.





lunes, 18 de mayo de 2026

CALMA NECESARIA

Hacía tiempo que no pasaba por allí, esquivaba conscientemente aquella esquina por la cercanía a los recuerdos de mi dama de cabello plateado. Pero aquella tarde me encontré en ese lugar sin darme apenas cuenta y entré al reconocer el rostro de una persona. 

La última vez que la había visto no estaba en su mejor momento, así que no pude evitar sonreír al preguntarle con un "qué tal" de siempre. 

Sus ojeras me enseñaron una pena que su boca callada confirmó. Su hermana pequeña, en quince días, sin tiempo para nada, tragando dolor, nublando el mar azulado de sus ojos, cogiendo aire de lo más profundo para terminar cada frase. No pude decirle nada, no salían las palabras de mi boca, me quedé sin aire que darle, sólo pude decirle un ahogado "lo siento". Pagué y salí de allí con la sensación de que me habían robado la sonrisa, la voz, el aire...

Hoy tuve que volver al mismo sitio y esta vez se acercó amablemente. 

"Me alegro de verte, ¿cómo estás?", le pregunté intuyendo oa respuesta.

"Bueno, estoy". No esperaba más.

Sus ojeras seguían delatando una pena horrible, pero esta vez la miré a los ojos y cerré los míos asintiendo con la cabeza sabiendo de su dolor, tan reconocido, tan vivido, tan cercano... 

Comenzó a contarme lo arropadas que se habían sentido por el personal del hospital, lo amable que fue aquel enfermero alto, de la médico rubia que les hablaba con calma, casi susurrando las palabras...

Hablaba de la empatía de muchos, la preocupación de todos para que estuvieran lo más cómodas posible, las suaves caricias en los brazos, de los silencios compartidos y de las miradas calmadas.

Agradecimiento con el que intentaba regalarme una sonrisa mientras los ojos se le llenaban de lágrimas buscando salida. Su voz se iba rompiendo poco a poco mientras me miraba con sus grandes ojos azules, buscando una contestación a un "por qué" del que no tenía respuesta. 

Dibujé un baile con mis dedos en el mostrador  dónde le explicaba que todos podemos ser ellas en cualquier momento, que todo cambia en un segundo y que lamentablemente, lo sabía.

Podíamos seguir hablando pero sobraban las palabras. Guardé el monedero en el bolso, levanté la mirada y le prometí que, aunque aún era muy pronto, el dolor calmaría lo suficiente para dejarlas vivir. 

Una despedida breve con mucha emoción contenida. Salí a la calle y cogí aire, mucho aíre, todo el aire que podía entrar en mis pulmones para no llorar.

Entré casi por inercia en una exposición de pinturas surrealistas en la que ni siquiera me había fijado. Me paré delante de un cuadro lleno de colores contrariados, y de pronto se desbordó el mar de mis ojos. Mientras cogía un pañuelo de papel, un señor mayor que me miraba estoicamente con las manos a la espalda, se acercó con la sorna que da la edad , se acercó a aún más al cuadro y sentenció.

"Sí, a mí también me parece una obra horrorosa", me dijo guiñándome un ojo.

Lo miré sorprendida, me seque los ojos con las manos y sin esperarlo, arrancó una carcajada de mi boca. Con un gesto de complicidad, me volvió a guiñar el ojo y siguió hasta el siguiente cuadro como si no hubiera parado allí. 

Sequé mis ojos y salí a la calle vaciando los pulmones con la calma que necesitaba. Aquel extraño había pintado una sonrisa en mi cara.

Aún existen personas mágicas.

Buena noche.