Después de una mañana de espesa niebla en mi cabeza y en la que se iban agotando las fuerzas minuto a minuto, por la puerta asomaba tímidamente la última paciente del tedioso turno de trabajo.
Al fondo, una dama robusta que rozaba los setenta años, bien acompañada por un caballero quijotesco alto y delgado de ojos tristes. Los dos caminaban conversando en un tono bajo, como si pudieran molestar a las personas que ya no había en la solitaria sala de espera.
Le pregunté su nombre, digamos que se llamaba Silvia, un nombre curioso para las mujeres de su época.
Los invité a tomar asiento. No lo hicieron en los lucidos sillones azules, esos que tanto tientan a los más jóvenes a sentarse casi sin pudor. Con una discreción enternecedora, lo hicieron en las sillas de plástico rígido destinadas al acompañamiento, cruzaron las manos sobre su regazo y mantuvieron en silencio pensativo, como lo haría un cristiano orando en el banco de su iglesia. De vez en cuando se dirigían la palabra manteniendo la mirada hacia el suelo, ella triste, él asintiendo a cada palabra de la buena señora.
Yo seguí "a lo mío y a lo suyo", imposible no hacerlo.
Llegó su turno y les indique que ya podían pasar a la consulta. Ella se levantó planchando la falda con las manos y con actitud comedida, llamó a la puerta. Con voz dulce dijo un "con permiso", esperando la respuesta. Pasaron al despacho, no antes de recibir la aprobación de la voz que resonaba dentro.
Silvia era una paciente con la sombra de un mal diagnóstico y un pronóstico poco prometedor, sin embargo su cuerpo se mantenía robusto y conservado, cosa que produce un cierto desconcierto. En pocos minutos salieron del despacho con la misma prudencia y silencio con el que habían entrado.
Lo invité a sentarse de nuevo, mientras escribía en la historia clínica su historia de vida. Con un tono tranquilo le expliqué lo que le iba a hacer mientras ella frotaba las manos de forma nerviosa. Me senté en la silla frente a ella para preparar su tratamiento cuando salió de su silencio.
"He sido mariscadora toda mi vida, siempre me mantuve muy fuerte, y ahora..., mire lo que me ha venido. Y tengo mucho miedo ".
La dejé hablar, lo necesitaba.
"He cuidado de mis hijos, de mi madre que sufrió tres ictus y de mi marido cuando estuvo enfermo. He pasado mucho frío, mucho calor, mucho dolor, pero nunca tanto miedo."
De pronto sus manos asustadizas agarraron las mías, como si yo pudiera sostenerla y llevarla a una superficie dónde poder respirar. En una décima de segundo se dió cuenta de su actitud, me soltó las manos y me pidió perdón por el atrevimiento. Nada más lejos de la sensación que me produjo. La miré a los ojos, está vez fui yo quién se las cogí a ella. Se las agarré con la fuerza necesaria para trasmitirle que no me había molestado, intentando llevarla a flote por unos segundos.
Ese fue el comienzo de un llanto silencioso y cabizbajo cargado de emoción. Sin soltar nuestras manos hablamos del pasado, del presente y del futuro, de la dura pelea a la que se enfrentaba en la que los fármacos la ayudarían pero aclarándole que ella debía poner de su parte el ánimo, con vistas al futuro.
Me miró extrañada pero asintiendo con la cabeza. "No sé si seré capaz".
"Lo serás Silvia, la vida sólo podemos caminarla hacia adelante, hacia atrás sólo quedan recuerdos ".
Por primera vez vi el esbozo de una sonrisa en su rostro y sus ojos brillaron de una forma distinta.
"Gracias por tus palabras, te estoy haciendo perder el tiempo".
"Silvia, no vamos a perder nada ninguna de las dos", le respondí.
Su quijote estaba atento a la conversación sentado en las incómodas sillas de plástico rígido. No pude evitar mirarlo mientras se secaba los ojos con un pañuelo de tela doblado en forma de cuadrado perfecto, y me devolvió una sonrisa cargada de emoción.
Después de ponerle el tratamiento, me levanté y me dirigí hacia ella para darle un abrazo que ella no esperaba pero si necesitaba. Ella me abrazó con fuerza, esa que yo quería transmitirle, esa que ella quería demostrarme.
Como si de mi hijo se tratará, cogí su cara entre mis manos y le di un beso en la mejilla. Su sonrisa fue el regalo que ella me hizo.
"¿Te veré cuando vuelva en septiembre?".
"Por supuesto Silvia, pero también estaré aquí para cuando necesites que te lleve a la superficie cada vez que lo necesites".
Me emocionó la sonrisa que los dos me ofrecieron. Se dieron la mano y salieron del servicio con la misma discreción con la que habían entrado.
Adoro a esta pareja.
Buena noche.