Como cada mañana, entré en la habitación con la lámpara del pasillo encendida, esquivando el montón de revistas que mi padre coloca sistemáticamente en el suelo como una valla de protección.
Me acerqué a la cama y pasé mi mano por encima de la colcha hasta llegar a sus pies. Me hace gracia como reacciona, los mueve apartándolos de forma inmediata. Sé que no soporta las cosquillas, pero ver ese movimiento me da tranquilidad...
Me encaminé hacia la ventana y con la fuerza que necesitaba para otro día que se presagiaba descorazonador, tiré de las cortinas, una a cada lado, dejando que la luz del día inundara su habitación.
"Buenos días, papá. ¿Has descansado bien?".
Sin contestarme agarra el embozo de la sábana y se tapa la cara, rosmando palabras que nunca consigo entender. Cada mañana repite el mismo movimiento.
Me acerco, le destapo la frente, y mientras aprieta los ojos para hacerme creer que aún sigue dormido, le doy un beso y le vuelvo tapar la cabeza.
"Pero mira que eres pesada, cuántas veces tengo que repetirte que no me beses. Tú no eres mi hija. Sólo tengo un hijo y no está aquí porque está de viaje. Vete de mi casa y déjame tranquilo de una vez o aviso a la policía".
A pesar de ser la contestación estrella de todos los días, no puedo evitar elevar la mirada en modo de plegaria, pidiendo una paciencia al límite de perder ser infinita. Y así cada despertar de cada día de cada año...
"Papá, te voy a preparar el desayuno. ¿Café y galletas de canela cómo siempre?".
Lo miro de reojo esperando lo que ya sé que va a contestar, y así es. No tarda ni medio segundo en destaparse la cara para demostrarme el desacuerdo con su entrecejo arrugado.
"Quiero chocolate con churros. En esta casa, todos los domingos del Señor se ha desayunado chocolate con churros antes de ir a misa. Dile a tu madre que me lo prepare y tú vístete ya, que vas a llegar tarde a catecismo".
Vivo en el día de la marmota, cada mañana la misma monserga, sin fallar ni uno, como una gota de agua herrumbrosa que cae siempre en el mismo punto de la piedra. Así me hace sentir, desgastada.
Enciendo el hornillo y pongo la cafetera al fuego. La mesa puesta con el mantel que mi madre bordó durante su enfermedad y un plato con las galletas de canela que tanto le gustaban hasta ayer. Y digo hasta ayer porque hoy decidió que ya no le gustan. Afirmación que mantiene hasta que se sienta a la mesa y ya no recuerda lo que me ha dicho unos segundos antes.
Entra por la puerta de la cocina arrastrando las desgastadas zapatillas de cuadros que tiene desde hace mil años y que no me deja tirar. Despeinado, con su pijama azul de botones blancos y caminando con las manos metidas en los bolsillos, se sienta en la silla delante de la taza de café humeante.
Echa una mirada a la cocina como intentando ubicarse, siempre desconfiado, siempre buscando algo que ni su cabeza recuerda.
"¿Ya están hechos los churros?", me pregunta con voz de enfado.
"Tu madre siempre los tiene preparados cuando me levanto. ¿Dónde está?. ¿Tampoco piensa desayunar hoy conmigo?. Seguro que ya sé ha ido con las beatas del coro de la Iglesia. Sólo ella sabe cantar, el resto son una jaula de grillos rabiosos".
"Venga papá, desayuna, se va a enfriar el café. Y tómate las galletas, no las metas en los bolsillos que tengo la lavadora llena de migas, por favor. Hoy irás un ratito al centro social, creo que hay baile. Necesito tiempo para hacer la compra".
"De eso nada, yo no quiero ir a ese sitio, está lleno de viejos desdentados. Además allí nadie lleva a su pareja, se arriman unos a otros sin conocerse de nada. Yo sin mi mujer, no voy".
"Quiero ir a misa a escuchar como canta tu madre y tú irás a catecismo sin rechistar. Si continúas faltando no podrás hacer la Primera Comunión y serás la única niña del barrio sin tomar la hostia. Y ya sabes que eso te manda directa al infierno. Cuando tu hermano la hizo iba impecable, parecía un general del ejército. Sólo le faltaba un sable en el cinturón para poner orden en aquel salón de la parroquia lleno de niños gritones".
"Por cierto, ¿vendrá hoy tú hermano a misa con nosotros, no?. Hace ya unos cuántos domingos que se la salta a la torera y eso no le hace ninguna gracia a tu madre, y menos a ese párroco melenudo que se ha apropiado de nuestra Iglesia".
"Sí papá".
Un eco retumba dentro de mi cabeza, sí papá, sí papá, sí papá...
Ya en el cuarto de baño y sentado en la banqueta delante del espejo del armario, se mira sin reconocerse. Se toca la cara, pasa la mano por la barba hasta que salta su lengua como un resorte.
"Mira, ahí está el gilipollas del vecino, asomado todo el día a la ventana. No tendrá nada que hacer ese, más que vigilar a los vecinos de bien. Anda, echa la cortina, seguro que está esperando a que tu madre se desnude para bañarse. Es un depravado".
Ya se ha vuelto una costumbre el colgar la toalla del lavabo sobre el espejo para que se calme. Le peino y afeito con cuidado, y aún así, siempre tiene que quejarse de mi poca delicadeza.
En mi mente continúa un perenne si papá, sí papá, sí papá...
Lo ayudo a abotonarse la camisa y anudo la corbata que ha elegido. Lo miro con la misma ternura con la que lo hacía mi madre cuando le ayudaba a ponerse la chaqueta del traje que ese día había elegido, siempre fue muy presumido. Un poco de colonia en el cuello, y entre sus manos, el bastón negro que heredó de su madre.
"Nena, no vamos a llegar, nunca llegamos a tiempo. Tu madre tan tempranera y tú te distraes con una mosca que se te cruce delante. Vamos, apura, que se va a hacer de noche".
Sin apenas tiempo para peinarme, me calzo las deportivas, agarro el abrigo y el bolso.
No puedo sacar de mí cabeza el sí papá, sí papá, si papá...
Le pongo el abrigo, y ya en el ascensor mientras le acomodo la bufanda en su cuello, me mira y sus ojos reviven.
"¡Eres tú, has venido!. ¡Pero qué alegría más grande, hija mía!".
"Sí papá".
Como cada mañana de cada día de cada año...
Acaricia mi la cara y me da un beso en la frente. Cierro los ojos y me dejó llevar por esos dulces segundos de lucidez.
"Qué solos nos hemos quedado, hija. Ojalá tu hermano no hubiese cogido aquel maldito vuelo, aún no me lo puedo creer".
"Creo que eso fue lo que mató a tu madre, no el cáncer como nos dijo el médico. La pena se la llevó, no soportó vivir sin su hijo".
Lo miro mientras mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y quita un pañuelo de hilo blanco con el que se seca los ojos. No puedo revivir todos los días este recuerdo, pero tampoco puedo luchar contra los pocos recuerdos que le quedan. Sólo me queda repetir en silencio sí papá sí papá sí papá...
Me rearmo una y otra vez, no puedo hacer más.
"Lo sé papá, lo sé. Estamos juntos y eso es lo que importa. Como tú dices siempre, somos un equipo".
Ya en el portal, mi padre pregunta de nuevo por mi hermano.
Nena, ¿vendrá hoy Rafa a cenar, verdad?.
Vivo en una montaña rusa de preguntas sin respuestas verdaderas, de emociones y frustraciones, de rabia, sonrisas y recuerdos que van y vienen.
Él es lo único que me queda de los años vividos. A veces me enfado con sus olvidos y otras, pienso que él es mi único puente al pasado.
Mi padre tiene Alzheimer, cada día que pasa se apaga un poco más, pero vivo con él momentos de una lucidez tan bonita e intensa como su sonrisa cuando me reconoce.
Sé que pronto se perderá en la enfermedad y en su propio olvido. Quiero acompañarlo en este camino hasta su último recuerdo.
Esta entrada está dedicada a Elena y Charo.
Y por supuesto, a todos los familiares que sufren cada día la devastadora ira de esta enfermedad.
Por todos ellos.
Buena noche.