sábado, 13 de junio de 2026

CEGUERA MENTAL

La sala de espera de urgencias de un hospital es una zona dónde nada puede dejar de sorprenderte. Todos los que ocupamos un asiento esperamos noticias de nuestro familiar, amigo, conocido...

Cada minuto entra una hilera de pacientes con problemas de vida, como un grifo mal cerrado que pierde agua gota a gota. Mientras, otros deambulan por esa jungla horas y horas, con una edad y un cuerpo que ya no está para aguantar esa espera.

Ayer, mientras esperábamos con paciencia una buena noticia que despejará la duda que nos rondaba, entró en la sala un hombre mayor de pelo cano, calzando unas alpargatas y vistiendo un pantalón vaquero con una camisa de cuadros. Y necesito decirlo, absolutamente impoluta. Para nada un aspecto desagradable, para nada incorrecto, para nada se merecía la estúpida contestación de dos cuerpos inmóviles sentados en las sillas esperando sabe dios qué. 

El anciano se acercó arrastrando los pies a una mujer que sujetaba entre sus manos una recalentada botella de agua. No acerté a escuchar claramente la conversación que inició el buen hombre, sólo conseguí oír que tras un sonoro "por favor señorita", el anciano le pidió  si podía quitarle de la máquina de snacks una botella de agua y unas galletas. La chica impasible miró hacia el suelo y sin tan siquiera mirarlo a la cara, le contestó un "no" repetido, un "no" sonoro, un "no' que le invitaba sin motivo a separarse de ella.

Dos pasos más atrás, un chico de cuarenta y tantos se desvivía por no levantar la vista de su móvil. Ceño fruncido que delataba la incomodidad que le provocaba como el anciano se acercaba. 

El hombre se dirigió hacia él y le pidió si podía ayudarle a quitar de la máquina un agua y algo de comer. Como si le hubiera pedido tres litros de su propia sangre, con la misma cara de amargado con la que nos lo habíamos  encontrado en aquel jardín de antipáticos, miró desafiantemente al anciano y le espetó un "no" que  retumbó en toda la sala de espera. 

El pobre hombre con su andar titubeante se dirigió entonces a un chico que estaba retirando una botella de agua de la máquina y le pidió ayuda. Este joven le preguntó en qué podía ayudarlo y el anciano le respondió que tan sólo quería una botella de agua y unas galletas. Ante el desconocimiento del anciano de cómo manejar aquella máquina, el joven presionó el botón que dispensaba las botellas de agua. En el mismo segundo, el anciano sacó de su cartera un billete de 20 euros y se lo entregó al joven para realizar su pago. 

El joven ayudó al anciano a recoger la vuelta de "su compra" y a elegir las galletas que deseaba. Un "gracias, muy amable" fueron las palabras de agradecimiento.

Los dos innombrables que no lo ayudaron habían acudido a un servicio de urgencias para que les prestaran un servicio que supuestamente necesitaban, mientras estos mismos demandantes le negaban ayuda a un anciano por el miedo a tener que abonarle de su bolsillo una botella de agua y unas galletas.

No sé en qué mundo vivimos, lo único que sé ciertamente es que la humanidad, la empatía y la capacidad de ayuda ha dejado de ser una característica humana. 

Evidentemente el anciano llevaba muchas horas en el hospital, quizás fue el único momento en el que pudo dejar sin compañía a su familiar para comer y beber algo, quizás su anciana esposa llevaba horas en una incomoda camilla de un frío pasillo o puede que el anciano estuviera cuidando de un hijo o un nieto enfermo. 

Sólo necesitaba que alguien le dijera cómo podía comprar una botella de agua y unas galletas. El escudo de indiferencia y desprecio al prójimo con el que se cubrieron los dos seres despreciables de aquella sala de espera, me resultó repugnante. No puedo evitar desearles  el mismo trato, la misma indiferencia y el mismo NO a la asistencia que reciban en este servicio. 

Al joven amable que lo ayudó, todos mis respetos. Aún existe gente buena.

Buena noche.


sábado, 30 de mayo de 2026

NECESIDAD

Una serie de televisión fue el detonante de un torbellino de consecuencias imparables. Habían pasado varios veranos desde aquel suceso y ella se iba alimentando de charlas imaginarias, de espejismos llenos de ilusión en aquella esquina del sofá, que aunque ya vacía para siempre, era el lugar dónde "se sentaba" cada noche a conversar.

Una película, un argumento tan familiar que sin esperar, provocó un llanto casi infantil en el que no faltaba hipo, abrazos invisibles y una cascada de lágrimas imparables cayendo a un vacío demasiado conocido.

Tanto y tanto lloraba que siempre acababa usando la camiseta de su pijama para contener el río de lágrimas desbordadas.

Su único refugio, aquella esquina en la que quedó el tiempo parado, un lugar para imaginar, su espacio.

Allí se mezclaban palabras con sentimientos y recuerdos de promesas, dónde un para siempre se convirtió en una mentira eterna que inmortalizó. Si la llegaras a conocer como la conozco yo, te darías cuenta de que aún sigue buscando su voz por todos los rincones...

A veces creo leer su pensamiento donde imagina sin pudor, mezclando medias verdades con medios deseos de realidad, escalofríos reprimidos, temores pasados y falsas ilusiones futuras. Por momentos creo que saca todo del lado oscuro de su ya cansado corazón...

Cualquier acercamiento a su vida es casi imposible, no permite la entrada de aire fresco. Cómo mucho la oirás decir "quédate esta noche si quieres, pero sin amor y sin que se repita. Quédate sin expectativas, sólo porque creas que esta noche tú me necesitas, sin más".

"Vive in pace, culpa tua non est quod mihi accidit", repite una y otra vez.

Buena noche.





lunes, 18 de mayo de 2026

CALMA NECESARIA

Hacía tiempo que no pasaba por allí, esquivaba conscientemente aquella esquina por la cercanía a los recuerdos de mi dama de cabello plateado. Pero aquella tarde me encontré en ese lugar sin darme apenas cuenta y entré al reconocer el rostro de una persona. 

La última vez que la había visto no estaba en su mejor momento, así que no pude evitar sonreír al preguntarle con un qué tal de siempre. Sus ojeras me enseñaron una pena que su boca callada confirmó. Su hermana pequeña, en quince días, sin tiempo para nada, tragando dolor, nublando el mar azulado de sus ojos, cogiendo aire de lo más profundo para terminar cada frase. No pude decirle nada, no salían las palabras de mi boca, me quedé sin aire que darle, sólo pude decirle un ahogado "lo siento". Pagué y salí de allí como si me hubiesen robado la sonrisa, sin voz, sin aire...

Hoy tuve que volver al mismo sitio y esta se acercó amablemente. "Me alegro de verte, ¿cómo estás?", le pregunté.

"Bueno, estoy", fue su breve respuesta.

Sus ojeras seguían delatando una pena horrible, pero esta vez la miré a los ojos y cerré los míos asintiendo con la cabeza sabiendo de su dolor, tan reconocido, tan vivido, tan cercano... 

Comenzó a contarme lo arropadas que se habían sentido su madre y ella por el personal del hospital, lo amable que fue aquel enfermero alto, de la médico rubia que les hablaba con calma, casi susurrando las palabras...

Hablaba de la empatía de muchos, la preocupación de todos para que estuvieran lo más cómodas posible, las suaves caricias en los brazos, de los silencios compartidos y de las miradas calmadas.

Agradecimiento con el que intentaba regalarme una sonrisa mientras los ojos se le llenaban de lágrimas buscando salida. Su voz se iba rompiendo poco a poco mientras me miraba con esos hermosos ojos azules, buscando una contestación a un por qué del que no sabía darle una respuesta. 

Dibujé un baile con mis dedos en el mostrador  dónde le explicaba que todos podemos ser ellas en cualquier momento, que todo cambia en un segundo y que lamentablemente lo sabía.

Podíamos seguir hablando pero sobraban las palabras. Guardé el monedero en el bolso, levanté la mirada y le prometí que aún era muy pronto, pero que el dolor calmaría lo suficiente para dejarlas vivir. 

Una despedida breve con mucha emoción contenida. Salí a la calle y cogí aire, mucho aíre, todo el aire que podía entrar en mis pulmones para no llorar.

Entré casi por inercia en una exposición de pinturas surrealistas en la que ni siquiera me había fijado. Me paré delante de un cuadro lleno de colores contrariados y de pronto, se desbordó el mar de mis ojos. Mientras cogía un pañuelo de papel, un señor mayor que me miraba estoicamente con las manos a la espalda, se acercó tímidamente y me dijo que también le parecía una obra horrorosa. 

Me pasé las manos por los ojos, lo miré sorprendida y arrancó de mí una carcajada inesperada. Con un gesto de complicidad, me guiñó el ojo y siguió hasta el siguiente cuadro. 

Sequé mis ojos y salí a la calle vaciando los pulmones con la calma que necesitaba. Aquel extraño había pintado una sonrisa en mi cara.

Aún existen personas mágicas.

Buena noche.

martes, 21 de abril de 2026

INSTANTES

Cómo siempre llegué a la cita antes de la hora, yo y esa maldita manía de ir corriendo a todos lados...

Zona B, sala 2. Aquí es. 

Sillas en filas estilo parada de autobús, perfectamente colocadas paralelamente. 

Entré sigilosa, casi aguantando inconscientemente la respiración. "Buenas tardes". Nadie levantó la cabeza de la pantalla del móvil. 

Encaminé el paso hacia mi asiento mientras fruncía el ceño en señal de reprobación. Ya nadie mira, ya nadie saluda, ya nadie acompaña. 

Acobardada por la situación, me senté  procurando no hacer ruido, no molestar, no romper el silencioso paso de los dedos sobre las anodinas pantallas. Un sonido enlatado era lo único que les hacía volver a la realidad y levantar la cabeza del móvil. Miraban el ticket arrugado entre sus dedos mientras "el agraciado" con el número de la irritante pantalla se levantaba de un salto para dirigirse a la puerta que allí le indicaba. El resto de seres de aquella sala, sin parpadear volvían a mirar las pantallas.

Cómo de costumbre, busqué algo que me llamara la atención. Mi mirada se centró en una pareja. Ella apoyaba la cabeza sutilmente sobre el hombro de su compañero y cerraba los ojos con un aire que olía a derrota. Su pelo suavemente recogido en una coleta del pasado. Un libro sobre el regazo, una bolsa de tela sujeta como si de un cofre del tesoro se tratara y las manos apoyadas, casi rendidas sobre las piernas. 

Él le tocaba el pelo durante su frágil descanso, lo acariciaba con una triste ternura. Cada vez que alguien se levantaba o hablaba, ella se despertaba y volvía a abrir aquel libro de forma casi automática. Se recolocaba las gafas de pasta y acariciaba cada una de las  páginas del libro de sus sueños. Él entonces aprovechaba para acomodarse en la silla durante los breves segundos que duraba el nuevo intento por seguir cuidando de su chica. 

Ella volvía una y otra vez a cabecear, derrotada, pálida, ojerosa. Él la sujetaba, le besaba la cabeza y ella sonreía. No fui capaz de oír sus voces, sólo veía la ternura que me transmitían, un amor que destilaba aroma a una difícil lucha.

Sentada entre el público como una más, me gustaba observar como interaccionaban las personas que llevaban las butacas Dos filas por delante, un hombre de pelo cano y tez morena se sentaba al lado de una mujer de pelo plateado, que lo miraba cada vez que articulaba un sonido. La sonrisa de él lo delataba con cada palabra, suave, casi indescriptible. No podía dejar de mirarlos, como si esperara algo sorprendente y así fue. Él le dio un leve beso en los labios que supo a ternura infinita. Ella le regaló una sonrisa cómplice. Cerré por un instante los ojos y dejé que los recuerdos me envolvieran...

Rozaban los cuarenta, se acercaban por la misma acera. Levantaron una de las manos para "chocarlas" con sus puños como saludo. Dos segundos después, una sonrisa les impulsó a agarrarse de los brazos, como una súbita necesidad de mayor contacto. 

Así se interesaron por el último año en un intento tímido de recuperar una amistad quizás nublada en estos últimos meses o años.

No pude evitar imaginar lo que podría ocurrir. Y de pronto, lo que intuía, ocurrió. Los dos se fundieron en un abrazo duradero. 

Pasé por su lado sin poder desviar la mirada, les sonreí y seguí mi camino con la certeza de que los amigos, aunque nos resistamos a serlo, son tan necesarios como el aire. 

Buena noche.




jueves, 26 de febrero de 2026

PROPIAS

Mujeres, hijas, madres. Ellas. 

Vidas que se deslizan de forma constante por una vertiginosa montaña rusa plagada de interminables curvas que ocultan  responsabilidades que hemos aceptado socialmente como una herencia envenenada. Castigos autoinfringidos estúpidamente por no llegar a tiempo a todo, por no estar disponible en cada segundo de todo momento o no cumplir con los arcaicos cánones de belleza marcados por una sociedad vil, simple e insustancial.

Mujeres cansadas de un baile de hormonas que no hemos aceptado libremente, que  suben y bajan cambiando nuestros cuerpos, humor, sensaciones, planes, futuro...

Gestar, dar de si en todos los sentidos, parir con un dolor insoportable escuchando voces ajenas de fondo que repiten una y otra vez un "tranquila, tú puedes, ya queda menos, ya faltó más", que simplemente no aporta lo necesario en ese momento. 

Ahora cría y disfruta del momento, porque ni problemas, ni la enfermedad, ni la vida van a pararse para tí. Se abrirán mil frentes y tú seguirás representando el papel acordado sin tu consentimiento de mujer, madre, hija...

Todo sigue.

Menopausia, otra de hormonas. Todo natural, todo vendido como un paseo inevitable que hay que patear sin protestar mucho, porque todo lo que te pasa es "normal". Voces a tu alrededor que como el eco, te repiten que necesitas transitarla con tranquilidad, comprensión y entendimiento. 

Y lo intento, pero tengo la imperiosa necesidad de gritarle al mundo que el insomnio me mata, que no reconozco mi cuerpo, que tengo la líbido por los suelos y que fulmino con la mirada a las pavisosas de treinta y cinco años porque en clase de pilates se exiben estirándose como gomas nuevas. Mal saben ellas que TODAS las gomas ceden con el tiempo. Cuando me baja la adrenalina, recobro el sentido común y vuelvo en si con un ligero remordimiento pero con un desahogo real.

Y cuando te has rearmado tirando del amor propio, vuelves a sentir que el mundo te mira con total indiferencia, no paras de escuchar frases manidas como " y ahora no sé por qué llora", " no hace más que repetir a cada momento que todo lo está haciendo mal", "siempre está muy cansada"...

¡Qué tontería, debería ser feliz, tiene de todo y sólo quiere llorar. No hay quién la entienda!

Nadie nota el peso cargado a la espalda, apenas me ven. Creen que tu obligación es poder con todo mientras sostienes el agobio, bajas la mirada, acunas las tristezas e intentas calmarte. Cierras los ojos, sólo necesitas un abrazo que dure más de seis segundos, de los que siempre te tranquilizaban y ahora escasean tanto, tanto, tanto. 

¡Maldita sea!. Cálmate, por favor.

En un momento te sientes bonita y a los cinco minutos has perdido la belleza, hay algo raro en esa sonrisa que nadie alcanza a interpretar a pesar de que te sientes transparente para todos. Y mientras seguimos avergonzándonos de nuestra debilidad. Ya no hablo, no duermo, no como. Sólo bajo la mirada, estoy  cansada...

De vuelta al trabajo, cuida aquí y allí, acaricia, consuela, abraza a desconocidos que necesitan descargar su dolor, ayuda fuera y dentro, deja para el final tus necesidades, otra vez...

Sonríe al abrir la puerta de casa, arregla el desorden, ese que nunca es el mío. Compra, haz la colada, plancha montañas de ropa.

Venga, otra ducha con los ojos cerrados, otro momento para diluir con agua caliente las tristezas para que nadie lo note, deja que todo se vaya por el desagüe.

Reflejada en el espejo del baño no es fácil reconocerse. La piel menos tersa, ojeras imposibles, el pelo canoso recogido que muestra en paso del tiempo en tu pecho y de nuevo, como siempre abrazada a un jersey de lana cedido. Pruebo a sonreír, lo intento, ya no recuerdo la última vez que lo hice, casi duele hacerlo. Me rearmo.

Abro de nuevo la persiana, otra mañana, el mismo comienzo, la misma secuencia. Hoy tampoco estaba en mi sueño como me había prometido, sigo echándolo muchísimo de menos.

Vuelvo a cerrar los ojos, estoy harta de que todos repitan sistemáticamente que debo hacer con mis recuerdos, como si pudiera arrancarme el sentimiento del pecho y arrojarlo al fondo de un barranco. Menuda estupidez, que sabrán ellos. Siempre estarás conmigo.

Es viernes, apenas llego entera, otra semana agotadora en la que nadie se da cuenta del peso que carga mi vida. Un poco de colorete, una pincelada de rímel y un "pués estás fantástica" como un eco que ya no llega a ningún lugar.

Me sirvo una copa de vino, mis bocetos, mis pensamientos acompañados de música, mientras pasa el tiempo, todo demasiado rápido ,justificándome una y otra vez ante todos.

¡Harta!.

Ya he vivido mucho, dos tercios de mi vida, he sido hija, esposa y madre. Ya he pasado mucho tiempo de responsabilidad, el suficiente para hacerme dudar de decisiones que he ido postergando y que no puedo ignorar ni un sólo minuto más. 

Cada vez que pienso en ello, sonrío. Ahora con los ojos bien abiertos y llenos de esa picardía madura que tanto escondí, quizás imaginando o recordando, nunca lo sabréis. Sólo yo sé que pasa por mi cabeza. Me gusta esa sonrisa, ahora sí soy yo. O ella. O  quizás todo esto no es más que una historia inventada. 

Buena noche.



sábado, 7 de febrero de 2026

SANITARIOS

Después de mil crisis existenciales sobre la profesión a la que me quería dedicar, pelear contra unos inútiles números clausus para entrar en otra carrera que no me atraía lo más mínimo, volver a estudiar y seguir peleándome con el planeta, conseguí finalmente estudiar lo que quería. Como diría un buen amigo, soy una de esas locas vocacionales que se pasan media vida corriendo de un lado para otro en pijama y zuecos de colores.

Estoy segura de qué te habrás cruzado con alguna de nosotras en tu vida, quizás nos hayas visto sentadas delante de la pantalla del ordenador en el control con el ceño fruncido o corriendo como posesas hacia una alarma activada desde el box vital. Puede incluso que te hayas tropezado con alguna de nosotras en el pasillo de una planta de hospitalización arrastrando los zuecos para atender a la llamada de un timbre insistente. 

Puede que nos hayas visto en la calle camino de un domicilio, quizá te hayas sorprendido al vernos saltar de una ambulancia en medio de una carretera para asistir en un accidente o entrando desorientados en un portal cargando mil maletas pesadas.

Si quieres, puedo aclarar tus dudas sobre una técnica, contarte por qué una vacuna te va a ayudar a no enfermar, cuál es el motivo por el que no debes dejar de tomar un medicamento o qué problemas puedes tener si lo haces por tu cuenta. 

Quizá nos has visto tropezando con las esquinas del control de enfermería, bostezando somnolientas de madrugada, calentando las manos con una taza de café a mitad de un turno, apoyándonos en vuestra cama para descansar un poco el cuerpo o  abrazándote para tu sorpresa cuando tus ojos estén a punto de desbordarse. 

Me gustaría oír de tus labios que no te hemos hecho sentir mal en ningún momento por un trato injusto, y si así lo fue en algún momento, te pido perdón.

Somos especialistas en técnicas que pueden ser  molestas, pueden asustarte y ser algo dolorosas o desagradables. Tranquilo, entiendo tus quejas y temores. Quiero que sepas que lo haremos de la forma más delicada posible para minimizar tu malestar, que entiendo tu mirada y sé de tus miedos.

Me puedes encontrar junto a un médico, intentando ayudarte para que te cures o procurando que tu enfermedad no se agrave. Te prometo que lo hago con todos mis sentidos alertas. Responderé a todas tus preguntas y dudas para tranquilizarte, porque eres el motivo por el que he elegido esta profesión.

Ahora sólo te pido que leas lo siguiente con calma, tengo que contarte algunos secretos sobre nosotras, mis compañeros, sobre mí.

Aunque nos veas muchas veces en el hospital, no vivimos allí.

Y aunque a veces parece que no tenemos otra vida fuera del hospital, sí tenemos una familia que nos espera en casa.

También sufrimos enfermedades como tú, la profesión no nos protege de que podamos ser pacientes. Después de cuidarte en el hospital, nos vamos a casa y seguimos cuidando de nuestras familias, postergando en muchas ocasiones molestias propias para tratar las ajenas, tomándonos un analgésico a escondidas para seguir con el día a día. 

Cuando presenciamos un accidente, una urgencia o algo que precisa una atención urgente, puede que me cruce contigo y no te salude. Y no es orgullo ni protagonismo, nuestra cabeza centrífuga en ese momento mil escenarios posibles anulando el resto de nuestros sentidos. Si una persona necesita ayuda inmediata, nos centramos en ella obviando todo lo que está a nuestro alrededor. Nuestro nivel de estrés es muy alto cuando sospechamos gravedad, pero cogeremos aire suficiente para planificar la actuación más efectiva.

Hay muchos momentos en los que sabemos que nos enfrentamos a dos posibles situaciones, que todo salga bien y salgas de allí con una sonrisa en el alma, o que sea demasiado tarde. Cuando esto último ocurre, difícilmente podremos levantar la mirada, no querremos que veas levitar la pena, apretaremos los labios y mascaremos un silencio que nos pesará mucho. A veces buscamos una pared alejada para apoyar la tristeza y procesar lo que ha pasado.

Cuando vuelva al trabajo puede que te acaricie la cara antes de hacer algo que te produzca dolor, o que te abrace si noto que lo necesitas. Puede ser que no te des cuenta de que mis ojos se están nublando mientras leo algún resultado inesperado o que te pregunte mil veces cómo te encuentras durante un turno cada vez que me respondas con un monosílabo. Por tus pasos, tu forma de sentarte o tu mirada, sabré que "algo" te pesa, y también estaré ahí para ayudar a sujetarte. En el fondo somos un poco brujas, sabes, leemos la mente...

A cambio sólo te pido que me respetes, no nos alces la voz, no hagas uso de la violencia física ni me repitas como un disco rayado que tú pagas nuestro sueldo. Quizás estés cansado, dolido, triste o con necesidad de desahogarte por una situación estresante, lo entiendo, pero hazlo desde el respeto.

Puedes estar tranquilo, entiendo tu miedo. Respétame como persona, como profesional y te ayudaré en todo lo que pueda, no tengas duda alguna.

Ahora me voy a casa, no veo a mis hijos desde ayer. Necesito mi lugar y sus risas. Mañana volveré para cuidarte. En mi ausencia te cuidarán mis compañeros con el mismo mimo con el que yo lo hago. Mientras tanto, intenta descansar. 

Buena noche.



sábado, 13 de diciembre de 2025

FELIZ TODO


Feliz Navidad, feliz cumpleaños, feliz fin de semana, feliz año, felices vacaciones,...

Haciendo cálculos, de 365 días que tiene el año,  te desean felicidad cuatro días en diciembre, un par de fines de semana, el día de tu cumpleaños y basta.

Los días restantes, te las tienes que apañar tú solo para ser feliz, sea como sea y si puedes, claro.

Cruzarte en un lugar con la persona a la que no soportas, esa "amiga" con la que hace años compartías tus secretos pero de la que ahora te irrita hasta el aroma de su rancio perfume, la que cada vez que ronda a menos de un metro de tu zona de confort te produce una dentera insoportable. Esa que sonríe a la vida con un poco de aire artístico y un mucho de no ser nadie. Esa persona a la que cada vez que le miras a los ojos es imposible no retarla a salir de ese oscuro pozo de poder y con la que desearías solucionar de una vez las deudas del pasado para tu calma interior y pasar página, esa, esa va y te desea felicidad...

Pero en mi vida doy prioridad a las "otras personas", a las que no has visto en mucho tiempo y te escriben un mensaje deseándote lo mejor. Yo no quiero que "me deseen", quiero tomar un café contigo y contarte que el tiempo pasa, que para unos con más deprisa que para otros, que las risas se pierden cuando ya ha pasado demasiado el tiempo, que aún podemos solucionar aquello que  nos quedó pendiente y aprovechar cada instante que nos quede...

También a todos aquellos que lo desean porque son felices en estas fiestas, los que te abrazan, los que se emocionan, los que comparten con complicidad los ojos vidriosos, la persona que se molesta en escribirte algo bonito, amable y cálido. 

Y el que quiere que nos veamos y compartamos un vino con carcajadas de las de verdad, los que te preguntan y esperan realmente la respuesta, la que me peina el pelo con sus dedos cuando se da cuenta que no puedo más, el que busca la sonrisa en las sombras de mis ojos, el que te incita a baila sin pudor en una carretera recóndita, la persona que respeta mis silencios y es complice con miradas de reojo, el que comparte conmigo sus gustos y mis defectos, el que me quiere como amiga sin fronteras, el que me quiere como él o ella quiera, sin más.

No quiero que me deseen felicidad por compromiso, ni estar cerca de nadie que cumpla con normas sociales arcaicas, ni al que rumia venganzas sin verdades, tampoco al que presume sin darse cuenta de lo que carece, ni al que el poder le da agrias ideas de venganza, y menos, al que no diferencia su tormenta de mi calma.

Agradezco la felicidad de los que caminan en mi vida sin hacer ruido, y los que hablan con un tono cálido y sincero, los que abrazan con los ojos cerrados más de seis segundos, los que roban besos en la mejilla tímidamente permitidos, los que escuchan más allá de las palabras, los que acarician con la voz, los que acompañan sin tropezones injustos, de los que aprendes algo bonito cada día,  los que te ayudan y es cierto, los que están con ternura en los fracasos y te sonríen con un guiño en los logros y sobre todo, de los que quieren ser en mi existencia.

También de los que comparten momentos absurdos con carcajadas sinceras, de los que disfrutan del humor inteligente, de los que quieren tiempo compartido para y conmigo, de los que son comedidos en mis silencios, de los que disfrutan de cada segundo de cada hora, de los que dicen, de los que no callan, de los que no te olvidan, de los que siempre están, de los que quiero.

Buena noche.