sábado, 13 de diciembre de 2025

FELIZ TODO


Feliz Navidad, feliz cumpleaños, feliz fin de semana, feliz año, felices vacaciones,...

Haciendo cálculos, de 365 días que tiene el año, las personas te desean felicidad cuatro días en diciembre, un par de fines de semana, el día de tu cumpleaños y basta.

Los días restantes, te las tienes que apañar tú solo para ser feliz, sea como sea y si puedes, claro.

Cruzarte en un lugar con la persona a la que no soportas, esa "amiga" con la que hace años compartías tus secretos pero de la que ahora te irrita hasta el aroma de su rancio perfume, la que cada vez que ronda a menos de un metro de tu zona de confort te produce una dentera insoportable, la que sonríe a la vida con un poco de aire artístico y un mucho de no ser nadie. Esa persona a la que cada vez que le miras a los ojos es imposible no retarla a salir de ese oscuro pozo de poder y con la que desearías solucionar de una vez las deudas del pasado para mi calma interior y pasar página, esa, esa va y te desea felicidad...

Pero en mi vida doy prioridad a las "otras personas", las que no has visto en mucho tiempo y te escriben un mensaje deseándote lo mejor. Yo no quiero que "me deseen", quiero tomar un café contigo y contarte que el tiempo pasa, que para unos con más prisa que para otros, que las risas se pierden cuando ya ha pasado el tiempo, que aún podemos solucionar lo que queramos y aprovechar cada instante que nos quede...

También a todos aquellos que lo desean porque son felices en estas fiestas, los que te abrazan, los que se emocionan, los que comparten con complicidad los ojos vidriosos, la persona que se molesta en escribirte algo bonito, amable y cálido. Y el que quiere que nos veamos y compartamos un vino con carcajadas de las de verdad, los que te preguntan y esperan realmente la respuesta, la que me peina el pelo con sus dedos cuando se da cuenta que no puedo más, el que busca la sonrisa en las sombras de mis ojos, el que te incita a baila sin pudor en una carretera recóndita, la persona que respeta mis silencios y es complice con miradas de reojo, el que comparte conmigo sus gustos y mis defectos, el que me quiere como amiga sin fronteras, el que me quiere como él o ella quiera, sin más.

No quiero que me deseen felicidad por compromiso, ni estar cerca de nadie que cumpla con normas sociales arcaicas, ni al que rumia venganzas sin verdades, tampoco al que presume sin darse cuenta de lo que carece, ni al que el poder le da agrias ideas de venganza, y menos, al que no diferencia su tormenta de mi calma.

Agradezco la felicidad de los que caminan en mi vida sin hacer ruido, y de los que hablan con un tono cálido y sincero, de los que abrazan con los ojos cerrados más de seis segundos, de los que roban besos tímidamente permitidos, de los que escuchan más allá de las palabras, de los que acarician con la voz, de los que acompañan sin tropezones injustos, de los que aprendes algo bonito cada día, de los que te echan de menos y es cierto, de los que están con ternura en los fracasos y te sonríen con un guiño en los logros y de los que quieren ser en mi existencia.

También de los que comparten momentos absurdos con carcajadas sinceras, de los que disfrutan del humor inteligente, de los que quieren tiempo compartido para y conmigo, de los que son comedidos en mis silencios, de los que disfrutan de cada segundo de cada hora, de los que dicen, de los que no callan, de los que no te olvidan, de los que siempre están, de los que quiero.

Buena noche.






sábado, 15 de noviembre de 2025

NOSTALGIA ll

En aquella época era un tanto frecuente que cada vez que se incorporaba un nuevo miembro a la familia, se recogieran los bártulos y os mudarais a un piso más espacioso a continuar con la vida. Y así ocurrió.

Poco recuerdo de la primera casa a la que nos mudamos, sólo que desde el portal hasta el ascensor había un pasillo muy largo y allá al fondo, te topabas con Lola, la portera del edificio. Cómo si de un uniforme se tratara, Lola era muy rigurosa con su indumentaria: zapatillas de casa, falda de cuadros marrón y lana, medias gruesas oscuras, jersey de canalé monocromatico y una minicapa morada tejida por ella misma, con un cordón asfixiante que enlazaba en su cuello.

Nunca supe calcular la estatura de Lola, siempre estaba sentada en una mesa al fondo de aquel pasillo, y la inocencia de la edad me hacía pensar que el trabajo de la buena señora era estar sentada todo el santo día en aquella mesa de tablero marrón contrachapado. Alguna vez se me pasó por la cabeza la idea de que Lola no tenía cuerpo debajo de aquellas múltiples  y herméticas capas de ropa. Un moño alto y gafas de pasta muy de los años setenta, remataban su indumentaria. 

Un  buen día, Lola desapareció de "su espacio", ya nadie hablaba de ella, sólo quedó su mesa en el vacío de aquel largo pasillo. Tiempo después corrío el rumor que la pobre Lola había sufrido un infarto y que ...

Ya en nuestra segunda casa, una cortina de tela de saco separaba el hall de un pasillo estrecho, que los pequeños utilizábamos como la frontera virtual que separaba la zona de trabajo de mi padre del resto de la casa. Claro que en esa época éramos muy niños y le habíamos encontrado una utilidad mucho más lúdica a aquel límite. En el momento en el que ningún "mayor" nos veía, la usábamos de hamaca. Uno se tumbaba sobre la cortina mientras los otros dos hermanos sujetaban las esquinas inferiores de la cortina y balanceaban al que le tocaba por turno disfrutar del "columpio" secreto. Nos turnábamos con rapidez para que no lo descubriera mi madre y su zapatilla de suela de goma. Aún recuerdo la sensación de achicharrarnos las manos cuando nos resbalaba una de las esquinas. Dos se lastimaban las manos mientras un tercero se esnafraba contra el duro suelo de baldosa del pasillo. Pero nunca nos quejabamos de las consecuencias del "delito"...

También recuerdo una habitación con un armario marrón y un patio de luces oscuro en el que había un pilón. En el Pilar, la "santa" que nos cuidaba, lavaba la ropa y los tenis de gimnasia. Ese pilón también sirvió de refugio en alguna ocasión...

La  casa de Buhigas fue la última, tenía muchas habitaciones, y de ella conservo los más más emotivos recuerdos. Ya éramos siete de familia y aquel fue nuestro hogar definitivo.

Habíamos bautizado cada una de las habitación con un nombre, como si se tratara de las salas de un palacio: la habitación de los zapatos, la de la plancha (anteriormente la habitación de mi hermano mayor), la habitación de las niñas, la de los niños, la de los padres, la salita, el cuarto de baño pequeño, el baño grande y el salón. 

La habitación de los zapatos era un cuarto de baño que se habilitó como mini habitación que  cumplía mil funciones: servir de zapatero, paragüero, depósito de la caja gris de herramientas y escondite de nuestros juegos. En una de las paredes, mi padre atornilló unas baldas que se llenaban con revistas de decoración de mi madre como el Nuevo Estilo, , el Selecciones del Reader's Digest y un montón de números de la revista Tiempos Médicos. Más que una habitación parecía un bazar.

La salita era diminuta, sólo amueblada con una mesa camilla con brasero, dos sillones de skai, una alfombra, una mesa de televisión con ruedas y la televisión de la teta en su parte trasera. Era tan pequeña que cuando los tres hermanos mayores nos tumbábamos en el suelo a ver la televisión, si alguien entraba o salía, debía esquivar aquellos pequeños cuerpos tendidos haciendo de alfombra  humana.

Cuando mi padre decidió cambiar la consulta, se tiraron los tabiques de dos habitaciones  contiguas y cambió la categoría de sala a salón, pero esto no pasaría hasta años más tarde. 

El cuarto de la plancha fue en un principio la habitación de mi hermano mayor. Tuvo el honor de ser el primero en tener una habitación para él solo, algo que nos fastidiaba mucho a "las niñas".  Además le hicieron un armario de obra enorme, blanco con unos cajones que pesaban muchísimo y cerraban fatal, cosas que nos hizo mucha gracia al resto, que con maldad infantil nos alegrábamos del pesado defecto de los cajones mientras él hacía el esfuerzo en abrimos y cerrarlos a diario.

La habitación en cuestión no tenía  luz natural, tan solo una ventana que abría hacia una pequeña terraza, que a su vez daba al oscuro patio de luces que se convirtió en la única comunicación con el exterior. 

Pero el reinado de aquella habitación duró poco, ya que la familia crecía y se necesitaba más y más espacio. De un día para otro y muy a su pesar, lo exiliaron a una habitación  del pasillo y su preciado reino se transformó en el cuarto de la plancha, dónde Carmen, la nueva mujer que ayudaba a mi madre con el cuidado de los niños, pasaba horas planchando montañas de ropa que se iban apilando en un sillón de mimbre allí olvidado.

La habitación "de las niñas" tenían dos camas, una puerta de balcón que jamás cerró bien y por dónde entraba un frío terrible por mucho burlete que colocara mi padre. Un pequeño armario y una estantería con cajones que no se atascaban, una mesa de estudio, un flexo y listo.

La habitación de los más pequeños tenía dos camas abatibles (algo muy típico entre las familias numerosas de la época) que se encastraban en un armario pegado a la pared, que con el paso de los años se iba aflojando. Pero  en esa época no valoramos el riesgo de morir espachurrados debajo de aquel pesado mueble. Cuando nadie nos veía, las camas servían para emparedar a mis hermanos pequeños en unos juegos un poco de la santa inquisición. Un armario, una mesa de estudio completaba el escueto mobiliario.

Un largo pasillo atravesaba la casa y al fondo se encontraba el salón, el corazón de la vivienda, "el sanctasanctórum". Sus puertas sólo se abrían para grandes eventos (bautizos, comuniones,  comida y cena de navidad), y los domingos para comer en el de forma circadiana y como algo exclusivo. En una de sus paredes lucía un horroroso mueble modular donde se guardaba la vajilla "buena", las copas de fiesta y el  tocadiscos. Perfectamente colocados a su lado, los vinilos con música de la época : La Pandilla, Los Mismos, Los Indios Tamajara, Mocedades, Camilo Sesto, Nino Bravo, Cecilia, Emilio José, Las Grecas, Juan Pardo, Micky, Los Módulos, Santabarbara...

El tocadiscos sólo podía sonar en casa los domingos por la mañana por real orden de mi madre. Y ese día se compraba pasteles para la merienda, a elegir, merengue blanco o rosa. En "San Domingo", mi padre nos llevaba a todos los hermanos al quiosco de La Baldosa o al de Montáns y nos compraba sobres sorpresa de cacharritos o peluquería a las niñas. Nunca entendí lo de sobres sorpresa cuando sabíamos lo qué nos íbamos a encontrar dentro. Los de los niños contenían soldados, tanques, indios y vaqueros que jamás se mantenían de pié, ya salían inválidos de aquel sobres sorpresa. Ese domingo si el tiempo acompañaba, nos llevaba a un bar a tomar el aperitivo y nos "derretíamos de gusto" cuando nos dejaban pedir una Fanta o una Mirinda con patas fritas para compartir.

Si de camino pasábamos por la de Beiras, una pastelería -cafetería de la época, si habíamos sido "buenos durante la semana", nos compraban caramelos de gajo de naranja y limón que casi no nos cabían en la boca. Fue un milagro no morir ahogados en la niñez con aquellos caramelos.

El pasillo de casa era el espacio de juego cuando mi hermano mayor traía a casa a sus amigos Fernando, Suso y Valentín, para jugar con sus Geypermán y Madelmán, unos muñecos semirígidos que conducían un  jeep con las piernas tiesas y se tiraban en paracaídas desde la lámpara sin doblar las rodillas, pero que nunca sufrían una fractura...

Las niñas  "bajábamos a jugar" a la calle con la goma o a la cuerda. Nuestra compañera  de juegos, la tercera pata era la hija del marmolista, que siempre se asomaba a la puerta de su negocio para controlar a su hija. La hora de vuelta  a casa no la marcaba un reloj, cuando mi madre consideraba que ya habíamos estado bastante en la calle, salía al balcón de la sala y nos hacía un gesto con la mano para "recogernos" y no había quién le rechistara. 

Al llegar a casa nos daba tiempo a cambiarle el vestido a la Nancy y a la Lesley antes de cenar. En esa época los juguetes de las niñas eran algo machistas. A mí me gustaba el Hogarín, que era una media caja que simulaban una habitación con los muebles necesarios para formar el "hogar ideal". Cada cumpleaños o reyes, me regalaban una habitación distinta, así que cuando acababas de tener toda la casa del Hogarín, ya eras adolescente y ya te interesaban otros temas. Otro regalo muy socorrido era "el juego de limpieza", con su cubo, su fregona, su escoba y su recogedor. Todo un juego educativo en aquellos últimos años del franquismo.

Aquel pasillo largo nos daba muchas oportunidades de juego. Como a mí hermano pequeño le gustaban los camiones, le regalaron uno enorme con volquete, tan grande que él cabía a la perfección dentro. Cómo teníamos que incluirlo en nuestros juegos por orden gubernamental, decidimos meterlo dentro del volquete, rodearlo de cojines de silla para amortiguar la dureza del metal, ponerle un casco de monopatín para evitar traumatismos craneoencefálicos y lanzarlo desde la puerta del "sanctasanctórum" hasta el armario de los abrigos que estaban al lado de la puerta principal. De nuestra parte poníamos todas nuestras fuerzas para intentar completar el recorrido, pero casi siempre fallaba la dirección del vehículo y acababa chocando contra una de las paredes del pasillo. El alguna ocasión, logramos que llegara hasta la puerta del armario acabando con un choque frontal que hacía temblar los cimientos de toda la casa. En ese momento, los tres hermanos mayores nos quedábamos callados y sin movernos hasta que oíamos llorar o reir a mi hermano pequeño. Cualquier expresión que salía de sus labios era señal suficiente para saber que no nos habíamos excedido con la fuerza y la velocidad. Rápidamente lo bajábamos del camión, lo sentábamos en el suelo, lo consolábamos y si aparecía mi madre, nos mirábamos cómo si no supieramos por qué lloraba aquel pequeñajo. Era un auténtico ejercicio de supervivencia. 

Buena noche.


domingo, 2 de noviembre de 2025

PARA GUSTOS


No me gusta la gente que comienza una conversación diciendo "yo odio". Ni los que se revuelven y dan la espalda a tu paso. 

No me gusta la gente a la que le tiembla la sonrisa al verte, ni la que es elitista siendo ellos mismos unos mediocres. Tampoco las personas que extienden su odio al mundo con opiniones personales vejatorias y que"embarran" vidas ajenas por venganza.

No me gustan los "castigadores sociales" que ven defectos en los demás sin pararse a pensar en sus propias "taras". Ni las personas que ante una crítica se defienden haciendo daño durante toda la eternidad. Tampoco los que utilizan la venganza dándose golpes de pecho mientras rezan el "yo pecador, me confieso".

No me agradan los cobardes que se parapetan detrás de una carpeta que usan como escudo para menospreciar al igual, ni las caras que amargan y creen imponer así el respeto no merecido, es sólo el abuso del ignorante. 

No me gustan las personas que se tiran a los pies de otras para demostrar su "falsa fidelidad", ni los agradecimientos verbales excesivos. Me producen desconfianza. 

Tampoco la hipocresía del que sabe que la está aplicando, ni los falsos perdones. No me gusta la persona que repite una y otra vez críticas ajenas sin juzgarse nunca a si mismo. 

No me gustan los que ignoran a los que se cruzan en el camino y sólo sonríen a entes "superiores". Ni los que sistemáticamente interrumpen conversaciones sin respetar los tiempos ajenos. Tampoco los que "pisan" a sus iguales. 

No me gusta la mentira, la manipulación, la falsa fe, el poder usado para provocar daño, la hipocresía, los sonrisa maquiavélica, las caricias con puñales, los borregos sociales, la debilidad cuya única defensa es atacar cruelmente . La mala ignorancia disfrazada de inteligencia, ni los seguidores aférrimos de un mal líder.

No me gusta el absolutismo, las personas de misa dominical y semana de abuso, ni los que se erigen como salvadores de los que sobreviven solos. No me gusta el uso de la balanza de la justicia para ser injustos, ni los que se "abandonan" por un mandato superior.

Me gusta la sonrisa clara, la normalidad de las relaciones humanas, el debate sano, los abrazos interminables, la empatía real, la verdad sin condiciones, la crítica desde el respeto, la amistad imperfecta pero con capacidad para aclarar y perdonar, la igualdad social, la inteligencia acompañada de respeto, la fidelidad con cariño, los saludos con un guiño de ojo, las personas que no permiten el odio en su vocabulario y por supuesto, los que no lo ejercen. Me gusta la amistad sin condiciones, las críticas que hacen replantearnos alguna idea y sacar justicia de ellas. 

Me encanta mandar un beso a la estrella más brillante y abrazar a los que están. Cuidar de personas "rotas", saber interpretar la mirada y sus gestos, no añadir más dolor cuando "el vaso lleva tiempo sin vaciarse" y acompañar incondicionalmente al que no encuentra abrigo.

Me gustan las personas buenas y "sanas", así sin más.

Buena noche.


 



viernes, 24 de octubre de 2025

NOSTALGIA I

Estoy en un momento vital en el que me apetece rebuscar en la memoria y traer de allí recuerdos que aún me saben a familia. Vamos allá.

Éramos una familia numerosa de la época y cada mañana los cinco hermanos nos sentábamos juntos  para desayunar leche con cacao y galletas en la mesa ovalada de la cocina. Mis padres, quizás por marcar esa diferencia entre "mayores y pequeños", desayunaban en la mesa del salón. Eso sí, la sacra comida del mediodía, la hacíamos en familia.

Era una época en la que casi todos los niños del país merendaban un bocadillo de pan con chocolate, y en mi casa, los más innovadores metíamos un plátano dentro de aquel sabrosísimo nutre de pan de Alonso.

Indefectiblemente siempre se cenaba de bocadillo, el cenar de plato estaba reservado a mi padre, que tomaba la leche con café en un plato sopero que llenaba de pan hasta hacer una papa que a mí me producía un cierto repelús. Recuerdo el sonido de la radio de fondo.

En casa estaba terminantemente prohibido madrugar, mi madre era de sueño ligero y si oía el más mínimo ruido mañanero, se levantaba de mal humor. Prácticamente era necesario levitar si querías madrugar. 

Los sábados por la mañana íbamos de forma  rutinaria a la plaza de abastos: primero al puesto de las Faras para comprar fruta, huevos, patatas, pan de maíz y algún queso. Me gustaba subirme a la acera del puesto para ver qué "novedades" tenían cada sábado, era como tener un supermercado en una pequeña habitación.  Yo era devota de su pan de maíz, me ponía de puntillas para otear aquella tabla cubierta de varios trozos de pan, deseando que mi madre le pidiera a Carmiña una loncha de aquel manjar. Y alguna caía cuando miraba a mi madre con cara de cordero degollado (expresión que utilizaba mi madre cuando le hacíamos la pelota para conseguir algo). Casi podría afirmar que Las Faras fueron las primeras en realizar entrega de pedidos a domicilio, claro que ellas, aunque no nos unía un vínculo de sangre, siempre fueron de mi familia: Lela, mi buena Lela llegaba a casa discreta y no paraba ni cinco minutos, Julia se sentaba en el salón a charlar con mi madre y ya darnos achuchones a todos los niños, y lo de Carmiña era curioso porque Bruno, nuestro enorme perro, estaba obsesionado con darle  pellizquitos con los dientes en el trasero, en cuanto la buena señora ponía un pie en casa. De hecho, ya en los últimos años de trabajo, nos rogaba que lo encerráramos en una habitación antes de entrar en casa. Esto generó en mi familia una espiral de hipótesis científicas del por qué de dicho comportamiento "perruno": unos opinamos que Bruno lo hacía porque Camiña tenía un tono de voz demasiado agudo, otros que lo hacía porque al cánido le encantaba el olor a queso y la más segura, pero la que menos barajaba nuestras mentes infantiles era porque el perro percibía su miedo.

Después de hacer la compra en el puesto de la plaza, seguíamos el recorrido haciendo la parada inexcusable en el quiosco "del ciego", apodo que le habíamos puesto los tres mayores porque el buen hombre se había quedando sin visión debido a una enfermedad que desconocíamos. Aunque debo confesar que a veces dudábamos de cuan ciego estaba, porque  siempre nos decía lo guapos que íbamos y lo bien que nos sentaba aquel color. Esa intriga rondó nuestras pueriles mentes durante años, intentando atravesar con nuestra mirada aquellos cristales verdes botella que  hacían sin más sospechosos sus ojos. 

Pero bueno, sigamos . La parada del kiosko del ciego incluía  la compra de la prensa y si cuadraba, cinco chupa chups Koyak de fresa, una delicia que se nos concedía para chupetear mientras disfrutábamos todos juntos la película del sábado a las cuatro de la tarde que de forma circadiana giraba entre el  western y la aventura. 

Para no faltar a la verdad, mis padres se sentaban cada uno en su esquina del sofá, nosotros nos tumbábamos en la alfombra con cojines bajo la cabeza esperando las palabras de mi padre sobre las película en cuestión : "está es un peliculón de rayo". Era curioso, no había películas mejores o peores, todas tenían esa calificación. Yo creo que lo decía para que estuviéramos callados porque no pasaban más de cinco minutos en quedarse los dos dormidos, cada uno en su esquina del sofá. Las siestas en mi casa, de sofá de toda la vida. 

La televisión más antigua que recuerdo tenía una "teta" en la parte posterior, se encendía dándole a un botón color crema del tamaño de un toffe, imágenes en blanco y negro, y canales que se cambiaban con una rueda estriada. Dos canales eran suficientes en aquella època, la primera cadena con una programación variada, y la segunda, de tipo cultural, o sea, más de padres.

Recuerdo que en cuanto entrabamos en la cocina, alguien enchufaba la radio, siempre estaba encendida como si formara parte del mobiliario. Algún viernes, cuando mis padres se animaban, uno de los hermanos mayores se eregía recadero y se encargaba de ir a buscar a la Parris los sandwichs para la cena. Nunca supe por qué se llamaba así, pudiéndose llamar París. En aquella época no se cogían encargos por vía telefónica, el teléfono era para hablar con la familia. 

En casa teníamos dos cuartos de baño, "el grande", más de padres, y el "pequeño", mal llamado "el de los niños". Para las duchas se utilizaba el primero, con una cadencia de un día sí y otro no. La bombona de butano no daba para una ducha diaria para tantos y las toallas eran compartidas pero segregadas entre los hermanos, la de las chicas y la de los hombres. Ni os imagináis  lo que agradecía en ese momento tener una única hermana. Los días que no había ducha, se practicaba la modalidad de "lavarse por parroquias", rigurosamente por la mañana y por la noche. Mi madre tenía un detector de olor a "cebolleta" infalible y un poder de convicción absoluto de que lo que ella olía, era lo real.

Eso sí, el cuarto de baño era un lugar de cultura, dónde el cesto de la ropa usada cedía un poco de espacio para revistas y crucigramas. Allí  te movías entre revistas médicas y el Selecciones del mes. La pasta dental de siempre, Licor del Polo, a ser posible el envase que traía de regalo un chicle de clorofila, que nos hacía entrar en competición entre los hermanos para ver quien se lo metía en la boca antes de que mi madre nos mandara repartirlo. El más rápido lo masticaba un poco y después era ofrecido al resto de los hermanos. Vamos, una cochinada de la época.

En el bajo del edificio estaba situada la panadería de Alonso, reconocida por sus nutres, palitos y las "barras finas". Mi familia con tanto bocadillo, éramos considerados fieles clientes. En mi casa se compraban a diario cinco barras finas y cinco nutres, eso sí, se bajaba con la bolsa de pan, que era de una tela feísima. ¿A quién le toca bajar a por el pan hoy?, era la frase de las dos y media de mi madre. Nunca había voluntarios, el que estuviera en ese momento más cerca de ella, era el designado para "bajar a por el pan". A veces llegábamos un poco tarde a la panadería, pero Otilia siempre tenía reservadas nuestras barras en un estante secreto que había debajo del mostrador. Me hacía gracia porque nos miraba como diciendo "es la última vez" y así lo hizo hasta su jubilación. El que bajaba a comprar el pan tenía el privilegio de comerse el currusco de la barra más tostada (a escondidas, claro). Si te ibas de excursión se lo decías a Otilia, y previo interrogatorio sobre la hora de partida, lugar de destino y con qué colegio ibas, te anotaba en su libreta  cuadriculada el número de nutres que necesitabas a primera hora de la mañana para que tu madre te hiciera el famoso bocadillo de tortilla francesa que viajaba ese día contigo. Una señora curiosa está Otilia, pero que bien sabían aquellos bocadillos lejos de casa.

Mañana seguiré recordando.

Buena noche.

sábado, 11 de octubre de 2025

EL PRECIO DE LA PAZ

Dicen que ha acabado la guerra, que se ha pactado una paz cosida con hilos de tela de araña.

Es ingenuo pensar que ya queda atrás el escozor en los ojos que veían como una estampida humana huía las ciudades, durante la eternidad que les supuso dos años, intentando esquivar las balas siendo objetivo, sin que se les permitiera encontrar un lugar dónde sentirse seguros. Un país desolado, sin comida, sin servicios básicos, sin abrigo, sin descanso, sin vida...

Un mar resacoso de víctimas de una guerra vengativa en la que se mecen entre el odio y las ruinas de su identidad, que es nada...

Imágenes de filas caóticas e interminables llevando sobre su espalda todo lo poco que les queda, intentando volver a lo que un día llamaron hogar, calores que ya no están,  borrados del mapa, expulsados de sus propias vidas.

Estremece la dureza al cruzarse con más y más cuerpos extenuados que buscan y no encuentran nada, no hay vecinos, amigos, familia... 

Todo es destrucción, todo es muerte y duelo contenido.

Madres que ya no son, hijos que ya no son, maridos que ya no son, familias que un día fueron y ya no son ni serán ...

La crueldad de una guerra no se sufre en el segundo en el que caen las bombas sobre una escuela, un hospital o una iglesia en la que buscan desesperados refugio, eso es un instante. Nos duele el estómago al ver las consecuencias inmediatas, el número de muertos y heridos, las ruinas humeantes y la errática búsqueda de supervivientes que ya no están...

Nos quedamos con la imagen de ese momento, no se piensa en su mañana imposible, en las consecuencias físicas y psicológicas, en los heridos sin futuro, en cómo como se aftonta al día  siguiente la pérdida de parte o toda su familia, en cómo se sigue viviendo un duelo imposible que enlazará a la mañana siguiente con otro nuevo duelo, más cruel quizás, más imposible de procesar. Sólo ellos...

Tengo en la memoria la imagen de una niña de doce años agarrando el cuerpo inerte de su madre, suplicándole que se despertara ya. Mientras se deshacía en lágrimas, aún con las manos llenas de ceniza, acariciaba con delicadeza la sábana blanca que la cubría. "Mamá, quiero morir contigo". Desgarrador escuchar que prefiere que una bomba la mate antes de que lo haga el dolor, con tan solo doce años. Están borrando la infancia, maldita guerra...

El gran jefe rubio y el gran vengador han jugado a la guerra seguros en sus casas con un gran tablero de ajedrez. Cada día hacían caer a miles de pequeños peones, miles de personas que no apoyan un régimen terrorista, que  nunca hicieron mal, personas normales que bastante hacían con intentar seguir vivos hasta el siguiente día...

Y mientras los dos "señores de la guerra" planean una ciudad de vacaciones anexionada a un territorio arrebatado a base de sangre y cuerpos destrozados. Pretenden construir un mal llamado edén sobre miles de ruinas que no son más que tumbas de gente inocente. Edificios vacacionales en su Austliz personal, con cimientos de huesos de quienes fueron víctimas inocentes de su juego macabro.

Hablan de paz, de retirada de tropas, de entrega de rehenes, de ayuda humanitaria en camino...

Todo llega tarde, demasiado tarde para los que seguirán muriendo mientras llega un orden sin tiempos fijados. Cada día seguirán muriendo personas que ya no son recuperables, carentes de fuerza, ni ánimo, ni ganas de llegar hasta "la reconstrucción" que han marcado sin tiempo los que han comenzado un desastre humanitario descomunal... 

Creo que no digo mal si afirmó que no podemos ponernos en la piel del pueblo palestino, es imposible soportar física y mentalmente lo que han sufrido, no podemos ni imaginar la impotencia que supone no saber hacia dónde caminar para salvarse, ni el miedo que sienten cuando hacen fila para conseguir comida y agua, sin saber si ese día comerán o llorarán una nueva muerte...

No podré olvidar jamás esta guerra inútil, la injusticia de su comienzo, por qué unos terroristas sin alma torturaron, violaron, asesinaron y secuestraron a jóvenes cuyo peor pecado fue acudir a un festival para divertirse sin sospechar este atroz final...

Pocos quedan ya con vida porque la radicalidad enferma hizo enterrarlos en túneles sin luz, sin aire, sin espacio, sin comida y sin dignidad. 

Dos años después "liberarán" los cuerpos de los fallecidos y de los que aún siguen con vida, una vida que les será muy difícil recuperar... 

No todo Gaza es Hamas, ni todo Israel es Netanyahu. La paz fue firmada por un país "ajeno" al conflicto, que aportó armas a Israel por la puerta de atrás. Un país con un "jefe" arrogante y mal teñido, pero reconociendo muy a mí pesar, que ha movido las piezas de un conflicto y que le ha salido bien la partida. Prefiero no pensar a qué precio...

Hamas no debió existir nunca, Netanyahu debería de responder ante un tribunal internacional por los crímenes cometidos contra una población desvalida. Los rehenes y los muertos inocentes de este sinsentido son las víctimas. Los que quedan errando entre las ruinas de lo que fue su país deben ser ayudados, debemos ayudarnos, debemos ayudarlos...

También la guerra de Ucrania debe ser frenada, el ejército ruso debe replegarse, están haciendo del mundo un lugar insoportable. El mal creído "zar" debe ser tumbado en el tablero, cueste lo que cueste. Jaque mate.

Todos los conflictos bélicos que supongan una lucha de egos, deben desaparecer. Estamos destruyendo todo, ya sólo queda (y es cuestión de tiempo) que el mundo nos destruya a todos nosotros. 

Quiero pensar que ahí fuera, en otros mundos, hay vida inteligente...

Buena noche.

sábado, 13 de septiembre de 2025

EL COCHE AZUL

Dormir una noche sin que nada la despertara se había convertido en un deseo casi imposible, sin embargo aquella no había sido una de las peores. Aún así, a media mañana el cuerpo le pesaba un poco más de lo ya habitual, los pasos no parecían ágiles y una niebla espesa orbitaba a su alrededor, todos ellos sutiles indicios de que el cuerpo suplicaba una pequeña desconexión.

Agarró la botella de agua y bebió como si aquel sorbo le proporcionara el empujón definitivo de vitalidad que necesitaba. Y así siguió pasando la mañana, con minutos que se iban multiplicando en cada segundo hasta que llegó la hora de volver a su mundo. 

Cerró la puerta con las últimas fuerzas que le quedaban ese día, un portazo inútil que hizo que la puerta volviera a abrirse, como si quisiera burlarse de su debilidad. Suspiró una última vez, cogió aire profundamente, la agarró con ambas manos, frunció el ceño para mostrar su enfado, empujó está vez con una rabia foribunda hasta conseguir cerrarla de un golpe seco. No faltó una mirada atrás para comprobar que nadie hubiera presenciado aquel gesto tan poco femenino...

Llegó al vestuario como si hubiese atravesado cinco valles, tres ríos y dos veredas. Introdujo la llave en la cerradura de la taquilla y sintió como si hubiera abierto un sendero hacia la libertad. Sonrió tímidamente cuando echó un ojo a la ropa que colgaba de las perchas, todo liviano; sandalias, sol, mar, aún se respiraba verano, lo que parecía devolverle a la vida.

Salió a la calle para recibir el primer bofetón de calor, colocó las gafas de sol sobre sus eternas ojeras y tomó el camino entre los árboles que la llevaban hasta el aparcamiento. Una suave brisa, el ruido chirriante de unas ruedas sobre el asfalto y el final del camino que acababa en un paso de peatones. Miró a la derecha, a la izquierda y se dispuso a cruzar. De nuevo volvió a escuchar el chirriante ruido, levantó la mirada y vio como un coche azul se acercaba a toda velocidad. Tuvo un mal presentimiento, apuró el paso y al llegar a la acera, el conductor dio un volantazo injustificado dirigiendo el coche hacia dónde estaba ella. Dos fugaces segundos para pensar ¡corre!. Y así lo hizo, dudando de la agilidad tantas veces cuestionada y de si realmente le daría tiempo a esquivar un atropello seguramente mortal. Sus pies volaron hasta la acera mientras otro volantazo hizo que aquel descerebrado conductor corrigiera su trayectoria. Ella quedó paralizada mientras aquel coche se dirigía de nuevo hacia una segunda víctima que se encontraba unos metros más allá. 

Aún con el susto en el pecho, se  sentó al volante en silencio, intentando entender aquella actitud. Había sido una larga jornada de trabajo y sus pies pesaban más que cualquier otro día. Deseaba volver a casa, comer algo y descansar olvidando todo lo ocurrido. Pero no pudo evitar pensar en las consecuencias de aquel alcance, quizás no hubiese llegado hasta la acera, ni al coche o ni tan siquiera a su casa. 

Quizás hubiesen alertado a su hijo de una salida en ambulancia para atender un atropello cerca del hospital. Él nunca sospecharía quién era la víctima a la que debía atender, o simplemente quién sería la persona que ya no necesitaba ser atendida. Y mientras se enfrentaba a uno de los peores momentos de su vida, el conductor del coche azul estaría sentado a la mesa en su casa con la familia sin inmutarse por la barbaridad cometida.

Ella ya no estaría, sus hijos habrían perdido a su madre, mil planes quedarían aplazados para siempre, muchas palabras sin decir y abrazos que flotarían perdidos en el aire.

El coche volvió a pasar por delante de aquella mujer asustada con la actitud chulesca de un adolescente que quiere comerse el mundo. Mal sabe que la propia vida puede devorarlo en una décima de segundo. Se fue como vino, vacío, cruel, dañino. 

Ella tuvo suerte, llegó a casa y llamó a su hijo. Sólo necesitaba oír su voz otra vez y decirle que lo quería de todas las formas queribles. Él escuchaba en silencio sin entender el motivo de aquella llamada. Ella colgó el teléfono y se tumbó en el sofá verde, aquel que curaba todas las heridas de vida. Y se quedó dormida 

Buena noche.

jueves, 28 de agosto de 2025

ELLA

Todos sabíamos que aquella sombra de ojos acabaría naufragando esa noche. Todos menos ella, que intentaba por todos los medios buscar primaveras en una vida en la que ya sólo había inviernos, nubes grises y lluvia. Por mucho que le dijeras que las rosas no nacen bajo el cemento, ella se resistía a romper el hilo que la mantenía unida a lo imposible. 

A veces podías oirla tarareando en voz baja canciones que hablaban de amores perdidos, de vueltas de alguna parte, de caminos inversos, aunque nunca alzando la voz, siempre en susurro. Creo que sabía de lo absurdo de sus pensamientos y aún así, se negaba a abandonarlos...

Juro que se lo dije mil veces, "abrirse en canal, hablar de lo que siempre se silencia es el primer paso hacia un suicidio mental. Es como tirarte al vacío sin saber lo que hay ahí abajo. Y no siempre son nubes, querida... ".

Alguna vez quise levantarle el ánimo, "venga, sigue así, lo estás haciendo bien, estás volando, ¿lo sientes?. Eso la motivaba a salir de su oscura tristeza, a seguir intentando una y otra vez. Quizás no debí insistir tanto, no sé...

"En un sitio dónde no hay amor, yo le encontré. Y me dicen que no siga buscando lo que una vez tuve porque no lo encontraré de nuevo. No me conocen, mal saben ellos que nunca les haré caso, no perderé la esperanza de tropezar de nuevo con alguien como él , en otro lugar insospechado". Cómo me gustaría que se cumpliera tu deseo, amiga... 

Repetía una y otra vez "tengo escondidos en rincones de mi casa, mares llenos vida, agitados, en calma, tormentosos. Y cada uno de ellos, hechos de momentos vitales. Incluso, si te permitiera buscarlos, encontrarías algún naufragio del que salí en dirección hacia una tierra secreta. Y ahí, quizás es dónde me encuentro ahora". Me encantaban sus rutundidades...

Se quedaba con la mirada perdida buscando recuerdos. De pronto sonreía, me miraba y decía con su voz rotunda:  "¿Sabes?. Era jodidamente embaucador, cómo sabía acariciarme con las palabras..."

Siempre llevaba en la cartera un billete de vuelta al mismo sitio, por si acaso, por si debiera volver a un momento que sabía imposible...

Tenían un lugar mágico, la SONRISERÍA, dónde se "encontraban" cuando ya no tenía fuerzas para seguir, cuando ya estaba agotada de intentar volver "a ser siempre". La he visto "viajar" a ese lugar muchas veces, me hubiese gustado acompañarla en alguna ocasión, no os imagináis la serenidad que transmitía...

Siempre estaré ahí para ella, a su lado, en su luz y en sus sombras, pendiente de cada paso, "abastonando" su vida. Vete tranquilo...

Buena noche.