En aquella época era un tanto frecuente que cada vez que se incorporaba un nuevo miembro a la familia, se recogieran los bártulos y os mudarais a un piso más espacioso a continuar con la vida. Y así ocurrió.
Poco recuerdo de la primera casa a la que nos mudamos, sólo que desde el portal hasta el ascensor había un pasillo muy largo y allá al fondo, te topabas con Lola, la portera del edificio. Cómo si de un uniforme se tratara, Lola era muy rigurosa con su indumentaria: zapatillas de casa, falda de cuadros marrón y lana, medias gruesas oscuras, jersey de canalé monocromatico y una minicapa morada tejida por ella misma, con un cordón asfixiante que enlazaba en su cuello.
Nunca supe calcular la estatura de Lola, siempre estaba sentada en una mesa al fondo de aquel pasillo, y la inocencia de la edad me hacía pensar que el trabajo de la buena señora era estar sentada todo el santo día en aquella mesa de tablero marrón contrachapado. Alguna vez se me pasó por la cabeza la idea de que Lola no tenía cuerpo debajo de aquellas múltiples y herméticas capas de ropa. Un moño alto y gafas de pasta muy de los años setenta, remataban su indumentaria.
Un buen día, Lola desapareció de "su espacio", ya nadie hablaba de ella, sólo quedó su mesa en el vacío de aquel largo pasillo. Tiempo después corrío el rumor que la pobre Lola había sufrido un infarto y que ...
Ya en nuestra segunda casa, una cortina de tela de saco separaba el hall de un pasillo estrecho, que los pequeños utilizábamos como la frontera virtual que separaba la zona de trabajo de mi padre del resto de la casa. Claro que en esa época éramos muy niños y le habíamos encontrado una utilidad mucho más lúdica a aquel límite. En el momento en el que ningún "mayor" nos veía, la usábamos de hamaca. Uno se tumbaba sobre la cortina mientras los otros dos hermanos sujetaban las esquinas inferiores de la cortina y balanceaban al que le tocaba por turno disfrutar del "columpio" secreto. Nos turnábamos con rapidez para que no lo descubriera mi madre y su zapatilla de suela de goma. Aún recuerdo la sensación de achicharrarnos las manos cuando nos resbalaba una de las esquinas. Dos se lastimaban las manos mientras un tercero se esnafraba contra el duro suelo de baldosa del pasillo. Pero nunca nos quejabamos de las consecuencias del "delito"...
También recuerdo una habitación con un armario marrón y un patio de luces oscuro en el que había un pilón. En el Pilar, la "santa" que nos cuidaba, lavaba la ropa y los tenis de gimnasia. Ese pilón también sirvió de refugio en alguna ocasión...
La casa de Buhigas fue la última, tenía muchas habitaciones, y de ella conservo los más más emotivos recuerdos. Ya éramos siete de familia y aquel fue nuestro hogar definitivo.
Habíamos bautizado cada una de las habitación con un nombre, como si se tratara de las salas de un palacio: la habitación de los zapatos, la de la plancha (anteriormente la habitación de mi hermano mayor), la habitación de las niñas, la de los niños, la de los padres, la salita, el cuarto de baño pequeño, el baño grande y el salón.
La habitación de los zapatos era un cuarto de baño que se habilitó como mini habitación que cumplía mil funciones: servir de zapatero, paragüero, depósito de la caja gris de herramientas y escondite de nuestros juegos. En una de las paredes, mi padre atornilló unas baldas que se llenaban con revistas de decoración de mi madre como el Nuevo Estilo, , el Selecciones del Reader's Digest y un montón de números de la revista Tiempos Médicos. Más que una habitación parecía un bazar.
La salita era diminuta, sólo amueblada con una mesa camilla con brasero, dos sillones de skai, una alfombra, una mesa de televisión con ruedas y la televisión de la teta en su parte trasera. Era tan pequeña que cuando los tres hermanos mayores nos tumbábamos en el suelo a ver la televisión, si alguien entraba o salía, debía esquivar aquellos pequeños cuerpos tendidos haciendo de alfombra humana.
Cuando mi padre decidió cambiar la consulta, se tiraron los tabiques de dos habitaciones contiguas y cambió la categoría de sala a salón, pero esto no pasaría hasta años más tarde.
El cuarto de la plancha fue en un principio la habitación de mi hermano mayor. Tuvo el honor de ser el primero en tener una habitación para él solo, algo que nos fastidiaba mucho a "las niñas". Además le hicieron un armario de obra enorme, blanco con unos cajones que pesaban muchísimo y cerraban fatal, cosas que nos hizo mucha gracia al resto, que con maldad infantil nos alegrábamos del pesado defecto de los cajones mientras él hacía el esfuerzo en abrimos y cerrarlos a diario.
La habitación en cuestión no tenía luz natural, tan solo una ventana que abría hacia una pequeña terraza, que a su vez daba al oscuro patio de luces que se convirtió en la única comunicación con el exterior.
Pero el reinado de aquella habitación duró poco, ya que la familia crecía y se necesitaba más y más espacio. De un día para otro y muy a su pesar, lo exiliaron a una habitación del pasillo y su preciado reino se transformó en el cuarto de la plancha, dónde Carmen, la nueva mujer que ayudaba a mi madre con el cuidado de los niños, pasaba horas planchando montañas de ropa que se iban apilando en un sillón de mimbre allí olvidado.
La habitación "de las niñas" tenían dos camas, una puerta de balcón que jamás cerró bien y por dónde entraba un frío terrible por mucho burlete que colocara mi padre. Un pequeño armario y una estantería con cajones que no se atascaban, una mesa de estudio, un flexo y listo.
La habitación de los más pequeños tenía dos camas abatibles (algo muy típico entre las familias numerosas de la época) que se encastraban en un armario pegado a la pared, que con el paso de los años se iba aflojando. Pero en esa época no valoramos el riesgo de morir espachurrados debajo de aquel pesado mueble. Cuando nadie nos veía, las camas servían para emparedar a mis hermanos pequeños en unos juegos un poco de la santa inquisición. Un armario, una mesa de estudio completaba el escueto mobiliario.
Un largo pasillo atravesaba la casa y al fondo se encontraba el salón, el corazón de la vivienda, "el sanctasanctórum". Sus puertas sólo se abrían para grandes eventos (bautizos, comuniones, comida y cena de navidad), y los domingos para comer en el de forma circadiana y como algo exclusivo. En una de sus paredes lucía un horroroso mueble modular donde se guardaba la vajilla "buena", las copas de fiesta y el tocadiscos. Perfectamente colocados a su lado, los vinilos con música de la época : La Pandilla, Los Mismos, Los Indios Tamajara, Mocedades, Camilo Sesto, Nino Bravo, Cecilia, Emilio José, Las Grecas, Juan Pardo, Micky, Los Módulos, Santabarbara...
El tocadiscos sólo podía sonar en casa los domingos por la mañana por real orden de mi madre. Y ese día se compraba pasteles para la merienda, a elegir, merengue blanco o rosa. En "San Domingo", mi padre nos llevaba a todos los hermanos al quiosco de La Baldosa o al de Montáns y nos compraba sobres sorpresa de cacharritos o peluquería a las niñas. Nunca entendí lo de sobres sorpresa cuando sabíamos lo qué nos íbamos a encontrar dentro. Los de los niños contenían soldados, tanques, indios y vaqueros que jamás se mantenían de pié, ya salían inválidos de aquel sobres sorpresa. Ese domingo si el tiempo acompañaba, nos llevaba a un bar a tomar el aperitivo y nos "derretíamos de gusto" cuando nos dejaban pedir una Fanta o una Mirinda con patas fritas para compartir.
Si de camino pasábamos por la de Beiras, una pastelería -cafetería de la época, si habíamos sido "buenos durante la semana", nos compraban caramelos de gajo de naranja y limón que casi no nos cabían en la boca. Fue un milagro no morir ahogados en la niñez con aquellos caramelos.
El pasillo de casa era el espacio de juego cuando mi hermano mayor traía a casa a sus amigos Fernando, Suso y Valentín, para jugar con sus Geypermán y Madelmán, unos muñecos semirígidos que conducían un jeep con las piernas tiesas y se tiraban en paracaídas desde la lámpara sin doblar las rodillas, pero que nunca sufrían una fractura...
Las niñas "bajábamos a jugar" a la calle con la goma o a la cuerda. Nuestra compañera de juegos, la tercera pata era la hija del marmolista, que siempre se asomaba a la puerta de su negocio para controlar a su hija. La hora de vuelta a casa no la marcaba un reloj, cuando mi madre consideraba que ya habíamos estado bastante en la calle, salía al balcón de la sala y nos hacía un gesto con la mano para "recogernos" y no había quién le rechistara.
Al llegar a casa nos daba tiempo a cambiarle el vestido a la Nancy y a la Lesley antes de cenar. En esa época los juguetes de las niñas eran algo machistas. A mí me gustaba el Hogarín, que era una media caja que simulaban una habitación con los muebles necesarios para formar el "hogar ideal". Cada cumpleaños o reyes, me regalaban una habitación distinta, así que cuando acababas de tener toda la casa del Hogarín, ya eras adolescente y ya te interesaban otros temas. Otro regalo muy socorrido era "el juego de limpieza", con su cubo, su fregona, su escoba y su recogedor. Todo un juego educativo en aquellos últimos años del franquismo.
Aquel pasillo largo nos daba muchas oportunidades de juego. Como a mí hermano pequeño le gustaban los camiones, le regalaron uno enorme con volquete, tan grande que él cabía a la perfección dentro. Cómo teníamos que incluirlo en nuestros juegos por orden gubernamental, decidimos meterlo dentro del volquete, rodearlo de cojines de silla para amortiguar la dureza del metal, ponerle un casco de monopatín para evitar traumatismos craneoencefálicos y lanzarlo desde la puerta del "sanctasanctórum" hasta el armario de los abrigos que estaban al lado de la puerta principal. De nuestra parte poníamos todas nuestras fuerzas para intentar completar el recorrido, pero casi siempre fallaba la dirección del vehículo y acababa chocando contra una de las paredes del pasillo. El alguna ocasión, logramos que llegara hasta la puerta del armario acabando con un choque frontal que hacía temblar los cimientos de toda la casa. En ese momento, los tres hermanos mayores nos quedábamos callados y sin movernos hasta que oíamos llorar o reir a mi hermano pequeño. Cualquier expresión que salía de sus labios era señal suficiente para saber que no nos habíamos excedido con la fuerza y la velocidad. Rápidamente lo bajábamos del camión, lo sentábamos en el suelo, lo consolábamos y si aparecía mi madre, nos mirábamos cómo si no supieramos por qué lloraba aquel pequeñajo. Era un auténtico ejercicio de supervivencia.
Buena noche.