Suena el despertador, ya estás en esa estúpida edad en la que tu cuerpo se levantan antes de que tu cerebro se despierte. Saltas de la cama, te arrojas, ruedas hasta la alfombra que te hace salir de los sueños y te escupe a la realidad.
Los pies en el suelo, en esa fría nube de niebla húmeda, en ese calzado dónde hay dos derechas o dos izquierdas, nunca uno para cada pie, o quizás tus pies son los equivocados.
Arrastras el cuerpo hacia la ducha, la pila bautismal del nuevo día. Aún no has abierto los ojos cuando la mano comprueba si tus receptores térmicos ya se ha despertado.
Te desnudas un cuerpo ya de por si transparente para los sentidos. Cuando crees que el agua ha alcanzado la temperatura de tu despertar, dejas que ese torrente te engulla, que el sueño gotee desde la cara hasta tus pies, teniendo la falsa creencia de que el agua va a borrar de tu cara los restos de una noche a veces vacía, otras sombría...
Por fin alcanzo el grado de alerta que se presupone, el mínimo exigible para vestirme con la ropa opaca, esa que tapa lo que nunca se quieres mostrar. Llegado este momento, ya me encuentro capacitada para colocar la taza transparente en la cafetera humeante. Gran logro, necesito que el oro marrón despeje la otra mitad de mi existencia. Me gusta como huele el café recién hecho, el calor que desprende, el ruido del baile de la cucharilla. Necesito su sabor.
El resto del día, mucha prisa, música, un poco de baile y los " tú no sabes cuanto te quiero" de mi niño. Un poco de maquillaje que tape lo que no quiero ver, mis dos motivos rondándome, las miradas cómplices en la comida, las tardes de "hoy me la dedico" y de "otro día será", los recados siempre olvidados, el paseo nunca completado...
Y así hora tras hora, hasta que la luz vuelve a decrecer, hasta olvidarse del todo aunque tus ojos aún no tengan sueño. Y el día ha pasado, otro más de tu vida, y no ha pasado nada nuevo, nada que te saque de la rutina de ver pasar las horas en tu reloj de pulsera.
Bueno, no siempre es así, el próximo día tengo que trabajar, bendita rutina de un nuevo día tontamente perdido.
Y otro día sin pasar nada...
Buena noche.