Mujeres, hijas, madres. Ellas.
Vidas que se deslizan de forma constante por una vertiginosa montaña rusa plagada de interminables curvas que ocultan responsabilidades que hemos aceptado como una herencia envenenada. "Castigos autoinfringidos" estúpidamente por no llegar siempre a tiempo a todo, por no estar disponible en cada segundo de todo momento o no cumplir con los arcaicos cánones de belleza marcados por una sociedad vil, simple e insustancial.
Mujeres que estamos cansadas de un baile de hormonas que no hemos aceptado libremente, que suben y bajan cambiando nuestros cuerpos, humor, sensaciones, planes, futuro...
Gestar, dar de si en todos los sentidos, parir con un dolor inaguantable escuchando voces de fondo que te repiten una y otra vez "tranquila, tú puedes, ya queda menos, ya faltó más". Ahora cría y disfruta del momento, porque los problemas, la enfermedad ni la vida no va a pararse para tí. Se abrirán mil frentes y tú seguirás representando el papel de mujer, madre, hija...
Todo sigue.
Menopausia, otra de hormonas. Todo natural, todo vendido como un paseo inevitable que hay que patear sin protestar mucho porque todo lo que te pasa es "normal". Voces que te dicen que necesitas transitarla con tranquilidad, comprensión y entendimiento. Y lo intento, pero tengo la imperiosa necesidad de gritarle al mundo que el insomnio me mata, que no reconozco mi cuerpo, que tengo la líbido por los suelos y que fulmino con la mirada a las pavisosas de treinta y cinco años porque me da la gana. Luego recobro el sentido común y vuelvo en si con un poco de remordimiento, pero muy poco.
Y cuando te has rearmado tirando del amor propio, vuelves a sentir que el mundo te mira con total indiferencia, no paras de escuchar frases manidas como "no sé por qué llora", "repite cada dos por tres que todo lo está haciendo mal", "que está muy cansada"...
¡Qué tontería, debería ser feliz y sólo quiere llorar. No hay quién la entienda!
Nadie nota el peso cargado a mi espalda, apenas me ven. Creen que puedes con todo mientras sostienes el agobio, bajas la mirada, acunas las tristezas e intentas calmarte. Cierras los ojos, sólo necesitas un abrazo que dure más de seis segundos, de los que siempre te tranquilizaban y ahora escasean tanto, tanto. ¡Maldita sea!. Cálmate, por favor.
De repente estás bonita y a los cinco minutos has perdido la belleza, hay algo raro en esa sonrisa que nadie alcanza a interpretar a pesar de estar volviéndote transparente para todos. Y mientras seguimos avergonzándonos de nuestra debilidad. Ya no hablo, no duermo, no como. Sólo bajo la mirada ...
De vuelta al trabajo, cuida aquí y allí, acaricia, consuela, abraza a desconocidos que necesitan descargar su dolor, ayuda fuera y dentro, deja para el final tus necesidades, otra vez...
Sonríe al abrir la puerta de casa, arregla el desorden, ese que nunca es el mío. Compra, haz la colada, plancha montañas de ropa.
Venga, otra ducha con los ojos cerrados, otro momento para diluir con agua caliente las tristezas para que nadie lo note, deja que todo se vaya por el desagüe.
Reflejada en el espejo del baño intento reconocerme. La piel menos tersa, ojeras, despeinada y de nuevo abrazada a un jersey de lana cedido. Pruebo a sonreír, lo intento, ya no recuerdo la última vez que lo hice, casi duele hacerlo. Me rearmo.
Abro de nuevo la persiana, otra mañana, el mismo comienzo, la misma secuencia. Hoy tampoco lo encontré en mi sueño como me había prometido, sigo echándole de menos.
Vuelvo a cerrar los ojos cansada de que todos repitan sistemáticamente que debo hacer con mis recuerdos, como si pudiera arrancarme el sentimiento y arrojarlo al fondo de un barranco. Menuda estupidez, que sabrán ellos.
Es viernes, apenas llego entera, otra semana agotadora en la que nadie se da cuenta del peso que cargo. Un poco de colorete, una pincelada de rímel y un "pués estás fantástica" como un eco que ya no llega a ningún lugar.
Me sirvo una copa de vino, mis bocetos, mis pensamientos acompañados de música, mientras pasa el tiempo, todo demasiado rápido ,justificándome una y otra vez ante todos.
Harta.
Ya he vivido mucho, he sido hija, esposa y madre. Ya he pasado mucho tiempo de vida, el suficiente para hacerme dudar de decisiones que no puedo ignorar ni un sólo día más.
Cada vez que lo pienso sonrío, ahora con los ojos abiertos y llenos de picardía madura, quizás imaginando o recordando, nunca lo sabréis. Sólo yo sé que pasa por mi cabeza. Me gusta esa sonrisa, ahora sí soy yo. O ella. O quizás todo esto no es más que una historia inventada.
Buena noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario