Hacía tiempo que no pasaba por allí, esquivaba conscientemente aquella esquina por la cercanía a los recuerdos de mi dama de cabello plateado. Pero aquella tarde me encontré en ese lugar sin darme apenas cuenta y entré al reconocer el rostro de una persona.
La última vez que la había visto no estaba en su mejor momento, así que no pude evitar sonreír al preguntarle con un qué tal de siempre. Sus ojeras me enseñaron una pena que su boca callada confirmó. Su hermana pequeña, en quince días, sin tiempo para nada, tragando dolor, nublando el mar azulado de sus ojos, cogiendo aire de lo más profundo para terminar cada frase. No pude decirle nada, no salían las palabras de mi boca, me quedé sin aire que darle, sólo pude decirle un ahogado "lo siento". Pagué y salí de allí como si me hubiesen robado la sonrisa, sin voz, sin aire...
Hoy tuve que volver al mismo sitio y esta se acercó amablemente. "Me alegro de verte, ¿cómo estás?", le pregunté.
"Bueno, estoy", fue su breve respuesta.
Sus ojeras seguían delatando una pena horrible, pero esta vez la miré a los ojos y cerré los míos asintiendo con la cabeza sabiendo de su dolor, tan reconocido, tan vivido, tan cercano...
Comenzó a contarme lo arropadas que se habían sentido su madre y ella por el personal del hospital, lo amable que fue aquel enfermero alto, de la médico rubia que les hablaba con calma, casi susurrando las palabras...
Hablaba de la empatía de muchos, la preocupación de todos para que estuvieran lo más cómodas posible, las suaves caricias en los brazos, de los silencios compartidos y de las miradas calmadas.
Agradecimiento con el que intentaba regalarme una sonrisa mientras los ojos se le llenaban de lágrimas buscando salida. Su voz se iba rompiendo poco a poco mientras me miraba con esos hermosos ojos azules, buscando una contestación a un por qué del que no sabía darle una respuesta.
Dibujé un baile con mis dedos en el mostrador dónde le explicaba que todos podemos ser ellas en cualquier momento, que todo cambia en un segundo y que lamentablemente lo sabía.
Podíamos seguir hablando pero sobraban las palabras. Guardé el monedero en el bolso, levanté la mirada y le prometí que aún era muy pronto, pero que el dolor calmaría lo suficiente para dejarlas vivir.
Una despedida breve con mucha emoción contenida. Salí a la calle y cogí aire, mucho aíre, todo el aire que podía entrar en mis pulmones para no llorar.
Entré casi por inercia en una exposición de pinturas surrealistas en la que ni siquiera me había fijado. Me paré delante de un cuadro lleno de colores contrariados y de pronto, se desbordó el mar de mis ojos. Mientras cogía un pañuelo de papel, un señor mayor que me miraba estoicamente con las manos a la espalda, se acercó tímidamente y me dijo que también le parecía una obra horrorosa.
Me pasé las manos por los ojos, lo miré sorprendida y arrancó de mí una carcajada inesperada. Con un gesto de complicidad, me guiñó el ojo y siguió hasta el siguiente cuadro.
Sequé mis ojos y salí a la calle vaciando los pulmones con la calma que necesitaba. Aquel extraño había pintado una sonrisa en mi cara.
Aún existen personas mágicas.
Buena noche.