jueves, 26 de febrero de 2026

PROPIAS

Mujeres, hijas, madres. Ellas. 

Vidas que se deslizan de forma constante por una vertiginosa montaña rusa plagada de interminables curvas que ocultan  responsabilidades que hemos aceptado socialmente como una herencia envenenada. Castigos autoinfringidos estúpidamente por no llegar a tiempo a todo, por no estar disponible en cada segundo de todo momento o no cumplir con los arcaicos cánones de belleza marcados por una sociedad vil, simple e insustancial.

Mujeres cansadas de un baile de hormonas que no hemos aceptado libremente, que  suben y bajan cambiando nuestros cuerpos, humor, sensaciones, planes, futuro...

Gestar, dar de si en todos los sentidos, parir con un dolor insoportable escuchando voces ajenas de fondo que repiten una y otra vez un "tranquila, tú puedes, ya queda menos, ya faltó más", que simplemente no aporta lo necesario en ese momento. 

Ahora cría y disfruta del momento, porque ni problemas, ni la enfermedad, ni la vida van a pararse para tí. Se abrirán mil frentes y tú seguirás representando el papel acordado sin tu consentimiento de mujer, madre, hija...

Todo sigue.

Menopausia, otra de hormonas. Todo natural, todo vendido como un paseo inevitable que hay que patear sin protestar mucho, porque todo lo que te pasa es "normal". Voces a tu alrededor que como el eco, te repiten que necesitas transitarla con tranquilidad, comprensión y entendimiento. 

Y lo intento, pero tengo la imperiosa necesidad de gritarle al mundo que el insomnio me mata, que no reconozco mi cuerpo, que tengo la líbido por los suelos y que fulmino con la mirada a las pavisosas de treinta y cinco años porque en clase de pilates se exiben estirándose como gomas nuevas. Mal saben ellas que TODAS las gomas ceden con el tiempo. Cuando me baja la adrenalina, recobro el sentido común y vuelvo en si con un ligero remordimiento pero con un desahogo real.

Y cuando te has rearmado tirando del amor propio, vuelves a sentir que el mundo te mira con total indiferencia, no paras de escuchar frases manidas como " y ahora no sé por qué llora", " no hace más que repetir a cada momento que todo lo está haciendo mal", "siempre está muy cansada"...

¡Qué tontería, debería ser feliz, tiene de todo y sólo quiere llorar. No hay quién la entienda!

Nadie nota el peso cargado a la espalda, apenas me ven. Creen que tu obligación es poder con todo mientras sostienes el agobio, bajas la mirada, acunas las tristezas e intentas calmarte. Cierras los ojos, sólo necesitas un abrazo que dure más de seis segundos, de los que siempre te tranquilizaban y ahora escasean tanto, tanto, tanto. 

¡Maldita sea!. Cálmate, por favor.

En un momento te sientes bonita y a los cinco minutos has perdido la belleza, hay algo raro en esa sonrisa que nadie alcanza a interpretar a pesar de que te sientes transparente para todos. Y mientras seguimos avergonzándonos de nuestra debilidad. Ya no hablo, no duermo, no como. Sólo bajo la mirada, estoy  cansada...

De vuelta al trabajo, cuida aquí y allí, acaricia, consuela, abraza a desconocidos que necesitan descargar su dolor, ayuda fuera y dentro, deja para el final tus necesidades, otra vez...

Sonríe al abrir la puerta de casa, arregla el desorden, ese que nunca es el mío. Compra, haz la colada, plancha montañas de ropa.

Venga, otra ducha con los ojos cerrados, otro momento para diluir con agua caliente las tristezas para que nadie lo note, deja que todo se vaya por el desagüe.

Reflejada en el espejo del baño no es fácil reconocerse. La piel menos tersa, ojeras imposibles, el pelo canoso recogido que muestra en paso del tiempo en tu pecho y de nuevo, como siempre abrazada a un jersey de lana cedido. Pruebo a sonreír, lo intento, ya no recuerdo la última vez que lo hice, casi duele hacerlo. Me rearmo.

Abro de nuevo la persiana, otra mañana, el mismo comienzo, la misma secuencia. Hoy tampoco estaba en mi sueño como me había prometido, sigo echándolo muchísimo de menos.

Vuelvo a cerrar los ojos, estoy harta de que todos repitan sistemáticamente que debo hacer con mis recuerdos, como si pudiera arrancarme el sentimiento del pecho y arrojarlo al fondo de un barranco. Menuda estupidez, que sabrán ellos. Siempre estarás conmigo.

Es viernes, apenas llego entera, otra semana agotadora en la que nadie se da cuenta del peso que carga mi vida. Un poco de colorete, una pincelada de rímel y un "pués estás fantástica" como un eco que ya no llega a ningún lugar.

Me sirvo una copa de vino, mis bocetos, mis pensamientos acompañados de música, mientras pasa el tiempo, todo demasiado rápido ,justificándome una y otra vez ante todos.

¡Harta!.

Ya he vivido mucho, dos tercios de mi vida, he sido hija, esposa y madre. Ya he pasado mucho tiempo de responsabilidad, el suficiente para hacerme dudar de decisiones que he ido postergando y que no puedo ignorar ni un sólo minuto más. 

Cada vez que pienso en ello, sonrío. Ahora con los ojos bien abiertos y llenos de esa picardía madura que tanto escondí, quizás imaginando o recordando, nunca lo sabréis. Sólo yo sé que pasa por mi cabeza. Me gusta esa sonrisa, ahora sí soy yo. O ella. O  quizás todo esto no es más que una historia inventada. 

Buena noche.