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domingo, 19 de enero de 2025

DUALIDAD

La soledad buscada es un verdadero placer para los sentidos. Poder estirarte en la cama en cualquier dirección sin encontrar unos pies que te marquen los límites es una delicia. Madrugar sin la culpa de despertar a la persona que yace a tu lado, encender la luz con un bostezo sonoro, tirar de la manta sin tener remordimiento al destapar a la persona que duerme a tu lado, es genial. 

En la ducha encontrarte el jabón como tú lo dejaste, la esponja escurrida, el champú con tapa puesta, ..., todo ello produce un regusto que estremece . 

El cartón de leche tapado, el café en el bote con su nombre (y que esté lleno), los cereales cerrados con la pinza que colocaste el día anterior, los manteles limpios y doblados..., producen una sensación casi orgásmica.

Que tú sofá siga siendo tuyo, que la manta de las siestas la alcances sólo con estirar el brazo, que la pasta de dientes continúe tapada y en el vaso boca arriba, que el rollo de papel higiénico siga teniendo  papel y haya otro de reserva en la estantería, que la tapa del cesto de la ropa para lavar oculte la vagancia del día anterior, que en el espejo no se reflejen churretes de jabón y pasta de dientes, que el depósito del deshumidificador esté vacío, que los cajones llenos de ayuda para una mala cara estén cerrados, me eriza la piel.

Las puertas del armario de las segundas pieles cerradas, la habitación confortablemente arreglada, las alfombras sin peligrosas dobleces que amenacen con una caída, la ropa de los cajones colocada sin qué una tira de un sujetador se haya enganchado irremediablemente en el cajón inferior, las ventanas sin huellas de nariz y dedos marcadas en los cristales, las cazadoras en el armario sin que estén posadas eternamente en las sillas del salón, no sentir la niebla del desodorante flotando durante días en el aire, la toalla del lavabo seca y estirada, la bolsa de pan cerrada y sin aire, los relojes marcando la hora española, la terraza sin hojas que amenacen una inundación evitable, me gusta con delito.

La nevera llena de productos frescos, la margarina sin migas de la última tostada, el arcón lleno de comida casera y desalojado de productos no cocinados con mimo, los frutos secos sin sobrepasar en meses la fecha de caducidad, las cenas a la hora que te lo pide el cuerpo, las cartas abiertas en un plazo más que razonable, la posibilidad de decir "hoy no, no me apetece", escuchar la música que te gusta a la hora que quieras, escribir, leer, pintar, soñar...

Sólo hay unos pocos "peros", que me obligan a repasar las reflexiones:

"Pero..., ¿y si necesito un abrazo en la noche?.¿Y si tengo miedo a tomar una decisión?. ¿Y si necesito un momento de ternura?. ¿Y si tengo frío?.¿Y si me derrumbó en el sofá y nadie me tapa al quedarme dormida?.¿Y si me apetece un vino compartido?". ¿Y si necesito sonreirte sin que me veas hacerlo?.

Mañana lo pensaré, hoy no puedo enfrentarme a esas dudas. Quizás nunca lo haga.

Buena noche.



martes, 30 de agosto de 2022

EDADES

 Me levanté como todos los días, como si esta noche hubiese sido una corta siesta en vez de un instante ilusorio lleno de sueños y pesadillas. Salté de la cama antes de que el ordinario despertador de mi teléfono sonara con esa horripilante melodía, la cual juro cambiar cada mañana y nunca hago. Al posar mis pies sobre la alfombra pude sentir como cada hueso, cada tendón y cada ligamento de mis pies y tobillos se recolocaba en su sitio, no sin quejarme del dolor que me produce, que es lo que realmente me abre los ojos al día. Abrí la persiana con el mismo ánimo con el que tocaría la campana de la iglesia de mi pueblo , más bien poco, muy poco. Caminé hacia el baño como si lo hiciera sobre vidrios rotos,  sin la horizontalidad que evitaría tropezar con todo lo existente en línea recta y con lo inexistente por un andar aún poco espabilado. De la luz al levantar la persiana ni me he enterado, es la del baño la que me deslumbra, la que hace que a mis ojos les cueste reconocer la imagen del espejo. Me recojo el pelo en una coleta, lavo la cara y emprendo el camino hacia la cocina para preparar el desayuno: café con leche de almendra, cereales y ...las pastillas mañaneras. Y esto último fue el motivo de la nueva entrada en el blog: las pastillas. Esa mañana me di cuenta que tenía que ir a la farmacia a recoger mis pastillas del mes, estaba bajo mínimos y son de obligado cumplimiento.

Vuelta al baño, ducha rápida, un toque de lápiz de ojos, pantalón vaquero, camisa y listo. Como está de moda ser naturalista y no usar plásticos, cogí una bolsa negra de tela  para la compra de la farmacia, haciendo un cálculo de volumen, ya que también debía de parar a comprar un champú y un suavizante de pelo. "Sí, suficientemente grande para que me quepa todo, pensé". Me calcé y salí a la calle con las gafas de sol que tapaban mis ganas de nada ese día. 

Primera parada en la tienda de cosmética. Me acerqué a la zona dónde siempre estuvieron los champús, gafas fuera sino no veo nada y me puse a buscar el mío habitual. Di varias pasadas con mi dedo índice en el aire por las distintas estanterías hasta que oí una voz bajita a mi espalda "¿te puedo ayudar?". Sí, le contesté un poco enfurruñada por no encontrar lo que necesitaba. Le expliqué a la dependienta lo que buscaba y me dice "claro, tú no eres clienta". Giré el cuello como cuando escurres una fregona en el cubo y le espeté un "cómo que no, de toda la vida. Pero no tenéis el champú y el suavizante que llevo habitualmente", y posteriormente le hice una caída de ojos de esas que te dan la razón aunque no la tengas. "Ah, es que le han cambiado el nombre y ahora es éste, se nota que hace tiempo que no te pasas por la tienda", otra indirecta. A estas alturas del partido, no estaba dispuesta a que ella ganara el juego dialéctico y le dije sin titubear: "pues dame dos de cada". Lo cierto es que ya me había fijado que sólo tenía un bote de champú en la estantería, pero eso aumentaba la emoción de la próxima respuesta. "Sólo me queda uno, te pido el otro para mañana ¿te vale?". Tentada estuve a decirle un "no, necesito los dos botes de champú y de suavizante para lavarme el pelo hoy, a mí es que me gusta que no falte y que sea abundante", pero decidí callarme. Ya en la caja me preguntó si necesitaba algo más, a lo que le contesté que no. Y ella, cómo queriendo tensar un poco más la goma, va y me pregunta con una sonrisita cortante si necesito alguna crema de cara. Ahí me dio en mi ego, cerré un ojo, abrí mucho el otro y le dije: "dame una crema de noche, pero de aquella estantería, que es para pieles jóvenes". Mi diafragma empezaba a moverse de forma involuntaria mientras daba la partida por ganada. Ella cada vez más seria, mi paciencia cada vez más limitada. ¿Necesitas algo más?. Otra vez mi otro yo quería contestarle "pues mira sí, quiero tres t botes de champú", pero me mordí el labio para no parecer grosera. "No muchas gracias, nada más". Y sin agradecerme la cantidad de contestaciones que me había tragado empezó a hablar sola "y ya que eres cliente,te vas a llevar de regalo una crema exfoliante para la cara, dos muestras de crema regeneradora de noche y un vale descuento para una sesión de presoterapia para drenar líquidos de tus piernas". Aquella retahíla de cosas que me soltó en seis segundos me dejó desmarcada. En tan sólo seis segundos insinuó que tenía una cara arrugada, que era una retenedora de líquidos, y lo peor de todo, me dejó sin palabras, algo inconcebible en mí. Torcí el labio para demostrarle mi enojo (seguro que pensó que me estaba dando un ictus), me ofreció una bolsa !!!de plástico!!! y al fin pude decirle "ay no, que eso tarda mucho en degradarse y daña la capa de ozono, por eso hay gente que envejece tan mal". Pagué la compra, metí todo en mi bolsa negra de tela y me fui moviendo la mano como lo haría una dama de la realeza. De ahí a la farmacia, a la mía de siempre y esperé mi turno. Me apetecía que me atendiera una auxiliar que es muy agradable, pero estaba ocupada, y mi turno llegó. Me atendió uno de los farmacéuticos habituales, le entregué la tarjeta, la pasó por el lector y se puso a mirar la pantalla callado. Pasaban los segundos y no decía nada, empecé a preocuparme porque miraba aquella pantalla como si en ella estuvieran saliendo rayos del infierno, hasta que me dijo con voz nerviosa: "debes tener mucha medicación porque tarda en cargar". Recoloqué mis hombros caídos en su sitio y le contesté: "bueno, lo mismo de los últimos meses". Por fin estaba todo cargado y se pone a leérmelo, !!!!calla, todo, dame todo lo que sale!!!!, le dije para que no se pasara media hora leyendo. Se fue, vino, dejó, volvió a irse, vino, volvió a dejar y así hasta cuatro veces. El mostrador lleno de medicación, cuando se acerca la auxiliar a la que conozco y me pregunta que cómo estoy (a punto de llorar, quería decirle), miró aquellas cajas apiladas como contenedores en un barco mercante, ella mira lo que miro y me dice "ya veo" y se escurre sutilmente al mostrador de al lado para seguir atendiendo. Mientras el chico le quita los sellos a la medicación, me acuerdo de tres cosas más que necesito, le digo que no cierre la cuenta que necesito más cosa y suelta un !!caramba!!. Ya venía yo caliente de lo de los regalos de la tienda de cosmética, así que cogí un bote de perlas de aceite de no sé qué y le pregunté si eso se podía tomar si se tenía el colesterol alto. "Bueno, habría que verlo, interacciones con tanta medicación, al ser alto oleico, ahora no puedo, eso es cómo que se come el colesterol que te comes, pero no el que fabricas...". Uf, volví a dejar el bote de perlas en su sitio y le dije que me diera las otras tres cosas y me cobrara. Coronando la pila de medicaciones puso un blister de caramelos de menta y me enseñó una caja, diciéndome en voz baja "esto es un regalo, son unas muestras, creo que van muy bien". Le perdoné la vida y le di las gracias. Abrí la bolsa negra y fui colocando todo el pastillaje de forma que nadie que se cruzara conmigo pensara que había asaltado una farmacia. Colgué la bolsa de mi hombro y salí pensando que entre las dos tiendas había sumado 30 años más a mi edad real. Seguí caminando hasta que me topé con una exposición de portadas de un conocido diario de la comunidad. Las portadas estaban ordenadas por fechas y exponían noticias y sucesos ocurridos años atrás. Estaba yo absorta con la música de mi mp3 y la cantidad de cosas que yo había vivido de las expuestas, que no me di cuenta de que alguien me estaba hablando hasta que tiró de uno de mis auriculares. Era un hombre encantador que conozco desde hace muchísimos años, estaba paseando con su nieta y me dijo "te estaba hablando y tú ni te enteras". Le di un par de besos y con una gran sonrisa le dije "te veo genial, que cara de paz tienes". Me contó que desde que se había jubilado se dedicaba a pasear y a cuidar de sus nietas. No pude evitar volver a repetirle que lo encontraba exactamente igual que hacía 15 años, estaba fantástico la verdad. Y así hablando de la vida me suelta "mira, con la edad que tengo no puedo quejarme, porque no tomo ni una pastilla". En ese momento, el hombro del que colgaba la bolsa negra llena de medicamentos, cremas y demás, como si de un acto reflejo se tratara se pegó a mi costado como hacen los polos opuestos de dos imanes. Justo en ese momento a la nieta se le cayó de las manos un muñeco y este hombre se agachó a recogérselo. Me quedé mirando por si no era capaz de levantarse y cuando iba a agarrarlo para ayudarle, pegó un salto y se puso de pie más rápido que muchos trapecistas del Circo del Sol. Ante mi asombro-envidia siguió preguntándome qué tal estaba yo, "todo bien le contesté, todo bien". "¿Y la familia?", "todos bien" le contesté. "¿Y tu marido, que tal?", ahí se me retorció el esófago y para no seguir por esos derroteros le dije "bien, todos bien". "Pues salúdalo de mi parte y venga, vete que estará esperándote para comer". Entre dientes dije sí, esperándome, sí, para comer, sí...

 Le di dos besos de despedida y me fui para casa arrastrando aquella bolsa negra llena de pesados años.

Una vez en casa vacié su contenido encima de la mesa de la cocina, ciertamente allí había una pila de tratamientos dignos del mejor geriátrico. Vi la cajita de regalo que me hizo el farmacéutico y la abrí por pura curiosidad: !!!un tampón, una compresa y un salvaslip!!!. Me salió una carcajada y fui a enseñarles el regalo sorpresa a mis hijos. Como buenos hijos de su madre, sólo pudieron reírse al ver el contenido de la caja. La próxima vez que vaya a la farmacia y me atienda él, dejaré caer el DNI sin querer encima del mostrador para que la siguiente caja-regalo- sorpresa sea más acorde a mi edad. Ganas me dieron de salir corriendo a la calle e ir a la tienda de cosmética a espetarle a la dependienta un "ves, esto a tí no te pasaría nunca, ja". Buena noche.


domingo, 22 de noviembre de 2015

FIN DE SEMANA

Me encuentro en un momento desordenado. Reconozco que siempre por estas fechas me cuestiono más los comportamientos. No sé, serán la puñetera navidad, esa época en la que por narices tienes que volverte más vulnerable un año sí y el siguiente más. Tendré que hacérmelo mirar...
Ayer una preadolescente que supuraba alcohol y vómito por los poros de su piel, le gritaba a su madre llorosa y asustada que la dejara en paz, que le dolía la cabeza lo suficiente para no tener que aguantar sus rollos de madre histérica. Y claro, aquella  "gritona maleducada" era mi paciente, maldita suerte la mía. Yo la había recibido, desnudado, pinchado, sondado y todas las " -ado" que os podéis imaginar. Y su madre estaba en la cabecera preguntándose por qué le había mentido, por qué aquella noche se inventó "amigas de salida", quién le había facilitado el alcohol y las otras sustancias prohibidas a su hija menor de edad, por qué su hija flotaba en aquella camilla ...
Y me acerqué a ella, porque vi a una madre asustada y le dije, "cuidado, eso es lo que necesita, pero no aquí, cuidado en tu casa. Es una menor, es muy fácil manipularla, ya ves, hoy lo han hecho y ella ha pagado las consecuencias de su inmadurez y te ha hecho sentir traicionada". Me miró y me dio las gracias. Ojalá fuese la última vez, ojalá tenga esa improbable suerte.
Hace un par de días le comenté a un amigo, "no me gusta ese tipo de mujeres". No comprendo a las mujeres inmaduras que caminan de puntillas por la cuarentena, sabiendo que tienen esa edad y se empeñan en que nadie se dé cuenta. Reconozco que esa edad es la época de cambios, que es una época "jodida" en la que dejas de anotar fechas en el calendario, en la que las hormonas no sabes si suben, si bajan, o si se han vuelto en tu contra. Una época en la que dudas de todo, en la que no crees en el amor como sentimiento, en la que desconfías hasta de tí misma, en la que necesitas tanto un abrazo como un "déjame en paz", en la que te sientas a desayunar mirando a través de una ventana sin ver más allá de esos dedos marcados en el cristal, en la que te da igual si hace frío o si hay una ciclogénesis explosiva tras la puerta de tu casa. Tú seguirás sintiendo un calor pegajoso, sí, pero todo esto no justifica que te arrojes cual adolescente despendolada al primer pantalón que se te ponga delante, y menos si tienes a tu lado al pantalón que tú has elegido para tener a tu lado desde hace años. No sé si me explico, vamos a ver. Yo, a nada de entrar en la cincuentena ya he pasado por toda esa tormenta "imperfecta", han quedado atrás (y tan atrás) aquellos comportamientos en los que salías de casa a comerte el mundo, en los que te tomabas dos copas y pensabas que el principe azul estaría esperándote en un pub apoyado en la barra tomándose un JB, que aquel que te miraba con ojos "de cordero degollado" había visto en tí la luz divina. Patochadas. Pero si eso estaba permitido en la adolescencia, pasado los cuarenta me parece PATÉTICO. 
Vive la vida, estoy de acuerdo, pero en tu tiempo, en tu hora, en tu momento, con cuarenta, con cincuenta, con la edad que tengas, pero coherentemente. No hay nada más triste que ver una mujer madura comportándose como una adolescente alocada. O eso creo yo, no sé, igual estoy equivocada...
Ha sido un fin de semana largo, de esos que duran de más, pero productivo en experiencias y pensamientos, con muchos sentimientos encontrados que te hacen recanalizar las vivencias, las ideas, los sueños... Dos historias separadas por años, pero cercanas en equivocaciones.  Buena noche, o así...


lunes, 1 de junio de 2015

CUARENTA Y TANTOS

Me encanta la edad que tengo. Estoy en ese momento  de mi vida en la que tengo claro lo que quiero, sé que música me apetece escuchar, puedo  elegir a mis amigos con total libertad, sé que el vino te da un punto según con quién te lo tomes, que un cigarro no me va a matar, que hacer una locura de vez en cuando no es pecado y sí un privilegio, que puedo bailar mientras escucho música en directo pasando del qué dirán. Un momento en el que sí alguien te dice que le atraes es un placer que te da vidilla, que tengo la libre capacidad de decidir a dónde voy hoy, sin importarle a nadie el por qué, ni hasta cuándo, ni hasta dónde...

Es la edad de la revolución, en la que las hormonas se vuelven locas en todos los sentidos. 

Le llaman menopausia, yo lo llamo el "síndrome del ahora mando yo". 

Hablando con mujeres de edades similares, la gran mayoría pensamos lo mismo, que es la hora de importarnos un poco, que hasta ahora hemos vivido para casa, hijos, trabajo... 

¡Y ya está bien!.

Queremos volver a sentirnos sexis, atractivas, ilusionadas... y por qué no, deseadas, pero no cómo se desea a una quinceañera con un cuerpo espectacular, deseadas con nuestros cuerpos maduros, marcados por caderas redondeadas que deja la maternidad, con una tripita que hace que tus nalgas se marquen más, con pechos que se mueven cuando bailamos y escotes sin fin que ya les gustaría a esas pavisosas quinceañeras.
 
Tenemos claro lo que pensamos, ideas maduras sobre política, microeconomía de la casa, macroeconomía del mercado, nos sentimos capaces de sobrevivir en un mundo lleno de ideales machistas-clasistas marcados desde la cuna, sentimos la necesidad de desmarcarnos de los típicos tópicos de ser la señora de, la esposa de, la mujer de... 

Somos mujeres con nombre y apellido, sin ser posesión de nadie, ni pertenecer a ninguna familia que no hemos elegido, ni querer que las normas cambien nuestro apellido de soltera. Tengo una edad de madurez libre, porque así quiero sentirme, con capacidad para coger aire fresco cuando lo necesite, sin tiranteces ni explicaciones del por qué quiero respirar, ni decisiones que vayan en contra del tiempo que me quede por vivir. Quiero disfrutar de mi edad por que ya es hora de que lo haga, sin juicios de valor, sin críticas innecesarias y con una conciencia más que tranquila.

Que nadie se eche las manos a la cabeza, que nadie piense que esto es la locura de los cuarenta y tantos, que nadie crea que la vida para nosotras es rutina. Todo lo contrario, ahora es cuando empezamos a vivir.

Buena noche. 

jueves, 28 de mayo de 2015

MADUREZ EN LA PELUQUERIA

He nacido en una añada de vino rioja muy buena, no lo digo yo, lo dicen las guías de vinos, os juro que lo he visto el otro día en una revista en la peluquería.

Confieso que cuando lo leí me salió una pícara risita, miré al espejo para ver si alguien me miraba mientras me recolocaba en aquel sillón de tortura y mi cabeza se cocía con aquel secador que emulaba el mismísimo infierno.

Allí lo ponía muy claro, la cosecha del sesenta y siete era una delicia para los paladares más exigentes. Otra risa.

¡Qué calor más horroroso me estaba dando aquel maldito secador!.

En la página siguiente, articulazo de peluquería: "cómo afrontar los cincuenta", que mala gente  los redactores, que forma de joderte el día.

Pasé la página de aquella enciclopedia de sabiduría, ensayé una mirada asesina en el espejo y me coloqué los auriculares para evitar que el aire recalentase mis tímpanos.

Reconozco que el puñetero artículo me hizo pensar. A ver, tengo cuarenta y ocho años, un trabajo fijo que me encanta, dos hijos que son todos los motivos, vivo de forma acomodada y disfruto de la vida todo lo que puedo o me dejan.

Una edad en la que ya no me callo nada y en la que pocas cosas me escandalizan. Sí vale, estoy el principio de la madurez, es esa zona de la vida en la que la balanza puede desequilibararse en cualquier momento, dónde todo puede cambiar de un plumazo sin tiempo a digerirlo, pero aún así, me encuentro en una edad que me encanta y en la que me encuentro perfectamente cómoda. 

Atrás ha quedado una epoca en la que te fijabas en aquella arruga que se marcaba cuando sonreías, aquella en la que te untabas más crema hidratante que a las mismísimas tostadas, una época en la que convertías la ducha en un ritual de cremas, aceites y untos varios.

No me quiero desviarme del tema, volvamos a la peluquería.

Allí estaba yo sentada empapándome de sapiencia infinita con aquella revista y con la idea morbosa de saber que era "una delicia para los paladares más exigentes". Sin gafas veía  cómo se reflejaba en el espejo mí cabeza llena de papel de plata, aquellabera yo y me sentía más que genial en aquel cuerpo que rondaba la madurez.

Que sí, con mi edad, mis arrugitas y mis ojeras, pero con una rebeldía fantástica que no he tenido jamás, con unas ganas de vivir hasta dónde me permita la vida, con una pisada todo lo fuerte que pueda y siempre con una sonrisa.

El sonido salvador, el secador ha acabado de freirme el cerebro, ahora me lavarán la cabeza con agua helada, para hacer contraste y congelarme la parte de las neuronas que no se me han cocido con aquella olla ardiente.

Llega el momento del mimo en la cabeza, uno de esos masajes que te hacen cerrar los ojos y en el que te escurres un poquito para que todo sea de lo más placentero hasta llegar a un escalofrio que te hace volver de golpe a la realidad. 

El resto, todo muy rápido. Corte, secado, un poco de espuma y listo.

Bajo las escaleras pensando lo bien que me han dejado, la melena casi perfecta. 

Paso por delante de aquella vinoteca y me río al recordar que estoy en esa edad del vino en la que "es una delicia para los paladares más exigentes".

Buena noche.