Mostrando entradas con la etiqueta abrazos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta abrazos. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de noviembre de 2024

ABRAZOS Y OTROS

 "¿Me permites darte un abrazo, te importaría?". Se me plantó delante, tratando de encontrar la respuesta en mi cara, una tibia sonrisa, casi pidiendo un permiso innecesario para dar ese paso inseguro. 

"Claro que sí, en este lugar se dan muchos abrazos". 

Eran unos brazos desconocidos, pero esa no es la cuestión. Ella lo necesitaba, y yo que me he vuelto tremendamente empática con todo lo vivido, le ofrecí el calor que su rostro me estaba pidiendo. Me apretó fuertemente contra su cuerpo, le correspondí con la misma intensidad, cómo si realmente fuese yo la necesitada de esa sensación de protección.

Tal vez, quizás era así...

"Gracias, vendré todos los meses a verte, aunque no tenga ninguna cita médica, vendré. Me transmites mucha tranquilidad, necesito estos abrazos. ¿Cómo voy a estar cuatro meses sin ellos?". 

Una sonrisa fue mi respuesta. Un por supuesto mi respuesta.

Observaba el desparpajo de su caminar, la elegancia con la que entraba en "la edad plateada", si saber ser y estar. Nos cruzamos un sonoro beso por el aire y volví a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Un trago de agua, sonrisa, una inspiración profunda y la agradable sensación de saber que has ayudado a otra persona, es como poco bonito. 

No tardó en llegar un paciente apresurado.

"Perdón, perdón, sé que llego tarde". 

"Tranquilo, aquí nunca se llega tarde, siéntate y coge aire", le contesté intentando calmar su cuerpo acelerado.

Se desplomó en el sillón como si hubiera agotado toda la energía de un cuerpo ya muy consumido por la enfermedad. Le di un vaso de agua, levantó la mirada y susurró de forma ahogada un "gracias" mientras el primer sorbo le ayudaba a recuperar la palabra. 

"Mira que sois raros en este servicio", me espetó en cuando recuperó la voz. 

"A buena hora me hubiesen dado un vaso de agua en otro lado, sólo me hubiesen llamado la atención por llegar tarde a la cita". Se quedó  mirándome fijamente esperando una respuesta enojada. Par su sorpresa le guiñé un ojo. 

"En este lugar no existe la prisa, es mejor si llegas a tu hora, pero si te retrasas un poco, vamos a atenderte igual". 

Sonreí con otro guiño de ojo. Él me correspondió con una dulce mirada. 

"Ojalá todos fueran así, que digo, con la mitad llegaba...".

Por la puerta entraba en ese momento Sara, una niña de 10 años con una vida demasiado  intensa para su edad. Hacía poco que había estrenado otra nueva gracias a la generosidad de una familia que está pasando su peor momento.

Un caminar simpático y su saludo particular.

"Hola, ¿no vas a hacerme daño, verdad?". Se sentó en la "silla del daño", arrastré otra hasta ella y me senté a su lado. Le acaricié su pequeña mano y le agarré el dedo meñique suavemente.

 "¿Cómo te parece este dedo comparado con los otros?". 

"Débil ", me respondió buscando en mi cara aprobación a su contestación. 

"Inteligente respuesta ", le contesté.

 "Ésta eres tú, y quiero convertirte en un pulgar grande y fuerte. Puede que te moleste lo que tengo que hacerte, pero es necesario para que no enfermes".

Me miró con entrega bajando los párpados de golpe.

 "Ya está, listo". ¿Te ha dolido?".

 "Nada de nada". ¿Ya soy un pulgar?".

"Ya eras pulgar cuando entraste por la puerta, Sara".

Se levantó, caminó  hacia la salida y en medio de la sala se giró hacia mí lanzándome otro beso por el aire que me supo a abrazo. Con la misma complicidad, le devolví otro que se cruzó con el suyo. 

"Hasta la próxima cita, mi niña bonita".

"Hola, creo que tengo una cita en este servicio".

Los nuevos pacientes que entran temerosos son fácilmente reconocibles. Les delata una mezcla de tímida prudencia con una expresión de miedo contenido. 

"Hola, sí claro, es aquí. Siéntate mientras veo tu historia". 

Lo cierto era que no hacía falta que leyera nada, la postura corporal y su mirada al suelo la delata. Me levanté y fui a buscar su tratamiento.

Cerré  la puerta a mis espaldas y me senté frente a ella, apoyé la caja a un lado y le dije si quería que le explicara algo. 

Contesté a todas las preguntas que sus ojos me pedían sin articular palabra. Cogí sus manos nerviosas que jugaban con unos dedos que sudaban miedo y vergüenza. Puse mis manos sobre los suyas para que la quietud de sus dedos le diera la oportunidad de descansar. 

Y así fue, su boca se llenó  de preguntas, liberó el miedo mascado durante la última semana y al terminar, esbozó una tenue sonrisa.

"Gracias, estoy más tranquila, gracias por perder tu tiempo conmigo, seguro que tienes muchas cosas que hacer".

"Sí, parte de las cosas que tengo que hacer es explicarte todo lo que necesites saber para que tu corazón recupere el ritmo y tus manos vuelvan a estar calientes. En este lugar no caben las dudas, siempre tendrás una respuesta. Y si no sé esa respuesta, la buscaré para tí". Me devolvió una dulce sonrisa.

Después la acompañé hasta la puerta.

"¿Puedo darte un abrazo?". 

"Por supuesto".

La abracé con la ternura que necesitaba, con la fuerza suficiente para que se sintiera protegida es un lugar hasta ahora desconocido y lleno de temores, que a partir de ahora le aportaría seguridad. 

Se fue sonriendo, otra sonrisa ganada al miedo.

Es hora de recoger, estoy segura de que mañana habrá más besos volantes y abrazos de los que curan. 

Y no solamente a ellos...

Buena noche.

martes, 29 de agosto de 2023

TU CHARLA

¿Te acuerdas cuándo te dije que en cuanto llegara a las diez mil lecturas, haría público el blog?. Pues olvídate de eso. Y no, no me da vergüenza que las personas que lo lean descubran quién está detrás de la historia. No creo que encuentren grandes pensamientos, sí quizás reflexiones de momentos un poco abstractos. Lo he estado pensando seriamente y lo que me pide el cuerpo son mil entradas más.

Fuiste uno de los primeros en conocerlo. Aquel día me armé de valor, no estaba en casa, ni tan siquiera en mi ciudad. Hacía calor, mucho calor, y yo, ya sabes que cuando me tomo dos cervezas se vuelve la boca loca. Tú tiraste hábilmente del hilo, yo me dejé liar, y todo esto aderezado con tu labia envolvente, hizo que sin pensarlo dos veces, te mandara el enlace a estos pensamientos tan locamente personales. 

 Cuando te lo mandé tuve un ataque de vergüenza adolescente, quise que la tierra me tragara entera, hasta la propia sombra. Un sofocón de calor por todo el cuerpo, una mordida de uñas nerviosa, un tiempo de reflexión en tenso silencio y me silencié en tu llamada imaginando, pensando como estarías tapándote la boca con las manos para que yo, al otro lado, no escuchara la temida y explosiva carcajada.

Entré en el bar, agarré la caña y le di un soberano sorbo, uno de esos absurdos tragos que acaba provocando que la cerveza baje a la misma velocidad que sube el gas (de primero de física, lo sé). Los ojos enrojecidos y la gente con la que estás, pensando erróneamente que tu reacción  responde quizás a las lágrimas  reprimidas porque tu marido acaba de decirte que le ha comprado un gato al niño, él que juró amarte y escucharte hasta que la muerte os separara, pero que aún no se ha enterado de que su hijo es alérgico al pelo del animalito en cuestión, o cualquier cosa así, yo que sé. Sólo era el gas de la cerveza saliendo por los lacrimales, sólo eso...

!Ay, perdón querido, te he dejado con la palabra en la boca, es que se me están quemando las lentejas!. Sí, ya sé que cocinar lentejas a las once de la noche no es muy normal, me lo has dicho mil veces, pero es que no he tenido tiempo y mañana tengo fisioterapia, se me lía todo y si no, acabaré haciendo los macarrones con tomate de siempre. Además, sabes que ya no uso reloj, me da igual la hora que sea, ya no importa.

Por cierto, no te he contado que me he descargado un tutorial para hacer fotos de la luna, lo tenía desde hace unos días, hoy me he parado y lo he leído con detenimiento. Esto viene  a cuento porque se me han quemado un poco las lentejas, he abierto la ventana de la cocina y ahí en frente, como puesta para mí, estaba tu luna. He corrido hacia el salón y no te lo vas a creer, ni un tropezón, los dedos de los pies enteros, no me he caído, aún no me lo creo.

Me lío, bueno, total que he cogido el móvil, lo he configurado como decía el tutorial, he enfocado a la luna y me ha salido perfecta. A ver, hice todo lo que decía el manual que debía hacer: parámetros, oscuridad, fijar la imagen y de primera impresión, todo perfecto. Demasiado perfecto me parecía cuando vi que la luna estaba en cuarto creciente y la que fotografié era una luna llena. Te juro que a veces parece que los astros se conjuran contra mí, menuda sensación de torpeza, estoy empezando a pensar que últimamente hago demasiadas cosas absurdas en tiempo record. ¿No te parece?.

 !!!Qué mal, qué mal, no te lo vas a creer, menudo error!!!. Pues nada, que al darle al zoom me di cuenta del pequeño, minúsculo , inapreciable error para el ojo humano. ¿Te puedes creer que aquella luna llena tan perfecta, fotografiada con tanto esmero, no era más  que la imagen de una farola de la casa negra de enfrente, esa tan horrorosa, la que decías que tenía un punto tétrico?. Así como te lo digo, "un plagio de luna" por culpa de la vecina y su manía de encender las farolas en noches de luna llena. Total, que no ha podido ser hoy, qué  rabia, pero no te preocupes, mañana lo intentaré de nuevo aunque tenga que manipular su cuadro eléctrico.

Espera un momento, creo que tengo que cambiar las lentejas de tartera, siempre me pasa lo mismo, siempre se me pegan, que manía oye. Vuelvo ahora, espérame, eh.

Ya estoy aquí. Todo arreglado en la cocina, bueno, menos el desorden que dejan mis hijos. ¿Te acuerdas cuando te decía que ellos dos eran mis motivos y que mi vida, si no estaban a mi lado, no tenía sentido?. Pues siguen siendo mis motivos pero creo que fui un poco exagerada con la afirmación, o por lo menos no me hacen sentir en este momento tan necesitada, sobre todo cuando me apetece  hablar con alguno y me espeta un "mamá, no ves que estoy en medio de una partidaaaa". Cuando están enfermos, tienen miedo o necesitan algo, siempre me tienen, aunque esté cansada, rompiéndome la cabeza por mis problemas con la administración o pensando en qué pasará en un futuro cercano, siempre estoy ahí. Ellos no tienen la misma sensación de "falta de tiempo" que siento yo, la necesidad de que me miren y me sonrían , de que me abracen sin motivo alguno, de que hablen conmigo sin que medie un teléfono móvil con el tintineo de sus mil whatsapps que tienen que responder de forma urgente, como si la subsistencia de la humanidad dependiera de ese odioso ruidito. A veces pienso que no existe mucha diferencia entre que estén en casa o no, sólo veo dos sombras que cruzan hacia la cocina en busca de avituallamiento para volver de nuevo a "la gruta". Es inevitable mi enfado, entiéndeme, me hacen sentir que soy transparente para ellos, entonces me sale la vena de divorciada y les propongo que se vayan a casa de su padre, pero la comodidad les puede, aún a consta de ver mi agotamiento físico y moral cada día que pasa. "Son todos iguales" me dicen los padres de sus amigos, pero esa frase tan manida ya no me sirve, no son todos iguales, cada uno es lo que aprende y mama, y yo no les he enseñado a ser así, yo he dedicado toda mi vida a ellos, a los otros y hasta a los que no eran míos, ...,  pero ésta es una historia que no voy a repetir, es demasiado rancia...

Es muy tarde, pero antes de acostarme quiero que sepas de mi consciencia absoluta de que ya no estás aquí, sé que estoy "hablándote" desde el pensamiento y el recuerdo, que seguiré haciéndolo siempre (sigues siendo mi Pepito Grillo), y no porque aún esté metida en un duelo crónico (como piensa alguno que yo me sé), sino porque necesito que sigas "cubriendo" esa parte de mí a la que llamabas "imposible de alcanzar". Fíjate, que tarde te lo permití.

 No te alejes demasiado, que sean los futuros fallos en mi memoria los que te diluyan de mis recuerdos en el tiempo.

Que sepas que las lentejas me han salido buenísimas.

Buena noche, cielo.


miércoles, 8 de marzo de 2023

ABRAZOS

Los abrazos sostenidos, aquellos que por momentos te vacían todo el aire del interior, los que juntan cuerpos con una descarada indecencia, aquellos que cierran los labios pero hablan por si solos. Soy muy de abrazar, sobre todo a la gente que me los saca de dentro, quizás cuando necesito decirle "pensé que me moría", "quizás no vuelva a tener otra oportunidad para dártelo", "quizás me importas más de lo que te hice creer". Pues bien, cuando existe un "aprecio mutuo unilateral" y se ponen excusas año tras año, de esas que parecen  una regurgitación, por sentido común acabo por tirar la toalla,y quizás tenga razón y no valga la pena insistir. Imagino que para esas personas se inventaron los tanatorios, para ese tipo de abrazo, mejor los cumplidos allí y no en mí. 

Hace un tiempo, en una reunión de  personas dispares, coincidimos cinco de ellas en una sobremesa en la que yo era la única desemparejada. Eso no influyó para que la comida fuera muy agradable, de charlas cruzadas, de sonrisas silenciosas y quizás de muecas que lo decían todo. Y llegaron las bebidas espirituosas, esas que potencian los sentimientos hasta una sinceridad larga en desvergüenza y rica en contenido, esa que hace que las palabras calen como la lluvia, revuelvan sentimientos e incluso hagan volar cuchillos cortantes e injustos.

Empezó él, no se encontraba bien, tenía la sensación de que lo preparado con tanta dedicación no estaba perfecto, o quizás realmente lo pensaba y necesitaba la aprobación con unos "aplausos vocalizados", no lo sé. Poco después de forma  sorpresiva se desmoronó, sus lágrimas caían al mantel como granizos, no pude evitar intentar borrarlas de su cara con mis manos. Tiempo de calma hasta que empezó a sonar una música nada acorde con la situación, demasiado intencionada, que provocó  que otro comensal comenzara un nuevo llanto, también lleno de emoción poco contenida desde el principio y liberada por desbordamiento más tarde. Nunca le había visto llorar y lo conozco de toda la vida, cosa que provocó en mí una amigable ternura. Fue una reacción en cadena, mis ojos se llenaron de lágrimas, de esas que quieres devolver al interior de los ojos para que no broten y evitar así que se hagan públicas. No lo conseguí, tiré de las palmas de mis manos para secar lo inevitable. 

La conversación que siguió al momento fue perdiendo luz y ganando sombra, estaba cargada de muchos sentimientos distintos en un orden caótico; empezamos hablando de la falta de fe, de por qué no, de un " porque no me da la gana", de un "no sabes lo que dices", de un "sé lo que digo porque yo lo he vivido", de "tienes que creer en algo más que en las personas", de un "no intentes convencerme", de una pérdida de lógica en su argumento, de un agotamiento emocional, de un seguir golpeando dónde me estaba haciendo daño, de un no creo porque lo que le ha pasado "al mío" me ha parecido muy injusto,..., hasta que tuvo una reacción de lo más estúpida al darse cuenta de que su perorata no conseguiría convencerme, pero siendo consciente de la dirección de los cuchillos que estaba lanzando y de cómo me los clavaba con indiferencia. Entonces se levantó de la silla con desaire, la apartó a un lado y se puso a bailar sevillanas, como si allí no hubiera pasado nada, como si la ofensa "al mío", "al que ya la tierra le es leve", mereciera el estúpido taconeo y un airoso movimiento de brazos. Me contuve por un momento, "lo juro por el supremo al que ella defendía", pero no lo pude evitar, y de manera silenciosa y sin modificar la expresión de mi cara, sólo utilizando mi mente, dibujé un adjetivo para ella, y ahí lo dejé flotando mientras intentaba no volver a ahogarme en  lágrimas.

Acabó la jornada, me levanté, despedí al emocionado amigo que había generado en mí una ternura infinita, me acerqué para darle dos besos heridos cuando de pronto, él decidió cambiarlos por un abrazo, de esos fuertes y contenidos, de los que cuesta separarse. Mientras, susurró en mi oído algo que me hizo cerrar los ojos mientras en voz baja me dijo: "sí existe un cielo, cosa en la que creo firmemente, estoy seguro de que TU ÉL está allí". Entonces se separó, me besó la mejilla y se fue. Y allí me quedé yo, tragando lágrimas y entregándome al último sorbo de la copa de vino.

Esta semana he recibido varios abrazos, de todo tipo, de varias intensidades y cada uno de ellos, transmitiendo sentimientos distintos. Todos me han gustado, pero el que nunca olvidaré mientras viva, es el que me dio MI ÉL el último día que nos vimos. Me acompañó hasta el coche, me envolvió en sus brazos con la misma ternura de siempre y escuché su te amo, el último te amo que dejo resonando en mi cabeza una y otra vez. Ese abrazo y su música, para siempre. 

Ahora sigue taconeando todo lo que quieras morena, pero sobre los tuyos, a los MÍOS ni tocarlos.

Buena noche.

jueves, 7 de junio de 2018

ARISTAS

Descubriendo las aristas, fina forma de describir como me siento. Hoy, día extraño. Amanecí cansada, quizás el cuerpo no llegó a apoyarse del todo en la cama esta noche. No tengo la cabeza ni el alma en paz, y no por culpa, sí por falta, sí por añoro.
Llegué, buenos días paso a paso hasta mi lugar, tarareando aquella canción que duele si la hago consciente, la que no puedo evitar porque me niego a olvidar. Y allí me senté, vacié mis bolsillos, apoyé el móvil y cogí aire. Llegó un mensaje, estaba fuera. Pasó, lo llevé a quién debía y salí cerrando la puerta que protegería su intimidad. Pronto recibí una orden y me puse con él. Estaba nervioso, asustado, se veía en sus ojos, tenía la necesidad de que aquel dolor cesara y de que su diagnóstico llegara. Puse mi mano sobre su brazo, no agarrándolo, sólo para  intentar transmitirle el calor de seguridad que precisaba. Acabé mi trabajo y le tocó esperar por resultados. Mientras, caminé hacia mi puesto susurrando la canción que vive en mis labios cuando vi la camilla y aquella mujer custodiada por tres familiares llenos de lágrimas de tristeza infinita. Conocía a uno de ellos, pero me llegaba tan sólo uno para notar el dolor de todos. El hijo se secó los ojos y comenzó a contarme con voz entrecortada que no tenían que estar allí, que los esperaban en otro hospital, que ...Le sujeté la mano suavemente, casi un roce,él me miró con los ojos llenos de dolor y le expliqué que haríamos lo que me pedía, pero por orden. Primero tratar el dolor de su madre, y después tratar el suyo, llegar a su zona de confort donde su miedo, su ansiedad y su impotencia disminuirían sensiblemente. Y así fue, y cuando ella calmó su dolor, la llevé a dónde la esperaban. Y me cogió la mano y noté su calor, y me la acarició con agradecimiento, y llenó mis ojos de lágrimas que tuve que tragar para no descubrir su despedida definitiva.
 Volví a mi lugar, un padre sujetaba en sus brazos una bebé minúscula, la agarraba en sus brazos enormes con una dulzura infinita, protegiéndola de cualquier daño, siendo también la pequeña la que lo protegía a él de la rabia con la que hablaba de cómo los habían tratado. Mientras la madre lloraba asustada  agarrada al carrito del bebé, pidiendo ayuda en silencio, sin palabras, sólo con su pena. El tenía tanta rabia contenida, tanta impotencia retenida, tanta fuerza a punto de estallar que pensé que de allí no saldría nada bueno. Me posicioné del lado del miedo, no pude hacerlo del lado de mis compañeros porque entendía a los padres, los entendía a ellos, yo había sentido ese miedo, esa rabia, esa impotencia. Me acerqué a la madre y le cogí las manos, dejando las suyas abrazadas por las mías, las medié entre las dos, cogió un soplo de aire entrecortado y dejó de llorar. Le sequé las lágrimas, la abracé y le dije que la pediatra la atendería y solucionaría sus dudas. Más tarde los vi a los tres en otra zona del servicio, abrí la puerta, me invitaron a entrar, ahora era su espacio, la madre daba el pecho a su hija y el padre las miraba con orgullo. Hablé con ellos, ya estábamos en otro momento, había calma, empatía y agradecimiento. Me acerqué y acaricié aquella pequeña cabeza, les conté brevemente mi lucha y nos despedimos. La mamá me dijo: "ojalá tengas suerte". Le sonreí, ojalá es mi palabra mágica y me fui a buscar los resultados de mi primer paciente. Ya tenía su diagnóstico y su nueva cita para tratar su problema. Se acercó a mí y me dio dos besos, se giró hacia la pared y comenzó a llorar. ¿Qué te pasa?, le pregunté. Su respuesta fue demoledora: " todos os portáis tan bien conmigo y yo no hago nada por vosotros. Mi madre te adoraba, la cuidabas, siempre hablaba de lo buena que eras con ella". Le toque la cara con mi mano, acariciando aquellas bellas palabras, y lo abracé. Era un abrazo necesario desde hacía mucho tiempo, era una paz que quizás los dos necesitábamos darnos, era un consuelo prometido.
Miré el teléfono, mi hijo no se encontraba bien, le mandaba mensajes para intentar cuidarlo y mimarlo con mis palabras, pero mi necesidad era llegar a casa para agarrarlo de la mano, para jugar con sus dedos, para empaparme de él. "Ya falta menos, mi vida, no tengas miedo".
Mi amiga tenía a su hija enferma. La conozco, la noto asustada, no quiero que tenga miedo, quiero que tenga tranquilidad y confianza. Me senté en la camilla y le cogí el brazo a su pequeña. Le expliqué lo que tenía que hacerle, con calma, sonriéndole, acariciando aquel pequeño brazo. Y se dejó hacer con tranquilidad, le acaricié la cara y salté con mis dedos de su barriga a su nariz, consiguiendo una sonrisa entre tanto malestar. Y ya pasaba de mi hora, mi hijo me esperaba, pero ella era mi amiga hermana, y su niña estaba enferma, el mío también pero aún así, no podía dejarla hasta que todo estuviera encaminado. Así fue, me despedí, cogí mis cosas y miré el teléfono. Mi hijo me necesitaba y yo no estaba allí. Alguien me dijo "pero aún estás aquí, vete a casa con tus niños, anda". Asentí con la cabeza y sonreí. Sí, quizás necesito que me abracen, quizás hoy necesito que me agarren la mano, quizás necesito una caricia en la cara, quizás.... Buena noche.

martes, 7 de noviembre de 2017

CUATRO PALABRAS

Mientras desayunaba, leía las palabras que el actor Antonio Banderas le dedicaba a su madre tras el fallecimiento hace unos días. Eran palabras llenas de recuerdos y con un aviso de esos que se te clavan en carne: "Dile que la quieres". En cero coma dos mi cabeza completó esa frase: " dile que la quieres mientras la tienes, repíteselo mil veces a los ojos, mira como te acaricia con las palabras, abrázala intensamente, ocupa todo tu tiempo en ella, huélela, saboréala, disfrútala, porque después la echarás de menos y todo te faltará. Ese es el error que cometemos una y otra vez, creyendo que siempre tendremos a todos a nuestro lado. No la sueltes, baila con ella, mírala a los ojos y dile que la querrás siempre". 
Y me hizo pensar y correr hacia el ordenador para escribir sus palabras, y con cada palabra, una bofetada a todos los que dejan escapar vidas entre sus manos. El paso de tener a recordar y añorar es parte de la vida, pero lo convertimos en una simpleza casi burda e insultante. Recuerda y añora cuando no esté, pero cuando hayas consumido hasta el último segundo con esa persona a la que le dedicas las palabras más emotivas, sea quién sea, disfruta con el tipo de amor correspondiente al añorado. Está bien respetar silencios, con ellos respetas la íntima libertad de la persona que tienes a tu lado, pero a veces, o casi siempre es una pérdida de tiempo. ¿Cuánto darías ahora por escuchar la voz del que ya no está, mantener una conversación aunque fuera por unos segundos, cuánto no darías por abrazarlo, olerlo, sentir su calor, cuánto no darías por aquellas risas interminables que acababan en un llanto trágico-cómico cuando llevábais la conversación hasta la parte más absurda del sinsentido, cuánto no darías por caminar a su lado tropezando o exagerando un empujón sólo por ese contacto de un segundo que hace que lo recuerdes toda la vida?.
Cúantas palabras quedaron por decir, las que no te atreviste a pronunciar nunca, las que callabas con tristeza porque no era el día, o simplemente tendían siempre a la mala interpretación. Cuántos silencios absurdos al ver pasar a gente que ni si quiera conoces, buscando algo en el aire en lo que fijarse, dándole espacio a tu compañero de mesa.
Los silencios deben ser personales, íntimos, de sofá y manta, de soledad, de un vino consigo mismo o contigo. Cuando tengas a tu lado a tu amor, sea quién sea, al que quieras, a la persona a la que ames, a quien te erice la piel por tenerlo cerca, le aconsejo que disfrute de tu olor, de tu calor, que te revuelva el alma y te ponga la vida patas arriba. Abrázala, siéntela, bésala, cuéntale, dile, acaríciala, memoriza cada parte de su cuerpo, cada lunar, cada sonrisa, y guárdala ahí, dónde los sentimientos no se pierden, donde los recuerdos se graban a cincel y martillo, dónde reposan y sedimentan los recuerdos.
Siempre alguien se irá, la marcha es una cola sin orden, es un fino hilo que se rompe de pronto, un paso de un momento a otro, y eso supone un desastre para los que se quedan, porque nunca te han preparado para ese momento, nunca se acaba de contar todo lo que te hubiera gustado que supiera, y no hay vuelta atrás, lo que no se ha dicho no permanece. Así que habrá que olvidarse de tanto silencio personal, de tanto intimismo de postín, de tanta introspección innecesaria y comenzar a decir lo que nos hierve dentro. Dile que la quieres, pero díselo YA.
 Buena noche.

miércoles, 12 de julio de 2017

DÍAS QUE VALEN LA PENA

El 11 de julio, un gran día en mi vida. Esta mañana estaba temerosa de que sería otra pérdida de tiempo. Me senté en aquella sala, mirando la pantalla vacía, esperando el turno para entrar en aquella consulta con mi hijo, quizás con la inquietud de aquel que ya no espera recibir ayuda. Su número se iluminó y caminamos hasta la puerta de la que esperaba por lo menos, respeto. Tantas veces hemos tenido que levantarnos sin esperanza, acariciando la espalda de mi hijo para intentar transmitirle la seguridad que yo ya no tenía, prometiéndole que encontraríamos a alguien que nos ayudaría a acabar con su tortura, tantas veces lo he hecho, que hoy creía que sería un día más. Nos sentamos en aquellas tres sillas perfectamente alineadas al otro lado de la mesa: su padre, mi hijo en medio y yo, pegada a la ventana, cerca de la luz, lo que me ayuda a respirar. Hablaba, escuchaba, escribía, preguntaba, exploraba, sonreía, se dirigía a él con empatía y dijo que había que estudiarlo.  Le enseñó un vídeo que provocó que mi hijo desviara su mirada, que yo buscará en el suelo algo en lo que perderme  para no escuchar sus quejidos, aún me duelen tanto, me provocan tanta impotencia, me hicieron sentir tan inútil...
Salí de allí creyéndole, con una buena sensación. "No le falles por favor, otra vez no", susurré.
Fui a arreglar papeleo pendiente y lo llamé:" ¿Estás en el hospital?. No, volveré en media hora". Y allí volví en ese tiempo, necesitaba su abrazo, sabe que lo necesito, que hace que dosifique mi miedo. Hablamos de la vida, de cómo nos conocemos, de cómo querríamos "irnos", con una conciencia de paz, de relajación y de entrega a un 
incierto final. Me relaja escucharlo, me transmite tanta paz...Me volvió a abrazar en la despedida: sólo le pedí que no dejara de hablarme, que necesitaba sus abrazos antes de operarme, y por supuesto, en el camino. Mantente cerca David, no te alejes demasiado.
Fue una semana de decepción, desencanto, no fui capaz de arrancar de mi piel la frialdad de aquellas palabras. Mi Sonia, toda la semana culpándose de su no culpa, intentando arreglar el corazón de dos amigas a base de abrir el suyo en canal. Es cierto que le dije que no quería saber nada, se lo dije varias veces y cada vez que lo hacía, la espina se clavaba más en mi carne. Maldita sea, ni capaz soy de no quererla. No dejes que siga estando coja, acompañadme en este camino, no podré hacerlo sola.
No tengáis miedo, el miedo roba fuerzas,confunde, no ayuda. Ahora sí, ahora podremos, ya veréis como sí. Os quiero.
Y para ser un fantástico día, él consiguió ser felíz. Lo sé, lo vi. 
Buena noche.