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sábado, 13 de septiembre de 2025

EL COCHE AZUL

Dormir una noche sin que nada la despertara se había convertido en un deseo casi imposible, sin embargo aquella no había sido una de las peores. Aún así, a media mañana el cuerpo le pesaba un poco más de lo ya habitual, los pasos no parecían ágiles y una niebla espesa orbitaba a su alrededor, todos ellos sutiles indicios de que el cuerpo suplicaba una pequeña desconexión.

Agarró la botella de agua y bebió como si aquel sorbo le proporcionara el empujón definitivo de vitalidad que necesitaba. Y así siguió pasando la mañana, con minutos que se iban multiplicando en cada segundo hasta que llegó la hora de volver a su mundo. 

Cerró la puerta con las últimas fuerzas que le quedaban ese día, un portazo inútil que hizo que la puerta volviera a abrirse, como si quisiera burlarse de su debilidad. Suspiró una última vez, cogió aire profundamente, la agarró con ambas manos, frunció el ceño para mostrar su enfado, empujó está vez con una rabia foribunda hasta conseguir cerrarla de un golpe seco. No faltó una mirada atrás para comprobar que nadie hubiera presenciado aquel gesto tan poco femenino...

Llegó al vestuario como si hubiese atravesado cinco valles, tres ríos y dos veredas. Introdujo la llave en la cerradura de la taquilla y sintió como si hubiera abierto un sendero hacia la libertad. Sonrió tímidamente cuando echó un ojo a la ropa que colgaba de las perchas, todo liviano; sandalias, sol, mar, aún se respiraba verano, lo que parecía devolverle a la vida.

Salió a la calle para recibir el primer bofetón de calor, colocó las gafas de sol sobre sus eternas ojeras y tomó el camino entre los árboles que la llevarían hasta el aparcamiento. Una suave brisa, el ruido chirriante de unas ruedas sobre el asfalto y el final del camino que acababa en un paso de peatones. Miró a la derecha, a la izquierda y se dispuso a cruzar. De nuevo volvió a escuchar el chirriante ruido, levantó la mirada y vio como un coche azul se acercaba a toda velocidad. Tuvo un mal presentimiento, apuró el paso y al llegar a la acera, el conductor dio un volantazo injustificado dirigiendo el coche hacia dónde estaba ella. Dos fugaces segundos para pensar ¡corre!. Y así lo hizo, dudando de la agilidad tantas veces cuestionada y de si realmente le daría tiempo a esquivar un atropello seguramente mortal. Sus pies volaron hasta la acera mientras otro volantazo hizo que aquel descerebrado conductor corrigiera su trayectoria. Ella quedó paralizada mientras aquel coche se dirigía de nuevo hacia una segunda "víctima" que se encontraba unos metros más allá. 

Aún con el susto en el cuerpo, se  sentó al volante en silencio, intentando entender aquella actitud. Había sido una larga jornada de trabajo y sus pies pesaban más que cualquier otro día. Deseaba volver a casa, comer algo y descansar olvidando todo lo ocurrido. Pero no pudo evitar pensar en las consecuencias de aquel errado alcance, quizás no hubiese llegado hasta la acera, ni al coche o ni tan siquiera a su casa. 

Quizás hubiesen alertado a su hijo de una salida en ambulancia para atender un atropello cerca del hospital. Él nunca sospecharía quién era la víctima a la que debía atender, o simplemente quién sería la persona que ya no necesitaba ser atendida. Y mientras se enfrentaba a uno de los peores momentos de su vida, el conductor del coche azul estaría sentado a la mesa en su casa con la familia sin inmutarse por la barbaridad cometida.

Ella ya no estaría, sus hijos habrían perdido a su madre, mil planes quedarían aplazados para siempre, muchas palabras sin decir y abrazos que flotarían perdidos en el aire.

El coche volvió a pasar por delante de aquella mujer asustada con la actitud chulesca de un adolescente que quiere comerse el mundo. Mal sabe que la propia vida puede devorarlo en una décima de segundo. Se fue cómo vino, vacío, cruel y dañino. 

Ella tuvo suerte, llegó a casa y llamó a su hijo. Sólo necesitaba oír su voz otra vez y decirle que lo quería de todas las formas queribles. Él escuchaba en silencio sin entender el motivo de aquella llamada. Ella colgó el teléfono y se tumbó en el sofá verde, aquel que curaba todas las heridas de vida. Y se quedó dormida 

Buena noche.

martes, 12 de junio de 2018

MI HIJO GUILLE

No te das cuenta, pero a veces te miro de reojo cuando estás distraído y sonrío porque eres tan buena persona pero tan rollo, que esa combinación hace que enamores a la gente. Llegaste y desde los primeros días tuviste que luchar más que nadie, eras tan bonito y tenías una enfermedad tan grande para aquel cuerpo tan pequeño...

Creo que en esos días se me secó el alma de tanta lágrima y angustia, pero yo aún no había descubierto que eras más fuerte que yo, le diste la espalda a aquella pesadilla, y decidiste darlo todo hasta ganar. 

Creciste siendo una auténtica preciosidad en todos los sentidos. Y fuiste el rey de la casa hasta que llegó tu hermano y tomó posesión de todo nuestro tiempo. Quizás recuerdes que yo no podía atender a todos tus "por qué", no podía dedicarte todas las horas que tú necesitabas, las comidas se volvieron un poco desesperantes y  los juegos se acortaron. No podía dedicarte todo mi tiempo, tenía que repartirlo con tu hermano, que por aquella época me traía loca con su hiperactividad y sus ocurrencias "demoníacas". 

Ya sabes, te lo he contado mil veces, a los dos os adoro, pero Gabri me hizo perder el instinto maternal de un plumazo. Y tú fuiste creciendo en todos los sentidos, porque creciste en bondad, en inteligencia, en capacidad de lucha, en abrazos que necesitaba ...

Siempre pensé que de mayor serías médico, eras tan evidentemente vocacional...
Recuerdo el día que le hiciste una reanimación a un huevo frito, cuando fuimos testigos de la disección anatómica de un zanco de pollo asado y cuando nos explicabas las partes de la columna vertebral de los rapantes. 

Sufriste la mayor parte de enfermedades de la galaxia, fuiste el primero en el universo en tener la gripe A, un mes después ébola, más tarde la fiebre hemorrágica del Congo, tétanos, cólera, malaria..., las tuviste todas mientras yo miraba al techo preguntándome de dónde quitabas semejantes ideas, pero con la seguridad de que encontrarías la cura a todas ellas en un trozo de galleta... 

Y no eras hipocondríaco, no lo creo, pero te empeñabas en sufrir cada una de esas enfermedades, a veces dos a la vez, y había que dejarte para que comprobaras que no te ibas a morir, que todo estaba en tu imaginación.

Sufriste los esguinces grado tres más cortos de la historia, te duraban hasta que en dos horas te dolían las manos de usar las muletas. Una vez me dijiste que no veías bien y te llevé no una, ni dos, hasta tres veces al óptico en una semana y nos dijo que tenías media dioptría, que no necesitabas aún gafas, pero tú las querías porque te molaban. Te compré dos pares de gafas que no pusiste más de dos meses, hasta que recuperaste milagrosamente la visión porque alguna que te alegraba la pestaña te dijo que tus ojos eran más bonitos sin ellas. 
Vale, es cierto que te rompiste el menisco y no te creí, pero ya te encargaste de decirle a todo el mundo que no te había hecho caso. Te juro que me pesó como una losa en la conciencia, pero hijo, entiéndeme, ya habías tenido ébola dos veces...

Conste que me he reído mucho contigo. ¿Recuerdas el día que decidiste hacerte una arreglo tú solito con una cuchilla de afeitar?.¿Recuerdas cómo descubrí lo que habías hecho?.¿Recuerdas como caminabas?...
La verdad es que tengo que agradecerte muchas risas.

Hace unos días te graduaste, estabas nervioso, como una ardilla saltando de árbol en árbol. No logré alcanzarte para hacerme una foto contigo, querías estar con tus compañeros, cosa que no me molestó, no creas. Pero querido, una foto con tu madre hubiese estado muy bien para el recuerdo.

Mañana te examinas de selectivo, dices estar preparado y yo quiero pensarlo así. Sabes que estos días te he apretado los tornillos porque te veía un poco desmotivado, pero lo hago para que no pierdas la ilusión por una carrera que ansías desde niño. Te insisto hijo porque sé que vales para ello, porque tienes la suerte de sentir esa vocación y porque estoy segura de que serás un muy buen "cuidador de almas". No hay día que no lo piense Guille, lo sueño y lo vivo. Y si no lo logras por la nota, buscaremos la forma para que seas lo que has deseado siempre porque yo no voy a dejar que pierdas la ilusión, porque creo que se ha convertido en tu necesidad. 

Esta noche soñaré contigo para darte fuerzas.  Mañana tendrás la tranquilidad para conseguir lo que tu desees. Buena suerte, hijo. 

Buena noche al resto de mundo.