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sábado, 7 de febrero de 2026

SANITARIOS

Después de mil crisis existenciales sobre la profesión a la que me quería dedicar, pelear contra unos inútiles números clausus para entrar en otra carrera que no me atraía lo más mínimo, volver a estudiar y seguir peleándome con el planeta, conseguí finalmente estudiar lo que quería. Como diría un buen amigo, soy una de esas locas vocacionales que se pasan media vida corriendo de un lado para otro en pijama y zuecos de colores.

Estoy segura de qué te habrás cruzado con alguna de nosotras en tu vida, quizás nos hayas visto sentadas delante de la pantalla del ordenador en el control con el ceño fruncido o corriendo como posesas hacia una alarma activada desde el box vital. Puede incluso que te hayas tropezado con alguna de nosotras en el pasillo de una planta de hospitalización arrastrando los zuecos para atender a la llamada de un timbre insistente. 

Puede que nos hayas visto en la calle camino de un domicilio, quizá te hayas sorprendido al vernos saltar de una ambulancia en medio de una carretera para asistir en un accidente o entrando desorientados en un portal cargando mil maletas pesadas.

Si quieres, puedo aclarar tus dudas sobre una técnica, contarte por qué una vacuna te va a ayudar a no enfermar, cuál es el motivo por el que no debes dejar de tomar un medicamento o qué problemas puedes tener si lo haces por tu cuenta. 

Quizá nos has visto tropezando con las esquinas del control de enfermería, bostezando somnolientas de madrugada, calentando las manos con una taza de café a mitad de un turno, apoyándonos en vuestra cama para descansar un poco el cuerpo o  abrazándote para tu sorpresa cuando tus ojos estén a punto de desbordarse. 

Me gustaría oír de tus labios que no te hemos hecho sentir mal en ningún momento por un trato injusto, y si así lo fue en algún momento, te pido perdón.

Somos especialistas en técnicas que pueden ser  molestas, pueden asustarte y ser algo dolorosas o desagradables. Tranquilo, entiendo tus quejas y temores. Quiero que sepas que lo haremos de la forma más delicada posible para minimizar tu malestar, que entiendo tu mirada y sé de tus miedos.

Me puedes encontrar junto a un médico, intentando ayudarte para que te cures o procurando que tu enfermedad no se agrave. Te prometo que lo hago con todos mis sentidos alertas. Responderé a todas tus preguntas y dudas para tranquilizarte, porque eres el motivo por el que he elegido esta profesión.

Ahora sólo te pido que leas lo siguiente con calma, tengo que contarte algunos secretos sobre nosotras, mis compañeros, sobre mí.

Aunque nos veas muchas veces en el hospital, no vivimos allí.

Y aunque a veces parece que no tenemos otra vida fuera del hospital, sí tenemos una familia que nos espera en casa.

También sufrimos enfermedades como tú, la profesión no nos protege de que podamos ser pacientes. Después de cuidarte en el hospital, nos vamos a casa y seguimos cuidando de nuestras familias, postergando en muchas ocasiones molestias propias para tratar las ajenas, tomándonos un analgésico a escondidas para seguir con el día a día. 

Cuando presenciamos un accidente, una urgencia o algo que precisa una atención urgente, puede que me cruce contigo y no te salude. Y no es orgullo ni protagonismo, nuestra cabeza centrífuga en ese momento mil escenarios posibles anulando el resto de nuestros sentidos. Si una persona necesita ayuda inmediata, nos centramos en ella obviando todo lo que está a nuestro alrededor. Nuestro nivel de estrés es muy alto cuando sospechamos gravedad, pero cogeremos aire suficiente para planificar la actuación más efectiva.

Hay muchos momentos en los que sabemos que nos enfrentamos a dos posibles situaciones, que todo salga bien y salgas de allí con una sonrisa en el alma, o que sea demasiado tarde. Cuando esto último ocurre, difícilmente podremos levantar la mirada, no querremos que veas levitar la pena, apretaremos los labios y mascaremos un silencio que nos pesará mucho. A veces buscamos una pared alejada para apoyar la tristeza y procesar lo que ha pasado.

Cuando vuelva al trabajo puede que te acaricie la cara antes de hacer algo que te produzca dolor, o que te abrace si noto que lo necesitas. Puede ser que no te des cuenta de que mis ojos se están nublando mientras leo algún resultado inesperado o que te pregunte mil veces cómo te encuentras durante un turno cada vez que me respondas con un monosílabo. Por tus pasos, tu forma de sentarte o tu mirada, sabré que "algo" te pesa, y también estaré ahí para ayudar a sujetarte. En el fondo somos un poco brujas, sabes, leemos la mente...

A cambio sólo te pido que me respetes, no nos alces la voz, no hagas uso de la violencia física ni me repitas como un disco rayado que tú pagas nuestro sueldo. Quizás estés cansado, dolido, triste o con necesidad de desahogarte por una situación estresante, lo entiendo, pero hazlo desde el respeto.

Puedes estar tranquilo, entiendo tu miedo. Respétame como persona, como profesional y te ayudaré en todo lo que pueda, no tengas duda alguna.

Ahora me voy a casa, no veo a mis hijos desde ayer. Necesito mi lugar y sus risas. Mañana volveré para cuidarte. En mi ausencia te cuidarán mis compañeros con el mismo mimo con el que yo lo hago. Mientras tanto, intenta descansar. 

Buena noche.



jueves, 7 de noviembre de 2019

DE DOLOR Y OTROS SENTIMIENTOS

Cuanto tiempo sin escribir, cuanto tiempo sin darle la vuelta a la piel y volver sentir el escalofrío que provoca mostrar un interior imposible. Reconozco una pena doliente, un miedo velado, un llanto escondido y un escozor reconocible. Ayer dejé ver mi valentía total, mi media entereza, mi pequeño miedo, una minúscula y agotada paciencia. Ayer lloré por mil motivos.
Me levanté asustada después de una noche de mucho pensar, cosa que se ha vuelto algo común cuando la luz se pierde. Por pura tontería y después de una ducha sin desear abrir los ojos, me vestí con la coraza habitual. Y allí nos fuimos, hablando de todo cuanto me importaba un bledo, como si este día tuviera que ser insignificante por narices. Y llegamos al lugar que tanto temía.
No sé el motivo pero el acogimiento fue cálido, templado, como debería ser siempre, como debería de sentir cualquier paciente asustado que sabe que le espera una prueba no deseable. Se trataba de una prueba no cruenta, sólo se trataba de introducir un "hilillo" hasta mi corazón, allí donde se encuentran todos los sentimientos, el amor, el ritmo, mi caja de música interna, en el centro de mi vida. Y ese proceso exigía que el operador lo hiciera con toda la delicadeza que cualquier paciente se merece, calmado, suavizando una técnica que asusta cuando la persona que te la va a realizar te recibe simplemente con sólo un hola. Cuando una persona te dice a velocidad supersónica "esto te va a doler un poquito", agárrate a lo que puedas porque el dolor va a ser importante. Y así fue, provocó el dolor necesario para que mi cuerpo se doblara y mi boca emitiera un quejido contenido. Tras unos minutos de pelearse con el calibre, logró pasar uno de ellos como si estuviera perdiendo el principio de su película preferida, como si el vuelo a su destino preferido estuviera a punto de perderse, como si yo fuese un sistema de cañerías vacía de sensaciones. Y volvió a hacerme daño con su prisa infinita. Otra vez la frase, y nuevamente volvió a hacerme daño, pero esta vez procuré no moverme para no molestarlo. De pronto paró la exploración:"a ver, ¿por qué tienes esa cara de dolor?, ¿por qué no apoyas la cabeza relajada?, ¿no ves lo tensa que estás?". Se me ocurrieron mil motivos para argumentar sus preguntas absurdas, pero sólo le dije: "me duele lo que me estás haciendo, me estás haciendo daño". Por supuesto, le pareció mal mi sinceridad, y realmente debería haberle dicho toda la verdad: "me duele tu poca amabilidad , lo antipático que eres en tu trabajo, lo poco delicado que estás siendo con mi cuerpo, el dolor que me estás produciendo, tu malhumor y tu prisa injustificada. Me fastidia tu falta de respeto, que ignores conscientemente el dolor que provocas y que no trates de evitarlo, me endemonia tu falta de humanidad, tus gritos al  personal, tu prepotencia como galeno y tu ignorancia como paciente (porque es evidente que lo has sido), tu poca complicidad con mis sentimientos y tu anhedonia profesional".
Por fin dijo "bueno, esto se acabó. Ahora las enfermeras te arreglan". Se dio la vuelta y se fue, así, sin decir nada más, a su retiro merecido tras su extraordinario trabajo. Hubo un movimiento desordenado del personal en aquella sala, todos hablaban provocando un ruido incomprensible. Y entonces mis ojos empezaron a liberar todo lo soportado, todo lo sentido, todo lo callado. Una auxiliar me acarició la cara y me dijo "ya está, ya pasó todo". Otra enfermera me preguntó si me encontraba bien, no pude contestarle, si lo hacía entraría en un llanto incontrolado y no quería eso. Con delicadeza secaba las lagrimas inevitables, hasta que giré la cabeza para ver a gente la persona que me estaba tratando con tanto respeto y le dije en voz baja: "estoy tan cansada...".
De repente todo se paralizó, el jaleo cesó, y hubo un silencio lleno de respeto. Un celador se acercó y me dijo: "llora todo lo que necesites, desahógate, nosotros esperamos a que te sientas mejor, no tenemos prisa". Soy de sonreír cuando estoy agradecida. Lo miré y le di las gracias con una sonrisa sentida. Una de las técnico de la sala me escuchó, se acercó y me agarró la mano. Me dijo con mucha ternura "no dejes nunca de luchar, eres más fuerte de lo que crees". Jamás la había visto, pero se lo prometí mientras apreté su mano. Me secó de nuevo las lágrimas y salí de aquella sala con un calor apacible, con fuerzas para seguir, dejando allí el temor y el miedo. Me siguieron cuidando el resto del día hasta que volví a mi casa. Aún tengo dolor físico, pero no olvidaré como aquellas personas convirtieron el frío y la antipatía de un médico prepotente en un empujón de fuerza. Buena noche.
*Este es el resumen de una situación real, es un agradecimiento a todo aquel personal que estaba presente durante la técnica y que fue testigo de una situación injustificable y de horror debido a la falta de empatía y pericia del médico que realizó la técnica. El resto del personal se merece mi agradecimiento y mi reconocimiento por el trato que me dispensaron durante e inmediatamente después de la técnica.