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miércoles, 22 de mayo de 2024

PARA SIEMPRE

Sé que hay una bonita mujer de cabello color plata esperando desde algún sitio que desconozco para que le escriba unas palabras. Sé que se lo debo, así que ahí vamos.

Para ti, Auri.

Para comenzar siento una obligación moral de confesarte una cosa, espero que desde "allí" sueltes una sonada carcajada: durante cierto tiempo te llamaba Agripina (empezamos fuerte), no por relacionarte con la Roma antigua sino porque nunca recordaba como te llamaba tu familia, luego la mía también. Tu hijo me corregía una y otra vez con una paciencia infinita, "Auritinaaaaa" repetía como si yo lo hiciera a propósito, que nunca fue así, te lo aseguro.

Recuerdo cuando salía de clase y pasaba por tu casa para recoger a tu hijo. Siempre apuraba un cigarro antes de llegar al portal y subía hasta el noveno exhalando el aire para no oler a tabaco, como si con treinta y pico años tuviera que justificar mi pequeño vicio, como si el olor a tabaco desapareciera por quedarme asfixiada en algún  piso por debajo del vuestro. Siempre llegaba tarde y os daba los besos correspondientes con su hola correspondiente para cada uno, primero a Choni y otro para ti.

Os recuerdo sentados cada uno en vuestro sillón y con las piernas tapadas con el tapete de la mesa camilla que escondía el calor de un brasero. Me gusta recordar esa imagen, me transmite mucha paz.

Nunca vi que pusieras mala cara a nada, jamás una mala contestación a nadie, sólo alguna mueca hacia Margarita, que parecía ver sólo a Choni en aquella casa. La verdad es que era un poco de película sesentera, y me refiero al servilismo hacia "el señor" por parte de ella y tu gesto contenido para no tensionar la situación.

En más de una ocasión me mordí la lengua, si ella quería ver a un señor, también tenía que haber visto a su lado a una señora que se cuidó muy mucho y durante muchos años, de tratarla como si fuera de la familia, sin distinción slguna. Y mordiéndose la lengua más que yo incluso, que ya es contención...

Recuerdo cuando Choni enfermó y te pasaste todo el tiempo a su lado en el hospital. Estabas siempre sentada en aquel sofá de polipiel que era una prolongación de su cama, día y noche sin descanso. No volviste a casa, no querías que nadie se turnara contigo para acompañarlo en aquellos días tristes, querías estar cada segundo con él y así lo hiciste hasta el día en que se fue para siempre.

Aún sabiendo certeramente la proximidad del triste desenlace, era la noticia que nadie queríamos escuchar. Choni se moría mientras en mi abdomen crecía mi bebé.  

Y con todas las hormonas alborotadas, llegó la triste noticia, y te vi llorar por primera vez ya sin el amor de tu vida. Recuerdo su funeral, muchas lágrimas y un silencio terriblemente respetuoso, como fue él en vida. Se había ido una gran persona.

Los siguientes meses sirvieron para reordenar la vida. Recuerdo que te quedaste con sus gafas, a las que les faltaba una patilla, perdida en sabe dios que momento. Me hacía gracia la naturalidad con la que te las ponías, siempre cojas de un lado para hacer los crucigramas, siempre torcidas por esa cojera heredada. Compartimos risas con esas gafas durante años a las que ni tan siquieran le cambiaste los cristales, quizás por intentar ver a través de sus ojos. Siempre decías que no estaban tan mal, sin patilla y con una graduación que no era la tuya, pero eran sus gafas, y con eso era más que suficiente para tí.

Recuerdo tardes en tu casa viendo fotografías de hace muchos años, fotografías color sepia con los bordes en sierra, de todos los tamaños y preguntándome si reconocía a éste o al otro, y yo que tengo mucha memoria a largo plazo, a veces acertaba a la primera. Me acuerdo en concreto de una fotografía que sacaste de una caja y apoyaste boca abajo en tu pecho, como si quisieras abrazarla y resguardarla. Dijiste, como si de un juego se tratara; ¿a qué no sabes quién es esta niña?. La fotografía estaba hecha en un campo de fútbol, en una grada y en ella sentado un señor con bigote, traje y sombrero.

Reconocí con sorpresa a Choni cuando era joven y a su lado, sentada una niña que no logré adivinar de quién se trataba. Tú te echaste a reír y con un tono orgulloso me dijiste: "soy yo, fíjate que no nos conocíamos y nos sacaron una foto juntos siendo yo una niña y él ya un señor". Tus ojos brillaban llenos de amor, creo que brillaron siempre, desde ese día hasta el último de tu vida. Jamás he conocido a dos personas tan enamoradas...

Pasaron los años y "adoptaste" su sofá, sus gafas sin patilla, sus medicamentos caducados con las cajas en las que había escrito a bolígrafo para qué era cada uno de los fármacos. Un frasco de runquinquina, del que me atreví a sospechar que no te deshacías porque su olor te devolvía al presente al amor de tu vida. Te imaginaba abriendo la botella a escondidas en el baño y oliéndo su recuerdo...

Pasaron los años y pasaron muchas cosas en las familias. Yo perdí a parte de los míos, a mi amiga, y mi hijo pequeño perdió su salud.

Muy asustada, agotada, solos, sin que nadie nos echara una mano y viendo como mi familia se desintegraba poco a poco. Toda mi ayuda a los demás durante años, se quedó en alguna llamada de teléfono, en la que se nos deseaba mucha fuerza y mucho ánimo, sin adivinar que los deseos no curan, ayuda era lo que necesitábamos y no buenas palabras. 

Me dolió y quizás fue el motivo de cierta separación Auri, pero siempre sabía de ti.

Llegaron más enfermedades para todos, para todos. Volví a estar ahí de nuevo hasta que también me tocó enfermar y tuve que dejar de cuidar para empezar a cuidarme. 

Quizás por la forma en la que llevo las cosas, no entendisteis el por qué me desvinculé de vosotros en ciertos momentos, pero créeme, fue necesario para coger aire y seguir luchando por vivir. 

Siempre fuiste Auri, siempre estuve cerca de ti, eras una mujer prudente y respetuosa.

Te recuerdo cuando abrías los ojos y mirabas con un gesto de bondad absoluta, hasta que te sonreía y tu cara se relajaba con sosiego. Me encantaba esa expresión de complicidad. 

No olvidaré nunca nuestra última conversación  cuando ya estabas mal. Te hice una pregunta mirándo tu cara y la afirmaste con lágrimas en los ojos. Era tan fácil comprenderte...

Ese día te di un beso en la frente y fue el último día que dijiste mi nombre cómo sólo tú lo hacías. El siguiente beso te lo mandé por tu hijo, me aseguré que te lo diera. Fue mi último beso, me hubiese gustado dártelo yo, llegué tarde...

Hace casi dos meses que te fuiste y me atrevo a decir que todos te echamos de menos. Todos hemos salido perdiendo con tu marcha, pero me quedo con todo lo bueno que has dejado aquí. 

Hablo por mi boca, pero también hablo por Guille y Gabri, sé todo lo que te echan de menos. Por cierto, tus plantas están repartidas entre dos casas en las que siempre se te recordará de forma entrañable y no dudes que cuidaremos de ellas con el mismo mimo con el que tú lo hacías. 

En cierto modo, vives entre nosotros y te cuidaremos hasta el final. Gracias por haber formado parte de mi vida, por dejarme pertenecer a la tuya. Siempre te echaré de menos. Vuela alto, Auri. Te quiero.

Buena noche.





miércoles, 8 de febrero de 2023

VOLVER

Entonces el aire se volvió un poco más respirable, más transparente, más lúcido y sin darse apenas cuenta, volvió a la vida que creyó perder un día. Pero ese cambio no pasó de forma sorpresiva, notó que quería estirar sus brazos melódicamente al aire, quitarse de nuevo los zapatos en la playa y sentir las cosquillas que la arena  provocaba en sus pies.

Quería dejar que las olas la mojaran a su antojo, necesitaba gritarle al mundo que lo estaba consiguiendo. Echaba de menos bailar descalza en la calle con alguien que quisiera acompañarla en su locura, pisar los charcos y dejar que la lluvia la mojara hasta necesitar el abrazo de quién quisiera darle calor. 

Su vida se revolvió por pura necesidad, ya no importaba el tiempo, los días empezaban con la misma mirada en la ventana y terminaban al tercer bostezo.

Había aprendido que no hay dos lados en la cama, que era toda suya, que la otra almohada podía acabar en el banco del piano, debajo de sus piernas o ser arrojada fuera de su espacio para acabar en la otra esquina de la habitación.

 Quiso cambiar todo su entorno, todo lo que era "la otra vida", quería querer pero sin ser querida, olvidar espacios, olores, miradas, sonrisas, dudas...

Empezó a comprar libros como si de ganar tiempo se tratara, a caminar por la calle levantando la mirada, a devolver sonrisas a personas desconocidas, a tomar un vino sin tener un motivo que celebrar, a sentarse al final del espigón al que nunca había llegado y ver el final del día. 

Dejaron de existir las canciones malditas, los sonidos que se encerraban de forma enfermiza en su cabeza, se enfrentó enfurecida a sus recuerdos y decidió volver a la vida.

Hoy es capaz de caminar sola, sin agarrar una mano ajena, con las suyas en los bolsillos de los pantalones y desafiando al tiempo. 

Sé que ya no es la misma persona en ciertos aspectos, pero nunca perderá la esperanza de empezar de nuevo cuando ella quiera ser.

¿Y sabes, querida?, tienes todo mi apoyo. 

Un guiño al aire. 

Buena noche.






jueves, 24 de febrero de 2022

BARNIZ DE POLIURETANO

 Cuando pierdes a alguien muy importante en tu vida, es frecuente que muchos crean que te has vuelto loca, que"estás fatal de la cabeza". Yo, como siempre y por llevarles la contraria, no lo tengo tan claro. Me declaro atea redomada, no creo en la resurrección, ni en un cielo tangible en el que voy a encontrar a los míos. No creo en un más allá, ni en un más aquí, si tal, en un hasta siempre, quizás. Creo que toda pérdida necesita ser procesada de la forma en la que cada uno decida, y la mía me está costando, lo reconozco. No hablaré de pena, ya que sólo me genera pena y más pena. Y claro, esto debes ocultarlo porque si no lo haces, los tuyos sufren por tí y te dan sermones de cómo debes de tomarte lo sucedido, te repiten que no pienses más en el cómo, que ya han pasado siete meses, para ellos suficiente tiempo para que vuelvas a reírte a carcajadas, que te cojas una "moña", que la vida hay que vivirla y no mirar hacia atrás. UNA MIERDA, así de textual. Han pasado siete meses en los que no hubo ni un solo día en el que no lo haya tenido presente de alguna forma: si escucho música encuentro su canción, si veo algo rosa me acuerdo que él odiaba ese color, si pienso en coger un tren lo imagino sentado en el vagón, si escucho su nombre me giro para ver quién se llama como él, si llueve me acuerdo de lo que le gustaba mojarse, si hace frío lo veo tiritando, si lloro, si lloro, no lo encuentro...

Hace unos días, en un intento de distraerme, decidí volver a mis manualidades. Me di una vuelta por casa para buscar aquellas pequeñas cosas que fui dejando atrás, aquellos desarreglos que me permitían vivir sin darles la menor importancia. Hice una lista de "entretenimientos" para los siguientes días y anoté todo el material que necesitaba. Me fui a varios centros de bricolaje, de esos en los que la gente lleva carros que parecen autobuses y cargan en ellos las vigas del nuevo edificio que tienen en mente. Es alucinante, estanterías hasta el techo de lo inimaginable, todos acompañados de la parienta y sus hijos chillones subidos a las vigas, que tienes que esquivar con la agilidad que ya no tengo. Después de hacer cincuenta pases toreros, pienso que si pruebo con un hula-hop sería capaz de mantenerlo dos vueltas en la cintura gracias a este tipo de centros, y sin gimnasio.  Claro que, como mi paciencia está muy al límite y no me apetece hacer una caida de ojos, me dirigí a la estantería de los barnices y me puse a buscar en todas las latas la palabra clave: POLIURETANO. Yo que soy muy aficionada al youtube-bricolaje, tenía muy claro que la mezcla que necesitaba llevaba barniz de poliuretano, catalizador y un chorrillo de disolvente , todo a ojo, muy profesional. Me acerqué a un dependiente que estaba explicándole a dos chicos como se aplicaba un barniz en spray (saben echarse espumas, lacas, ceras en peinados imposibles y no saben cómo funciona un spray, el mundo se acaba), y le pregunté orgullosa de mi "sabiduría" dónde podía encontrar el barniz de poliuretano. "Para madera", me dijo. Yo abrí los ojos como platos y le dije: "nooo, por dios, para metal, para rehabilitar unas manillas". El dependiente me miró como si le hubiese pedido un bocadillo de calamares y me respondió que ese barniz no era para metales, que por su dureza se utilizaba para barnizar suelos. Pude decirle vale, pero me pidió el cuerpo decirle que claro, que por su dureza se utilizaba en las manillas, para que no se estropeen con el uso. No sé de dónde saqué esa respuesta tan ágil, pero con la misma, le di las gracias y salí de allí saltando vigas para que no me preguntara quién me había recomendado esa técnica. Volví a casa sin nada de lo que había anotado en mi lista. Al día siguiente me propuse acudir al comercio local, éste no me fallaría. Primero fui a una tienda de bricolaje (más de ciudad pequeña, mis dominios) y directa a la sección de barnices sin parpadear. Allí me di cuenta de que me había dejado las gafas de cerca en casa (las de ver, en lenguaje de mi familia) y que no era posible encontrar la palabra poliuretano porque ya era imposible de por si leer ni una sola letra diminuta de aquellos botes. Y digo yo, si existen teléfonos con números grandes, ¿por qué no hacen botes de barniz con letras grandes?, no lo entiendo, la verdad. Me acerqué a un dependiente y le pedí el ansiado barniz. Nada, que no era mi día, me miró cómo si me hubiera metido con su madre y me repitió lo mismo que el del brico-viga. Otra vez decepcionada, hasta me llegué a cuestionar si "el youtubero" se había confundido con el material que yo necesitaba para restaurar mis manillas. Al salir recordé que muy cerca de allí había una tienda-ferretería-mueblería-pinturería-cocinería..., al que había ido en contadas ocasiones, no me preguntéis el por qué tampoco. Entré y eché una mirada al tendido, dependientes atendiendo a los clientes de forma personalizada, me gustó la idea. Esperé a que alguno acabara, cuando desde la caja oí un: !Hola, te puedo ayudar?. Ese timbre de voz me resultó tristemente parecido, no hace falta que explique el por qué...

Levanté la mirada y lo vi, os juro que su pelo, aquellos ojos, su voz..., qué escalofriante deja vu. Me volvió a repetir !hola!, primero ladeando su cabeza y después sonriendo. Hola, le dije mientras le devolvía la sonrisa tras la mascarilla: "quería barniz de politiano, politureano, polimetano,..". Cerré los ojos y me dije en silencio, "tranquila, sólo se parece, es una coincidencia, lo dirás bien, !!!!POLIURETANO!!!!". Con una sonrisa que se adivinaba tras la mascarilla, salió del mostrador y me llevó a la zona de pinturas. Yo caminaba detrás de él y os lo juro por mi vida, caminaba exactamente igual, esa forma de mover los brazos, su cuerpo delgado y alto, pensé que me estaba volviendo loca, un poco más. Me puso delante de la cara un bote de barniz de poliuretano para madera, le dije que lo quería para metal, y frunció las cejas como él solía hacerlo cuando se le llevaba la contraria. Se puso a leer las minúsculas letras del bote de barniz, cada letra, con tanta calma que se apoyó en una estantería y cruzó las piernas mientras una de sus manos sujetaba el bote y la otra la metía en el bolsillo. No me lo podía creer, era como un clon de él. Quería que siguiese leyendo todos los botes de barniz y pintura de aquella tienda, quería seguir mirándolo, quería seguir allí sin pestañear para no perderme ni un átomo de aquel chico. "No pone nada de aplicar sobre metal, sólo sobre madera, pero puedes llevar un barniz en spray, aunque no es de poliuretano". En ese momento le hubiese comprado una hormigonera con tal de que siguiera hablando conmigo un rato más, pero no tenían hormigoneras a la vista. Le di las gracias y estiró su brazo en forma de reverencia para dejarme pasar delante suya (el mismo gesto que hacía Juan siempre para dejarme pasar, no me lo podía creer). Salí de la tienda sonriente, mantuve la sonrisa hasta llegar a casa, hasta meterme en la ducha y ponerme a llorar con hipo mientras escurría mi espalda sobre los azulejos. Me quedé allí hasta que empecé a toser y ahogarme con el agua que salía de aquella ducha- catarata. 

Me quedé toda la noche pensando en aquel chico y las casualidades. No era él, pero era tan parecido, tenía tanto de él, me recordaba tanto ...

Prometí volver. Y volví otro día a comprar 100 tornillos, seguía sin haber hormigoneras a la vista. Y volví a llorar. Y después una campana extractora, y unas tijeras de podar... 

Él se va a hartar de verme, acabaré en un calabozo con una denuncia por acoso, y yo no dejaré de llorar.

Buena noche.