Los dioses de bata blanca me ponen enferma. Ya sé que es una contradicción, una antítesis, pero explicaré por qué lo digo. Llevo un par de meses cuidando de mi hijo enfermo, que entra y sale de los hospitales sin encontrar una solución a su problema de salud. ¿Y cuál es el por qué?. Ufffff, a ver como lo cuento sin crear un problema entre sanitarios.
Existen varios tipos de profesionales médicos. Los médicos son como una bolsa de caramelos de distintos sabor: los hay que disfrutan con su trabajo, los empáticos, los clínicos, los de mirada caída al suelo, los de las manos en los bolsillo de la bata, los paseantes de fonendo, los ovejeros, los extras, los raros y por último los inútiles dioses de bata blanca.
Los "médicos que básicamente son tipo" son esos galenos que creen ser "alguien importante" por el hecho de haber estudiado en sus años mozos, seguramente mientras sus madre les preparaban un caldo de gallina los fines de semana y se encargaban de recordarle a gritos a todas las vecinas del bloque que "mi pequeño estudia para médico" en la prestigiosa (y única, sea dicho de paso) universidad de Santiago de Compostela.
Los "médicos que disfrutan", son aquellos que te pueden hacer una consulta en el pasillo de un servicio en treinta segundos y dejarte convencida de que su diagnóstico es lo más acertado que existe en la vida. A estos los adoro.
Los "empáticos" son los que me maravillan, los se cruzan buscando tu mirada, te responden con una sonrisa, y si detectan en tí el menor atisbo de tristeza, no tendrán problema en pararse contigo, acariciar tu brazo actuando de toma de tierra para descargar tu pena. Los adoro.
Los "clínicos" se dedican a recoger el máximo de informacion del proceso, asépticos en sentimientos, encorbatados, respetables y respetados, los más seguros, los más eficaces y a los que recomendarías siempre.
Los "de mirada al suelo", tímidos enfermizos, posibles víctimas de los familiares más agresivos, a los que casi apetece abrazar y decirle al oído "ya está, hala, ya pasó", ahora vete al baño y sécate las lágrimas. Todo está bien.
Los "paseantes de fonendo" son los que realizan grandes caminatas a través de los pasillos del hospital y los que cada vez que se cruzan con un humano, realizan un gesto muy caracteristico: estiran el cuello hacia delante hasta extremos insospechados a la vez que encajan su fonendo de marca clásica en la hendidura ya hecha en su cuello. Y así caminan hasta llegar al próximo humano para repetir su oxidado gesto.
Los "de mano en el bolsillo de la bata" son los típicos, los que jamás intercambiarían un saludo con los pacientes, jamás dan la mano, su preciado tesoro, esas manos que revuelve entre las pelotillas de los hilos del bolsillo de su almidonada bata. Estos me dan grima.
Los "ovejeros", esos pobres futuros médicos que se dedican a perseguir a su adjunto, siempre detrás, dando pequeños saltitos borregueros silentes para no molestar a su admirada "fuente de sabiduría", el cuál generalmente suele ser "uno de mano en bolsillo de la bata".
Los "extras" son aquellos médicos que están desubicados, no tienen lider, pero cuando se topan con otro grupo de batas blancas se entretejen entre ellos de forma disimulada para no ser descubiertos por sus pacientes y sentirse protegidos.
Y por fin, los inútiles dioses de bata blanca, mis preferidos, a los que dedico este blog. Estos días he tenido la oportunidad de conocer a un par de estos especímenes, y a los que a día de hoy "sigo sufriendo". Se hacen llamar doctores, cuando la gran mayoria son Licenciados por carecer del doctorado que le daría dicho título. No les gustan los tuteos, me refiero a los respetuosos, a los que facilitan una información sin clasismos ni diferencias humanas. Tengo que decirlo, me revienta la creencia por parte de estos licenciados que levitan un centímetro por encima del suelo con la falsa creencia de que sus pacientes y los que los rodean están un escalón por debajo del suelo que ellos pisan.La prepotencia, la falsa creencia de su sapiencia hace que crean poseer la verdad absoluta y esto los convierte en los mayores estafadores de la historia de la medicina, ya que su falsa apariencia no corresponde con su sapiencia, de ahí ese afán por demostrar sus diferencias humanas.
Inútiles dioses de bata blanca, esos a los que me apetecería bajarles los pantalones y darles unos cachetes por prepotentes y ridículos. Si por mi fuera, los humillaría, y cierto que ello es fácil, no suelen ser inteligentes, repiten frases y ejemplos sistematicamente, siempre los mismos y cuando los desvías un poco del tema, te das cuenta de la pérdida de orientación que sufren, no saben defender sus convicciones, no saben volver a sus rancios razonamientos y es cuando, rápidamente se ponen en pie y te dirán que van a atender una urgencia. Mentira, es la huída del cobarde.
Por desgracia sufro a un par de elementos de estos en la asistencia de mi hijo, cosa que me enfada y desespera, ya que se dedican a apoyarse en la misma idea peregrina para justificar cualquier diagnóstico por el simple hecho de no saber solucionar el caso concreto. Dios nos coja confesados caer en sus manos, diría mi abuela, porque como "metan la pata" con el diagnóstico de mi hijo, me encargaré personalmente de que con sus batas blancas hagan trapitos para limpiar los cristales en su casa por siempre jamás. Lo juro. Buena noche. Y buena suerte hijo.
domingo, 31 de enero de 2016
sábado, 23 de enero de 2016
UNA PESADILLA REAL
He pensado cómo lo haría, sin ofensas, sin palabras mal sonantes, sin acritud...
Ante todo decir que soy enfermera vocacional, eso significa que me gusta mi trabajo, cuidar de personas que están pasando un mal momento e intentar acompañarlas en su proceso. Dicho esto, mi historia-pesadilla comienza así:
Hace un mes y medio mi hijo pequeño comenzó con un dolor que le limitaba su vida, su descanso, su normalidad. Después de peregrinar por hospitales buscando un diagnóstico, un tratamiento, buscando profesionales con ganas de ayudar, sólo encontramos a desmotivados que trataron a mi pequeño como si estuviese simulado su dolor para conseguir algún tipo de beneficio como no tener que ir al cole, querer mimos, vamos, básicamente dejarse acribillar sus pequeños brazos tener problemas con una supuesta novia...
Ante todo decir que soy enfermera vocacional, eso significa que me gusta mi trabajo, cuidar de personas que están pasando un mal momento e intentar acompañarlas en su proceso. Dicho esto, mi historia-pesadilla comienza así:
Hace un mes y medio mi hijo pequeño comenzó con un dolor que le limitaba su vida, su descanso, su normalidad. Después de peregrinar por hospitales buscando un diagnóstico, un tratamiento, buscando profesionales con ganas de ayudar, sólo encontramos a desmotivados que trataron a mi pequeño como si estuviese simulado su dolor para conseguir algún tipo de beneficio como no tener que ir al cole, querer mimos, vamos, básicamente dejarse acribillar sus pequeños brazos tener problemas con una supuesta novia...
Nadie llegaba a verlo con la ternura que transmite un niño de doce años que está sufriendo uno de los peores dolores existentes. Después de múltiples asistencias, ante la persistencia del cuadro clínico durante semanas, acabamos "mendigando ayuda" para el alivio de su tortura en un moderno hospital de Vigo. Allí llegamos con la esperanza de que alguien lo ayudaría, le prometí que habíamos llegado por fin al centro dónde descubrirían la causa, que verían que estaba sufriendo mucho y que se pondrían manos a la obra. Tuvimos la falsa sensación de que ya habíamos llegado al final de un peregrinaje absurdo que nadie entendía.
He dejado que mi hijo alivie su dolor apretándome las manos, tomando antinflamatorios sin que él lo supiera para que tuviera disponible en ese "apretón de manos" el alivio que no conseguía con sus inútiles y desganadas asistencias. En algunos momentos reconozco haber tocado fondo, muy a mi pesar y le he dicho en alto en múltiples ocasiones "ojalá yo pudiera quitarte el dolor, ojalá que me doliera a mí y no a tí". He tenido que escuchar de boca de mi hijo "mamá no, no quiero que te duela a tí, prefiero tener yo el dolor, prefiero que tú me cuides".
He llorado de impotencia, de miedo, de desesperación, de angustia, de la tristeza que sentía con cada crisis de dolor que sufría mi hijo. Muchas veces me ha preguntaba "¿mamá, me estoy muriendo?, ¿ésto me pasa porque fui malo?, ¿por qué no creen este dolor?...
Y yo no tenía respuestas logicas para sus preguntas, no tenía palabras para responderle, sólo abrazos impotentes y cargados de rabia, mucha rabia ...
No puedo explicar con palabras lo que me dolía por dentro todo, la desesperación que sentía al no poder ayudarlo, las promesas incumplidas de "éste es el último dolor que tendrás", la sensación que me produjeron de acuchillarme mientras les pedía ayuda, sin importarles lo más mínimo la angustia que me superaba cada vez más.
Mendigué asistencia para mi hijo en este moderno hospital, creí que lo ayudarían, que le pondrían un nombre a su enfermedad y saldríamos de allí con un tratamiento que haría que mi hijo volviera a tener una vida normal. Pero no, estaba completamente equivocada, allí tampoco sería dónde encontraría el alivio. Mi esperanzada era un sueño y metí a mi hijo en una auténtica ratonera, y lo peor de todo era que sentía que había fallado a mi hijo otra vez, que mi promesa se había convertido nuevamente en humo.
No puedo explicar con palabras lo que me dolía por dentro todo, la desesperación que sentía al no poder ayudarlo, las promesas incumplidas de "éste es el último dolor que tendrás", la sensación que me produjeron de acuchillarme mientras les pedía ayuda, sin importarles lo más mínimo la angustia que me superaba cada vez más.
Mendigué asistencia para mi hijo en este moderno hospital, creí que lo ayudarían, que le pondrían un nombre a su enfermedad y saldríamos de allí con un tratamiento que haría que mi hijo volviera a tener una vida normal. Pero no, estaba completamente equivocada, allí tampoco sería dónde encontraría el alivio. Mi esperanzada era un sueño y metí a mi hijo en una auténtica ratonera, y lo peor de todo era que sentía que había fallado a mi hijo otra vez, que mi promesa se había convertido nuevamente en humo.
Ingresó en el servicio de Pediatría, allí dónde esperas que lo recibieran como lo que era, un niño asustado, con un dolor insoportable que no ha buscado ni merecido, buscando en aquel servicio la respuesta a lo que estaba ocurriendo, esperando encontrar a personas que lo ayudaran, qué ilusa fui.
No fué así, desde el primer día lo trataron como un farsante porque no gritaba, porque no adoptaba la posición corporal que ellos creían que debía poner, porque su dolor lo intentaba controlar con la respiración, porque era un niño resignado, porque su sonrisa entre dolor y dolor no era valorada como la sonrisa limpia de un niño, allí lo interpretaron como un mentiroso que se retorcía porque su madre estaba absolutamente ciega y no veía la ganancia que su hijo conseguía fingiendo eso dolor inexistente.
Yo conozco a mi hijo, lo he llevado dentro, lo he parido y convivo día a día con él, sé cuando está felíz y cuando está mal, y juro por mi vida que jamás lo había visto así . Pués bien, en aquel servicio tanto mi hijo como yo tuvimos que demostrar a unos incrédulos "profesionales" con una interconsulta que yo misma solicité que mi hijo no mentía y que su dolor era real, tan real que no me explico como no se volvió loco. Y así quedó demostrado en aquel informe que mi hijo no mentía, ni manipulaba, que "a mí hijo le dolía su dolor", que todo aquel tormento era real.
Ese dolor de mi hijo comenzaba de forma aguda en cualquier momento y cedía en unos minutos de forma brusca, en esos momentos de calma, mi hijo disfrutaba de su "no dolor" como lo haría cualquier niño de su edad, con una sonrisa de calma, jugando con mis dedos o abrazándome mientras me decía "ya está mamá, ya pasó, que no vuelva más".
Ese dolor de mi hijo comenzaba de forma aguda en cualquier momento y cedía en unos minutos de forma brusca, en esos momentos de calma, mi hijo disfrutaba de su "no dolor" como lo haría cualquier niño de su edad, con una sonrisa de calma, jugando con mis dedos o abrazándome mientras me decía "ya está mamá, ya pasó, que no vuelva más".
Una de esos días de ingreso, caminábamos los dos por delante del control de enfermería, dónde había personal sentado t delante de los ordenadores, cuándo de pronto comenzó el dolor agudo. Se abrazó a mí, se retorcía de pie, yo intentaba agarrarlo para que no se cayera, le decía que pronto pasaría mientras tragaba lágrimas de bilis mirando hacia el control. Nadie, NADIE se levantó a ayudarnos, simplemente observaban la situación desde el otro lado del mostrador, parecía maldito toril. Yo las miraba mientras mi hijo se encogía de dolor, les pedía ayuda con la mirada, pensaba "por favor ignorarme a mí, a él no, ayudadlo". Ni un movimiento de auxilio, ni un gesto de empatía, ni una palabra de ayuda, sólo miradas juzgando a una madre y a un hijo que se derrumban al mismo tiempo con un dolor incomprensible...
Alguien se acercó a nosotros, se presentó como Tere, enfermera de nutrición y abrazó a mi hijo preguntándonos qué le ocurría, animándole con voz suave a llegar hasta la habitación y diciéndole que pronto pasaría, que lo ayudaría, que lo aliviaría. Se me llenaron los ojos de lágrimas, le di las gracias, por fín alguien "nos veía", después de un mes siendo invisibles. Me giré hacia el control, las miré a cada una de ellas y tragué las lágrimas que ellas deseaban ver como señal de debilidad. Jamás me han visto llorar, no les di el gusto de ver mi debilidad. No volví a mirar hacia el control, ni a sonreír, ni a dar las gracias, ni a respirar cuando me cruzaba con las que supuestamente erancompañeras de profesión. Estuvimos sobreviviendo en un ambiente hostil, y así continué incluso después de que aquel informe confirmara el dolor real de mi hijo. He maldecido mi profesión por momentos, me he sentido abandonada por mi propio gremio, nos han juzgado injustamente, han "disfrutado" del control al que nos sometían día a día, y no lo supongo, lo sé porque además de sentirlo, sé lo redactado por esas mentes enfermas en la historia clínica de mi pequeño, cada palabra escrita en su contra, cada frase con la que se han atrevido a juzgarnos sin molestarse en ningún momento en pensar el daño que estaban sumando a una desesperación absoluta.
Alguien se acercó a nosotros, se presentó como Tere, enfermera de nutrición y abrazó a mi hijo preguntándonos qué le ocurría, animándole con voz suave a llegar hasta la habitación y diciéndole que pronto pasaría, que lo ayudaría, que lo aliviaría. Se me llenaron los ojos de lágrimas, le di las gracias, por fín alguien "nos veía", después de un mes siendo invisibles. Me giré hacia el control, las miré a cada una de ellas y tragué las lágrimas que ellas deseaban ver como señal de debilidad. Jamás me han visto llorar, no les di el gusto de ver mi debilidad. No volví a mirar hacia el control, ni a sonreír, ni a dar las gracias, ni a respirar cuando me cruzaba con las que supuestamente erancompañeras de profesión. Estuvimos sobreviviendo en un ambiente hostil, y así continué incluso después de que aquel informe confirmara el dolor real de mi hijo. He maldecido mi profesión por momentos, me he sentido abandonada por mi propio gremio, nos han juzgado injustamente, han "disfrutado" del control al que nos sometían día a día, y no lo supongo, lo sé porque además de sentirlo, sé lo redactado por esas mentes enfermas en la historia clínica de mi pequeño, cada palabra escrita en su contra, cada frase con la que se han atrevido a juzgarnos sin molestarse en ningún momento en pensar el daño que estaban sumando a una desesperación absoluta.
No perdono, no olvido, jamás lo haré porque lo han hecho por no tener un criterio propio, por no darle a mi hijo una posibilidad de credibilidad, hicieron daño prolongado en el tiempo, sin el más mínimo signo de bondad ni empatía hacia un niño que estaba sufriendo, y por supuesto, sin justificación alguna a una actitud de desprecio absoluto.
Dos personas, una auxiliar y un pediatra me sirvieron de válvula de escape al destrozo emocional, implicándose a espaldas de sus compañeros, lo sé, eso es media valentía. Sólo ellos le hablaban y le hacían reír, yo los miraba desde el sillón emocionada y agradecida. Dr. Ruiz y Duly, gracias por ser personas y tener un criterio propio. A los demás, aún habiendo pasado una de las peores experiencias de mí vida, os deseo que nunca os cruceis a profesionales como vosotros sois, que no os encontréis nunca en la misma situación, que vuestros hijos crezcan sanos y protegidos, que nunca sintáis el desgate físico y psicológico que habéis provocado en mi familia, sin sentido y sin merecerlo. Sabed que, aún habiendo tratado a mi hijo con una indiferencia injusta y cruel, siguiéndole el juego a un par de pediatras desalmados e ignorantes, sí ignorantes, cumpliendo órdenes que carecían de la más mínima humanidad, sin querer ver el daño que estabais provocando a un niño, sirviendo a las hienas con sus falsas teorías, si en algún momento ingresarais vosotras o algún familiar en mi servicio, os trataría con absoluta corrección, con la empatía y el respeto que me merece cualquier paciente, jamás repetiría lo que vosotros habéis hecho con mi hijo y el resto de su familia.
No pienso callar la experiencia, sirva para que cada uno se reconozca en mis palabras y animo a que todo paciente que sufra una situación similar por parte del personal encargado de vuestros cuidados, por justicia y por el bien de vuestras familias, los denunciéis. Buena noche.
Dos personas, una auxiliar y un pediatra me sirvieron de válvula de escape al destrozo emocional, implicándose a espaldas de sus compañeros, lo sé, eso es media valentía. Sólo ellos le hablaban y le hacían reír, yo los miraba desde el sillón emocionada y agradecida. Dr. Ruiz y Duly, gracias por ser personas y tener un criterio propio. A los demás, aún habiendo pasado una de las peores experiencias de mí vida, os deseo que nunca os cruceis a profesionales como vosotros sois, que no os encontréis nunca en la misma situación, que vuestros hijos crezcan sanos y protegidos, que nunca sintáis el desgate físico y psicológico que habéis provocado en mi familia, sin sentido y sin merecerlo. Sabed que, aún habiendo tratado a mi hijo con una indiferencia injusta y cruel, siguiéndole el juego a un par de pediatras desalmados e ignorantes, sí ignorantes, cumpliendo órdenes que carecían de la más mínima humanidad, sin querer ver el daño que estabais provocando a un niño, sirviendo a las hienas con sus falsas teorías, si en algún momento ingresarais vosotras o algún familiar en mi servicio, os trataría con absoluta corrección, con la empatía y el respeto que me merece cualquier paciente, jamás repetiría lo que vosotros habéis hecho con mi hijo y el resto de su familia.
No pienso callar la experiencia, sirva para que cada uno se reconozca en mis palabras y animo a que todo paciente que sufra una situación similar por parte del personal encargado de vuestros cuidados, por justicia y por el bien de vuestras familias, los denunciéis. Buena noche.
miércoles, 30 de diciembre de 2015
NO LO OLVIDES EN NAVIDAD
Qué bonito descubrir en la Navidad, ese periodo de falsa paz, amor rancio, besos babosos, cenas precursoras de la tercera guerra mundial, deseos mentirosos, felicitaciones hipócritas, abrazos calcificados, vinos envenenados..., que cuando necesitas ayuda, eres más que transparente.
Aún recuerdo cuando mis padres me decían: " si no eres buena, los Reyes Magos, que todo lo ven y todo lo saben, no te traerán tus regalos". Y ciertamente, esa frase lapidante me convertía en la niña más buena del mundo, más que blancanieves si cabe, más que la Madre Teresa de Calcuta. Vamos, que si hacía falta, vendía mi alma al diablo por conseguir aquella "Pepa" a la que se le pegaba la cara con trozos de fieltro. Me hubiese vuelta monjita de las misiones para demostrarles a aquellos tres que venían en camello que era la niña más buena del planeta.
Reconozco que en esa época donde creía en la bondad humana, disfrutaba de las fiestas.Me gustaba aquella mesa que preparaba mi tía, hoy envejecida y delicada como sus copas de cristal. Aquella casa olía a comida rica y diferente, fuentes por todos lados, calor humano del de verdad, del que te abraza, turrones de navidad, de los que te partías un diente si osabas morderlo golosamente, mi tío liando sus pitillos en la mecedora, mis primos, eran los mayores de aquel clan de chiquillos que corrían por el suelo de madera y mi tía nos avisaba que subiría Esther a reñirnos porque le temblaban las lámparas con nuestras carreras. Nunca entendí porque el peso de un niño o sus carreras movían los pilares de un edificio. Y sigo sin entenderlo, pero bueno.
Volviendo al tema, era una época bonita en la que creías fielmente en los deseos de la gente, en que los abrazos eran reconfortantes, en la que los favores se cumplían mágicamente, en la que la ayuda se ofrecía sin intereses anticipados, en la que cuando un familiar tenía un problema se vendía lo que fuera para ayudarlo, en la que cuando alguien sufría se avisaba al médico de la familia y en nada lo tenías a pié de tu cama si no curándote, intentando el consuelo.
Hoy, ni rastro de lo de antaño. Es como si hubiese sido un sueño, algo obligado al olvido. Hoy somos como hormigas, caminamos por la calle reconociéndonos como humanos, a ser posible con la mirada perdida en el horizonte para nublar la visión directa, saludando a los conocidos con un murmullo indescriptible, pero procurando interaccionar lo mínimo como mucho, o nada, lo deseable.
Estos dáis no son buenos para mi hijo. Estamos acostumbrándonos a no buscar ayuda, a ser autosuficientes, a que pedir socorro se convierta en algo extremo, sólo cuando el agua ha superado el nivel de tu cabeza. Hay momentos en los que tú mismo reconoces las limitaciones. Pues bueno, mi hijo ha necesitado, necesita y necesitará en los proximos días la ayuda de cierto tipo de profesionales no prescindibles. No prescindibles significa que si yo pudiera prescindir de ellos y solucionar todos los problemas de mis hijos, no me llamaría mamá, me llamaría DIOS.
Pues al grano, algunos de estos profesionales, cuando los problemas, el dolor, la angustia y el miedo no les toca su propia médula desarrollan una capacidad cuasi cómica de separación de sus "clientes" altamente dañina. El igual, el ser humano que tienen de frente se vuelve invisible, inaudible, increible, antipático, molesto, incordiante... alguien que viene a romper su sagrado descanso, a retrasar su cena, a interrumpir su guardia de paz, a quebrar su viciado equilibrio... da igual que se retuerza sin piedad durante semanas, que se haya acostumbrado al dolor, que siga manteniendo una triste sonrisa en su rostro, que sea un niño...
!!!!!QUE SEA UN NIÑO, MALDITA SEA, UN NIÑO!!!!!. Ya está dicho. Me importa un bledo la ofensa, la crítica, que alguien de la profesión se sienta ofendido, ME IM POR TA UN BLE DO.
Soy sanitaria, de esas que cogen manos, abrazan si hace falta, acaricio, consuelo, comparto, empatizo, sonrio, soluciono, hago favores si están a mi alcance, ayudo, consulto, facilito. Y mi hijo lleva veinte días encontrándose indiferencia, pasotismo, miradas al suelo, se ha vuelto transparente, no lo ven, no lo sienten, no lo escuchan, no les genera la ternura de un niño que sufre, no les funciona el sistema límbico, esa parte del cerebro que controla las emociones y motivaciones, la necesidad de ayudar a los iguales, no les enternece un niño que sufre ni en Navidad...
Estoy enfadada con mis iguales, esos tan diferentes, tan despegados, tan despersonalizados.
Al resto, feliz navidad. Y buena noche. Y buena suerte.
Aún recuerdo cuando mis padres me decían: " si no eres buena, los Reyes Magos, que todo lo ven y todo lo saben, no te traerán tus regalos". Y ciertamente, esa frase lapidante me convertía en la niña más buena del mundo, más que blancanieves si cabe, más que la Madre Teresa de Calcuta. Vamos, que si hacía falta, vendía mi alma al diablo por conseguir aquella "Pepa" a la que se le pegaba la cara con trozos de fieltro. Me hubiese vuelta monjita de las misiones para demostrarles a aquellos tres que venían en camello que era la niña más buena del planeta.
Reconozco que en esa época donde creía en la bondad humana, disfrutaba de las fiestas.Me gustaba aquella mesa que preparaba mi tía, hoy envejecida y delicada como sus copas de cristal. Aquella casa olía a comida rica y diferente, fuentes por todos lados, calor humano del de verdad, del que te abraza, turrones de navidad, de los que te partías un diente si osabas morderlo golosamente, mi tío liando sus pitillos en la mecedora, mis primos, eran los mayores de aquel clan de chiquillos que corrían por el suelo de madera y mi tía nos avisaba que subiría Esther a reñirnos porque le temblaban las lámparas con nuestras carreras. Nunca entendí porque el peso de un niño o sus carreras movían los pilares de un edificio. Y sigo sin entenderlo, pero bueno.
Volviendo al tema, era una época bonita en la que creías fielmente en los deseos de la gente, en que los abrazos eran reconfortantes, en la que los favores se cumplían mágicamente, en la que la ayuda se ofrecía sin intereses anticipados, en la que cuando un familiar tenía un problema se vendía lo que fuera para ayudarlo, en la que cuando alguien sufría se avisaba al médico de la familia y en nada lo tenías a pié de tu cama si no curándote, intentando el consuelo.
Hoy, ni rastro de lo de antaño. Es como si hubiese sido un sueño, algo obligado al olvido. Hoy somos como hormigas, caminamos por la calle reconociéndonos como humanos, a ser posible con la mirada perdida en el horizonte para nublar la visión directa, saludando a los conocidos con un murmullo indescriptible, pero procurando interaccionar lo mínimo como mucho, o nada, lo deseable.
Estos dáis no son buenos para mi hijo. Estamos acostumbrándonos a no buscar ayuda, a ser autosuficientes, a que pedir socorro se convierta en algo extremo, sólo cuando el agua ha superado el nivel de tu cabeza. Hay momentos en los que tú mismo reconoces las limitaciones. Pues bueno, mi hijo ha necesitado, necesita y necesitará en los proximos días la ayuda de cierto tipo de profesionales no prescindibles. No prescindibles significa que si yo pudiera prescindir de ellos y solucionar todos los problemas de mis hijos, no me llamaría mamá, me llamaría DIOS.
Pues al grano, algunos de estos profesionales, cuando los problemas, el dolor, la angustia y el miedo no les toca su propia médula desarrollan una capacidad cuasi cómica de separación de sus "clientes" altamente dañina. El igual, el ser humano que tienen de frente se vuelve invisible, inaudible, increible, antipático, molesto, incordiante... alguien que viene a romper su sagrado descanso, a retrasar su cena, a interrumpir su guardia de paz, a quebrar su viciado equilibrio... da igual que se retuerza sin piedad durante semanas, que se haya acostumbrado al dolor, que siga manteniendo una triste sonrisa en su rostro, que sea un niño...
!!!!!QUE SEA UN NIÑO, MALDITA SEA, UN NIÑO!!!!!. Ya está dicho. Me importa un bledo la ofensa, la crítica, que alguien de la profesión se sienta ofendido, ME IM POR TA UN BLE DO.
Soy sanitaria, de esas que cogen manos, abrazan si hace falta, acaricio, consuelo, comparto, empatizo, sonrio, soluciono, hago favores si están a mi alcance, ayudo, consulto, facilito. Y mi hijo lleva veinte días encontrándose indiferencia, pasotismo, miradas al suelo, se ha vuelto transparente, no lo ven, no lo sienten, no lo escuchan, no les genera la ternura de un niño que sufre, no les funciona el sistema límbico, esa parte del cerebro que controla las emociones y motivaciones, la necesidad de ayudar a los iguales, no les enternece un niño que sufre ni en Navidad...
Estoy enfadada con mis iguales, esos tan diferentes, tan despegados, tan despersonalizados.
Al resto, feliz navidad. Y buena noche. Y buena suerte.
jueves, 10 de diciembre de 2015
Y SIN EMBARGO, ME GUSTA
Aquella mañana decidí lo que iba a estudiar, lo que quería ser, a lo que quería llegar. Y me costó, pero lo hice. Decidí trabajar en el mundo sanitario, que aunque suena como una entrega y aunque casi te encuadra en el mundo del altruismo, tiene sus aristas cortantes.
Trabajo en un servicio de urgencias y me gusta. Claro que a supermán también le gustaba volar...
Hace dos días tuvimos una noche de esas en las que cuando acabas no tienes ganas de hablar, sólo ves en tus compañeros bostezos, te da igual tu aspecto y llevar los ojos abiertos al salir del turno es toda una proeza. Cansados no sería la palabra correcta, sería algo más contundente, agotados, al límite, consumidos...
Pués bien, cansa el esfuerzo físico, pero más el psíquico, una parte que la mayoría de las veces ignora el usuario. Cuando entramos en cada turno tenemos que hacer el paseillo por el servicio para llegar a la sala de personal, ese paraíso donde los pacientes piensan que nos "repanchingamos " a tomar café todo el día. Siento decirles que eso es físicamente imposible por las dimensiones de dicha sala, que exactamente mide 9 m2, ocupados por un armario, dos sillones ajados por su uso, un mesado y una mesita central, como la que usted tiene delante de la televisión en su hogar. Y ese espacio lo compartimos 13 personas, con lo cual si hago cálculos disfrutamos aproximadamente de 60 cm2 por persona. Ya ven, imposible sentarse. Pués eso, nos ven pasar con nuestras bolsas, y en alguna ocasión hemos escuchado: "ahí van, tartas, pasteles, hoy tienen fiesta". Y seguramente la tendremos, pero no del tipo que usted cree.
Comienza el turno, vamos, dame el cambio. Aquello no es una carpeta de cambio, aquello es la lista de candidatos al Congreso... es imposible que todos esos pacientes estén en el servicio, estoy empezando a pensar que han habilitado las rotondas de la entrada como hospital de campaña. Y nada más llegar, todo el mundo te pregunta si tardarán mucho los resultados, que si lo van a llevar a hacer la placa, que llevan horas esperando al internista, que la camilla es muy incómoda, que si yo sin almohada no puedo estar, que ... y a esas alturas, sabiendo que sólo llevas unos minutos en el servicio, ya te has mordido la lengua en varias ocasiones.
Voy a coger una vía al Box 3 izquierda, amablemente invitas al acompañante a esperar en la sala de espera mientras realizas tu trabajo explicándoles que el espacio es muy reducido y necesitas moverte libremente. Ni se levanta, y pienso: "quizás no me ha oído". Lo repito en tono un poco más alto, él te mira, pero no responde. Autista pienso, hasta que me dice: "sé mis derechos" en tono muy poco amigable, puñetero pienso. Y allí intento hacer mi trabajo, pasándole el carro del electro por encima de los pies, golpeándolo con el carro de curas, haciéndole sujetar la papelera llena de restos... siempre acaban saliendo a fumar un cigarro, aunque no fumen. Me da igual...
Le preguntas al paciente cómo se encuentra y recibes una tos en toda la cara. No hablan, sólo saben demostrar. Y las tos es amable, ni contar quiero cuando acuden con aerofagia o con su abdomen repleto de gases, eso roza lo denunciable. Tampoco disfruto mucho de aquellos pacientes que te dicen: "me dan mucho miedo las vías" y tú les das una mano para que no sientan temor, y ahí comienza lo difícil. Ellos no te soltarán la mano, realmente piensan que se la has regalado, te la apretarán hasta la isquemia, sus uñas quedarán marcadas para siempre jamás y mientras, con tu mano libre abrirás paquetes de gasas, colocarás el compresor, cogerás la vía, harás la analítica..., eso sí, con una sola mano, la otra la has perdido para siempre... muchás veces he pensado en reconvertirme a acróbata.
Y ya de vuelta al control, alguien te para por el pasillo para plantarte en la cara un bote lleno de material verdoso y preguntarte si con esa cantidad de esputo llega o si sigue llenándolo. Cojo el bote y cierro los ojos, no quiero verlo, me da igual si son verdes o azules.. Llego a mi puesto y me siento para registrar en la hoja del paciente mi labor, y siempre oyes por lo bajini, "vesssssss, todo el día sentadas". Podría levantar la mirada, podría encararme, podría decirle cuatro cosas, pero no, prefiero la ignorancia del cobarde.
Suena el timbre del vital, es prioritaria la atención en dicho box, dejas lo que estás haciendo y te diriges allí al galope. Y siempre hay alguna mala baba que dice: "ves, lo que te dije, es el timbre del café, ahí van todos a la sala". Tengo que dejar de tomar café, me están entrando muchas ganas de asesinar...
Y mientras atiendes la emergencia, siempre hay algún descerebrado que aprovecha que sales de la sala de críticos para preguntarte si van a tardar mucho en atenderlo, que su hijo tiene un cumple y que no llega... Os juro que mil veces he estado tentada a decir: "Siiiiii mujer, cuando acabemos de reanimar a su madre ya le atendemos para que el niño llegue al cumpleaños felízzzz"...
Llega una madre muy nerviosa preguntando por su hijo, le han avisado que estaba en el servicio porque se encontraba "un poco mal". El niño se ha corrido una juerga de porrillos y alcohol con sus 16 añitos. La madre se arroja a su cuello, lo besa, le acaricia la frente y le pregunta: ¿quién fue el desgraciado que te ha hecho esto?. A estas alturas ya nada me sorprende, no tengo ganas de contestarle, me da igual, solo piendo que si es mi hijo lo escoño. Qué diferentes somos...
Nunca piensas en las horas que han pasado, sólo piensas en las que te quedan. A medida que pasa el tiempo eres como un fuelle que pierde aire, físicamente es duro, psíquicamente es agotador. Y si acabas el turno sin la oferta de un sopapo por parte de algún troglodita, date por salvada.
Los que trabajamos en los servicios de urgencias somos absolutamente vocacionales, nos gusta este trabajo, nos enfrentamos a situaciones críticas, tenemos la capacidad de centrar nuestros esfuerzos en salvar una vida sin ver caras, ni razas, ni creencias, sólo vidas humanas. Pero también sentimos, tenemos miedo, familiares que nos necesitan, nosotros enfermamos, nuestros hijos vomitan, tosen y tienen fiebre como los suyos, me gustaría pasar la navidad con mis amores, un fin de semana sin trabajar, celebrar el cumpleaños con los míos...
Somos humanos como vosotros, sentimos, lloramos, nos agobiamos, necesitamos estar con los que nos aman, también hemos perdido familia, echamos de menos...¿Me entiendes?. Buena noche.
Trabajo en un servicio de urgencias y me gusta. Claro que a supermán también le gustaba volar...
Hace dos días tuvimos una noche de esas en las que cuando acabas no tienes ganas de hablar, sólo ves en tus compañeros bostezos, te da igual tu aspecto y llevar los ojos abiertos al salir del turno es toda una proeza. Cansados no sería la palabra correcta, sería algo más contundente, agotados, al límite, consumidos...
Pués bien, cansa el esfuerzo físico, pero más el psíquico, una parte que la mayoría de las veces ignora el usuario. Cuando entramos en cada turno tenemos que hacer el paseillo por el servicio para llegar a la sala de personal, ese paraíso donde los pacientes piensan que nos "repanchingamos " a tomar café todo el día. Siento decirles que eso es físicamente imposible por las dimensiones de dicha sala, que exactamente mide 9 m2, ocupados por un armario, dos sillones ajados por su uso, un mesado y una mesita central, como la que usted tiene delante de la televisión en su hogar. Y ese espacio lo compartimos 13 personas, con lo cual si hago cálculos disfrutamos aproximadamente de 60 cm2 por persona. Ya ven, imposible sentarse. Pués eso, nos ven pasar con nuestras bolsas, y en alguna ocasión hemos escuchado: "ahí van, tartas, pasteles, hoy tienen fiesta". Y seguramente la tendremos, pero no del tipo que usted cree.
Comienza el turno, vamos, dame el cambio. Aquello no es una carpeta de cambio, aquello es la lista de candidatos al Congreso... es imposible que todos esos pacientes estén en el servicio, estoy empezando a pensar que han habilitado las rotondas de la entrada como hospital de campaña. Y nada más llegar, todo el mundo te pregunta si tardarán mucho los resultados, que si lo van a llevar a hacer la placa, que llevan horas esperando al internista, que la camilla es muy incómoda, que si yo sin almohada no puedo estar, que ... y a esas alturas, sabiendo que sólo llevas unos minutos en el servicio, ya te has mordido la lengua en varias ocasiones.
Voy a coger una vía al Box 3 izquierda, amablemente invitas al acompañante a esperar en la sala de espera mientras realizas tu trabajo explicándoles que el espacio es muy reducido y necesitas moverte libremente. Ni se levanta, y pienso: "quizás no me ha oído". Lo repito en tono un poco más alto, él te mira, pero no responde. Autista pienso, hasta que me dice: "sé mis derechos" en tono muy poco amigable, puñetero pienso. Y allí intento hacer mi trabajo, pasándole el carro del electro por encima de los pies, golpeándolo con el carro de curas, haciéndole sujetar la papelera llena de restos... siempre acaban saliendo a fumar un cigarro, aunque no fumen. Me da igual...
Le preguntas al paciente cómo se encuentra y recibes una tos en toda la cara. No hablan, sólo saben demostrar. Y las tos es amable, ni contar quiero cuando acuden con aerofagia o con su abdomen repleto de gases, eso roza lo denunciable. Tampoco disfruto mucho de aquellos pacientes que te dicen: "me dan mucho miedo las vías" y tú les das una mano para que no sientan temor, y ahí comienza lo difícil. Ellos no te soltarán la mano, realmente piensan que se la has regalado, te la apretarán hasta la isquemia, sus uñas quedarán marcadas para siempre jamás y mientras, con tu mano libre abrirás paquetes de gasas, colocarás el compresor, cogerás la vía, harás la analítica..., eso sí, con una sola mano, la otra la has perdido para siempre... muchás veces he pensado en reconvertirme a acróbata.
Y ya de vuelta al control, alguien te para por el pasillo para plantarte en la cara un bote lleno de material verdoso y preguntarte si con esa cantidad de esputo llega o si sigue llenándolo. Cojo el bote y cierro los ojos, no quiero verlo, me da igual si son verdes o azules.. Llego a mi puesto y me siento para registrar en la hoja del paciente mi labor, y siempre oyes por lo bajini, "vesssssss, todo el día sentadas". Podría levantar la mirada, podría encararme, podría decirle cuatro cosas, pero no, prefiero la ignorancia del cobarde.
Suena el timbre del vital, es prioritaria la atención en dicho box, dejas lo que estás haciendo y te diriges allí al galope. Y siempre hay alguna mala baba que dice: "ves, lo que te dije, es el timbre del café, ahí van todos a la sala". Tengo que dejar de tomar café, me están entrando muchas ganas de asesinar...
Y mientras atiendes la emergencia, siempre hay algún descerebrado que aprovecha que sales de la sala de críticos para preguntarte si van a tardar mucho en atenderlo, que su hijo tiene un cumple y que no llega... Os juro que mil veces he estado tentada a decir: "Siiiiii mujer, cuando acabemos de reanimar a su madre ya le atendemos para que el niño llegue al cumpleaños felízzzz"...
Llega una madre muy nerviosa preguntando por su hijo, le han avisado que estaba en el servicio porque se encontraba "un poco mal". El niño se ha corrido una juerga de porrillos y alcohol con sus 16 añitos. La madre se arroja a su cuello, lo besa, le acaricia la frente y le pregunta: ¿quién fue el desgraciado que te ha hecho esto?. A estas alturas ya nada me sorprende, no tengo ganas de contestarle, me da igual, solo piendo que si es mi hijo lo escoño. Qué diferentes somos...
Nunca piensas en las horas que han pasado, sólo piensas en las que te quedan. A medida que pasa el tiempo eres como un fuelle que pierde aire, físicamente es duro, psíquicamente es agotador. Y si acabas el turno sin la oferta de un sopapo por parte de algún troglodita, date por salvada.
Los que trabajamos en los servicios de urgencias somos absolutamente vocacionales, nos gusta este trabajo, nos enfrentamos a situaciones críticas, tenemos la capacidad de centrar nuestros esfuerzos en salvar una vida sin ver caras, ni razas, ni creencias, sólo vidas humanas. Pero también sentimos, tenemos miedo, familiares que nos necesitan, nosotros enfermamos, nuestros hijos vomitan, tosen y tienen fiebre como los suyos, me gustaría pasar la navidad con mis amores, un fin de semana sin trabajar, celebrar el cumpleaños con los míos...
Somos humanos como vosotros, sentimos, lloramos, nos agobiamos, necesitamos estar con los que nos aman, también hemos perdido familia, echamos de menos...¿Me entiendes?. Buena noche.
sábado, 5 de diciembre de 2015
CARTA DE AMOR DE UN VIEJO
Fué una mañana de esas en las que buscaba y acabé encontrando aquello que me volvió a provocar unos sentimientos que había olvidado hace tiempo. Aquella carpeta estaba llena de pasado, de historias que se habían perdido en el tiempo, de frases que ya no tenían dueño. Allí en medio, entre tanta palabra rancia, aquella carta que tantas veces había leido en mi adolescencia y que ahora, muchos años después, cobraba más significado, quizás por conocer de más el sentimiento de pérdida. Y decía así:
" Querida Julia: no sabes lo solo que me has dejado. Sin el apoyo de tu brazo, mi andar es inseguro y vacilante. Cuando voy paseando por el parque arrastrando los pies, a veces oigo que dicen por lo bajo !pobre viejo!, pero yo me sonrío, ellos que saben, !pobre viejo!. ¿Por qué?. He vivido más años de los que quizás ellos vivan, he sufrido y he amado como quizás ellos no amarán nunca, pero sobre todo, te he tenido a tí.
¿Sabes qué ayer quisieron quitarme nuestra cama?, dicen que en una pequeña estaría mejor, pero me opuse firmemente, me puse como un loco y dijeron !chocheces de viejo!, pero ellos no saben que nuestra cama es lo último que quisiera perder, pues es el puente que me une a mis recuerdos. En una palabra, es mi mundo.
Cuando a veces me acuesto aún me parece que siento el calor de tu cuerpo y si me doy una vuelta y me roza la sábana, me parece que es tu mano la que acaricia mi frente. Y a veces me despierto en mitad de la noche y me quedo asustado de que no estés allí, hasta que me doy cuenta de que tú me has dejado, que me estás esperando, hasta que Dios quiera llevarme contigo.
Ellos sólo ven una cama grande, una cama vieja, con un pobre viejo que se pierde en ella, pero no comprenden que en ella estás tú. En ella fuiste mía por primera vez, nacieron nuestros hijos y te cerré los ojos, y aunque ahora estoy solo, si cierro yo los míos, el recuerdo de las noches de amor que pasamos juntos llena ahora el vacío y la soledad que me rodea.
A veces, cuando no me ve nadie, me levanto de puntillas y sin hacer ruido saco un camisón tuyo que tengo escondido en el fondo de un cajón y lo extiendo en la cama a mi lado y duermo tranquilo y feliz, pues ya no estoy solo, pero a la mañana siguiente tengo que volver a esconderlo, sin que nadie lo vea, como si fuese un pecado, pues dirían que estoy loco.
Y es que con el paso de los años te das cuenta de lo que tú me decías y yo entonces no entendía. Qué no es la pasión que es flor de un día, es la compañía lo que se añora. !Si te pudiera rodear con mis brazos y apretarte contra mi corazón, aunque no dijeras nada!.
Julia, ahora ya soy un viejo y la gracia es que ya no me importa reconocerlo. Hasta ahora era un joven de setenta años. Me interesaba por el mundo que me rodeaba y los achaques de la edad no podían conmigo. Tenía un espíritu joven aunque mi cara estuviese surcada por arrugas, pero ahora, desde que tú me dejaste, estoy derrotado, vencido, ya no me interesa nada, porque éste ya no es mi mundo, ya casi no nos quedan amigos ni parientes, pues poco a poco, todos se han ido yendo y en esta nueva generación yo ya no tengo sitio.
Quieren tirar la cama y no saben que es el único sitio en el que no me da miedo la muerte, pues acostado en ella pienso que he sido afortunado, pues como dice el Evangelio he conocido a mis hijos y a los hijos de mis hijos hasta la tercera generación. Mi vida ha sido una vida plena. Creo en Dios, y creo en la otra vida, pues en ella sé que voy a encontrarte".
Esta carta fue escrita por Fernando, un anciano residente en un Centro de la Tercera Edad de Valencia, en el que vivía con su esposa Julia hasta el fallecimiento de ésta. Tal fue la pena y la soledad sentida, que decidió escribirle esta "carta de amor" en la que expresó por primera vez la tristeza por su pérdida. Pasado el tiempo y la vida, alguien encontró entre sus papeles el escrito y decidió publicarlo en una revista de Gerontología. Hace unos treinta años, un amigo me entregó dicho artículo, a sabiendas de la tormenta de sentimientos que generaría en mí. Hoy al redescubrirla entre unos escritos, me ha generado la misma ternura de antaño y por eso necesito compartir con vosotros esta sensación. Espero que os emocione tanto como a mí. Buena noche.
" Querida Julia: no sabes lo solo que me has dejado. Sin el apoyo de tu brazo, mi andar es inseguro y vacilante. Cuando voy paseando por el parque arrastrando los pies, a veces oigo que dicen por lo bajo !pobre viejo!, pero yo me sonrío, ellos que saben, !pobre viejo!. ¿Por qué?. He vivido más años de los que quizás ellos vivan, he sufrido y he amado como quizás ellos no amarán nunca, pero sobre todo, te he tenido a tí.
¿Sabes qué ayer quisieron quitarme nuestra cama?, dicen que en una pequeña estaría mejor, pero me opuse firmemente, me puse como un loco y dijeron !chocheces de viejo!, pero ellos no saben que nuestra cama es lo último que quisiera perder, pues es el puente que me une a mis recuerdos. En una palabra, es mi mundo.
Cuando a veces me acuesto aún me parece que siento el calor de tu cuerpo y si me doy una vuelta y me roza la sábana, me parece que es tu mano la que acaricia mi frente. Y a veces me despierto en mitad de la noche y me quedo asustado de que no estés allí, hasta que me doy cuenta de que tú me has dejado, que me estás esperando, hasta que Dios quiera llevarme contigo.
Ellos sólo ven una cama grande, una cama vieja, con un pobre viejo que se pierde en ella, pero no comprenden que en ella estás tú. En ella fuiste mía por primera vez, nacieron nuestros hijos y te cerré los ojos, y aunque ahora estoy solo, si cierro yo los míos, el recuerdo de las noches de amor que pasamos juntos llena ahora el vacío y la soledad que me rodea.
A veces, cuando no me ve nadie, me levanto de puntillas y sin hacer ruido saco un camisón tuyo que tengo escondido en el fondo de un cajón y lo extiendo en la cama a mi lado y duermo tranquilo y feliz, pues ya no estoy solo, pero a la mañana siguiente tengo que volver a esconderlo, sin que nadie lo vea, como si fuese un pecado, pues dirían que estoy loco.
Y es que con el paso de los años te das cuenta de lo que tú me decías y yo entonces no entendía. Qué no es la pasión que es flor de un día, es la compañía lo que se añora. !Si te pudiera rodear con mis brazos y apretarte contra mi corazón, aunque no dijeras nada!.
Julia, ahora ya soy un viejo y la gracia es que ya no me importa reconocerlo. Hasta ahora era un joven de setenta años. Me interesaba por el mundo que me rodeaba y los achaques de la edad no podían conmigo. Tenía un espíritu joven aunque mi cara estuviese surcada por arrugas, pero ahora, desde que tú me dejaste, estoy derrotado, vencido, ya no me interesa nada, porque éste ya no es mi mundo, ya casi no nos quedan amigos ni parientes, pues poco a poco, todos se han ido yendo y en esta nueva generación yo ya no tengo sitio.
Quieren tirar la cama y no saben que es el único sitio en el que no me da miedo la muerte, pues acostado en ella pienso que he sido afortunado, pues como dice el Evangelio he conocido a mis hijos y a los hijos de mis hijos hasta la tercera generación. Mi vida ha sido una vida plena. Creo en Dios, y creo en la otra vida, pues en ella sé que voy a encontrarte".
Esta carta fue escrita por Fernando, un anciano residente en un Centro de la Tercera Edad de Valencia, en el que vivía con su esposa Julia hasta el fallecimiento de ésta. Tal fue la pena y la soledad sentida, que decidió escribirle esta "carta de amor" en la que expresó por primera vez la tristeza por su pérdida. Pasado el tiempo y la vida, alguien encontró entre sus papeles el escrito y decidió publicarlo en una revista de Gerontología. Hace unos treinta años, un amigo me entregó dicho artículo, a sabiendas de la tormenta de sentimientos que generaría en mí. Hoy al redescubrirla entre unos escritos, me ha generado la misma ternura de antaño y por eso necesito compartir con vosotros esta sensación. Espero que os emocione tanto como a mí. Buena noche.
domingo, 22 de noviembre de 2015
FIN DE SEMANA
Me encuentro en un momento desordenado. Reconozco que siempre por estas fechas me cuestiono más los comportamientos. No sé, serán la puñetera navidad, esa época en la que por narices tienes que volverte más vulnerable un año sí y el siguiente más. Tendré que hacérmelo mirar...
Ayer una preadolescente que supuraba alcohol y vómito por los poros de su piel, le gritaba a su madre llorosa y asustada que la dejara en paz, que le dolía la cabeza lo suficiente para no tener que aguantar sus rollos de madre histérica. Y claro, aquella "gritona maleducada" era mi paciente, maldita suerte la mía. Yo la había recibido, desnudado, pinchado, sondado y todas las " -ado" que os podéis imaginar. Y su madre estaba en la cabecera preguntándose por qué le había mentido, por qué aquella noche se inventó "amigas de salida", quién le había facilitado el alcohol y las otras sustancias prohibidas a su hija menor de edad, por qué su hija flotaba en aquella camilla ...
Y me acerqué a ella, porque vi a una madre asustada y le dije, "cuidado, eso es lo que necesita, pero no aquí, cuidado en tu casa. Es una menor, es muy fácil manipularla, ya ves, hoy lo han hecho y ella ha pagado las consecuencias de su inmadurez y te ha hecho sentir traicionada". Me miró y me dio las gracias. Ojalá fuese la última vez, ojalá tenga esa improbable suerte.
Hace un par de días le comenté a un amigo, "no me gusta ese tipo de mujeres". No comprendo a las mujeres inmaduras que caminan de puntillas por la cuarentena, sabiendo que tienen esa edad y se empeñan en que nadie se dé cuenta. Reconozco que esa edad es la época de cambios, que es una época "jodida" en la que dejas de anotar fechas en el calendario, en la que las hormonas no sabes si suben, si bajan, o si se han vuelto en tu contra. Una época en la que dudas de todo, en la que no crees en el amor como sentimiento, en la que desconfías hasta de tí misma, en la que necesitas tanto un abrazo como un "déjame en paz", en la que te sientas a desayunar mirando a través de una ventana sin ver más allá de esos dedos marcados en el cristal, en la que te da igual si hace frío o si hay una ciclogénesis explosiva tras la puerta de tu casa. Tú seguirás sintiendo un calor pegajoso, sí, pero todo esto no justifica que te arrojes cual adolescente despendolada al primer pantalón que se te ponga delante, y menos si tienes a tu lado al pantalón que tú has elegido para tener a tu lado desde hace años. No sé si me explico, vamos a ver. Yo, a nada de entrar en la cincuentena ya he pasado por toda esa tormenta "imperfecta", han quedado atrás (y tan atrás) aquellos comportamientos en los que salías de casa a comerte el mundo, en los que te tomabas dos copas y pensabas que el principe azul estaría esperándote en un pub apoyado en la barra tomándose un JB, que aquel que te miraba con ojos "de cordero degollado" había visto en tí la luz divina. Patochadas. Pero si eso estaba permitido en la adolescencia, pasado los cuarenta me parece PATÉTICO.
Ayer una preadolescente que supuraba alcohol y vómito por los poros de su piel, le gritaba a su madre llorosa y asustada que la dejara en paz, que le dolía la cabeza lo suficiente para no tener que aguantar sus rollos de madre histérica. Y claro, aquella "gritona maleducada" era mi paciente, maldita suerte la mía. Yo la había recibido, desnudado, pinchado, sondado y todas las " -ado" que os podéis imaginar. Y su madre estaba en la cabecera preguntándose por qué le había mentido, por qué aquella noche se inventó "amigas de salida", quién le había facilitado el alcohol y las otras sustancias prohibidas a su hija menor de edad, por qué su hija flotaba en aquella camilla ...
Y me acerqué a ella, porque vi a una madre asustada y le dije, "cuidado, eso es lo que necesita, pero no aquí, cuidado en tu casa. Es una menor, es muy fácil manipularla, ya ves, hoy lo han hecho y ella ha pagado las consecuencias de su inmadurez y te ha hecho sentir traicionada". Me miró y me dio las gracias. Ojalá fuese la última vez, ojalá tenga esa improbable suerte.
Hace un par de días le comenté a un amigo, "no me gusta ese tipo de mujeres". No comprendo a las mujeres inmaduras que caminan de puntillas por la cuarentena, sabiendo que tienen esa edad y se empeñan en que nadie se dé cuenta. Reconozco que esa edad es la época de cambios, que es una época "jodida" en la que dejas de anotar fechas en el calendario, en la que las hormonas no sabes si suben, si bajan, o si se han vuelto en tu contra. Una época en la que dudas de todo, en la que no crees en el amor como sentimiento, en la que desconfías hasta de tí misma, en la que necesitas tanto un abrazo como un "déjame en paz", en la que te sientas a desayunar mirando a través de una ventana sin ver más allá de esos dedos marcados en el cristal, en la que te da igual si hace frío o si hay una ciclogénesis explosiva tras la puerta de tu casa. Tú seguirás sintiendo un calor pegajoso, sí, pero todo esto no justifica que te arrojes cual adolescente despendolada al primer pantalón que se te ponga delante, y menos si tienes a tu lado al pantalón que tú has elegido para tener a tu lado desde hace años. No sé si me explico, vamos a ver. Yo, a nada de entrar en la cincuentena ya he pasado por toda esa tormenta "imperfecta", han quedado atrás (y tan atrás) aquellos comportamientos en los que salías de casa a comerte el mundo, en los que te tomabas dos copas y pensabas que el principe azul estaría esperándote en un pub apoyado en la barra tomándose un JB, que aquel que te miraba con ojos "de cordero degollado" había visto en tí la luz divina. Patochadas. Pero si eso estaba permitido en la adolescencia, pasado los cuarenta me parece PATÉTICO.
Vive la vida, estoy de acuerdo, pero en tu tiempo, en tu hora, en tu momento, con cuarenta, con cincuenta, con la edad que tengas, pero coherentemente. No hay nada más triste que ver una mujer madura comportándose como una adolescente alocada. O eso creo yo, no sé, igual estoy equivocada...
Ha sido un fin de semana largo, de esos que duran de más, pero productivo en experiencias y pensamientos, con muchos sentimientos encontrados que te hacen recanalizar las vivencias, las ideas, los sueños... Dos historias separadas por años, pero cercanas en equivocaciones. Buena noche, o así...
Ha sido un fin de semana largo, de esos que duran de más, pero productivo en experiencias y pensamientos, con muchos sentimientos encontrados que te hacen recanalizar las vivencias, las ideas, los sueños... Dos historias separadas por años, pero cercanas en equivocaciones. Buena noche, o así...
sábado, 14 de noviembre de 2015
NOCHE DE TERROR
No salgo de mi asombro por lo cruel, irracional, bestial, indecente y criminal por la acción del islamismo radical hacia el pueblo francés de esta noche. Oigo como los noticieros incrementan las cifras del número de VÍCTIMAS, de personas que acabaron su semana laboral, que decidieron salir a tomar un vino y charlar un rato con sus amigos, su novia, su hermano y que tuvieron la terrible suerte de cruzarse con unos descerebrados malnacidos que defienden una religión a base de bombas y sangre. Esa misma religión llevada al extremo en la que las mujeres no tienen rostro, la idea se defiende con fusiles de asalto, la paz se basan en la guerra, sus creencias y sus normas las envuelven en sangre de inocentes que nada tienen que ver con ninguna religión. Y por supuesto que me refiero al islamismo radical, al islamismo terrorista, a la religión del miedo y del terror. Nada que ver con el islamismo como religión, a la que se refiere el Corán, la que habla de profetas, de ayuda, la monoteista sana, el islamismo de convivencia y racionalidad.
No entiendo que puede llevar a alguien a ejecutar a seres humanos, a iguales, a personas como sus padres, sus hijos, sus hermanos, que tipo de cobardía lleva a provocar una masacre en una discoteca, que veneno puede circular por las venas de una persona que agarra un arma y degüella a más de cien inocentes cuya única culpa ha sido salir de sus casas a divertirse un rato. Estoy horrorizada por lo que se está viviendo en París esta noche, no entiendo este tipo de vida, no quiero saber de religiones, ni de ideales, ni de creencias, ni de dioses. Nada justifica esta barbarie, reniego de este tipo de "inhumanos", me niego a vivir en un mundo de miedo, no llevaré sobre mi cabeza la espada de Damocles del islamismo radical ni de ninguna otra religión que anteponga el terror a las ideas sanas, condenaré todo atentado contra la humanidad que se base en ideales enfermizos de carácter religioso y reniego de los bárbaros y degenerados terroristas.
Hoy ha sido Francia, ayer Madrid, mañana ...
No puedo desearos buena noche. Hoy sólo os pido que esta noche vuestros pensamientos no sean de odio, sólo de recuerdo...
No entiendo que puede llevar a alguien a ejecutar a seres humanos, a iguales, a personas como sus padres, sus hijos, sus hermanos, que tipo de cobardía lleva a provocar una masacre en una discoteca, que veneno puede circular por las venas de una persona que agarra un arma y degüella a más de cien inocentes cuya única culpa ha sido salir de sus casas a divertirse un rato. Estoy horrorizada por lo que se está viviendo en París esta noche, no entiendo este tipo de vida, no quiero saber de religiones, ni de ideales, ni de creencias, ni de dioses. Nada justifica esta barbarie, reniego de este tipo de "inhumanos", me niego a vivir en un mundo de miedo, no llevaré sobre mi cabeza la espada de Damocles del islamismo radical ni de ninguna otra religión que anteponga el terror a las ideas sanas, condenaré todo atentado contra la humanidad que se base en ideales enfermizos de carácter religioso y reniego de los bárbaros y degenerados terroristas.
Hoy ha sido Francia, ayer Madrid, mañana ...
No puedo desearos buena noche. Hoy sólo os pido que esta noche vuestros pensamientos no sean de odio, sólo de recuerdo...
Buena noche.
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