sábado, 30 de mayo de 2026

NECESIDAD

Una serie de televisión fue el detonante de un torbellino de consecuencias imparables. Habían pasado varios veranos desde aquel suceso y ella se iba alimentando de charlas imaginarias, de espejismos llenos de ilusión en aquella esquina del sofá, que aunque ya vacía para siempre, era el lugar dónde "se sentaba" cada noche a conversar.

Una película, un argumento tan familiar que sin esperar, provocó un llanto casi infantil en el que no faltaba hipo, abrazos invisibles y una cascada de lágrimas imparables cayendo a un vacío demasiado conocido.

Tanto y tanto lloraba que siempre acababa usando la camiseta de su pijama para contener el río de lágrimas desbordadas.

Su único refugio, aquella esquina en la que quedó el tiempo parado, un lugar para imaginar, su espacio.

Allí se mezclaban palabras con sentimientos y recuerdos de promesas, dónde un para siempre se convirtió en una mentira eterna que inmortalizó. Si la llegaras a conocer como la conozco yo, te darías cuenta de que aún sigue buscando su voz por todos los rincones...

A veces creo leer su pensamiento donde imagina sin pudor, mezclando medias verdades con medios deseos de realidad, escalofríos reprimidos, temores pasados y falsas ilusiones futuras. Por momentos creo que saca todo del lado oscuro de su ya cansado corazón...

Cualquier acercamiento a su vida es casi imposible, no permite la entrada de aire fresco. Cómo mucho la oirás decir "quédate esta noche si quieres, pero sin amor y sin que se repita. Quédate sin expectativas, sólo porque creas que esta noche tú me necesitas, sin más".

"Vive in pace, culpa tua non est quod mihi accidit", repite una y otra vez.

Buena noche.





lunes, 18 de mayo de 2026

CALMA NECESARIA

Hacía tiempo que no pasaba por allí, esquivaba conscientemente aquella esquina por la cercanía a los recuerdos de mi dama de cabello plateado. Pero aquella tarde me encontré en ese lugar sin darme apenas cuenta y entré al reconocer el rostro de una persona. 

La última vez que la había visto no estaba en su mejor momento, así que no pude evitar sonreír al preguntarle con un "qué tal" de siempre. 

Sus ojeras me enseñaron una pena que su boca callada confirmó. Su hermana pequeña, en quince días, sin tiempo para nada, tragando dolor, nublando el mar azulado de sus ojos, cogiendo aire de lo más profundo para terminar cada frase. No pude decirle nada, no salían las palabras de mi boca, me quedé sin aire que darle, sólo pude decirle un ahogado "lo siento". Pagué y salí de allí con la sensación de que me habían robado la sonrisa, la voz, el aire...

Hoy tuve que volver al mismo sitio y esta vez se acercó amablemente. 

"Me alegro de verte, ¿cómo estás?", le pregunté intuyendo oa respuesta.

"Bueno, estoy". No esperaba más.

Sus ojeras seguían delatando una pena horrible, pero esta vez la miré a los ojos y cerré los míos asintiendo con la cabeza sabiendo de su dolor, tan reconocido, tan vivido, tan cercano... 

Comenzó a contarme lo arropadas que se habían sentido por el personal del hospital, lo amable que fue aquel enfermero alto, de la médico rubia que les hablaba con calma, casi susurrando las palabras...

Hablaba de la empatía de muchos, la preocupación de todos para que estuvieran lo más cómodas posible, las suaves caricias en los brazos, de los silencios compartidos y de las miradas calmadas.

Agradecimiento con el que intentaba regalarme una sonrisa mientras los ojos se le llenaban de lágrimas buscando salida. Su voz se iba rompiendo poco a poco mientras me miraba con sus grandes ojos azules, buscando una contestación a un "por qué" del que no tenía respuesta. 

Dibujé un baile con mis dedos en el mostrador  dónde le explicaba que todos podemos ser ellas en cualquier momento, que todo cambia en un segundo y que lamentablemente, lo sabía.

Podíamos seguir hablando pero sobraban las palabras. Guardé el monedero en el bolso, levanté la mirada y le prometí que, aunque aún era muy pronto, el dolor calmaría lo suficiente para dejarlas vivir. 

Una despedida breve con mucha emoción contenida. Salí a la calle y cogí aire, mucho aíre, todo el aire que podía entrar en mis pulmones para no llorar.

Entré casi por inercia en una exposición de pinturas surrealistas en la que ni siquiera me había fijado. Me paré delante de un cuadro lleno de colores contrariados, y de pronto se desbordó el mar de mis ojos. Mientras cogía un pañuelo de papel, un señor mayor que me miraba estoicamente con las manos a la espalda, se acercó con la sorna que da la edad , se acercó a aún más al cuadro y sentenció.

"Sí, a mí también me parece una obra horrorosa", me dijo guiñándome un ojo.

Lo miré sorprendida, me seque los ojos con las manos y sin esperarlo, arrancó una carcajada de mi boca. Con un gesto de complicidad, me volvió a guiñar el ojo y siguió hasta el siguiente cuadro como si no hubiera parado allí. 

Sequé mis ojos y salí a la calle vaciando los pulmones con la calma que necesitaba. Aquel extraño había pintado una sonrisa en mi cara.

Aún existen personas mágicas.

Buena noche.