lunes, 18 de mayo de 2026

CALMA NECESARIA

Hacía tiempo que no pasaba por allí, esquivaba conscientemente aquella esquina por la cercanía a los recuerdos de mi dama de cabello plateado. Pero aquella tarde me encontré allí sin darme cuenta y entré al reconocer el rostro de una persona conocida. 

La última vez que la había visto no estaba en su mejor momento, así que le sonreí al preguntarle con un qué tal de siempre. Sus ojeras me enseñaron una pena que su boca confirmó. Su hermana pequeña, en quince días, sin tiempo a nada, tragando dolor, nublando el azul de sus ojos, cogiendo aire profundo para acabar cada frase. No pude decir nada, no me salían las palabras, me quedé sin aire que darle, sólo pude decirle un ahogado "lo siento". Pagué y salí de allí como si hubiesen robado la sonrisa, sin voz, sin aire...

Hoy tuve que volver al mismo sitio, y se acercó amablemente. "Me alegro de verte, ¿cómo estás?", le pregunté.

"Bueno, estoy". 

Sus ojeras seguían delatándola, pero esta vez la miré a los ojos y cerré los míos asintiendo con la cabeza sabiendo de su dolor, tan reconocido, tan vivido, tan cercano... 

Comenzó a contarme lo arropadas que se habían sentido su madre y ella por el personal del hospital, lo amable que fue aquel enfermero alto, aquella médico rubia que les hablaba con calma y casi susurrando las palabras.

Hablaba de la empatía de muchos, la preocupación de todos porque estuvieran lo más cómodas posible, las caricias en los brazos, de los silencios compartidos y de las miradas calmadas.

Agradecimiento con el que intentaba regalarme una sonrisa mientras los ojos se le llenaban de lágrimas buscando salida. Su voz se iba rompiendo poco a poco mientras me miraba con esos hermosos ojos azules buscando una respuesta a un por qué del que no sabía darle la respuesta. 

Dibujé un baile con mis dedos en el mostrador  dónde le explicaba que todos podemos ser ellas en cualquier momento, que todo cambia en un segundo y que lamentablemente lo sabía.

Podíamos seguir hablando pero sobraban las palabras. Guardé el monedero en el bolso, levanté la mirada y le prometí que aún era muy pronto, pero que el dolor calmaría para dejarlas vivir. 

Una despedida breve con mucha emoción contenida. Salí a la calle y cogí aire, mucho aíre, todo el aire que podía entrar en mis pulmones para no llorar.

Entré casi por inercia en una exposición de pinturas surealistas en la que ni siquiera me había fijado y se desbordó el mar de mis ojos. Mientras cogía un pañuelo de papel, un señor mayor que me miraba estoicamente con las manos a la espalda, se acercó tímidamente y me dijo que también le parecía una obra horrorosa. 

Lo miré sorprendida y sacó de mí una carcajada inesperada. Me guiñó un ojo y siguió hasta el siguiente cuadro. 

Sequé mis ojos y salí a la calle vaciando los pulmones con la calma que necesitaba. Aquel extraño había pintado una sonrisa en mi cara.

Aún existen personas mágicas.

Buena noche.