jueves, 24 de septiembre de 2026

VEJEZ

Ya he decidido cómo voy a ser en mi ya cercano futuro, una viejecilla solitaria, un poco hippie y compartiendo hogar con un gato pardo capado.

Seré socia nominal del Centro Social del barrio y por las tardes acudiré al curso máster de calceta sobre cómo tejer mañanitas de colores con restos de lanas que llevo años acumulando en el enorme costurero. No me apetece  mucho, pero me ahorraré unos eurillos en regalos en la onomástica de mis reumáticas amigas, de las que me caigan bien, claro.

Como el gato no sabrá hacerlo, no me quedará más remedio que bajar la basura al contenedor. Por supuesto sin perder el estilo, en bata de guatiné rosa chicle y zapatillas a juego con pompones despeluchados. Quizás me plantee unos rulos. Y esto lo haré meridianamente a las ocho de la tarde de reloj, antes de tomar la pastilla azul que "me pone" feliz para caer en brazos de Morfeo.  

Tendré que aprender a jugar a las cartas, a la brisca o a la canasta, por supuesto haciendo trampas, sobre todo cuando la partida la acompañe con un vino dulce y unos euros...

Coleccionaré tickets del supermercado para mis estudios de mercado, los guardaré en una bolsa "ganchillada" de colores chillones y los ordenaré por fecha y santoral. 

Haré papiroflexia con las bolsas de plástico del supermercado, doblándolas en forma de triángulo equilátero perfecto y sentada en la mesa de comedor a la luz de la lámpara de chupones morados. 

Pondré unos tapetes de ganchillo en los brazos de los sillones ,de esos que se escurren con el viento. Tengo que encontrar una amiga que a esas alturas no tenga mucha artrosis y sea capaz de ganchillar con agilidad, a mí ya me llega con la calceta. 

Quizás también tenga una mesa camilla con faldones de terciopelo verde y un brasero que fluidifique la circulación de mis enclenques piernas. Sobre las mesas una siembra de marcos de plata con fotos de mil bodas y demás  acontecimientos folclóricos familiares, con el correspondiente mantelito de hilo blanco calado. 

Cada quince días iré a la peluquería de mi Cris a cardar los cuatro pelos que me queden, quizás me teñiré de un color berenjena o rubio cobrizo, tendré que pensarlo. Igual recogido en un moño peinetero envolventemente perfecto, no sé.

Usaré gafas de montura metálica, con una patilla torcida de las múltiples veces que me habré sentado encima de ellas sin enterarme. Me quedaré dormida en el sillón después de comer, viendo una novela insufrible.

Jamás saldré a la calle hasta  que la laca del pelo haya formado una nube tóxica imposible sobre mi cabeza. 

Me pintaré los labios de color rosa peleón, casi indecente, un brochazo de colorete y lista.

Cocinaré lentejas con jamón y las comeré durante toda la semana porque no habré aprendido jamás a calcular la cantidad. 

Me miraré con ansia los pies, recordando con nostalgia la época en la que mis manos llegaban hasta ellos para masajearlos y tendré las uñas de las manos pintadas de rojo corazón enamorado. Tengo que acordarme de decírselo a Cris. 

Barreré el felpudo de la entrada con una fuerza endemoniada hasta que los pelos chispeen y salgan disparados hasta el descansillo. Los empujaré disimuladamente con mis zapatillas de pompón hasta la puerta del odioso vecino. 

Cenaré media docena de pastillas mojadas en leche caliente a rabiar mientras revuelvo el mejunje con la mirada perdida. 

Me meteré en la cama cuando acabe el noticiario de la noche, jamás antes de haber visto qué tiempo hará al día siguiente para organizar la colada. Sábanas de borrego desmelenado y un camisón de licra. Acomodaré las manos entrecruzadas sobre el pecho y disfrutaré de los chasquidos de la electricidad estática del camisón sobre mi cuerpo. Tengo que acordarme de avisar a uno de mis hijos para que me cuelgue un cuadro con marco grueso encima del cabecero de la cama que está muy de moda. Me levantaré a las seis de la mañana para no perder el día, tendré la casa limpia a las siete y la comida preparada a las nueve.

Colgaré todas mis enormes bragolas color carne en el tendal con una exquisita y perfecta alineación, una tras otra, todas con una larga etiqueta que rece "algodón 100%. Todas serán absolutamente iguales y seguidas de una ristra infinita de sujetadores que ya no sujetarán nada.

Plancharé la colada sentada en una silla frente al televisor puesto a todo volumen y con la mirada fija en la novela de la cadena nacional por excelencia, una de esas de mil doscientos capítulos y de origen centroeuropeo.

Iré al médico de cabecera a tomarme la tensión todas las semanas, sin piedad, cómo desgasta una gota constante y sólo por verle bufar cada vez que me vea entrar por la puerta de la consulta. 

Llamaré "hijo" a todo varón con el que me cruce, pellizcaré los mofletes de los niños repolludos y les preguntaré por sus abuelos, a los que seguiré refiriéndome como "mis compañeros de clase" aunque ya hayan partido de este mundo al otro que dicen que existe. No sé yo, no conozco a nadie que haya vuelto para creérmelo...

Llamaré a mis hijos todas las tardes y los tentaré con croquetas caseras y crema  de grelos para que vengan a visitarme. Sólo cuidaré de los nietos cuando sus padres trabajen y no tengan con quién arreglarlos. Veré con ellos todas las pelis de Disney en las que haya brujas y les contaré secretos de adolescencia de sus progenitores, seguro que les encantará, a ambos...

Me cubriré el rostro con una mascarilla de avena, los ojos con dos rodajas de pepino y me relajaré escuchando un podcast sobre la importancia del deporte en los países de Europa del norte. Dormiré la siesta sentada en el sofá, con el cuello desencajado y con un suave ronquido me despertaré para llamar al michi rayado que sólo veo cuando quiere comer.

El fin de semana iré a bailar al centro de mayores y pisaré con picardía los pies de lo que me saquen a bailar. Imposible no jugar unos cartones de bingo con la esperanza de llevarme un pellizco de tres euros para casa, más por fastidiar a las asiduas que por la ganancia. Me tomaré un vino dulce (o dos) con pastas de té y tendré una cuenco de cristal tallado lleno de bombones de licor para cuando la pena, penita, pena me pueda.

Me acordaré de tí cada noche, me abrazaré a tu foto, cerraré los ojos y repetiré la manida frase que nos dijimos hace tantos años.

"Espérame en tu sueño dentro de diez minutos, mi vida".

Buena noche.



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