No hay personas que mientan más que los médicos, y no me refiero a que lo hagan con sus diagnósticos, pero sí es cierto que mienten de forma descarada con lo poco molestas que son las pruebas a las que nos someten. Vamos a ver, te vas al Otorrino, ese hombre que explora todos y cada uno de los orificios que tiene tu cabeza. Te recibe con una lámpara de minero colocada en su frente, eso ya da mucho que pensar. Te dice que abras la boca y te mete un palo de madera hasta el mismísimo esófago, que te provoca un reflujo ácido que hace que voluntariamente cierres el esfínter estomacal para no vomitarle allí hasta la primera papilla. Y todo para decirte que la garganta la tienes bien. Coño, pero si no me dolía y ahora la tengo en carne viva por el ácido. Después la trompetita del oído. No duele, tranquilo, y te engancha la oreja y te la sube y te la baja como si fuese independiente al resto de tu cuerpo, te provoca más dolor que tus amigos en el día de tu cumpleaños, y todo para decirte que tienes cera. ¿Coño, que esperabas encontrarte ahí dentro, una perla?. Y por último, las fosas nasales, esas que creen que se pueden estirar hasta el infinito cuando te meten ese material de tortura llamado rinoscopio. Y todo esto con la luz de minero cegándote los ojos durante 15 minutos, rozando la quemadura corneal. Y de ahí te vas al Oftalmólogo, que te echará unas gotitas, sólo un par en cada uno de los ojos, que pican como si te hubiesen untado dos cayenas. Cuando cede el picor, empieza la ceguera. Primero no ves los dedos de tu mano, después no distingues tu codo del codo del paciente vecino, para al final no ver ni las paredes del espacio en dónde esperas pacientemente a quedarte ciego. Y llegada esa situación te avisan para que pases a la consulta 4, te levantas, miras a tu alrededor buscando el perro que te guíe hasta ese salvador espacio, palpas las paredes, tropiezas con el resto de los ciegos de la sala de espera hasta que te das un cabezazo contra una puerta, que se abre tras el empujón y divisas allá a lo lejos el que parece ser el oculista que confirmará tu "invidencia". Te sentará en una silla, que al tacto parece una silla eléctrica, y te calzará en la punta de la nariz unas gafas de 20 kilos, que ajusta hasta que entras en apnea, y así, ciego, anóxico, con cara de panoli, te pone unos cristalitos y te pregunta si ves mejor o peor con cada uno de ellos. Juro por mis huesos que nunca sé que contestar, !!!pero si me has dejado ciega con esas gotas y mi cerebro no recibe ni una triste pompa de oxígeno, coño!!!
Llega el momento del dentista, con estos hay que tener cuidado. Te reciben y te saludan con una sonrisa enseñándote sus dientes perfectos parado demostrarte que serán capaces de ponerte la boca como un collar de perlas. Te tumban en un sillón que parece cómodo, pero realmente adoptas la postura de gamba congelada: sólo apoyas la cabeza y los pies, el resto del cuerpo lo dejas en el aire, por si acaso hay que irse. Con voz dulce te dicen que abras la boca. Te meten un abrebocas, un aspirador de mofletes, unos algodones entre las encías y los dientes, un espejo, un instrumento acabado en punta que rodea tus encías, un poco de aire con agua para irrigar y cuando piensas que ya no puedes tener más aparatos metidos en tu boca, tienes el aspirador arrancando parte de tus mucosas, el agua se te cuela hacia la garganta y estás a punto morir ahogado, va y te pregunta, como si nada, que qué tal en el trabajo. Todos, indefectiblemente te hacen la misma pregunta, se lo enseñan en la facultad en la asignatura de Tortura. Cuantos pacientes habrán muerto ahogados al contestar a esa pregunta... Y si sobrevives, te clavará una aguja en la encía. No puedo evitar el pensar que se le romperá la aguja y tendré metralla metálica para el resto de la vida en mi interior. Y lo peor, pitaré en todos los aeropuertos,supermercados y "chinos" del país. Y para cuando acabe su trabajo, tendrás el labio y la lengua dormida, y te durará tres horas ese efecto, se te caerá la baba y parecerá que en vez de venir del dentista, vienes de "cocerte a copas".
Vayamos al ginecólogo, indescriptible. Pase detrás del biombo, quítese la ropa y túmbese en la camilla. Pero vamos a ver, para que coño tienes el biombo si en un minuto voy a estar como he llegado a este mundo delante de un desconocido que te mirará por el resto de los agujeros que no ha examinado el Otorrino. Pon una pierna aquí, la otra allá, relájate... ¿Este tío pretende que me relaje en serio cuando estoy espatarrada a diez centímetros de su cara, le enseño hasta el carnét de identidad y tiene todo tipo de artilugios en esa mesa de al lado?. Ciertamente creo que el Otorrino y el Ginecólogo son primos hermanos.
Y aún queda el Cirujano. Los más sádicos entre los sádicos. El único orificio que te queda sin examinar es suyo, "su tesooooro". Si te duele el abdomen, si tienes problemas con tus evacuaciones, si te duele la zona lumbar, si sufres de hemorroides, pase lo que te pase, es casi imposible salir de su consulta sin el temido "supertacto rectal". Los Cirujanos tienen una característica anatómica muy importante y temida: tocan todos el piano, de ahí que sus dedos midan el doble que los de una persona normal. Te harán un tacto rectal que te llegará hasta las amígdalas, de ahí la mala relación entre los Cirujanos y los Otorrinos.
Podría seguir, pero quiero que esta noche durmais tranquilos. Buena noche, si podéis.
Mostrando entradas con la etiqueta médicos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta médicos. Mostrar todas las entradas
sábado, 9 de julio de 2016
jueves, 21 de abril de 2016
YO NO LLORO
Ya no lloro, a no ser que algo me duela mucho, muchísimo y no en la parte orgánica, sino en esa zona donde se esconden los sentimientos. Y sacar el dolor de esa parte tan íntima, y hacerlo delante de personas desconocidas que te escuchan en silencio asintiendo con la cabeza y mirándote a los ojos cuando ya no eres capaz de tragar más lágrimas, es como desnudarte en un teatro lleno de gente que te observa en silencio. A veces no queda más remedio que girar la cabeza y perder tu mirada en una ventana con cristal salpicado en lluvia, como si al otro lado del cristal estuviera la solución a tu desesperación, como si de esa forma le dieras a tu oyente una tregua más necesaria para él que para tí. Y te mira, juntando sus manos delante de la boca, quizás para callar lo que piensa, quizás intentando buscar una respuesta al por qué no lo ayudan, o quizás para..., ya no lo sé.
Ayer conté su historia, su periplo sin fin de una pesadilla ralentizada por la falta de empatía. Allí estaba yo y allí estaba él pidiéndome que continuara, que le contase toda la historia hasta el aún innato final. No tenía prisa, eso me sorprendió ya que acostumbran a poner el punto y final ignorando el agotador tiempo de dolor. Pero no fue así, mantuvo un tono pausado, reconfortante, casi gritando en silencio un "cómo me duele tu dolor". Y son mis lágrimas, pero el dolor es el de mi hijo, yo lo vivo con él, me duele todo mi hijo, todo lo que él significa para mí, todo y cada uno de sus momentos. Ayer por la noche me dijo: "mamá, si no aguanto el dolor más, llévame al hospital, por favor". ¿Hasta dónde le tiene que doler a un niño para que haga tal petición?. Pues hasta el "ya no puedo más", y lo entiendo. La capacidad de resistencia, de contención, de gestión del dolor es algo que me asombra, me sorprende, me mata...
Sus doce años le convierten en un adulto envejecido a pesar de tener su piel tersa y de abrazarme apretando sus brazos con una fuerza de juventud malherida, con un "saber estar" que suma a su mérito y a su vida, puntos de admiración.
Yo no suelo llorar, pero debo reconocer que el dolor de mi hijo consigue revolver mi interior, consigue sacar de la profundidad la astilla que se me clava y dejarla a ras de piel, llega a la parte más honda del pozo de mí y saca todo a la superficie. A mi hijo le duele su dolor, a mí me duele su sufrimiento, la duda, la impotencia, el miedo, el trato injusto, la sospecha y la desidia. Yo no suelo llorar, y seguro que volveré a hacerlo, pero lloraré mientras lucho con y por él, que nadie dude de nuestra fuerza.
Ayer conté su historia, su periplo sin fin de una pesadilla ralentizada por la falta de empatía. Allí estaba yo y allí estaba él pidiéndome que continuara, que le contase toda la historia hasta el aún innato final. No tenía prisa, eso me sorprendió ya que acostumbran a poner el punto y final ignorando el agotador tiempo de dolor. Pero no fue así, mantuvo un tono pausado, reconfortante, casi gritando en silencio un "cómo me duele tu dolor". Y son mis lágrimas, pero el dolor es el de mi hijo, yo lo vivo con él, me duele todo mi hijo, todo lo que él significa para mí, todo y cada uno de sus momentos. Ayer por la noche me dijo: "mamá, si no aguanto el dolor más, llévame al hospital, por favor". ¿Hasta dónde le tiene que doler a un niño para que haga tal petición?. Pues hasta el "ya no puedo más", y lo entiendo. La capacidad de resistencia, de contención, de gestión del dolor es algo que me asombra, me sorprende, me mata...
Sus doce años le convierten en un adulto envejecido a pesar de tener su piel tersa y de abrazarme apretando sus brazos con una fuerza de juventud malherida, con un "saber estar" que suma a su mérito y a su vida, puntos de admiración.
Yo no suelo llorar, pero debo reconocer que el dolor de mi hijo consigue revolver mi interior, consigue sacar de la profundidad la astilla que se me clava y dejarla a ras de piel, llega a la parte más honda del pozo de mí y saca todo a la superficie. A mi hijo le duele su dolor, a mí me duele su sufrimiento, la duda, la impotencia, el miedo, el trato injusto, la sospecha y la desidia. Yo no suelo llorar, y seguro que volveré a hacerlo, pero lloraré mientras lucho con y por él, que nadie dude de nuestra fuerza.
Buena noche, o lo que sea esto.
domingo, 31 de enero de 2016
UNA DE MEDICOS
Los dioses de bata blanca me ponen enferma. Ya sé que es una contradicción, una antítesis, pero explicaré por qué lo digo. Llevo un par de meses cuidando de mi hijo enfermo, que entra y sale de los hospitales sin encontrar una solución a su problema de salud. ¿Y cuál es el por qué?. Ufffff, a ver como lo cuento sin crear un problema entre sanitarios.
Existen varios tipos de profesionales médicos. Los médicos son como una bolsa de caramelos de distintos sabor: los hay que disfrutan con su trabajo, los empáticos, los clínicos, los de mirada caída al suelo, los de las manos en los bolsillo de la bata, los paseantes de fonendo, los ovejeros, los extras, los raros y por último los inútiles dioses de bata blanca.
Los "médicos que básicamente son tipo" son esos galenos que creen ser "alguien importante" por el hecho de haber estudiado en sus años mozos, seguramente mientras sus madre les preparaban un caldo de gallina los fines de semana y se encargaban de recordarle a gritos a todas las vecinas del bloque que "mi pequeño estudia para médico" en la prestigiosa (y única, sea dicho de paso) universidad de Santiago de Compostela.
Los "médicos que disfrutan", son aquellos que te pueden hacer una consulta en el pasillo de un servicio en treinta segundos y dejarte convencida de que su diagnóstico es lo más acertado que existe en la vida. A estos los adoro.
Los "empáticos" son los que me maravillan, los se cruzan buscando tu mirada, te responden con una sonrisa, y si detectan en tí el menor atisbo de tristeza, no tendrán problema en pararse contigo, acariciar tu brazo actuando de toma de tierra para descargar tu pena. Los adoro.
Los "clínicos" se dedican a recoger el máximo de informacion del proceso, asépticos en sentimientos, encorbatados, respetables y respetados, los más seguros, los más eficaces y a los que recomendarías siempre.
Los "de mirada al suelo", tímidos enfermizos, posibles víctimas de los familiares más agresivos, a los que casi apetece abrazar y decirle al oído "ya está, hala, ya pasó", ahora vete al baño y sécate las lágrimas. Todo está bien.
Los "paseantes de fonendo" son los que realizan grandes caminatas a través de los pasillos del hospital y los que cada vez que se cruzan con un humano, realizan un gesto muy caracteristico: estiran el cuello hacia delante hasta extremos insospechados a la vez que encajan su fonendo de marca clásica en la hendidura ya hecha en su cuello. Y así caminan hasta llegar al próximo humano para repetir su oxidado gesto.
Los "de mano en el bolsillo de la bata" son los típicos, los que jamás intercambiarían un saludo con los pacientes, jamás dan la mano, su preciado tesoro, esas manos que revuelve entre las pelotillas de los hilos del bolsillo de su almidonada bata. Estos me dan grima.
Los "ovejeros", esos pobres futuros médicos que se dedican a perseguir a su adjunto, siempre detrás, dando pequeños saltitos borregueros silentes para no molestar a su admirada "fuente de sabiduría", el cuál generalmente suele ser "uno de mano en bolsillo de la bata".
Los "extras" son aquellos médicos que están desubicados, no tienen lider, pero cuando se topan con otro grupo de batas blancas se entretejen entre ellos de forma disimulada para no ser descubiertos por sus pacientes y sentirse protegidos.
Y por fin, los inútiles dioses de bata blanca, mis preferidos, a los que dedico este blog. Estos días he tenido la oportunidad de conocer a un par de estos especímenes, y a los que a día de hoy "sigo sufriendo". Se hacen llamar doctores, cuando la gran mayoria son Licenciados por carecer del doctorado que le daría dicho título. No les gustan los tuteos, me refiero a los respetuosos, a los que facilitan una información sin clasismos ni diferencias humanas. Tengo que decirlo, me revienta la creencia por parte de estos licenciados que levitan un centímetro por encima del suelo con la falsa creencia de que sus pacientes y los que los rodean están un escalón por debajo del suelo que ellos pisan.La prepotencia, la falsa creencia de su sapiencia hace que crean poseer la verdad absoluta y esto los convierte en los mayores estafadores de la historia de la medicina, ya que su falsa apariencia no corresponde con su sapiencia, de ahí ese afán por demostrar sus diferencias humanas.
Inútiles dioses de bata blanca, esos a los que me apetecería bajarles los pantalones y darles unos cachetes por prepotentes y ridículos. Si por mi fuera, los humillaría, y cierto que ello es fácil, no suelen ser inteligentes, repiten frases y ejemplos sistematicamente, siempre los mismos y cuando los desvías un poco del tema, te das cuenta de la pérdida de orientación que sufren, no saben defender sus convicciones, no saben volver a sus rancios razonamientos y es cuando, rápidamente se ponen en pie y te dirán que van a atender una urgencia. Mentira, es la huída del cobarde.
Por desgracia sufro a un par de elementos de estos en la asistencia de mi hijo, cosa que me enfada y desespera, ya que se dedican a apoyarse en la misma idea peregrina para justificar cualquier diagnóstico por el simple hecho de no saber solucionar el caso concreto. Dios nos coja confesados caer en sus manos, diría mi abuela, porque como "metan la pata" con el diagnóstico de mi hijo, me encargaré personalmente de que con sus batas blancas hagan trapitos para limpiar los cristales en su casa por siempre jamás. Lo juro. Buena noche. Y buena suerte hijo.
Existen varios tipos de profesionales médicos. Los médicos son como una bolsa de caramelos de distintos sabor: los hay que disfrutan con su trabajo, los empáticos, los clínicos, los de mirada caída al suelo, los de las manos en los bolsillo de la bata, los paseantes de fonendo, los ovejeros, los extras, los raros y por último los inútiles dioses de bata blanca.
Los "médicos que básicamente son tipo" son esos galenos que creen ser "alguien importante" por el hecho de haber estudiado en sus años mozos, seguramente mientras sus madre les preparaban un caldo de gallina los fines de semana y se encargaban de recordarle a gritos a todas las vecinas del bloque que "mi pequeño estudia para médico" en la prestigiosa (y única, sea dicho de paso) universidad de Santiago de Compostela.
Los "médicos que disfrutan", son aquellos que te pueden hacer una consulta en el pasillo de un servicio en treinta segundos y dejarte convencida de que su diagnóstico es lo más acertado que existe en la vida. A estos los adoro.
Los "empáticos" son los que me maravillan, los se cruzan buscando tu mirada, te responden con una sonrisa, y si detectan en tí el menor atisbo de tristeza, no tendrán problema en pararse contigo, acariciar tu brazo actuando de toma de tierra para descargar tu pena. Los adoro.
Los "clínicos" se dedican a recoger el máximo de informacion del proceso, asépticos en sentimientos, encorbatados, respetables y respetados, los más seguros, los más eficaces y a los que recomendarías siempre.
Los "de mirada al suelo", tímidos enfermizos, posibles víctimas de los familiares más agresivos, a los que casi apetece abrazar y decirle al oído "ya está, hala, ya pasó", ahora vete al baño y sécate las lágrimas. Todo está bien.
Los "paseantes de fonendo" son los que realizan grandes caminatas a través de los pasillos del hospital y los que cada vez que se cruzan con un humano, realizan un gesto muy caracteristico: estiran el cuello hacia delante hasta extremos insospechados a la vez que encajan su fonendo de marca clásica en la hendidura ya hecha en su cuello. Y así caminan hasta llegar al próximo humano para repetir su oxidado gesto.
Los "de mano en el bolsillo de la bata" son los típicos, los que jamás intercambiarían un saludo con los pacientes, jamás dan la mano, su preciado tesoro, esas manos que revuelve entre las pelotillas de los hilos del bolsillo de su almidonada bata. Estos me dan grima.
Los "ovejeros", esos pobres futuros médicos que se dedican a perseguir a su adjunto, siempre detrás, dando pequeños saltitos borregueros silentes para no molestar a su admirada "fuente de sabiduría", el cuál generalmente suele ser "uno de mano en bolsillo de la bata".
Los "extras" son aquellos médicos que están desubicados, no tienen lider, pero cuando se topan con otro grupo de batas blancas se entretejen entre ellos de forma disimulada para no ser descubiertos por sus pacientes y sentirse protegidos.
Y por fin, los inútiles dioses de bata blanca, mis preferidos, a los que dedico este blog. Estos días he tenido la oportunidad de conocer a un par de estos especímenes, y a los que a día de hoy "sigo sufriendo". Se hacen llamar doctores, cuando la gran mayoria son Licenciados por carecer del doctorado que le daría dicho título. No les gustan los tuteos, me refiero a los respetuosos, a los que facilitan una información sin clasismos ni diferencias humanas. Tengo que decirlo, me revienta la creencia por parte de estos licenciados que levitan un centímetro por encima del suelo con la falsa creencia de que sus pacientes y los que los rodean están un escalón por debajo del suelo que ellos pisan.La prepotencia, la falsa creencia de su sapiencia hace que crean poseer la verdad absoluta y esto los convierte en los mayores estafadores de la historia de la medicina, ya que su falsa apariencia no corresponde con su sapiencia, de ahí ese afán por demostrar sus diferencias humanas.
Inútiles dioses de bata blanca, esos a los que me apetecería bajarles los pantalones y darles unos cachetes por prepotentes y ridículos. Si por mi fuera, los humillaría, y cierto que ello es fácil, no suelen ser inteligentes, repiten frases y ejemplos sistematicamente, siempre los mismos y cuando los desvías un poco del tema, te das cuenta de la pérdida de orientación que sufren, no saben defender sus convicciones, no saben volver a sus rancios razonamientos y es cuando, rápidamente se ponen en pie y te dirán que van a atender una urgencia. Mentira, es la huída del cobarde.
Por desgracia sufro a un par de elementos de estos en la asistencia de mi hijo, cosa que me enfada y desespera, ya que se dedican a apoyarse en la misma idea peregrina para justificar cualquier diagnóstico por el simple hecho de no saber solucionar el caso concreto. Dios nos coja confesados caer en sus manos, diría mi abuela, porque como "metan la pata" con el diagnóstico de mi hijo, me encargaré personalmente de que con sus batas blancas hagan trapitos para limpiar los cristales en su casa por siempre jamás. Lo juro. Buena noche. Y buena suerte hijo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)