viernes, 19 de junio de 2026

MARINA

Caminaba sutilmente agarrada del brazo de un chico alto, de mediana edad, que respetaba su lento caminar. Ella con una amable sonrisa que me invitaba a devolvérsela ya desde la puerta de entrada. A medida que se iba acercando, aquella bonita persona de ojos añosos y sonrisa perenne, me saludó como si me conociera. 

"Sentaros, por favor. ¿Me puedes decir tu nombre?."
"Buenos días, me llamo Marina. Creo que la conozco", me dijo de forma casi imperceptible.
"Por favor Marina, trátame de tú, aquí somos muy de casa". 

Sus labios pintados esbozaban una espléndida sonrisa que iluminó mi cara.
Se sentó a medio metro de mí, a una distancia suficiente que me permitía mirarle a los ojos, muy expresivos, con las arrugas propias de su edad pero inmensamente llenos de gratitud. 

Puse mis manos sobre las suyas mientras le explicaba para qué servían cada una de las vacunas que le iba a administrar. En cuestión de segundos, ella cogió mis manos y empezó a acariciarlas mientras mantenía aquella sonrisa que transmitía una ternura que me parecía muy familiar.

"Tienes las manos cargadas de cariño. Me estás explicando lo que me vas a hacer sin prisa. Yo tengo mala memoria, son los años, pero creo que esto no lo voy a olvidar, mejor dicho, no te voy a olvidar".

"Gracias por tus palabras, sólo trato cómo me gustaría que lo hicieran si yo estuviera sentada en tu sitio. No quiero que sientas miedo, si has entrado con él se quedará aquí, metido en ese contenedor de miedos".

Marina no dejaba de sonreír ni cuando le puse la vacuna. Volvió a recoger mis manos como quién coge algo muy delicado que se ha caído al suelo y me dió las gracias.

"No hay de qué, Marina. Te volveré a ver en un mes".
"Me encantará verte tan pronto, vendré con mi hijo, que es guardia civil a todos los niveles. ¿Verdad, hijo?". 

Me guiñó un ojo buscando mi complicidad y no pude más que responderle con otro guiño y una caricia en sus manos. Se levantó lentamente y me acerqué a ella para acompañarlos hasta la puerta de salida.

"Perdona cariño, no quiero liarte más tiempo pero estarás aquí cuando vuelva dentro de un mes, ¿verdad?".
"Eso espero Marina, si la vida me lo permite, aquí estaré".
"Pues entonces estarás".

Ayer acudió a su nueva cita. Marina asomó la cabeza por la puerta y su dulce voz llegó hasta mis oídos.
"Estás aquí, qué alegría verte. Se lo dije a mi hijo, quiero que esté la misma enfermera". 

Cerré mis ojos y le sonreí, quizás para contener una emoción que podía desbordarse. Me acerqué, le di un abrazo y la acompañé hasta la silla.

"Se lo venía diciendo a mi hijo, que es guardia civil en todos los sentidos. Ojalá esté la misma enfermera, esa que sonríe".

Su acompañante entonces se dirigió a mí.
"Mi madre me dijo viniendo hacia aquí, tengo poca memoria hijo, pero a ella la recuerdo. Era una chiquilla cuando perdió a su hermano y durante años, ella perdió la sonrisa. Ya han pasado muchos años, y verla sonreír me emocionado. Yo era la profesora de su hermano el año que falleció".

En ese mismo momento reconocí a Marina y no pude más que acercarme a ella y abrazarla con el mismo cariño como ella lo hizo el peor día de mi vida. Puse mis manos en su cara y con un beso en la mejilla le agradecí que se hubiera "descubierto".

La veré en septiembre, eso espero. Casi me está tardando.

Buena noche.

sábado, 13 de junio de 2026

CEGUERA MENTAL

La sala de espera de urgencias de un hospital es una zona dónde nada deja de sorprender. Todos los que ocupamos un asiento esperamos noticias de algún familiar, amigo, conocido...

Cada minuto entra en la sala de espera una hilera de pacientes con problemas de vida, como un grifo mal cerrado que pierde agua gota a gota. Mientras, otros deambulan por esa jungla horas y horas, con una edad y un cuerpo que ya no está para aguantar esa espera.

Ayer, mientras esperábamos con paciencia una buena noticia que despejará la duda que  rondaba silenciosamente en la cabeza, entró en la sala un hombre mayor de pelo cano, calzado con alpargatas y vistiendo pantalón vaquero con camisa de cuadros. Y es necesario describirlo porque su aspecto era absolutamente impoluto. Para nada se sospechaba desagradable, para nada fue incorrecto, para nada se merecía la estúpida contestación de dos cuerpos inmóviles sentados en las sillas esperando sabe dios qué o a quién.

El anciano se acercó arrastrando los pies a una mujer de mediana edad que sujetaba entre sus manos una recalentada botella de agua. No acerté a escuchar claramente la conversación que inició el buen hombre, sólo conseguí escuchar un tímido y prudente "por favor señorita".

El anciano le pidió ayuda para conseguir de la máquina de snacks una botella de agua y unas galletas. La chica impasible miró hacia el suelo con aire de incomodidad y sin mirarle, le contestó un "no" repetido, un "no" sonoro, un "no' que le invitaba sin motivo a separarse de ella.

Dos pasos atrás, un chico de cuarenta y tantos se desvivía por no levantar la vista de su móvil. Ceño fruncido que delataba la incomodidad que le provocaba observar como el anciano se le acercaba. 

El hombre se dirigió al chico y le pidió si podía ayudarle a quitar de la máquina un agua y algo de comer. Como si le hubiera pedido tres litros de su propia sangre y con la misma cara de amargado con la que nos lo habíamos  encontrado en aquel jardín de antipáticos, miró desafiantemente al anciano y le espetó un "no" que  retumbó en toda la sala de espera. 

Hirviéndome la sangre, me levanté para ayudar al anciano en su "problema", no antes de mirar desafiantemente a los dos impresentables.

El pobre hombre con su andar titubeante se adelantó a mis pasos y se dirigió entonces a un chico que estaba retirando una botella de agua de la máquina al que pidió ayuda. El joven le preguntó mirándole  a los ojos en qué podía ayudarlo. El anciano respondió que tan sólo quería una botella de agua y unas galletas. 

Ante el desconocimiento evidente del anciano de como funcionaba la máquina dispensadora, el joven presionó el botón que hacía rodar la tan ansiada botella de agua. En el mismo segundo en que la botella caía en el cajón, el anciano sacó de su cartera un billete de veinte euros y se lo entregó al joven para realizar el pago. 

El joven ayudó al anciano a recoger la vuelta de "su compra" y a elegir las galletas que deseaba.

 Un "gracias, muy amable" fueron las delicadas palabras de agradecimiento.

Los dos innombrables que no ayudaron al anciano, sentaban sus posaderas en un servicio de urgencias al que acudieron para que se les prestaran un servicio que supuestamente necesitaban, mientras que estos mismos demandantes le negaban ayuda a un anciano por miedo a tener que abonarle de su bolsillo una botella de agua y unas galletas.

No sé en qué mundo vivimos, lo único que sé ciertamente es que la humanidad, la empatía y la capacidad de ayuda ha dejado de ser una característica humana. 

Era evidente que el anciano llevaba muchas horas en aquel hospital. Quizás ese fue el único momento en el que pudo dejar sin su compañía a un familiar y acercarse a la sala de espera para comer y beber algo. Quizás se trataba de su anciana esposa postrada desde hace horas en una incomoda camilla en un frío pasillo. O puede que estuviera cuidando de un hijo o de un nieto enfermo... 

Sólo necesitaba que alguien le dijera cómo podía comprar una botella de agua y unas galletas. El escudo de indiferencia y desprecio al prójimo con el que se cubrieron los dos despreciables de aquella sala de espera, me resultó repugnante. No puedo evitar desearles  el mismo trato, la misma indiferencia y el mismo NO a la asistencia que reciban en este servicio. Si no hoy, el día que acudan como ancianos.


Al joven amable que lo ayudó, todos mis respetos. A veces hay un rayo de luz en gente buena.

Buena noche.