Descubriendo las aristas, fina forma de describir como me siento. Hoy, día extraño. Amanecí cansada, quizás el cuerpo no llegó a apoyarse del todo en la cama esta noche. No tengo la cabeza ni el alma en paz, y no por culpa, sí por falta, sí por añoro.
Llegué, buenos días paso a paso hasta mi lugar, tarareando aquella canción que duele si la hago consciente, la que no puedo evitar porque me niego a olvidar. Y allí me senté, vacié mis bolsillos, apoyé el móvil y cogí aire. Llegó un mensaje, estaba fuera. Pasó, lo llevé a quién debía y salí cerrando la puerta que protegería su intimidad. Pronto recibí una orden y me puse con él. Estaba nervioso, asustado, se veía en sus ojos, tenía la necesidad de que aquel dolor cesara y de que su diagnóstico llegara. Puse mi mano sobre su brazo, no agarrándolo, sólo para intentar transmitirle el calor de seguridad que precisaba. Acabé mi trabajo y le tocó esperar por resultados. Mientras, caminé hacia mi puesto susurrando la canción que vive en mis labios cuando vi la camilla y aquella mujer custodiada por tres familiares llenos de lágrimas de tristeza infinita. Conocía a uno de ellos, pero me llegaba tan sólo uno para notar el dolor de todos. El hijo se secó los ojos y comenzó a contarme con voz entrecortada que no tenían que estar allí, que los esperaban en otro hospital, que ...Le sujeté la mano suavemente, casi un roce,él me miró con los ojos llenos de dolor y le expliqué que haríamos lo que me pedía, pero por orden. Primero tratar el dolor de su madre, y después tratar el suyo, llegar a su zona de confort donde su miedo, su ansiedad y su impotencia disminuirían sensiblemente. Y así fue, y cuando ella calmó su dolor, la llevé a dónde la esperaban. Y me cogió la mano y noté su calor, y me la acarició con agradecimiento, y llenó mis ojos de lágrimas que tuve que tragar para no descubrir su despedida definitiva.
Volví a mi lugar, un padre sujetaba en sus brazos una bebé minúscula, la agarraba en sus brazos enormes con una dulzura infinita, protegiéndola de cualquier daño, siendo también la pequeña la que lo protegía a él de la rabia con la que hablaba de cómo los habían tratado. Mientras la madre lloraba asustada agarrada al carrito del bebé, pidiendo ayuda en silencio, sin palabras, sólo con su pena. El tenía tanta rabia contenida, tanta impotencia retenida, tanta fuerza a punto de estallar que pensé que de allí no saldría nada bueno. Me posicioné del lado del miedo, no pude hacerlo del lado de mis compañeros porque entendía a los padres, los entendía a ellos, yo había sentido ese miedo, esa rabia, esa impotencia. Me acerqué a la madre y le cogí las manos, dejando las suyas abrazadas por las mías, las medié entre las dos, cogió un soplo de aire entrecortado y dejó de llorar. Le sequé las lágrimas, la abracé y le dije que la pediatra la atendería y solucionaría sus dudas. Más tarde los vi a los tres en otra zona del servicio, abrí la puerta, me invitaron a entrar, ahora era su espacio, la madre daba el pecho a su hija y el padre las miraba con orgullo. Hablé con ellos, ya estábamos en otro momento, había calma, empatía y agradecimiento. Me acerqué y acaricié aquella pequeña cabeza, les conté brevemente mi lucha y nos despedimos. La mamá me dijo: "ojalá tengas suerte". Le sonreí, ojalá es mi palabra mágica y me fui a buscar los resultados de mi primer paciente. Ya tenía su diagnóstico y su nueva cita para tratar su problema. Se acercó a mí y me dio dos besos, se giró hacia la pared y comenzó a llorar. ¿Qué te pasa?, le pregunté. Su respuesta fue demoledora: " todos os portáis tan bien conmigo y yo no hago nada por vosotros. Mi madre te adoraba, la cuidabas, siempre hablaba de lo buena que eras con ella". Le toque la cara con mi mano, acariciando aquellas bellas palabras, y lo abracé. Era un abrazo necesario desde hacía mucho tiempo, era una paz que quizás los dos necesitábamos darnos, era un consuelo prometido.
Miré el teléfono, mi hijo no se encontraba bien, le mandaba mensajes para intentar cuidarlo y mimarlo con mis palabras, pero mi necesidad era llegar a casa para agarrarlo de la mano, para jugar con sus dedos, para empaparme de él. "Ya falta menos, mi vida, no tengas miedo".
Mi amiga tenía a su hija enferma. La conozco, la noto asustada, no quiero que tenga miedo, quiero que tenga tranquilidad y confianza. Me senté en la camilla y le cogí el brazo a su pequeña. Le expliqué lo que tenía que hacerle, con calma, sonriéndole, acariciando aquel pequeño brazo. Y se dejó hacer con tranquilidad, le acaricié la cara y salté con mis dedos de su barriga a su nariz, consiguiendo una sonrisa entre tanto malestar. Y ya pasaba de mi hora, mi hijo me esperaba, pero ella era mi amiga hermana, y su niña estaba enferma, el mío también pero aún así, no podía dejarla hasta que todo estuviera encaminado. Así fue, me despedí, cogí mis cosas y miré el teléfono. Mi hijo me necesitaba y yo no estaba allí. Alguien me dijo "pero aún estás aquí, vete a casa con tus niños, anda". Asentí con la cabeza y sonreí. Sí, quizás necesito que me abracen, quizás hoy necesito que me agarren la mano, quizás necesito una caricia en la cara, quizás.... Buena noche.
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jueves, 7 de junio de 2018
jueves, 10 de diciembre de 2015
Y SIN EMBARGO, ME GUSTA
Aquella mañana decidí lo que iba a estudiar, lo que quería ser, a lo que quería llegar. Y me costó, pero lo hice. Decidí trabajar en el mundo sanitario, que aunque suena como una entrega y aunque casi te encuadra en el mundo del altruismo, tiene sus aristas cortantes.
Trabajo en un servicio de urgencias y me gusta. Claro que a supermán también le gustaba volar...
Hace dos días tuvimos una noche de esas en las que cuando acabas no tienes ganas de hablar, sólo ves en tus compañeros bostezos, te da igual tu aspecto y llevar los ojos abiertos al salir del turno es toda una proeza. Cansados no sería la palabra correcta, sería algo más contundente, agotados, al límite, consumidos...
Pués bien, cansa el esfuerzo físico, pero más el psíquico, una parte que la mayoría de las veces ignora el usuario. Cuando entramos en cada turno tenemos que hacer el paseillo por el servicio para llegar a la sala de personal, ese paraíso donde los pacientes piensan que nos "repanchingamos " a tomar café todo el día. Siento decirles que eso es físicamente imposible por las dimensiones de dicha sala, que exactamente mide 9 m2, ocupados por un armario, dos sillones ajados por su uso, un mesado y una mesita central, como la que usted tiene delante de la televisión en su hogar. Y ese espacio lo compartimos 13 personas, con lo cual si hago cálculos disfrutamos aproximadamente de 60 cm2 por persona. Ya ven, imposible sentarse. Pués eso, nos ven pasar con nuestras bolsas, y en alguna ocasión hemos escuchado: "ahí van, tartas, pasteles, hoy tienen fiesta". Y seguramente la tendremos, pero no del tipo que usted cree.
Comienza el turno, vamos, dame el cambio. Aquello no es una carpeta de cambio, aquello es la lista de candidatos al Congreso... es imposible que todos esos pacientes estén en el servicio, estoy empezando a pensar que han habilitado las rotondas de la entrada como hospital de campaña. Y nada más llegar, todo el mundo te pregunta si tardarán mucho los resultados, que si lo van a llevar a hacer la placa, que llevan horas esperando al internista, que la camilla es muy incómoda, que si yo sin almohada no puedo estar, que ... y a esas alturas, sabiendo que sólo llevas unos minutos en el servicio, ya te has mordido la lengua en varias ocasiones.
Voy a coger una vía al Box 3 izquierda, amablemente invitas al acompañante a esperar en la sala de espera mientras realizas tu trabajo explicándoles que el espacio es muy reducido y necesitas moverte libremente. Ni se levanta, y pienso: "quizás no me ha oído". Lo repito en tono un poco más alto, él te mira, pero no responde. Autista pienso, hasta que me dice: "sé mis derechos" en tono muy poco amigable, puñetero pienso. Y allí intento hacer mi trabajo, pasándole el carro del electro por encima de los pies, golpeándolo con el carro de curas, haciéndole sujetar la papelera llena de restos... siempre acaban saliendo a fumar un cigarro, aunque no fumen. Me da igual...
Le preguntas al paciente cómo se encuentra y recibes una tos en toda la cara. No hablan, sólo saben demostrar. Y las tos es amable, ni contar quiero cuando acuden con aerofagia o con su abdomen repleto de gases, eso roza lo denunciable. Tampoco disfruto mucho de aquellos pacientes que te dicen: "me dan mucho miedo las vías" y tú les das una mano para que no sientan temor, y ahí comienza lo difícil. Ellos no te soltarán la mano, realmente piensan que se la has regalado, te la apretarán hasta la isquemia, sus uñas quedarán marcadas para siempre jamás y mientras, con tu mano libre abrirás paquetes de gasas, colocarás el compresor, cogerás la vía, harás la analítica..., eso sí, con una sola mano, la otra la has perdido para siempre... muchás veces he pensado en reconvertirme a acróbata.
Y ya de vuelta al control, alguien te para por el pasillo para plantarte en la cara un bote lleno de material verdoso y preguntarte si con esa cantidad de esputo llega o si sigue llenándolo. Cojo el bote y cierro los ojos, no quiero verlo, me da igual si son verdes o azules.. Llego a mi puesto y me siento para registrar en la hoja del paciente mi labor, y siempre oyes por lo bajini, "vesssssss, todo el día sentadas". Podría levantar la mirada, podría encararme, podría decirle cuatro cosas, pero no, prefiero la ignorancia del cobarde.
Suena el timbre del vital, es prioritaria la atención en dicho box, dejas lo que estás haciendo y te diriges allí al galope. Y siempre hay alguna mala baba que dice: "ves, lo que te dije, es el timbre del café, ahí van todos a la sala". Tengo que dejar de tomar café, me están entrando muchas ganas de asesinar...
Y mientras atiendes la emergencia, siempre hay algún descerebrado que aprovecha que sales de la sala de críticos para preguntarte si van a tardar mucho en atenderlo, que su hijo tiene un cumple y que no llega... Os juro que mil veces he estado tentada a decir: "Siiiiii mujer, cuando acabemos de reanimar a su madre ya le atendemos para que el niño llegue al cumpleaños felízzzz"...
Llega una madre muy nerviosa preguntando por su hijo, le han avisado que estaba en el servicio porque se encontraba "un poco mal". El niño se ha corrido una juerga de porrillos y alcohol con sus 16 añitos. La madre se arroja a su cuello, lo besa, le acaricia la frente y le pregunta: ¿quién fue el desgraciado que te ha hecho esto?. A estas alturas ya nada me sorprende, no tengo ganas de contestarle, me da igual, solo piendo que si es mi hijo lo escoño. Qué diferentes somos...
Nunca piensas en las horas que han pasado, sólo piensas en las que te quedan. A medida que pasa el tiempo eres como un fuelle que pierde aire, físicamente es duro, psíquicamente es agotador. Y si acabas el turno sin la oferta de un sopapo por parte de algún troglodita, date por salvada.
Los que trabajamos en los servicios de urgencias somos absolutamente vocacionales, nos gusta este trabajo, nos enfrentamos a situaciones críticas, tenemos la capacidad de centrar nuestros esfuerzos en salvar una vida sin ver caras, ni razas, ni creencias, sólo vidas humanas. Pero también sentimos, tenemos miedo, familiares que nos necesitan, nosotros enfermamos, nuestros hijos vomitan, tosen y tienen fiebre como los suyos, me gustaría pasar la navidad con mis amores, un fin de semana sin trabajar, celebrar el cumpleaños con los míos...
Somos humanos como vosotros, sentimos, lloramos, nos agobiamos, necesitamos estar con los que nos aman, también hemos perdido familia, echamos de menos...¿Me entiendes?. Buena noche.
Trabajo en un servicio de urgencias y me gusta. Claro que a supermán también le gustaba volar...
Hace dos días tuvimos una noche de esas en las que cuando acabas no tienes ganas de hablar, sólo ves en tus compañeros bostezos, te da igual tu aspecto y llevar los ojos abiertos al salir del turno es toda una proeza. Cansados no sería la palabra correcta, sería algo más contundente, agotados, al límite, consumidos...
Pués bien, cansa el esfuerzo físico, pero más el psíquico, una parte que la mayoría de las veces ignora el usuario. Cuando entramos en cada turno tenemos que hacer el paseillo por el servicio para llegar a la sala de personal, ese paraíso donde los pacientes piensan que nos "repanchingamos " a tomar café todo el día. Siento decirles que eso es físicamente imposible por las dimensiones de dicha sala, que exactamente mide 9 m2, ocupados por un armario, dos sillones ajados por su uso, un mesado y una mesita central, como la que usted tiene delante de la televisión en su hogar. Y ese espacio lo compartimos 13 personas, con lo cual si hago cálculos disfrutamos aproximadamente de 60 cm2 por persona. Ya ven, imposible sentarse. Pués eso, nos ven pasar con nuestras bolsas, y en alguna ocasión hemos escuchado: "ahí van, tartas, pasteles, hoy tienen fiesta". Y seguramente la tendremos, pero no del tipo que usted cree.
Comienza el turno, vamos, dame el cambio. Aquello no es una carpeta de cambio, aquello es la lista de candidatos al Congreso... es imposible que todos esos pacientes estén en el servicio, estoy empezando a pensar que han habilitado las rotondas de la entrada como hospital de campaña. Y nada más llegar, todo el mundo te pregunta si tardarán mucho los resultados, que si lo van a llevar a hacer la placa, que llevan horas esperando al internista, que la camilla es muy incómoda, que si yo sin almohada no puedo estar, que ... y a esas alturas, sabiendo que sólo llevas unos minutos en el servicio, ya te has mordido la lengua en varias ocasiones.
Voy a coger una vía al Box 3 izquierda, amablemente invitas al acompañante a esperar en la sala de espera mientras realizas tu trabajo explicándoles que el espacio es muy reducido y necesitas moverte libremente. Ni se levanta, y pienso: "quizás no me ha oído". Lo repito en tono un poco más alto, él te mira, pero no responde. Autista pienso, hasta que me dice: "sé mis derechos" en tono muy poco amigable, puñetero pienso. Y allí intento hacer mi trabajo, pasándole el carro del electro por encima de los pies, golpeándolo con el carro de curas, haciéndole sujetar la papelera llena de restos... siempre acaban saliendo a fumar un cigarro, aunque no fumen. Me da igual...
Le preguntas al paciente cómo se encuentra y recibes una tos en toda la cara. No hablan, sólo saben demostrar. Y las tos es amable, ni contar quiero cuando acuden con aerofagia o con su abdomen repleto de gases, eso roza lo denunciable. Tampoco disfruto mucho de aquellos pacientes que te dicen: "me dan mucho miedo las vías" y tú les das una mano para que no sientan temor, y ahí comienza lo difícil. Ellos no te soltarán la mano, realmente piensan que se la has regalado, te la apretarán hasta la isquemia, sus uñas quedarán marcadas para siempre jamás y mientras, con tu mano libre abrirás paquetes de gasas, colocarás el compresor, cogerás la vía, harás la analítica..., eso sí, con una sola mano, la otra la has perdido para siempre... muchás veces he pensado en reconvertirme a acróbata.
Y ya de vuelta al control, alguien te para por el pasillo para plantarte en la cara un bote lleno de material verdoso y preguntarte si con esa cantidad de esputo llega o si sigue llenándolo. Cojo el bote y cierro los ojos, no quiero verlo, me da igual si son verdes o azules.. Llego a mi puesto y me siento para registrar en la hoja del paciente mi labor, y siempre oyes por lo bajini, "vesssssss, todo el día sentadas". Podría levantar la mirada, podría encararme, podría decirle cuatro cosas, pero no, prefiero la ignorancia del cobarde.
Suena el timbre del vital, es prioritaria la atención en dicho box, dejas lo que estás haciendo y te diriges allí al galope. Y siempre hay alguna mala baba que dice: "ves, lo que te dije, es el timbre del café, ahí van todos a la sala". Tengo que dejar de tomar café, me están entrando muchas ganas de asesinar...
Y mientras atiendes la emergencia, siempre hay algún descerebrado que aprovecha que sales de la sala de críticos para preguntarte si van a tardar mucho en atenderlo, que su hijo tiene un cumple y que no llega... Os juro que mil veces he estado tentada a decir: "Siiiiii mujer, cuando acabemos de reanimar a su madre ya le atendemos para que el niño llegue al cumpleaños felízzzz"...
Llega una madre muy nerviosa preguntando por su hijo, le han avisado que estaba en el servicio porque se encontraba "un poco mal". El niño se ha corrido una juerga de porrillos y alcohol con sus 16 añitos. La madre se arroja a su cuello, lo besa, le acaricia la frente y le pregunta: ¿quién fue el desgraciado que te ha hecho esto?. A estas alturas ya nada me sorprende, no tengo ganas de contestarle, me da igual, solo piendo que si es mi hijo lo escoño. Qué diferentes somos...
Nunca piensas en las horas que han pasado, sólo piensas en las que te quedan. A medida que pasa el tiempo eres como un fuelle que pierde aire, físicamente es duro, psíquicamente es agotador. Y si acabas el turno sin la oferta de un sopapo por parte de algún troglodita, date por salvada.
Los que trabajamos en los servicios de urgencias somos absolutamente vocacionales, nos gusta este trabajo, nos enfrentamos a situaciones críticas, tenemos la capacidad de centrar nuestros esfuerzos en salvar una vida sin ver caras, ni razas, ni creencias, sólo vidas humanas. Pero también sentimos, tenemos miedo, familiares que nos necesitan, nosotros enfermamos, nuestros hijos vomitan, tosen y tienen fiebre como los suyos, me gustaría pasar la navidad con mis amores, un fin de semana sin trabajar, celebrar el cumpleaños con los míos...
Somos humanos como vosotros, sentimos, lloramos, nos agobiamos, necesitamos estar con los que nos aman, también hemos perdido familia, echamos de menos...¿Me entiendes?. Buena noche.
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