Aquella mañana decidí lo que iba a estudiar, lo que quería ser, a lo que quería llegar. Y me costó, pero lo hice. Decidí trabajar en el mundo sanitario, que aunque suena como una entrega y aunque casi te encuadra en el mundo del altruismo, tiene sus aristas cortantes.
Trabajo en un servicio de urgencias y me gusta. Claro que a supermán también le gustaba volar...
Hace dos días tuvimos una noche de esas en las que cuando acabas no tienes ganas de hablar, sólo ves en tus compañeros bostezos, te da igual tu aspecto y llevar los ojos abiertos al salir del turno es toda una proeza. Cansados no sería la palabra correcta, sería algo más contundente, agotados, al límite, consumidos...
Pués bien, cansa el esfuerzo físico, pero más el psíquico, una parte que la mayoría de las veces ignora el usuario. Cuando entramos en cada turno tenemos que hacer el paseillo por el servicio para llegar a la sala de personal, ese paraíso donde los pacientes piensan que nos "repanchingamos " a tomar café todo el día. Siento decirles que eso es físicamente imposible por las dimensiones de dicha sala, que exactamente mide 9 m2, ocupados por un armario, dos sillones ajados por su uso, un mesado y una mesita central, como la que usted tiene delante de la televisión en su hogar. Y ese espacio lo compartimos 13 personas, con lo cual si hago cálculos disfrutamos aproximadamente de 60 cm2 por persona. Ya ven, imposible sentarse. Pués eso, nos ven pasar con nuestras bolsas, y en alguna ocasión hemos escuchado: "ahí van, tartas, pasteles, hoy tienen fiesta". Y seguramente la tendremos, pero no del tipo que usted cree.
Comienza el turno, vamos, dame el cambio. Aquello no es una carpeta de cambio, aquello es la lista de candidatos al Congreso... es imposible que todos esos pacientes estén en el servicio, estoy empezando a pensar que han habilitado las rotondas de la entrada como hospital de campaña. Y nada más llegar, todo el mundo te pregunta si tardarán mucho los resultados, que si lo van a llevar a hacer la placa, que llevan horas esperando al internista, que la camilla es muy incómoda, que si yo sin almohada no puedo estar, que ... y a esas alturas, sabiendo que sólo llevas unos minutos en el servicio, ya te has mordido la lengua en varias ocasiones.
Voy a coger una vía al Box 3 izquierda, amablemente invitas al acompañante a esperar en la sala de espera mientras realizas tu trabajo explicándoles que el espacio es muy reducido y necesitas moverte libremente. Ni se levanta, y pienso: "quizás no me ha oído". Lo repito en tono un poco más alto, él te mira, pero no responde. Autista pienso, hasta que me dice: "sé mis derechos" en tono muy poco amigable, puñetero pienso. Y allí intento hacer mi trabajo, pasándole el carro del electro por encima de los pies, golpeándolo con el carro de curas, haciéndole sujetar la papelera llena de restos... siempre acaban saliendo a fumar un cigarro, aunque no fumen. Me da igual...
Le preguntas al paciente cómo se encuentra y recibes una tos en toda la cara. No hablan, sólo saben demostrar. Y las tos es amable, ni contar quiero cuando acuden con aerofagia o con su abdomen repleto de gases, eso roza lo denunciable. Tampoco disfruto mucho de aquellos pacientes que te dicen: "me dan mucho miedo las vías" y tú les das una mano para que no sientan temor, y ahí comienza lo difícil. Ellos no te soltarán la mano, realmente piensan que se la has regalado, te la apretarán hasta la isquemia, sus uñas quedarán marcadas para siempre jamás y mientras, con tu mano libre abrirás paquetes de gasas, colocarás el compresor, cogerás la vía, harás la analítica..., eso sí, con una sola mano, la otra la has perdido para siempre... muchás veces he pensado en reconvertirme a acróbata.
Y ya de vuelta al control, alguien te para por el pasillo para plantarte en la cara un bote lleno de material verdoso y preguntarte si con esa cantidad de esputo llega o si sigue llenándolo. Cojo el bote y cierro los ojos, no quiero verlo, me da igual si son verdes o azules.. Llego a mi puesto y me siento para registrar en la hoja del paciente mi labor, y siempre oyes por lo bajini, "vesssssss, todo el día sentadas". Podría levantar la mirada, podría encararme, podría decirle cuatro cosas, pero no, prefiero la ignorancia del cobarde.
Suena el timbre del vital, es prioritaria la atención en dicho box, dejas lo que estás haciendo y te diriges allí al galope. Y siempre hay alguna mala baba que dice: "ves, lo que te dije, es el timbre del café, ahí van todos a la sala". Tengo que dejar de tomar café, me están entrando muchas ganas de asesinar...
Y mientras atiendes la emergencia, siempre hay algún descerebrado que aprovecha que sales de la sala de críticos para preguntarte si van a tardar mucho en atenderlo, que su hijo tiene un cumple y que no llega... Os juro que mil veces he estado tentada a decir: "Siiiiii mujer, cuando acabemos de reanimar a su madre ya le atendemos para que el niño llegue al cumpleaños felízzzz"...
Llega una madre muy nerviosa preguntando por su hijo, le han avisado que estaba en el servicio porque se encontraba "un poco mal". El niño se ha corrido una juerga de porrillos y alcohol con sus 16 añitos. La madre se arroja a su cuello, lo besa, le acaricia la frente y le pregunta: ¿quién fue el desgraciado que te ha hecho esto?. A estas alturas ya nada me sorprende, no tengo ganas de contestarle, me da igual, solo piendo que si es mi hijo lo escoño. Qué diferentes somos...
Nunca piensas en las horas que han pasado, sólo piensas en las que te quedan. A medida que pasa el tiempo eres como un fuelle que pierde aire, físicamente es duro, psíquicamente es agotador. Y si acabas el turno sin la oferta de un sopapo por parte de algún troglodita, date por salvada.
Los que trabajamos en los servicios de urgencias somos absolutamente vocacionales, nos gusta este trabajo, nos enfrentamos a situaciones críticas, tenemos la capacidad de centrar nuestros esfuerzos en salvar una vida sin ver caras, ni razas, ni creencias, sólo vidas humanas. Pero también sentimos, tenemos miedo, familiares que nos necesitan, nosotros enfermamos, nuestros hijos vomitan, tosen y tienen fiebre como los suyos, me gustaría pasar la navidad con mis amores, un fin de semana sin trabajar, celebrar el cumpleaños con los míos...
Somos humanos como vosotros, sentimos, lloramos, nos agobiamos, necesitamos estar con los que nos aman, también hemos perdido familia, echamos de menos...¿Me entiendes?. Buena noche.
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jueves, 10 de diciembre de 2015
martes, 30 de diciembre de 2014
FELIZ AÑO
Vivimos un momento sanitario convulso. Lo sé porque trabajo en el sector. Los medios de comunicación repiten una y otra vez que los servicios de Urgencias no dan a basto, que los pacientes se hacinan en los pasillos y que los familiares exigen una asistencia más racional, y más humana.
Cuando nos veas correr por los pasillos, sólo te pido que nos veas como lo que somos, personas que decidimos trabajar cuidando, a vosotros y para vosotros. No me digas cuando estés enfadado con el sistema que tú me pagas, que tomo café a todas horas, que dedico mi tiempo a pasear, que no me preocupo por mis pacientes, porque eso no es verdad, no es así.
Así que dentro de una horas, si acudes a un Servicio de Urgencias y ves que está saturado, no increpes al personal, simplemente párate a pensar que allí estamos para cuidarte y para mandarte de vuelta a tu casa lo antes posible, para que puedas celebrar con tu familia el fin de año.
Se regodean con imágenes de pacientes tumbados en frías camillas, todos en fila y pegados a las paredes de estrechos pasillos,en los que la máxima intimidad consigue debajo de unas sábanas.
En la radio se entrevista a las familias de los pacientes, están cansados de esperar una cama que no llega, se desesperan al saber que hay plantas vacías y cerradas para ahorrar personal. Sus voces transmiten cansancio.
En la prensa, fotos de salas de espera dónde se mezclan los enfermos con los agotados familiares.
Esas personas que corren entre las camillas, esas vestidas de blanco que vuelan sobre zuecos de colores, esas dianas que reciben más de un inmerecido dardo envenenado, esas a las que no conoces pero si reprochas su frialdad en el trato, esas personas, decidieron un buen día trabajar cuidando a los demás.
Esas que se acercan al paciente sin miedo al contagio, se vacuna todos los años para no transmitir enfermedades a los pacientes, que tienen días en los que no tienen tiempo para comer, esas que trabajan días, noches, festivos, veranos, inviernos, en semana santa, nochebuenas, fin de año, reyes. Esas personas que viven sus días sin fecha, sus semanas sin días, lo hacen por una decisión que tomaron un buen día para cuidar de tí y los tuyos.
Y no penséis que es tan fácil. Aunque nos veas correr por los pasillos, nosotras tenemos historias tan tristes y desgarradoras como las vuestras. El ser sanitario no nos libra de la enfermedad, de los dolores, del cansancio, de la tristeza, del desamor.
También perdemos a seres queridos, tenemos hijos que enferman y nos vemos obligados a dejarlos en casa mientras cuidamos de otros, nos gustaría abrazar a los nuestros al cambiar de año, ir a cenar en los aniversarios o ver las caras de nuestros hijos cuando abren su regalo de Reyes.
Y también tenemos miedo de no ser capaz de cuidaros, de que no tengáis confianza en nosotros, de que no nos permitas ayudaros, de que tiréis la toalla y no queráis seguir luchando, de que os duela lo que os hacemos, de no saber interpretar vuestro dolor, de no entender vuestros silencios, de no saber leer en vuestros ojos, de que os molesten nuestras caricias, de que no pueda consolaros...
Cuando nos veas correr por los pasillos, sólo te pido que nos veas como lo que somos, personas que decidimos trabajar cuidando, a vosotros y para vosotros. No me digas cuando estés enfadado con el sistema que tú me pagas, que tomo café a todas horas, que dedico mi tiempo a pasear, que no me preocupo por mis pacientes, porque eso no es verdad, no es así.
Yo no estoy en los despachos, ni tomo decisiones, ni aplico recortes, ni puedo decidir sobre pruebas, listas de espera, cirugías..., yo sólo estoy aquí para cuidarte, con lo que tengo, con lo que la administración me da, que siempre es poco.
Yo puedo escuchar tus quejas, pero no está en mis manos la solución de todos los problemas. Puedo cogerte la mano y darte ánimo, puedo acariciar tu cabello si te veo solo, puedo secar tus lágrimas si lloras, puedo hacerte sonreír si tu quieres, pero si tienes alguna queja sobre el sistema, a pesar de formar parte de él, yo no tomo decisiones.
Así que dentro de una horas, si acudes a un Servicio de Urgencias y ves que está saturado, no increpes al personal, simplemente párate a pensar que allí estamos para cuidarte y para mandarte de vuelta a tu casa lo antes posible, para que puedas celebrar con tu familia el fin de año.
Nosotros seguiremos allí por si nos necesitas.
Buena noche, y esta vez, Feliz Año a todos.
martes, 4 de noviembre de 2014
LA POSESA
Me gusta mi profesión, rotundamente sí aunque haya momentos en que mi espíritu cuidador se torne lo contrario con según quién me tope.
Soy enfermera desde hace 20 años, afú, si echo un ojo a la orla, no me acuerdo de casi ningún compañero, sólo de los que se sentaban ce ca, y sólo si levantaban la cabeza de los folios
Cuando estudiaba la carrera de enfermería, los profesores hablaban de la comprensión, la empatía, la dulzura, la entrega vocacional de la enfermera al cuidado de los pacientes.
Hablaban y hablaban durante horas del buen método, de la paciencia, de los sentimientos compartidos, mientras todo lo escuchaba allí se me quedaba tatuado en mi interior. Repetían una y mil veces que la empatía era fundamental en nuestro trabajo, que tuviéramos cuidado con ponernos en la piel del paciente, que no compartieramos sentimientos propios y que mantuvieramos una distancia emocional preventiva.
No siempre lo he hecho, a veces hay situaciones en las que el cuerpo te pide a gritos un poco de guerra.
¿A que me refiero?. Lo aclaro.
Soy enfermera desde hace 20 años, afú, si echo un ojo a la orla, no me acuerdo de casi ningún compañero, sólo de los que se sentaban ce ca, y sólo si levantaban la cabeza de los folios
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Soy enfermera, me gusta mi trabajo, practico la empatía , intento cuidar a los pacientes de la mejor forma posible, pero no soporto a este tipo de pacientes, no tengo obligación de aguantarlos, esto no forma parte de mi trabajo.
Y en todo este tiempo me he encontrado con pacientes que más que enfermos parecían poseídos. Lo juro y os lo cuento.
Mujer, menor de edad en el servicio de Urgencias acompañada por sus padres. Su patología es lo de menos, lo más preocupante es su falta de educación. Su aspecto mezcla de "pilingui" y posesa. Sus movimientos descoordinados, lengua viperina y volumen de voz chirriantemente adolescente poco hormonada que produce un desagradable pitido de oídos.
Con este tipo de adolescentes suelo tener poca paciencia, la verdad.
Después de estar escuchando sus sandeces y de dejar que soltase por su boquita todo tipo de improperios hacia sus progenitores, de asustar a los pacientes "pacientes"que esperaban en la sala de espera, de aguantar que sus gritos se oyeran en el exterior del servicio, después de todo esto,la pasé a la consulta e invité a sus padres a que tomaran aire fuera para que descansarán de su hija encantadora.
Cualquier padre con dos dedos de frente le hubiese volcado encima un litro de agua bendita y hubiese salido de la consulta cuál alma que lleva el diablo en busca de un exorcismo.
Estaban cansados de la niñata, se les notaba, y salieron a ventilar su vergüenza ajena.
La niña-ta me fundió con su mirada, bueno, eso creía ella. Su boca empezó a vomitar todo tipo de insultos, recuerdos a mis muertos, ya de paso aprovechó su limitada libertad condicional para dedicarme piropos innombrables, mientras su rabia aumentaba y su saliva salía disparada con cada palabra.
La miré indiferente, esperando a que se le acabara el repertorio, la pila o la mala baba. Y coño, se le acabó antes de lo que preveía porque empezó a toser y ya no era capaz de hablar. Se le había resecado la garganta, aunque personalmente creo que tenía la garganta fundida por el calor de sus palabras demoníacas.
Aproveché el momento para acercarme a ella y le pregunté si estaba mejor. No sirvió de nada, con ello la volví a activar. Otra vez mis muertos por el medio, cambiando mi profesión por otra más liberal y vuelta al lanzamiento de babas.
Agotada su vocerío ,me acerqué prudentemente y le susurré al oído: que "si yo fuera tu madre te daba un par de xxxxxxx y te cerraba ipsofacto esa bocaza".
La niña, que no tenía desperdicio me espetó que "si tu fueras mi madre, me iría de casa".
Es que me lo puso a huevo, no pude evitar contestarle "si tú fueses mi hija, sería yo la que te echaría de casa, no soportaría tener una persona tan vulgar por hija y pasarme la vida avergonzada por tu pinta, tu baba y tu lengua".
Justo en ese momento entró la madre sin levantar su mirada del suelo, la niñata se calló de repente y me miró desafiante, como si hubiera ganado la batalla dialéctica. Veía el triunfo en sus ojos, pobre ignorante ...
La madre me miró con impotencia contenida, se giró hacia ella y con voz cansada le dijo, "túmbate inmediatamente en la camilla, cierra esa boca asquerosa y estate quieta porque soy capaz de atarte a la camilla yo misma".
Fué una bocanada de aire fresco, mis ojos hacían chiribitas al verla desarmada.
La niña del exorcista ni pestañeó, se acabaron los gritos y los insultos. Por fin cerró aquella bocaza y hubo un poco de silencio, por fin se agotó...
Soy enfermera, me gusta mi trabajo, practico la empatía , intento cuidar a los pacientes de la mejor forma posible, pero no soporto a este tipo de pacientes, no tengo obligación de aguantarlos, esto no forma parte de mi trabajo.
Así que seguiré siendo impasible con este tipo de comportamientos. Por cierto, me alegro que su madre haya despertado por fin.
Buena noche.
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