Cuando estudiaba la carrera de enfermería, los profesores hablaban de la comprensión, la empatía, la dulzura, la entrega vocacional de la enfermera al cuidado de los pacientes.
Hablaban y hablaban durante horas del buen método, de la paciencia, de los sentimientos compartidos, mientras todo lo escuchaba allí se me quedaba tatuado en mi interior. Repetían una y mil veces que la empatía era fundamental en nuestro trabajo, que tuviéramos cuidado con ponernos en la piel del paciente, que no compartieramos sentimientos propios y que mantuvieramos una distancia emocional preventiva.
No siempre lo he hecho, a veces hay situaciones en las que el cuerpo te pide a gritos un poco de guerra.
¿A que me refiero?. Lo aclaro.
Soy enfermera desde hace 20 años, afú, si echo un ojo a la orla, no me acuerdo de casi ningún compañero, sólo de los que se sentaban ce ca, y sólo si levantaban la cabeza de los folios
.
Soy enfermera, me gusta mi trabajo, practico la empatía , intento cuidar a los pacientes de la mejor forma posible, pero no soporto a este tipo de pacientes, no tengo obligación de aguantarlos, esto no forma parte de mi trabajo.
Y en todo este tiempo me he encontrado con pacientes que más que enfermos parecían poseídos. Lo juro y os lo cuento.
Mujer, menor de edad en el servicio de Urgencias acompañada por sus padres. Su patología es lo de menos, lo más preocupante es su falta de educación. Su aspecto mezcla de "pilingui" y posesa. Sus movimientos descoordinados, lengua viperina y volumen de voz chirriantemente adolescente poco hormonada que produce un desagradable pitido de oídos.
Con este tipo de adolescentes suelo tener poca paciencia, la verdad.
Después de estar escuchando sus sandeces y de dejar que soltase por su boquita todo tipo de improperios hacia sus progenitores, de asustar a los pacientes "pacientes"que esperaban en la sala de espera, de aguantar que sus gritos se oyeran en el exterior del servicio, después de todo esto,la pasé a la consulta e invité a sus padres a que tomaran aire fuera para que descansarán de su hija encantadora.
Cualquier padre con dos dedos de frente le hubiese volcado encima un litro de agua bendita y hubiese salido de la consulta cuál alma que lleva el diablo en busca de un exorcismo.
Estaban cansados de la niñata, se les notaba, y salieron a ventilar su vergüenza ajena.
La niña-ta me fundió con su mirada, bueno, eso creía ella. Su boca empezó a vomitar todo tipo de insultos, recuerdos a mis muertos, ya de paso aprovechó su limitada libertad condicional para dedicarme piropos innombrables, mientras su rabia aumentaba y su saliva salía disparada con cada palabra.
La miré indiferente, esperando a que se le acabara el repertorio, la pila o la mala baba. Y coño, se le acabó antes de lo que preveía porque empezó a toser y ya no era capaz de hablar. Se le había resecado la garganta, aunque personalmente creo que tenía la garganta fundida por el calor de sus palabras demoníacas.
Aproveché el momento para acercarme a ella y le pregunté si estaba mejor. No sirvió de nada, con ello la volví a activar. Otra vez mis muertos por el medio, cambiando mi profesión por otra más liberal y vuelta al lanzamiento de babas.
Agotada su vocerío ,me acerqué prudentemente y le susurré al oído: que "si yo fuera tu madre te daba un par de xxxxxxx y te cerraba ipsofacto esa bocaza".
La niña, que no tenía desperdicio me espetó que "si tu fueras mi madre, me iría de casa".
Es que me lo puso a huevo, no pude evitar contestarle "si tú fueses mi hija, sería yo la que te echaría de casa, no soportaría tener una persona tan vulgar por hija y pasarme la vida avergonzada por tu pinta, tu baba y tu lengua".
Justo en ese momento entró la madre sin levantar su mirada del suelo, la niñata se calló de repente y me miró desafiante, como si hubiera ganado la batalla dialéctica. Veía el triunfo en sus ojos, pobre ignorante ...
La madre me miró con impotencia contenida, se giró hacia ella y con voz cansada le dijo, "túmbate inmediatamente en la camilla, cierra esa boca asquerosa y estate quieta porque soy capaz de atarte a la camilla yo misma".
Fué una bocanada de aire fresco, mis ojos hacían chiribitas al verla desarmada.
La niña del exorcista ni pestañeó, se acabaron los gritos y los insultos. Por fin cerró aquella bocaza y hubo un poco de silencio, por fin se agotó...
Soy enfermera, me gusta mi trabajo, practico la empatía , intento cuidar a los pacientes de la mejor forma posible, pero no soporto a este tipo de pacientes, no tengo obligación de aguantarlos, esto no forma parte de mi trabajo.
Así que seguiré siendo impasible con este tipo de comportamientos. Por cierto, me alegro que su madre haya despertado por fin.
Buena noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario