He elegido una profesión en la que cada día veo auténticas tragedias, héroes anónimos, situaciones límite, almas indescriptibles, miradas de terror, grandes victorias y terribles fracasos.
Da igual la edad, he notado el mismo miedo en padres, hijos, abuelos... y reconozco que en mil ocasiones he salido de un box pensando que la situación allí vivida era muy injusta.
Hay una costumbre entre el personal sanitario cuando salimos del box vital y las cosas no están yendo bien: no miramos hacia la sala de espera, no levantamos la mirada.
Creo que es nuestro mecanismo de defensa porque si te mirara a los ojos, leerías en los míos la noticia que no quiero darte.
Ayer ocurrió esto mismo.
Una chica joven con un pronóstico infastuo, terrible. La médico habló con ella y en cuestión de segundos, ella y su marido lloraban abrazados. Los vi a través de la cortina, y de forma instintiva miré al suelo. Lo hice para que nadie viera mis ojos, mi sentimiento de impotencia, mi emoción escondida.
Al rato mi mirada se volvió de nuevo hacia aquella cortina entreabierta. Está vez mis ojos se cruzaron con los del marido, una persona joven que me miraba como buscando una respuesta, un por qué les estaba pasando aquello.
Lo miré intentando mostrarle mi apoyo y no pude más que apretar mis labios. Intenté decirle lo siento, pero esta vez estaba demasiado cabreada con la vida.
Lo siento, no pude, es demasiado injusto, las personas tan jóvenes no deben luchar por su vida tan pronto, no están en su tiempo...
Me pierdo. Esto venía a cuento del por qué no aguanto a los victimistas, ese tipo de personas que habrán pasado las suyas, no lo niego, pero que siempre lo suyo es lo peor, lo que más duele, lo que más malestar causa y los héroes de historias de lo más común.
Se creen los más luchadores, los que más echan de menos, los que vuelven una y otra vez al pasado para su regocijo, los que revuelven en el cajón de su vida para sacar retales de lo bien que lo hicieron en su momento, para predicar falsos triunfos y alardear de sus más que dudosas victorias.
Esas personas que traen a la vida una y otra vez sus espíritus, sin darse cuenta que viven anclados en un pasado que ya no encaja en su presente. Pués bien, ese tipo de victimas, de sus vidas, a esas, no las soporto.
Trabajo en lo que me gusta, creedme. Tengo la suerte de trabajar en una profesión llena de sentimientos, en la que cada día muchos pacientes me provocan sensaciones de lo más humano, en la que eres capaz de hacerle entender a un completo desconocido que si necesita de mis cuidados, ahí estaré.
Me gusta esa sensación, llegar a casa y recordar que hoy he tocado una mano desconocida que necesitaba el calor del contacto, he acariciado una cara que delataba el miedo, he dado la mejor de mis sonrisas a unos ojos asustados o le he cantado a un niño la misma canción que consolaba a mis hijos cuando el temor los envolvía.
Me gustan estos héroes, los victimistas no.
Buena noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario