viernes, 29 de noviembre de 2024

ABRAZOS Y OTROS

 "¿Me permites darte un abrazo, te importaría?". Se me plantó delante, tratando de encontrar la respuesta en mi cara, una tibia sonrisa, casi pidiendo un permiso innecesario para dar ese paso inseguro. 

"Claro que sí, en este lugar se dan muchos abrazos". 

Eran unos brazos desconocidos, pero esa no es la cuestión. Ella lo necesitaba, y yo que me he vuelto tremendamente empática con todo lo vivido, le ofrecí el calor que su rostro me estaba pidiendo. Me apretó fuertemente contra su cuerpo, le correspondí con la misma intensidad, cómo si realmente fuese yo la necesitada de esa sensación de protección.

Tal vez, quizás era así...

"Gracias, vendré todos los meses a verte, aunque no tenga ninguna cita médica, vendré. Me transmites mucha tranquilidad, necesito estos abrazos. ¿Cómo voy a estar cuatro meses sin ellos?". 

Una sonrisa fue mi respuesta. Un por supuesto mi respuesta.

Observaba el desparpajo de su caminar, la elegancia con la que entraba en "la edad plateada", si saber ser y estar. Nos cruzamos un sonoro beso por el aire y volví a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Un trago de agua, sonrisa, una inspiración profunda y la agradable sensación de saber que has ayudado a otra persona, es como poco bonito. 

No tardó en llegar un paciente apresurado.

"Perdón, perdón, sé que llego tarde". 

"Tranquilo, aquí nunca se llega tarde, siéntate y coge aire", le contesté intentando calmar su cuerpo acelerado.

Se desplomó en el sillón como si hubiera agotado toda la energía de un cuerpo ya muy consumido por la enfermedad. Le di un vaso de agua, levantó la mirada y susurró de forma ahogada un "gracias" mientras el primer sorbo le ayudaba a recuperar la palabra. 

"Mira que sois raros en este servicio", me espetó en cuando recuperó la voz. 

"A buena hora me hubiesen dado un vaso de agua en otro lado, sólo me hubiesen llamado la atención por llegar tarde a la cita". Se quedó  mirándome fijamente esperando una respuesta enojada. Par su sorpresa le guiñé un ojo. 

"En este lugar no existe la prisa, es mejor si llegas a tu hora, pero si te retrasas un poco, vamos a atenderte igual". 

Sonreí con otro guiño de ojo. Él me correspondió con una dulce mirada. 

"Ojalá todos fueran así, que digo, con la mitad llegaba...".

Por la puerta entraba en ese momento Sara, una niña de 10 años con una vida demasiado  intensa para su edad. Hacía poco que había estrenado otra nueva gracias a la generosidad de una familia que está pasando su peor momento.

Un caminar simpático y su saludo particular.

"Hola, ¿no vas a hacerme daño, verdad?". Se sentó en la "silla del daño", arrastré otra hasta ella y me senté a su lado. Le acaricié su pequeña mano y le agarré el dedo meñique suavemente.

 "¿Cómo te parece este dedo comparado con los otros?". 

"Débil ", me respondió buscando en mi cara aprobación a su contestación. 

"Inteligente respuesta ", le contesté.

 "Ésta eres tú, y quiero convertirte en un pulgar grande y fuerte. Puede que te moleste lo que tengo que hacerte, pero es necesario para que no enfermes".

Me miró con entrega bajando los párpados de golpe.

 "Ya está, listo". ¿Te ha dolido?".

 "Nada de nada". ¿Ya soy un pulgar?".

"Ya eras pulgar cuando entraste por la puerta, Sara".

Se levantó, caminó  hacia la salida y en medio de la sala se giró hacia mí lanzándome otro beso por el aire que me supo a abrazo. Con la misma complicidad, le devolví otro que se cruzó con el suyo. 

"Hasta la próxima cita, mi niña bonita".

"Hola, creo que tengo una cita en este servicio".

Los nuevos pacientes que entran temerosos son fácilmente reconocibles. Les delata una mezcla de tímida prudencia con una expresión de miedo contenido. 

"Hola, sí claro, es aquí. Siéntate mientras veo tu historia". 

Lo cierto era que no hacía falta que leyera nada, la postura corporal y su mirada al suelo la delata. Me levanté y fui a buscar su tratamiento.

Cerré  la puerta a mis espaldas y me senté frente a ella, apoyé la caja a un lado y le dije si quería que le explicara algo. 

Contesté a todas las preguntas que sus ojos me pedían sin articular palabra. Cogí sus manos nerviosas que jugaban con unos dedos que sudaban miedo y vergüenza. Puse mis manos sobre los suyas para que la quietud de sus dedos le diera la oportunidad de descansar. 

Y así fue, su boca se llenó  de preguntas, liberó el miedo mascado durante la última semana y al terminar, esbozó una tenue sonrisa.

"Gracias, estoy más tranquila, gracias por perder tu tiempo conmigo, seguro que tienes muchas cosas que hacer".

"Sí, parte de las cosas que tengo que hacer es explicarte todo lo que necesites saber para que tu corazón recupere el ritmo y tus manos vuelvan a estar calientes. En este lugar no caben las dudas, siempre tendrás una respuesta. Y si no sé esa respuesta, la buscaré para tí". Me devolvió una dulce sonrisa.

Después la acompañé hasta la puerta.

"¿Puedo darte un abrazo?". 

"Por supuesto".

La abracé con la ternura que necesitaba, con la fuerza suficiente para que se sintiera protegida es un lugar hasta ahora desconocido y lleno de temores, que a partir de ahora le aportaría seguridad. 

Se fue sonriendo, otra sonrisa ganada al miedo.

Es hora de recoger, estoy segura de que mañana habrá más besos volantes y abrazos de los que curan. 

Y no solamente a ellos...

Buena noche.

martes, 1 de octubre de 2024

PUDO HABER SIDO

Alejarse de los recuerdos no es la solución, es huir de un momento de la vida, de momentos vividos, sean buenos, malos o peores, un mal intento pora borrar todo lo que la mente se empeña en devolver a la consciencia una y otra vez. Y con una valentía comedida, la mejor opción es aceptarlos. 

Hoy hace tres años de un mal momento que casi acaba con mi historia de vida. No es un aniversario, es tan sólo un mal recuerdo. 

Hace un tiempo mi hijo me contó un sueño, quizás premonitorio o tal vez esperanzador, en el que Juan me llevaba hacia un certero final, mientras mis dos motivos me agarraban firmemente para retenerme. 

En esta guerra de fuerzas, él lo entendió  y me soltó. El impulso de mis hijos hizo que volviera hacia el lugar seguro y me quedara con ellos. 

No hubo palabras, sólo una mirada y su dulce sonrisa, fue suficiente motivo para entender que no quería dejarles. Quizás quería medir sus amor, quizás arrancarme de la vida para no volver a perderme, quizás mi hijo necesitó sentirlo así, quizás nunca lo sabré ...

Fuimos a la conferencia un lunes y yo de vuelta, mi hijo me preguntó, ¿quién quieres que venga buscarte cuando te mueras?. Le contesté que... , sin dar tiempo a mi respuesta y sin apenas coger el aire necesario para contestar algo sensato, se adelantó a mí respuesta y me dijo que él querría a Juan o a su abuela.

Le sonreí con complicidad y susurré guiñándole un ojo que mi hermano y Juan serían mis dos elegidos, que ambos me transmitirían la serenidad precisa para soltarme de lo material y sentir la paz necesaria para olvidar lo que un día gris perdí.

Unos días después se lo comenté a un buen amigo y me afirmó quién sería mi tercera persona. No, le respondí, esa persona no. Me sorprendí a mí misma con la rapidez de la respuesta. No, le repetí varias veces. Su cara fue de sorpresa, mi contestación me hizo volver a tiempos muy lejanos, tiempos ocultos en un lugar profundo al que no quiero volver. No, no sería mi tercera persona, estoy  segura...

Mi hijo menor, siempre quiso hacerse un tatuaje, y la semana pasada se lanzó a ello. Me mandó una fotografía, su primer tatuaje sería dedicado a Juan. Quería llevarlo en su piel para siempre y eso me emocionó. Juan jamás se hubiera imaginado todo lo que dejó sembrado en este mundo, todo lo que nunca había tenido antes de llegar a nuestras vidas. Lloré en silencio,  he aprendido a hacerlo hacia dentro, sin que nadie lo perciba, a hablar de y con él susurrando en soledad, siempre prudente, como él era..

Mis hijos se acuerdan de él sin dolor. Uno se tatúa su guitarra en el brazo, la que acariciaba con cariño y respeto. Mi otro hijo quiere que sea él quién le dé serenidad cuando se vaya. Y yo, yo sólo quiero que lo recuerden como ellos deseen, de seguir amàndolo ya me encargo yo.

Pudo haberse acabado mi historia un veintinueve de septiembre de hace tres años, un momento en la que mi vida poco me aportaba, en el que me pesaba más la pena que la felicidad, en el que una simple brisa podría haberme derribado. 

Hoy camino sola recordando en cada paso a quién me daba tranquilidad, sosiego y paz en mis tormentas, he aprendido a hacerlo de forma lenta para no perder el equilibrio que él  me proporcionaba, teniendo claro que no habrá jamás una persona que me demuestre tanto amor, admiración y agradecimiento como él lo hizo. 

Sigo viendo el brillo de sus ojos en mis recuerdos, algo que no dejaré apagarse nunca, que se quedará conmigo para siempre.

Pudo haber sido el final de mi historia, pero ellos tenían más fuerza y él dejó de luchar por un amor que  vive en su sueño eterno. Gracias por entenderlo. 

Te quiero para siempre, pequeñuelo.

Buena noche.

Buena noche.

miércoles, 22 de mayo de 2024

PARA SIEMPRE

Sé que hay una bonita mujer de cabello color plata esperando desde algún sitio que desconozco para que le escriba unas palabras. Sé que se lo debo, así que ahí vamos.

Para ti, Auri.

Para comenzar siento una obligación moral de confesarte una cosa, espero que desde "allí" sueltes una sonada carcajada: durante cierto tiempo te llamaba Agripina (empezamos fuerte), no por relacionarte con la Roma antigua sino porque nunca recordaba como te llamaba tu familia, luego la mía también. Tu hijo me corregía una y otra vez con una paciencia infinita, "Auritinaaaaa" repetía como si yo lo hiciera a propósito, que nunca fue así, te lo aseguro.

Recuerdo cuando salía de clase y pasaba por tu casa para recoger a tu hijo. Siempre apuraba un cigarro antes de llegar al portal y subía hasta el noveno exhalando el aire para no oler a tabaco, como si con treinta y pico años tuviera que justificar mi pequeño vicio, como si el olor a tabaco desapareciera por quedarme asfixiada en algún  piso por debajo del vuestro. Siempre llegaba tarde y os daba los besos correspondientes con su hola correspondiente para cada uno, primero a Choni y otro para ti.

Os recuerdo sentados cada uno en vuestro sillón y con las piernas tapadas con el tapete de la mesa camilla que escondía el calor de un brasero. Me gusta recordar esa imagen, me transmite mucha paz.

Nunca vi que pusieras mala cara a nada, jamás una mala contestación a nadie, sólo alguna mueca hacia Margarita, que parecía ver sólo a Choni en aquella casa. La verdad es que era un poco de película sesentera, y me refiero al servilismo hacia "el señor" por parte de ella y tu gesto contenido para no tensionar la situación.

En más de una ocasión me mordí la lengua, si ella quería ver a un señor, también tenía que haber visto a su lado a una señora que se cuidó muy mucho y durante muchos años, de tratarla como si fuera de la familia, sin distinción slguna. Y mordiéndose la lengua más que yo incluso, que ya es contención...

Recuerdo cuando Choni enfermó y te pasaste todo el tiempo a su lado en el hospital. Estabas siempre sentada en aquel sofá de polipiel que era una prolongación de su cama, día y noche sin descanso. No volviste a casa, no querías que nadie se turnara contigo para acompañarlo en aquellos días tristes, querías estar cada segundo con él y así lo hiciste hasta el día en que se fue para siempre.

Aún sabiendo certeramente la proximidad del triste desenlace, era la noticia que nadie queríamos escuchar. Choni se moría mientras en mi abdomen crecía mi bebé.  

Y con todas las hormonas alborotadas, llegó la triste noticia, y te vi llorar por primera vez ya sin el amor de tu vida. Recuerdo su funeral, muchas lágrimas y un silencio terriblemente respetuoso, como fue él en vida. Se había ido una gran persona.

Los siguientes meses sirvieron para reordenar la vida. Recuerdo que te quedaste con sus gafas, a las que les faltaba una patilla, perdida en sabe dios que momento. Me hacía gracia la naturalidad con la que te las ponías, siempre cojas de un lado para hacer los crucigramas, siempre torcidas por esa cojera heredada. Compartimos risas con esas gafas durante años a las que ni tan siquieran le cambiaste los cristales, quizás por intentar ver a través de sus ojos. Siempre decías que no estaban tan mal, sin patilla y con una graduación que no era la tuya, pero eran sus gafas, y con eso era más que suficiente para tí.

Recuerdo tardes en tu casa viendo fotografías de hace muchos años, fotografías color sepia con los bordes en sierra, de todos los tamaños y preguntándome si reconocía a éste o al otro, y yo que tengo mucha memoria a largo plazo, a veces acertaba a la primera. Me acuerdo en concreto de una fotografía que sacaste de una caja y apoyaste boca abajo en tu pecho, como si quisieras abrazarla y resguardarla. Dijiste, como si de un juego se tratara; ¿a qué no sabes quién es esta niña?. La fotografía estaba hecha en un campo de fútbol, en una grada y en ella sentado un señor con bigote, traje y sombrero.

Reconocí con sorpresa a Choni cuando era joven y a su lado, sentada una niña que no logré adivinar de quién se trataba. Tú te echaste a reír y con un tono orgulloso me dijiste: "soy yo, fíjate que no nos conocíamos y nos sacaron una foto juntos siendo yo una niña y él ya un señor". Tus ojos brillaban llenos de amor, creo que brillaron siempre, desde ese día hasta el último de tu vida. Jamás he conocido a dos personas tan enamoradas...

Pasaron los años y "adoptaste" su sofá, sus gafas sin patilla, sus medicamentos caducados con las cajas en las que había escrito a bolígrafo para qué era cada uno de los fármacos. Un frasco de runquinquina, del que me atreví a sospechar que no te deshacías porque su olor te devolvía al presente al amor de tu vida. Te imaginaba abriendo la botella a escondidas en el baño y oliéndo su recuerdo...

Pasaron los años y pasaron muchas cosas en las familias. Yo perdí a parte de los míos, a mi amiga, y mi hijo pequeño perdió su salud.

Muy asustada, agotada, solos, sin que nadie nos echara una mano y viendo como mi familia se desintegraba poco a poco. Toda mi ayuda a los demás durante años, se quedó en alguna llamada de teléfono, en la que se nos deseaba mucha fuerza y mucho ánimo, sin adivinar que los deseos no curan, ayuda era lo que necesitábamos y no buenas palabras. 

Me dolió y quizás fue el motivo de cierta separación Auri, pero siempre sabía de ti.

Llegaron más enfermedades para todos, para todos. Volví a estar ahí de nuevo hasta que también me tocó enfermar y tuve que dejar de cuidar para empezar a cuidarme. 

Quizás por la forma en la que llevo las cosas, no entendisteis el por qué me desvinculé de vosotros en ciertos momentos, pero créeme, fue necesario para coger aire y seguir luchando por vivir. 

Siempre fuiste Auri, siempre estuve cerca de ti, eras una mujer prudente y respetuosa.

Te recuerdo cuando abrías los ojos y mirabas con un gesto de bondad absoluta, hasta que te sonreía y tu cara se relajaba con sosiego. Me encantaba esa expresión de complicidad. 

No olvidaré nunca nuestra última conversación  cuando ya estabas mal. Te hice una pregunta mirándo tu cara y la afirmaste con lágrimas en los ojos. Era tan fácil comprenderte...

Ese día te di un beso en la frente y fue el último día que dijiste mi nombre cómo sólo tú lo hacías. El siguiente beso te lo mandé por tu hijo, me aseguré que te lo diera. Fue mi último beso, me hubiese gustado dártelo yo, llegué tarde...

Hace casi dos meses que te fuiste y me atrevo a decir que todos te echamos de menos. Todos hemos salido perdiendo con tu marcha, pero me quedo con todo lo bueno que has dejado aquí. 

Hablo por mi boca, pero también hablo por Guille y Gabri, sé todo lo que te echan de menos. Por cierto, tus plantas están repartidas entre dos casas en las que siempre se te recordará de forma entrañable y no dudes que cuidaremos de ellas con el mismo mimo con el que tú lo hacías. 

En cierto modo, vives entre nosotros y te cuidaremos hasta el final. Gracias por haber formado parte de mi vida, por dejarme pertenecer a la tuya. Siempre te echaré de menos. Vuela alto, Auri. Te quiero.

Buena noche.





lunes, 18 de marzo de 2024

YADIRA

Crear un relato utilizando un número limitado de palabras es tan absurdo como decidir si se debe continuar una amistad con condiciones, así que acepto el reto y entre ambas opciones, me decanto por la primera. 

"Aún no había amanecido cuando Yadira levantaba su agotado cuerpo de la cama tras apagar la alarma de los dos despertadores que cada mañana le traían de vuelta a la vida. Sin abrir los ojos, arrastraba sus pies por el suelo de la habitación y estiraba los brazos tratando de tocar con la punta de los dedos aquellas conocidas esquinas que se interponían en su camino hacia el baño. Allí se quitaba el pijama y lo dejaba caer al suelo como si de su propia piel se tratara, y a tientas, intentaba adivinar la puerta de cristal tras la cual encontraría el verdadero despertar. Acurrucada contra una esquina de la ducha, abría el grifo con una mano que retiraba inmediatamente para evitar más frialdad en su piel, más de la que sentía al estar desnuda. Sin abrir los ojos se atrevía a  mojar su cuerpo con el agua que se templaba lentamente, mientras tarareaba la misma canción de todas las mañanas, subiendo el tono a medida que el agua alcanzaba las partes críticas  de su cuerpo. Llegado ese punto, era el momento de meter la cabeza bajo aquel chorro de agua y abrir los ojos a otro día del que no esperaba nada más que pasaran lo más  rápido posible las horas de luz y sombra. Levantaba su cabeza y dejaba caer el agua sobre sus ojos donde se mezclaba el dulce del agua de la ducha con lo salado de sus mares internos, todas las mañanas el mismo sentimiento de ausencia, todas las mañanas deseando salir de aquella lluvia que le recordaba tristezas...

Con rabia contenida, cerraba el grifo dejando que el agua le recorriera de forma desvergonzada el cuerpo hasta que su piel le gritaba abrigo. Con los ojos entreabiertos y sin levantar  su mirada del suelo, abría la puerta de cristal que le devolvería a la mañana. Desde hace un tiempo, cubría el cuerpo sin la sensualidad de antaño, ya no había un motivo para hacerlo, ya no habría más buenos días, ni besos en la frente, ni la casa olería al café recién hecho. El mundo se había olvidado de que estaba sola en una vida nada atrayente. Un poco de crema en su cuerpo era el único olor que aún conservaba de su rutina, pero sin aquellas manos que dedo a dedo dibujaban en su espalda dos palabras que cada mañana la hacían estremecer y que la hacían encaminar su cuerpo dos pasos hacia atrás para el abrazo que tanto le gustaba. 

Volviendo a la realidad, se vestía sin importarle la ropa que había escogido la noche anterior de su armario, un pantalón vaquero, una camiseta, un jersey que no se dejase abrazar y las zapatillas de siempre. Caminaba a tientas hasta la cocina, levantaba la persiana, encendía la cafetera y apoyaba su frente en la estantería de las tazas como si estuviera pensando en que no debía pensar. Aquella estantería era parte de su pasado, allí estaba su taza y la otra, la que no quería usar por si se le rompía más la vida. Ya no habría dos cafés, ni conversaciones cómplices sobre sueños, nadie la sacaría a bailar con el ruido de la cafetera, ni pondría un plato con arándanos en la mesa. Sólo estaba ella y aquel café amargo cargado de ausencia. 

Agarraba la taza con las dos manos, daba un sorbo corto, metía en su boca un trozo de galleta resesa, otro sorbo rápido y una mirada esquiva. Eso era lo único que le quedaba en aquella cocina, pocos más que prisa por salir corriendo de allí. 

Camina de vuelta al baño con los ojos cerrados para imaginar un roce, su olor, un susurro que le hiciera creer que nadie se va para siempre, pero nada de eso ocurría, sólo  era una ilusión como siempre. Cada mañana se miraba al espejo y no se reconocía, tapaba sus mejillas con sus manos y las movía como intentando cambiar los surcos de su rostro, su gesto, su realidad. Hoy tampoco se maquillaría, la misma decisión de cada mañana, un poco de colonia, atusa con desgana el pelo y listo, nada cambiará por más que se lo proponga. 

Abre la persiana de la habitación, está amaneciendo, le gusta apoyarse en la ventana dos minutos y ver como la luz disipa la oscuridad de la noche, no antes de buscar una estrella, besarse el dedo índice y apoyarlo en el cristal. Algún día tendrá que limpiar todas aquellas marcas de besos perdidos, algún día tendrá que dejar de darle los buenos días y dejarle marchar. 

Es hora de irse, llega tarde como siempre, coge el bolso cada vez más pesado y el manojo de llaves. Cierra la puerta con delicadeza, como si no quisiera despertar a alguien, a no sabe quién, ya a nadie. Se vuelve a morder el labio odiando la rutina de todas las mañanas. Coge el coche, llega al trabajo, da los buenos días con la mejor de sus sonrisas como si de otra vida se tratara, siempre algún guiño cómplice en el trabajo, es otra guerra, su otra vida". 

(Yadira, nombre hebreo que significa "amiga").




sábado, 20 de enero de 2024

HIEL

Arterias, venas, capilares, todos sus vasos llenos de hiel. Quema cada frase que sale por su boca, insiste, no escucha, vomita palabras que hacen daño, mucho daño. Revuelve el pasado una y otra vez, el suyo y el que no le pertenece, todos los pasados de los que pueda sacar una amargura. Araña, hace sacar la ira, desordena vidas para pedir perdón y vuelta a empezar. 

No procesa, no piensa, escupe por la boca un dolor que proyecta sobre cada persona que tiene cerca, nada ni nadie es lo suficientemente bueno, todo malo, todos malos, nadie se salva. Imposible hacer nada, vive en un círculo pegajoso, insano, nocivo y radiante a todo el que se le acerca, no quiere que le ayudes con su dolor, ni tampoco intentar calmar su ira, quiere que te duela de la misma forma en la que le duele, quiere que el corazón te salga del pecho y se haga más vulnerable a sus palabras. Quiere que en tu cabeza resuenen lamentos semienterrados, que vuelvas a sentir lo malo que no debe salir de nuevo a tu vida, por y sólo para alimentar su curiosidad enfermiza.

Hiel, bilis, amargura, eso es. No le importa esto ni lo otro, él ni ella, lo repite murmurando como si rezará un rosario de forma plañidera, hurgando profundamente y sin pudor, todo lo vuelve enfermizo. No quiere vivir, lo verbaliza, al rato lo niega, como si de un paseo se tratara, vuelve al principio para halagar y coger carrerilla para la siguiente embestida. Otra vez, es la última, lo juro. La próxima vez me aparto y dejo que se despeñe. No habrá red, ni salvación,ni consuelo, ni escucha, sólo soledad, la que busca, la que merece. Allá su conciencia ...

Se ocupa de recoger "basura informativa", no entiendo ese morbo, quiere "mal saber" todo de todos, no perderse lo más grotesco, desagradable y doloroso. Le da igual quién tenga delante, tarde o temprano, por aquí o por allá, sacará su hiel para saber algo sin un ápice de empatía, y no porque le preocupe lo pasado, sólo por el único motivo de acumular lúgubres datos para confirmarlos, aunque para ello te retuerza la piel y sepa del daño . Le da igual, para esta persona sólo eres carnaza, nada más.

Demasiadas palabras dedicadas, no se merece ni la primera letra de esta entrada.

Absolutamente nada.

Buena noche. 

martes, 3 de octubre de 2023

PELUQUERÍA III

Semana crítica para mí, decisiones en las que no puedo participar, boca cerrada sin  gritar que estoy aquí, que aún estoy aquí, que aún puedo, que aún soy. Nervios, murciélagos revoloteando en el estómago, una sala llena de extraños que deciden sobre mi vida, sobre el futuro y mi valía. Amigos incapaces de apoyarte, familia ocupada, compañeros que prefieren silenciar sus voces, todo con un fondo irónico a mí favor, como yo no haría si sus vidas les diera una vuelta de tuerca y cayeran de culo en el mismo lugar dónde yo me encuentro ahora. Pero no voy a gastar ni una sola palabra en ello, es más de los mismo, es como abofetearme por tener pensamientos tan reiterativos, casi vomitivos si no os molesta la comparación. Bueno, a lo que vamos, muerte a los murciélagos...

Que sepáis que he ido a la peluquería la semana pasada, discreta como siempre, si no fuera porque el collarín que sujetaba mi ya maltrecho cuello era tamaño bulldog y yo no paso de chiguagua. Creo que no me he explicado claro, resulta que cuando explotó la olla exprés, salí volando con un cuchillo en la mano y una pechuga en la otra ..., bueno, a lo que iba, que tener un mesado de piedra de pista de aterrizaje no ayuda, y claro, las vértebras del cuello frenando sobre el reborde del mesado ,..., ya os podéis imaginar, que no he vuelto a hacer vichyssoise, que me llega con encontrarme pegotillos resecos en sitios insospechados años después del incidente. Y no porque no limpiara la cocina con esmero, Dios sabe que me pasé semanas desincrustando la cremita de marras de toda la cocina y alrededores, pero cuando te pasa algo "tan explosivo", el contenido es infinitamente mayor en cantidad que el propio continente, creedme. Pues eso, que después de "los fuegos artificiales" y del viaje a la velocidad de la luz hasta frenar en el mesado de granito, siguió el "arreglo de lo descolocado", y por eso tengo que lavarme la cabeza en la peluquería con un collarín que impide que mi cuello toque el lavacabezas. Os diría que lo imaginárais, pero sé que es difícil hacerlo sin que os provoque una "explosiva" carcajada.

No quiero desviarme del tema, necesitaba a gritos un tinte, ya no podía seguir arrancándome las canas cada vez que se proyectaban como antenas, tiesas, gruesas y blancas, como si lo hicieran a propósito las muy...

Tenía que ser y allí me fui con mi hermana, el collarín, ropa de repuesto por si el lavacabezas se convertía en una catarata que hiciera que me llegara el tinte hasta el mismísimo...,"¡para!, no sigas por ahí, soy tu conciencia". Vale, vale, que no puedo quejarme, que entre la peluquera, mi hermana y la menda procedimos a la colocación del cuello-rígido- con capacidad de dar dos vueltas sobre si mismo y allí lo adaptamos entre un par de "ayyyy, esa es mi oreja" y un "afloja que me ahogo, por tu madre", que era también la misma, todo sea dicho. Así, tiesa como una mismísima bantú, me encaminé al lugar de lavado con cierto recelo porque la intuición nos decía que podía "mascarse la tragedia". Me senté en el sillón, una a cada lado, me tumbaron en bloque, apoyaron el collarín en aquel lavacabezas y !voilá!, encajó a la perfección. Llenaron todos los huecos con toallas para evitar que la temida ducha tintorrera me empapara, tres toallas en el cuello, una en la espalda y otra que sujetaba mi hermana en sus manos para evitar que la piel de mi cara se volviera marrón chocolate de por vida. Agua, champú, agua, suavizante, agua, mascarilla. Mientras mi hermana me cubría la frente, ojos, nariz y boca con la toalla que tenía en las manos. Es cierto que hubiera evitado que mi cara quedase color caramelo, pero el azul de la asfixia no hubiera quedado mas elegante en la foto de la esquela, no, no lo veo. La verdad es que se lo agradezco, pero, !!! lo de que respiro por branquias fue una broma, hermana!!!.

"¿Te doy un masaje en la cabeza?". No pude negarme, hacía tanto tiempo del último masaje capilar que con éste casi me escurro del gusto por el sillón hasta el suelo. De ahí a la silla de corte, puntas, capas a la velocidad del rayo y con el arte del mismísimo manostijeras, secado rápido sin forzar el cuello y lista. Bueno, un poco de laca para darle un aire más actual a mi estilo habitual y listo.

Me cambié de ropa, el agua no había  llegado hasta dónde yo sospechaba, sólo mojó un poco la espalda. Me dirigí a pagar, la dueña del local le preguntó a su socia. "¿qué le cobro, de todo?". Respuesta afirmativa y cuando  empezó a sumar "esto, más lo otro, eso también, un poco de...", me recordó a la lista del supermercado. Cuando me dijo el precio, me quedé boqueando como un pez  fuera del agua y me tuve que morder la lengua para no espetarle un : "!!eeeeeh, de todo no, que el pelo lo traía yo de casaaaaa!!". Nos volveremos a ver por las canas, pero cuando suba la bolsa. 

Por cierto, buen trabajo a las dos.

Buena noche.


martes, 29 de agosto de 2023

TU CHARLA

¿Te acuerdas cuándo te dije que en cuanto llegara a las diez mil lecturas, haría público el blog?. Pues olvídate de eso. Y no, no me da vergüenza que las personas que lo lean descubran quién está detrás de la historia. No creo que encuentren grandes pensamientos, sí quizás reflexiones de momentos un poco abstractos. Lo he estado pensando seriamente y lo que me pide el cuerpo son mil entradas más.

Fuiste uno de los primeros en conocerlo. Aquel día me armé de valor, no estaba en casa, ni tan siquiera en mi ciudad. Hacía calor, mucho calor, y yo, ya sabes que cuando me tomo dos cervezas se vuelve la boca loca. Tú tiraste hábilmente del hilo, yo me dejé liar, y todo esto aderezado con tu labia envolvente, hizo que sin pensarlo dos veces, te mandara el enlace a estos pensamientos tan locamente personales. 

 Cuando te lo mandé tuve un ataque de vergüenza adolescente, quise que la tierra me tragara entera, hasta la propia sombra. Un sofocón de calor por todo el cuerpo, una mordida de uñas nerviosa, un tiempo de reflexión en tenso silencio y me silencié en tu llamada imaginando, pensando como estarías tapándote la boca con las manos para que yo, al otro lado, no escuchara la temida y explosiva carcajada.

Entré en el bar, agarré la caña y le di un soberano sorbo, uno de esos absurdos tragos que acaba provocando que la cerveza baje a la misma velocidad que sube el gas (de primero de física, lo sé). Los ojos enrojecidos y la gente con la que estás, pensando erróneamente que tu reacción  responde quizás a las lágrimas  reprimidas porque tu marido acaba de decirte que le ha comprado un gato al niño, él que juró amarte y escucharte hasta que la muerte os separara, pero que aún no se ha enterado de que su hijo es alérgico al pelo del animalito en cuestión, o cualquier cosa así, yo que sé. Sólo era el gas de la cerveza saliendo por los lacrimales, sólo eso...

!Ay, perdón querido, te he dejado con la palabra en la boca, es que se me están quemando las lentejas!. Sí, ya sé que cocinar lentejas a las once de la noche no es muy normal, me lo has dicho mil veces, pero es que no he tenido tiempo y mañana tengo fisioterapia, se me lía todo y si no, acabaré haciendo los macarrones con tomate de siempre. Además, sabes que ya no uso reloj, me da igual la hora que sea, ya no importa.

Por cierto, no te he contado que me he descargado un tutorial para hacer fotos de la luna, lo tenía desde hace unos días, hoy me he parado y lo he leído con detenimiento. Esto viene  a cuento porque se me han quemado un poco las lentejas, he abierto la ventana de la cocina y ahí en frente, como puesta para mí, estaba tu luna. He corrido hacia el salón y no te lo vas a creer, ni un tropezón, los dedos de los pies enteros, no me he caído, aún no me lo creo.

Me lío, bueno, total que he cogido el móvil, lo he configurado como decía el tutorial, he enfocado a la luna y me ha salido perfecta. A ver, hice todo lo que decía el manual que debía hacer: parámetros, oscuridad, fijar la imagen y de primera impresión, todo perfecto. Demasiado perfecto me parecía cuando vi que la luna estaba en cuarto creciente y la que fotografié era una luna llena. Te juro que a veces parece que los astros se conjuran contra mí, menuda sensación de torpeza, estoy empezando a pensar que últimamente hago demasiadas cosas absurdas en tiempo record. ¿No te parece?.

 !!!Qué mal, qué mal, no te lo vas a creer, menudo error!!!. Pues nada, que al darle al zoom me di cuenta del pequeño, minúsculo , inapreciable error para el ojo humano. ¿Te puedes creer que aquella luna llena tan perfecta, fotografiada con tanto esmero, no era más  que la imagen de una farola de la casa negra de enfrente, esa tan horrorosa, la que decías que tenía un punto tétrico?. Así como te lo digo, "un plagio de luna" por culpa de la vecina y su manía de encender las farolas en noches de luna llena. Total, que no ha podido ser hoy, qué  rabia, pero no te preocupes, mañana lo intentaré de nuevo aunque tenga que manipular su cuadro eléctrico.

Espera un momento, creo que tengo que cambiar las lentejas de tartera, siempre me pasa lo mismo, siempre se me pegan, que manía oye. Vuelvo ahora, espérame, eh.

Ya estoy aquí. Todo arreglado en la cocina, bueno, menos el desorden que dejan mis hijos. ¿Te acuerdas cuando te decía que ellos dos eran mis motivos y que mi vida, si no estaban a mi lado, no tenía sentido?. Pues siguen siendo mis motivos pero creo que fui un poco exagerada con la afirmación, o por lo menos no me hacen sentir en este momento tan necesitada, sobre todo cuando me apetece  hablar con alguno y me espeta un "mamá, no ves que estoy en medio de una partidaaaa". Cuando están enfermos, tienen miedo o necesitan algo, siempre me tienen, aunque esté cansada, rompiéndome la cabeza por mis problemas con la administración o pensando en qué pasará en un futuro cercano, siempre estoy ahí. Ellos no tienen la misma sensación de "falta de tiempo" que siento yo, la necesidad de que me miren y me sonrían , de que me abracen sin motivo alguno, de que hablen conmigo sin que medie un teléfono móvil con el tintineo de sus mil whatsapps que tienen que responder de forma urgente, como si la subsistencia de la humanidad dependiera de ese odioso ruidito. A veces pienso que no existe mucha diferencia entre que estén en casa o no, sólo veo dos sombras que cruzan hacia la cocina en busca de avituallamiento para volver de nuevo a "la gruta". Es inevitable mi enfado, entiéndeme, me hacen sentir que soy transparente para ellos, entonces me sale la vena de divorciada y les propongo que se vayan a casa de su padre, pero la comodidad les puede, aún a consta de ver mi agotamiento físico y moral cada día que pasa. "Son todos iguales" me dicen los padres de sus amigos, pero esa frase tan manida ya no me sirve, no son todos iguales, cada uno es lo que aprende y mama, y yo no les he enseñado a ser así, yo he dedicado toda mi vida a ellos, a los otros y hasta a los que no eran míos, ...,  pero ésta es una historia que no voy a repetir, es demasiado rancia...

Es muy tarde, pero antes de acostarme quiero que sepas de mi consciencia absoluta de que ya no estás aquí, sé que estoy "hablándote" desde el pensamiento y el recuerdo, que seguiré haciéndolo siempre (sigues siendo mi Pepito Grillo), y no porque aún esté metida en un duelo crónico (como piensa alguno que yo me sé), sino porque necesito que sigas "cubriendo" esa parte de mí a la que llamabas "imposible de alcanzar". Fíjate, que tarde te lo permití.

 No te alejes demasiado, que sean los futuros fallos en mi memoria los que te diluyan de mis recuerdos en el tiempo.

Que sepas que las lentejas me han salido buenísimas.

Buena noche, cielo.