Entonces el aire se volvió un poco más respirable, más transparente, más lúcido y sin darse apenas cuenta, volvió a la vida que creyó perder un día. Pero ese cambio no pasó de forma sorpresiva, notó que quería estirar sus brazos melódicamente al aire, quitarse de nuevo los zapatos en la playa y sentir las cosquillas que la arena provocaba en sus pies.
Quería dejar que las olas la mojaran a su antojo, necesitaba gritarle al mundo que lo estaba consiguiendo. Echaba de menos bailar descalza en la calle con alguien que quisiera acompañarla en su locura, pisar los charcos y dejar que la lluvia la mojara hasta necesitar el abrazo de quién quisiera darle calor.
Su vida se revolvió por pura necesidad, ya no importaba el tiempo, los días empezaban con la misma mirada en la ventana y terminaban al tercer bostezo.
Había aprendido que no hay dos lados en la cama, que era toda suya, que la otra almohada podía acabar en el banco del piano, debajo de sus piernas o ser arrojada fuera de su espacio para acabar en la otra esquina de la habitación.
Quiso cambiar todo su entorno, todo lo que era "la otra vida", quería querer pero sin ser querida, olvidar espacios, olores, miradas, sonrisas, dudas...
Empezó a comprar libros como si de ganar tiempo se tratara, a caminar por la calle levantando la mirada, a devolver sonrisas a personas desconocidas, a tomar un vino sin tener un motivo que celebrar, a sentarse al final del espigón al que nunca había llegado y ver el final del día.
Dejaron de existir las canciones malditas, los sonidos que se encerraban de forma enfermiza en su cabeza, se enfrentó enfurecida a sus recuerdos y decidió volver a la vida.
Hoy es capaz de caminar sola, sin agarrar una mano ajena, con las suyas en los bolsillos de los pantalones y desafiando al tiempo.
Sé que ya no es la misma persona en ciertos aspectos, pero nunca perderá la esperanza de empezar de nuevo cuando ella quiera ser.
¿Y sabes, querida?, tienes todo mi apoyo.
Un guiño al aire.
Buena noche.
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