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lunes, 28 de septiembre de 2026

CUANDO TE VAYAS

Como cada mañana, entré en la habitación con la luz del pasillo encendida. Le di los buenos días y tiré de las cortinas para que entrara la luz del día.

"Buenos días, papá".

Él cogió el embozo de las sábanas y se tapó la cara. Cada mañana repetía el mismo movimiento. Me acerqué a él, le destapé la frente y le di un sonoro beso.

"Pero mira que eres pesada, que tú no eres mi hija, que sólo tengo un hijo y está de viaje".

A pesar de ser la contestación de todos los días yo no podía evitar elevar los ojos y asentir con la cabeza. Y así cada despertar de cada día de cada año...

"Te voy a preparar el desayuno, tu café y tus galletas de canela", le dije.

No tardó ni medio segundo en destaparse la cara para demostrarme su desacuerdo.

"Quiero chocolate con churros. En esta casa siempre se ha desayunado chocolate con churros los domingos antes de ir a misa. Dile a tu madre que me lo prepare y tú vístete ya, que vas a llegar tarde al catecismo".

Cada mañana era la misma monserga, sin fallar ni una sola, como una gota de agua herrumbrosa que cae siempre en el mismo punto de la piedra. Así me hacía sentir, desgastada.

La cafetera italiana al fuego, puse el mantel que mi madre había bordado durante su enfermedad y un plato con las galletas de canela que tanto le gustaban, pero que ahora había decidido que ya no. Por lo menos, hasta que se sentaba en la mesa.

Apareció por la puerta de la cocina arrastrando las zapatillas de cuadros, esas que tienen años y no me deja cambiar. Despeinado y con su pijama azul de botones, se sentó en la silla de la cocina delante de la taza del café humeante.

"¿Ya están hechos los churros?, me preguntó con voz de enfado. "Tu madre siempre los tiene preparados cuando me levanto. ¿Dónde está?. ¿Tampoco piensa desayunar hoy con nosotros?. Seguro que ya está reunida con las beatas del coro de la Iglesia. Sólo ella sabe cantar, el resto son como loros". 

"Venga papá, desayuna que se te va a enfriar el café. Hoy te dejaré un ratito en el centro social, creo que toca baile y así tendré tiempo para hacer la compra".

"De eso nada, yo quiero ir a misa a escuchar como canta tu madre y tú irás al catecismo. Si continúas faltando no podrás hacer la Primera Comunión y serás la única niña del barrio sin tomar la hostia". " Cuando tu hermano la hizo iba impecable, parecía un general del ejército de tierra, sólo le faltaba un sable en el cinturón para poner orden en aquel salón parroquial lleno de niños gritones". 

"Por cierto, ¿vendrá hoy a misa con nosotros, no?. Ya hace unos cuántos domingos que se la salta y eso no le hace ninguna gracia a tu madre, y menos a ese párroco melenudo que se ha apropiado de nuestra Iglesia ". 

"Sí papá". Un eco retumba dentro de mi cabeza, sí papá, sí papá, sí papá...

En el cuarto de baño, sentado en una banqueta delante del espejo del armario se mira sin reconocerse. 

"Mira, ahí está el gilipollas del vecino asomado todo el día a la ventana. No tendrá nada que hacer ese, más que vigilar a los vecinos de bien. Anda, echa la cortina, seguro que está esperando a tu madre el muy depravado".

Tengo que colgar la toalla del lavabo sobre el espejo para que se calme. Le peino y afeito con cuidado pero aún así, siempre tiene que quejarse por algo. En mi mente continúa un perenne si papá, sí papá, sí papá...

Ayudo a que se abotone la camisa y anudo la corbata que ha elegido. Lo recuerdo con su traje de chaqueta toda la vida, siempre fue muy presumido. Un poco de colonia en el cuello y en las manos, el bastón negro que heredó de su madre. 

"No vamos a llegar, nunca llegamos a tiempo. Tu madre tan tempranera y tú te distraes con una mosca que se te cruce delante. Vamos, apura, que se hace de noche". 

Sin tiempo para peinarme, me calzo las deportivas, agarro el abrigo, el bolso y el gorro. No puedo sacar de mí cabeza el sí papá, sí papá, si papá...

Le pongo el abrigo y ya en el ascensor, mientras le acomodo la bufanda en su cuello, me mira y me sonríe.

"¡Eres tú, has venido. Pero qué alegría más grande, hija mía!.

"Sí papá, soy yo", le sonrío mientras me da un beso en la frente.

" Qué solos nos hemos quedado, hija. Ojalá tu hermano no hubiese cogido aquel vuelo, aún no me lo puedo creer. ¿Por qué tuvo que pasar con su avión?. Creo que eso fue lo que mató a tu madre, no el cáncer como nos dijo el médico, sino la pena de verse sin su hijo".

"Lo sé, papá, lo sé. Pero estamos juntos y eso es lo que  importa. Como tú dices, somos un equipo".

Al llegar al portal, mi padre me pregunta si mi hermano vendrá hoy a comer. Vivo en una montaña rusa de emociones, frustraciones, rabia, sonrisas y recuerdos que vienen y van.

Él es lo único que me queda de los años vividos. A veces me enfado con sus olvidos y otras veces pienso que él es mi único puente al pasado.

Mi padre tiene Alzheimer, cada día se apaga un poco más, pero vivo con él momentos de una lucidez tan bonita como su sonrisa al reconocerme.

Sé que pronto se perderá en la enfermedad, pero yo estaré con él hasta su último recuerdo. 

Esta entrada está dedicada a Laura, y a todos los pacientes y familiares que sufren cada día las consecuencias de esta devastadora enfermedad. Por todos vosotros.

Buena noche.