Creo que en esos días se me secó el alma de tanta lágrima y angustia, pero yo aún no había descubierto que eras más fuerte que yo, le diste la espalda a aquella pesadilla, y decidiste darlo todo hasta ganar.
Creciste siendo una auténtica preciosidad en todos los sentidos. Y fuiste el rey de la casa hasta que llegó tu hermano y tomó posesión de todo nuestro tiempo. Quizás recuerdes que yo no podía atender a todos tus "por qué", no podía dedicarte todas las horas que tú necesitabas, las comidas se volvieron un poco desesperantes y los juegos se acortaron. No podía dedicarte todo mi tiempo, tenía que repartirlo con tu hermano, que por aquella época me traía loca con su hiperactividad y sus ocurrencias "demoníacas".
Ya sabes, te lo he contado mil veces, a los dos os adoro, pero Gabri me hizo perder el instinto maternal de un plumazo. Y tú fuiste creciendo en todos los sentidos, porque creciste en bondad, en inteligencia, en capacidad de lucha, en abrazos que necesitaba ...
Siempre pensé que de mayor serías médico, eras tan evidentemente vocacional...
Recuerdo el día que le hiciste una reanimación a un huevo frito, cuando fuimos testigos de la disección anatómica de un zanco de pollo asado y cuando nos explicabas las partes de la columna vertebral de los rapantes.
Sufriste la mayor parte de enfermedades de la galaxia, fuiste el primero en el universo en tener la gripe A, un mes después ébola, más tarde la fiebre hemorrágica del Congo, tétanos, cólera, malaria..., las tuviste todas mientras yo miraba al techo preguntándome de dónde quitabas semejantes ideas, pero con la seguridad de que encontrarías la cura a todas ellas en un trozo de galleta...
Y no eras hipocondríaco, no lo creo, pero te empeñabas en sufrir cada una de esas enfermedades, a veces dos a la vez, y había que dejarte para que comprobaras que no te ibas a morir, que todo estaba en tu imaginación.
Sufriste los esguinces grado tres más cortos de la historia, te duraban hasta que en dos horas te dolían las manos de usar las muletas. Una vez me dijiste que no veías bien y te llevé no una, ni dos, hasta tres veces al óptico en una semana y nos dijo que tenías media dioptría, que no necesitabas aún gafas, pero tú las querías porque te molaban. Te compré dos pares de gafas que no pusiste más de dos meses, hasta que recuperaste milagrosamente la visión porque alguna que te alegraba la pestaña te dijo que tus ojos eran más bonitos sin ellas.
Vale, es cierto que te rompiste el menisco y no te creí, pero ya te encargaste de decirle a todo el mundo que no te había hecho caso. Te juro que me pesó como una losa en la conciencia, pero hijo, entiéndeme, ya habías tenido ébola dos veces...
Conste que me he reído mucho contigo. ¿Recuerdas el día que decidiste hacerte una arreglo tú solito con una cuchilla de afeitar?.¿Recuerdas cómo descubrí lo que habías hecho?.¿Recuerdas como caminabas?...
La verdad es que tengo que agradecerte muchas risas.
Hace unos días te graduaste, estabas nervioso, como una ardilla saltando de árbol en árbol. No logré alcanzarte para hacerme una foto contigo, querías estar con tus compañeros, cosa que no me molestó, no creas. Pero querido, una foto con tu madre hubiese estado muy bien para el recuerdo.
Mañana te examinas de selectivo, dices estar preparado y yo quiero pensarlo así. Sabes que estos días te he apretado los tornillos porque te veía un poco desmotivado, pero lo hago para que no pierdas la ilusión por una carrera que ansías desde niño. Te insisto hijo porque sé que vales para ello, porque tienes la suerte de sentir esa vocación y porque estoy segura de que serás un muy buen "cuidador de almas". No hay día que no lo piense Guille, lo sueño y lo vivo. Y si no lo logras por la nota, buscaremos la forma para que seas lo que has deseado siempre porque yo no voy a dejar que pierdas la ilusión, porque creo que se ha convertido en tu necesidad.
Esta noche soñaré contigo para darte fuerzas. Mañana tendrás la tranquilidad para conseguir lo que tu desees. Buena suerte, hijo.
Buena noche al resto de mundo.
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