sábado, 13 de diciembre de 2025

FELIZ TODO


Feliz Navidad, feliz cumpleaños, feliz fin de semana, feliz año, felices vacaciones,...

Haciendo cálculos, de 365 días que tiene el año, las personas te desean felicidad cuatro días en diciembre, un par de fines de semana, el día de tu cumpleaños y basta.

Los días restantes, te las tienes que apañar tú solo para ser feliz, sea como sea y si puedes, claro.

Cruzarte en un lugar con la persona a la que no soportas, esa "amiga" con la que hace años compartías tus secretos pero de la que ahora te irrita hasta el aroma de su rancio perfume, la que cada vez que ronda a menos de un metro de tu zona de confort te produce una dentera insoportable, la que sonríe a la vida con un poco de aire artístico y un mucho de no ser nadie. Esa persona a la que cada vez que le miras a los ojos es imposible no retarla a salir de ese oscuro pozo de poder y con la que desearías solucionar de una vez las deudas del pasado para mi calma interior y pasar página, esa, esa va y te desea felicidad...

Pero en mi vida doy prioridad a las "otras personas", las que no has visto en mucho tiempo y te escriben un mensaje deseándote lo mejor. Yo no quiero que "me deseen", quiero tomar un café contigo y contarte que el tiempo pasa, que para unos con más prisa que para otros, que las risas se pierden cuando ya ha pasado el tiempo, que aún podemos solucionar lo que queramos y aprovechar cada instante que nos quede...

También a todos aquellos que lo desean porque son felices en estas fiestas, los que te abrazan, los que se emocionan, los que comparten con complicidad los ojos vidriosos, la persona que se molesta en escribirte algo bonito, amable y cálido. Y el que quiere que nos veamos y compartamos un vino con carcajadas de las de verdad, los que te preguntan y esperan realmente la respuesta, la que me peina el pelo con sus dedos cuando se da cuenta que no puedo más, el que busca la sonrisa en las sombras de mis ojos, el que te incita a baila sin pudor en una carretera recóndita, la persona que respeta mis silencios y es complice con miradas de reojo, el que comparte conmigo sus gustos y mis defectos, el que me quiere como amiga sin fronteras, el que me quiere como él o ella quiera, sin más.

No quiero que me deseen felicidad por compromiso, ni estar cerca de nadie que cumpla con normas sociales arcaicas, ni al que rumia venganzas sin verdades, tampoco al que presume sin darse cuenta de lo que carece, ni al que el poder le da agrias ideas de venganza, y menos, al que no diferencia su tormenta de mi calma.

Agradezco la felicidad de los que caminan en mi vida sin hacer ruido, y de los que hablan con un tono cálido y sincero, de los que abrazan con los ojos cerrados más de seis segundos, de los que roban besos tímidamente permitidos, de los que escuchan más allá de las palabras, de los que acarician con la voz, de los que acompañan sin tropezones injustos, de los que aprendes algo bonito cada día, de los que te echan de menos y es cierto, de los que están con ternura en los fracasos y te sonríen con un guiño en los logros y de los que quieren ser en mi existencia.

También de los que comparten momentos absurdos con carcajadas sinceras, de los que disfrutan del humor inteligente, de los que quieren tiempo compartido para y conmigo, de los que son comedidos en mis silencios, de los que disfrutan de cada segundo de cada hora, de los que dicen, de los que no callan, de los que no te olvidan, de los que siempre están, de los que quiero.

Buena noche.






sábado, 15 de noviembre de 2025

NOSTALGIA ll

En aquella época era un tanto frecuente que cada vez que se incorporaba un nuevo miembro a la familia, se recogieran los bártulos y os mudarais a un piso más espacioso a continuar con la vida. Y así ocurrió.

Poco recuerdo de la primera casa a la que nos mudamos, sólo que desde el portal hasta el ascensor había un pasillo muy largo y allá al fondo, te topabas con Lola, la portera del edificio. Cómo si de un uniforme se tratara, Lola era muy rigurosa con su indumentaria: zapatillas de casa, falda de cuadros marrón y lana, medias gruesas oscuras, jersey de canalé monocromatico y una minicapa morada tejida por ella misma, con un cordón asfixiante que enlazaba en su cuello.

Nunca supe calcular la estatura de Lola, siempre estaba sentada en una mesa al fondo de aquel pasillo, y la inocencia de la edad me hacía pensar que el trabajo de la buena señora era estar sentada todo el santo día en aquella mesa de tablero marrón contrachapado. Alguna vez se me pasó por la cabeza la idea de que Lola no tenía cuerpo debajo de aquellas múltiples  y herméticas capas de ropa. Un moño alto y gafas de pasta muy de los años setenta, remataban su indumentaria. 

Un  buen día, Lola desapareció de "su espacio", ya nadie hablaba de ella, sólo quedó su mesa en el vacío de aquel largo pasillo. Tiempo después corrío el rumor que la pobre Lola había sufrido un infarto y que ...

Ya en nuestra segunda casa, una cortina de tela de saco separaba el hall de un pasillo estrecho, que los pequeños utilizábamos como la frontera virtual que separaba la zona de trabajo de mi padre del resto de la casa. Claro que en esa época éramos muy niños y le habíamos encontrado una utilidad mucho más lúdica a aquel límite. En el momento en el que ningún "mayor" nos veía, la usábamos de hamaca. Uno se tumbaba sobre la cortina mientras los otros dos hermanos sujetaban las esquinas inferiores de la cortina y balanceaban al que le tocaba por turno disfrutar del "columpio" secreto. Nos turnábamos con rapidez para que no lo descubriera mi madre y su zapatilla de suela de goma. Aún recuerdo la sensación de achicharrarnos las manos cuando nos resbalaba una de las esquinas. Dos se lastimaban las manos mientras un tercero se esnafraba contra el duro suelo de baldosa del pasillo. Pero nunca nos quejabamos de las consecuencias del "delito"...

También recuerdo una habitación con un armario marrón y un patio de luces oscuro en el que había un pilón. En el Pilar, la "santa" que nos cuidaba, lavaba la ropa y los tenis de gimnasia. Ese pilón también sirvió de refugio en alguna ocasión...

La  casa de Buhigas fue la última, tenía muchas habitaciones, y de ella conservo los más más emotivos recuerdos. Ya éramos siete de familia y aquel fue nuestro hogar definitivo.

Habíamos bautizado cada una de las habitación con un nombre, como si se tratara de las salas de un palacio: la habitación de los zapatos, la de la plancha (anteriormente la habitación de mi hermano mayor), la habitación de las niñas, la de los niños, la de los padres, la salita, el cuarto de baño pequeño, el baño grande y el salón. 

La habitación de los zapatos era un cuarto de baño que se habilitó como mini habitación que  cumplía mil funciones: servir de zapatero, paragüero, depósito de la caja gris de herramientas y escondite de nuestros juegos. En una de las paredes, mi padre atornilló unas baldas que se llenaban con revistas de decoración de mi madre como el Nuevo Estilo, , el Selecciones del Reader's Digest y un montón de números de la revista Tiempos Médicos. Más que una habitación parecía un bazar.

La salita era diminuta, sólo amueblada con una mesa camilla con brasero, dos sillones de skai, una alfombra, una mesa de televisión con ruedas y la televisión de la teta en su parte trasera. Era tan pequeña que cuando los tres hermanos mayores nos tumbábamos en el suelo a ver la televisión, si alguien entraba o salía, debía esquivar aquellos pequeños cuerpos tendidos haciendo de alfombra  humana.

Cuando mi padre decidió cambiar la consulta, se tiraron los tabiques de dos habitaciones  contiguas y cambió la categoría de sala a salón, pero esto no pasaría hasta años más tarde. 

El cuarto de la plancha fue en un principio la habitación de mi hermano mayor. Tuvo el honor de ser el primero en tener una habitación para él solo, algo que nos fastidiaba mucho a "las niñas".  Además le hicieron un armario de obra enorme, blanco con unos cajones que pesaban muchísimo y cerraban fatal, cosas que nos hizo mucha gracia al resto, que con maldad infantil nos alegrábamos del pesado defecto de los cajones mientras él hacía el esfuerzo en abrimos y cerrarlos a diario.

La habitación en cuestión no tenía  luz natural, tan solo una ventana que abría hacia una pequeña terraza, que a su vez daba al oscuro patio de luces que se convirtió en la única comunicación con el exterior. 

Pero el reinado de aquella habitación duró poco, ya que la familia crecía y se necesitaba más y más espacio. De un día para otro y muy a su pesar, lo exiliaron a una habitación  del pasillo y su preciado reino se transformó en el cuarto de la plancha, dónde Carmen, la nueva mujer que ayudaba a mi madre con el cuidado de los niños, pasaba horas planchando montañas de ropa que se iban apilando en un sillón de mimbre allí olvidado.

La habitación "de las niñas" tenían dos camas, una puerta de balcón que jamás cerró bien y por dónde entraba un frío terrible por mucho burlete que colocara mi padre. Un pequeño armario y una estantería con cajones que no se atascaban, una mesa de estudio, un flexo y listo.

La habitación de los más pequeños tenía dos camas abatibles (algo muy típico entre las familias numerosas de la época) que se encastraban en un armario pegado a la pared, que con el paso de los años se iba aflojando. Pero  en esa época no valoramos el riesgo de morir espachurrados debajo de aquel pesado mueble. Cuando nadie nos veía, las camas servían para emparedar a mis hermanos pequeños en unos juegos un poco de la santa inquisición. Un armario, una mesa de estudio completaba el escueto mobiliario.

Un largo pasillo atravesaba la casa y al fondo se encontraba el salón, el corazón de la vivienda, "el sanctasanctórum". Sus puertas sólo se abrían para grandes eventos (bautizos, comuniones,  comida y cena de navidad), y los domingos para comer en el de forma circadiana y como algo exclusivo. En una de sus paredes lucía un horroroso mueble modular donde se guardaba la vajilla "buena", las copas de fiesta y el  tocadiscos. Perfectamente colocados a su lado, los vinilos con música de la época : La Pandilla, Los Mismos, Los Indios Tamajara, Mocedades, Camilo Sesto, Nino Bravo, Cecilia, Emilio José, Las Grecas, Juan Pardo, Micky, Los Módulos, Santabarbara...

El tocadiscos sólo podía sonar en casa los domingos por la mañana por real orden de mi madre. Y ese día se compraba pasteles para la merienda, a elegir, merengue blanco o rosa. En "San Domingo", mi padre nos llevaba a todos los hermanos al quiosco de La Baldosa o al de Montáns y nos compraba sobres sorpresa de cacharritos o peluquería a las niñas. Nunca entendí lo de sobres sorpresa cuando sabíamos lo qué nos íbamos a encontrar dentro. Los de los niños contenían soldados, tanques, indios y vaqueros que jamás se mantenían de pié, ya salían inválidos de aquel sobres sorpresa. Ese domingo si el tiempo acompañaba, nos llevaba a un bar a tomar el aperitivo y nos "derretíamos de gusto" cuando nos dejaban pedir una Fanta o una Mirinda con patas fritas para compartir.

Si de camino pasábamos por la de Beiras, una pastelería -cafetería de la época, si habíamos sido "buenos durante la semana", nos compraban caramelos de gajo de naranja y limón que casi no nos cabían en la boca. Fue un milagro no morir ahogados en la niñez con aquellos caramelos.

El pasillo de casa era el espacio de juego cuando mi hermano mayor traía a casa a sus amigos Fernando, Suso y Valentín, para jugar con sus Geypermán y Madelmán, unos muñecos semirígidos que conducían un  jeep con las piernas tiesas y se tiraban en paracaídas desde la lámpara sin doblar las rodillas, pero que nunca sufrían una fractura...

Las niñas  "bajábamos a jugar" a la calle con la goma o a la cuerda. Nuestra compañera  de juegos, la tercera pata era la hija del marmolista, que siempre se asomaba a la puerta de su negocio para controlar a su hija. La hora de vuelta  a casa no la marcaba un reloj, cuando mi madre consideraba que ya habíamos estado bastante en la calle, salía al balcón de la sala y nos hacía un gesto con la mano para "recogernos" y no había quién le rechistara. 

Al llegar a casa nos daba tiempo a cambiarle el vestido a la Nancy y a la Lesley antes de cenar. En esa época los juguetes de las niñas eran algo machistas. A mí me gustaba el Hogarín, que era una media caja que simulaban una habitación con los muebles necesarios para formar el "hogar ideal". Cada cumpleaños o reyes, me regalaban una habitación distinta, así que cuando acababas de tener toda la casa del Hogarín, ya eras adolescente y ya te interesaban otros temas. Otro regalo muy socorrido era "el juego de limpieza", con su cubo, su fregona, su escoba y su recogedor. Todo un juego educativo en aquellos últimos años del franquismo.

Aquel pasillo largo nos daba muchas oportunidades de juego. Como a mí hermano pequeño le gustaban los camiones, le regalaron uno enorme con volquete, tan grande que él cabía a la perfección dentro. Cómo teníamos que incluirlo en nuestros juegos por orden gubernamental, decidimos meterlo dentro del volquete, rodearlo de cojines de silla para amortiguar la dureza del metal, ponerle un casco de monopatín para evitar traumatismos craneoencefálicos y lanzarlo desde la puerta del "sanctasanctórum" hasta el armario de los abrigos que estaban al lado de la puerta principal. De nuestra parte poníamos todas nuestras fuerzas para intentar completar el recorrido, pero casi siempre fallaba la dirección del vehículo y acababa chocando contra una de las paredes del pasillo. El alguna ocasión, logramos que llegara hasta la puerta del armario acabando con un choque frontal que hacía temblar los cimientos de toda la casa. En ese momento, los tres hermanos mayores nos quedábamos callados y sin movernos hasta que oíamos llorar o reir a mi hermano pequeño. Cualquier expresión que salía de sus labios era señal suficiente para saber que no nos habíamos excedido con la fuerza y la velocidad. Rápidamente lo bajábamos del camión, lo sentábamos en el suelo, lo consolábamos y si aparecía mi madre, nos mirábamos cómo si no supieramos por qué lloraba aquel pequeñajo. Era un auténtico ejercicio de supervivencia. 

Buena noche.


domingo, 2 de noviembre de 2025

PARA GUSTOS


No me gusta la gente que comienza una conversación diciendo "yo odio". Ni los que se revuelven y dan la espalda a tu paso. 

No me gusta la gente a la que le tiembla la sonrisa al verte, ni la que es elitista siendo ellos mismos unos mediocres. Tampoco las personas que extienden su odio al mundo con opiniones personales vejatorias y que"embarran" vidas ajenas por venganza.

No me gustan los "castigadores sociales" que ven defectos en los demás sin pararse a pensar en sus propias "taras". Ni las personas que ante una crítica se defienden haciendo daño durante toda la eternidad. Tampoco los que utilizan la venganza dándose golpes de pecho mientras rezan el "yo pecador, me confieso".

No me agradan los cobardes que se parapetan detrás de una carpeta que usan como escudo para menospreciar al igual, ni las caras que amargan y creen imponer así el respeto no merecido, es sólo el abuso del ignorante. 

No me gustan las personas que se tiran a los pies de otras para demostrar su "falsa fidelidad", ni los agradecimientos verbales excesivos. Me producen desconfianza. 

Tampoco la hipocresía del que sabe que la está aplicando, ni los falsos perdones. No me gusta la persona que repite una y otra vez críticas ajenas sin juzgarse nunca a si mismo. 

No me gustan los que ignoran a los que se cruzan en el camino y sólo sonríen a entes "superiores". Ni los que sistemáticamente interrumpen conversaciones sin respetar los tiempos ajenos. Tampoco los que "pisan" a sus iguales. 

No me gusta la mentira, la manipulación, la falsa fe, el poder usado para provocar daño, la hipocresía, los sonrisa maquiavélica, las caricias con puñales, los borregos sociales, la debilidad cuya única defensa es atacar cruelmente . La mala ignorancia disfrazada de inteligencia, ni los seguidores aférrimos de un mal líder.

No me gusta el absolutismo, las personas de misa dominical y semana de abuso, ni los que se erigen como salvadores de los que sobreviven solos. No me gusta el uso de la balanza de la justicia para ser injustos, ni los que se "abandonan" por un mandato superior.

Me gusta la sonrisa clara, la normalidad de las relaciones humanas, el debate sano, los abrazos interminables, la empatía real, la verdad sin condiciones, la crítica desde el respeto, la amistad imperfecta pero con capacidad para aclarar y perdonar, la igualdad social, la inteligencia acompañada de respeto, la fidelidad con cariño, los saludos con un guiño de ojo, las personas que no permiten el odio en su vocabulario y por supuesto, los que no lo ejercen. Me gusta la amistad sin condiciones, las críticas que hacen replantearnos alguna idea y sacar justicia de ellas. 

Me encanta mandar un beso a la estrella más brillante y abrazar a los que están. Cuidar de personas "rotas", saber interpretar la mirada y sus gestos, no añadir más dolor cuando "el vaso lleva tiempo sin vaciarse" y acompañar incondicionalmente al que no encuentra abrigo.

Me gustan las personas buenas y "sanas", así sin más.

Buena noche.


 



viernes, 24 de octubre de 2025

NOSTALGIA I

Estoy en un momento vital en el que me apetece rebuscar en la memoria y traer de allí recuerdos que aún me saben a familia. Vamos allá.

Éramos una familia numerosa de la época y cada mañana los cinco hermanos nos sentábamos juntos  para desayunar leche con cacao y galletas en la mesa ovalada de la cocina. Mis padres, quizás por marcar esa diferencia entre "mayores y pequeños", desayunaban en la mesa del salón. Eso sí, la sacra comida del mediodía, la hacíamos en familia.

Era una época en la que casi todos los niños del país merendaban un bocadillo de pan con chocolate, y en mi casa, los más innovadores metíamos un plátano dentro de aquel sabrosísimo nutre de pan de Alonso.

Indefectiblemente siempre se cenaba de bocadillo, el cenar de plato estaba reservado a mi padre, que tomaba la leche con café en un plato sopero que llenaba de pan hasta hacer una papa que a mí me producía un cierto repelús. Recuerdo el sonido de la radio de fondo.

En casa estaba terminantemente prohibido madrugar, mi madre era de sueño ligero y si oía el más mínimo ruido mañanero, se levantaba de mal humor. Prácticamente era necesario levitar si querías madrugar. 

Los sábados por la mañana íbamos de forma  rutinaria a la plaza de abastos: primero al puesto de las Faras para comprar fruta, huevos, patatas, pan de maíz y algún queso. Me gustaba subirme a la acera del puesto para ver qué "novedades" tenían cada sábado, era como tener un supermercado en una pequeña habitación.  Yo era devota de su pan de maíz, me ponía de puntillas para otear aquella tabla cubierta de varios trozos de pan, deseando que mi madre le pidiera a Carmiña una loncha de aquel manjar. Y alguna caía cuando miraba a mi madre con cara de cordero degollado (expresión que utilizaba mi madre cuando le hacíamos la pelota para conseguir algo). Casi podría afirmar que Las Faras fueron las primeras en realizar entrega de pedidos a domicilio, claro que ellas, aunque no nos unía un vínculo de sangre, siempre fueron de mi familia: Lela, mi buena Lela llegaba a casa discreta y no paraba ni cinco minutos, Julia se sentaba en el salón a charlar con mi madre y ya darnos achuchones a todos los niños, y lo de Carmiña era curioso porque Bruno, nuestro enorme perro, estaba obsesionado con darle  pellizquitos con los dientes en el trasero, en cuanto la buena señora ponía un pie en casa. De hecho, ya en los últimos años de trabajo, nos rogaba que lo encerráramos en una habitación antes de entrar en casa. Esto generó en mi familia una espiral de hipótesis científicas del por qué de dicho comportamiento "perruno": unos opinamos que Bruno lo hacía porque Camiña tenía un tono de voz demasiado agudo, otros que lo hacía porque al cánido le encantaba el olor a queso y la más segura, pero la que menos barajaba nuestras mentes infantiles era porque el perro percibía su miedo.

Después de hacer la compra en el puesto de la plaza, seguíamos el recorrido haciendo la parada inexcusable en el quiosco "del ciego", apodo que le habíamos puesto los tres mayores porque el buen hombre se había quedando sin visión debido a una enfermedad que desconocíamos. Aunque debo confesar que a veces dudábamos de cuan ciego estaba, porque  siempre nos decía lo guapos que íbamos y lo bien que nos sentaba aquel color. Esa intriga rondó nuestras pueriles mentes durante años, intentando atravesar con nuestra mirada aquellos cristales verdes botella que  hacían sin más sospechosos sus ojos. 

Pero bueno, sigamos . La parada del kiosko del ciego incluía  la compra de la prensa y si cuadraba, cinco chupa chups Koyak de fresa, una delicia que se nos concedía para chupetear mientras disfrutábamos todos juntos la película del sábado a las cuatro de la tarde que de forma circadiana giraba entre el  western y la aventura. 

Para no faltar a la verdad, mis padres se sentaban cada uno en su esquina del sofá, nosotros nos tumbábamos en la alfombra con cojines bajo la cabeza esperando las palabras de mi padre sobre las película en cuestión : "está es un peliculón de rayo". Era curioso, no había películas mejores o peores, todas tenían esa calificación. Yo creo que lo decía para que estuviéramos callados porque no pasaban más de cinco minutos en quedarse los dos dormidos, cada uno en su esquina del sofá. Las siestas en mi casa, de sofá de toda la vida. 

La televisión más antigua que recuerdo tenía una "teta" en la parte posterior, se encendía dándole a un botón color crema del tamaño de un toffe, imágenes en blanco y negro, y canales que se cambiaban con una rueda estriada. Dos canales eran suficientes en aquella època, la primera cadena con una programación variada, y la segunda, de tipo cultural, o sea, más de padres.

Recuerdo que en cuanto entrabamos en la cocina, alguien enchufaba la radio, siempre estaba encendida como si formara parte del mobiliario. Algún viernes, cuando mis padres se animaban, uno de los hermanos mayores se eregía recadero y se encargaba de ir a buscar a la Parris los sandwichs para la cena. Nunca supe por qué se llamaba así, pudiéndose llamar París. En aquella época no se cogían encargos por vía telefónica, el teléfono era para hablar con la familia. 

En casa teníamos dos cuartos de baño, "el grande", más de padres, y el "pequeño", mal llamado "el de los niños". Para las duchas se utilizaba el primero, con una cadencia de un día sí y otro no. La bombona de butano no daba para una ducha diaria para tantos y las toallas eran compartidas pero segregadas entre los hermanos, la de las chicas y la de los hombres. Ni os imagináis  lo que agradecía en ese momento tener una única hermana. Los días que no había ducha, se practicaba la modalidad de "lavarse por parroquias", rigurosamente por la mañana y por la noche. Mi madre tenía un detector de olor a "cebolleta" infalible y un poder de convicción absoluto de que lo que ella olía, era lo real.

Eso sí, el cuarto de baño era un lugar de cultura, dónde el cesto de la ropa usada cedía un poco de espacio para revistas y crucigramas. Allí  te movías entre revistas médicas y el Selecciones del mes. La pasta dental de siempre, Licor del Polo, a ser posible el envase que traía de regalo un chicle de clorofila, que nos hacía entrar en competición entre los hermanos para ver quien se lo metía en la boca antes de que mi madre nos mandara repartirlo. El más rápido lo masticaba un poco y después era ofrecido al resto de los hermanos. Vamos, una cochinada de la época.

En el bajo del edificio estaba situada la panadería de Alonso, reconocida por sus nutres, palitos y las "barras finas". Mi familia con tanto bocadillo, éramos considerados fieles clientes. En mi casa se compraban a diario cinco barras finas y cinco nutres, eso sí, se bajaba con la bolsa de pan, que era de una tela feísima. ¿A quién le toca bajar a por el pan hoy?, era la frase de las dos y media de mi madre. Nunca había voluntarios, el que estuviera en ese momento más cerca de ella, era el designado para "bajar a por el pan". A veces llegábamos un poco tarde a la panadería, pero Otilia siempre tenía reservadas nuestras barras en un estante secreto que había debajo del mostrador. Me hacía gracia porque nos miraba como diciendo "es la última vez" y así lo hizo hasta su jubilación. El que bajaba a comprar el pan tenía el privilegio de comerse el currusco de la barra más tostada (a escondidas, claro). Si te ibas de excursión se lo decías a Otilia, y previo interrogatorio sobre la hora de partida, lugar de destino y con qué colegio ibas, te anotaba en su libreta  cuadriculada el número de nutres que necesitabas a primera hora de la mañana para que tu madre te hiciera el famoso bocadillo de tortilla francesa que viajaba ese día contigo. Una señora curiosa está Otilia, pero que bien sabían aquellos bocadillos lejos de casa.

Mañana seguiré recordando.

Buena noche.

sábado, 11 de octubre de 2025

EL PRECIO DE LA PAZ

Dicen que ha acabado la guerra, que se ha pactado una paz cosida con hilos de tela de araña.

Es ingenuo pensar que ya queda atrás el escozor en los ojos que veían como una estampida humana huía las ciudades, durante la eternidad que les supuso dos años, intentando esquivar las balas siendo objetivo, sin que se les permitiera encontrar un lugar dónde sentirse seguros. Un país desolado, sin comida, sin servicios básicos, sin abrigo, sin descanso, sin vida...

Un mar resacoso de víctimas de una guerra vengativa en la que se mecen entre el odio y las ruinas de su identidad, que es nada...

Imágenes de filas caóticas e interminables llevando sobre su espalda todo lo poco que les queda, intentando volver a lo que un día llamaron hogar, calores que ya no están,  borrados del mapa, expulsados de sus propias vidas.

Estremece la dureza al cruzarse con más y más cuerpos extenuados que buscan y no encuentran nada, no hay vecinos, amigos, familia... 

Todo es destrucción, todo es muerte y duelo contenido.

Madres que ya no son, hijos que ya no son, maridos que ya no son, familias que un día fueron y ya no son ni serán ...

La crueldad de una guerra no se sufre en el segundo en el que caen las bombas sobre una escuela, un hospital o una iglesia en la que buscan desesperados refugio, eso es un instante. Nos duele el estómago al ver las consecuencias inmediatas, el número de muertos y heridos, las ruinas humeantes y la errática búsqueda de supervivientes que ya no están...

Nos quedamos con la imagen de ese momento, no se piensa en su mañana imposible, en las consecuencias físicas y psicológicas, en los heridos sin futuro, en cómo como se aftonta al día  siguiente la pérdida de parte o toda su familia, en cómo se sigue viviendo un duelo imposible que enlazará a la mañana siguiente con otro nuevo duelo, más cruel quizás, más imposible de procesar. Sólo ellos...

Tengo en la memoria la imagen de una niña de doce años agarrando el cuerpo inerte de su madre, suplicándole que se despertara ya. Mientras se deshacía en lágrimas, aún con las manos llenas de ceniza, acariciaba con delicadeza la sábana blanca que la cubría. "Mamá, quiero morir contigo". Desgarrador escuchar que prefiere que una bomba la mate antes de que lo haga el dolor, con tan solo doce años. Están borrando la infancia, maldita guerra...

El gran jefe rubio y el gran vengador han jugado a la guerra seguros en sus casas con un gran tablero de ajedrez. Cada día hacían caer a miles de pequeños peones, miles de personas que no apoyan un régimen terrorista, que  nunca hicieron mal, personas normales que bastante hacían con intentar seguir vivos hasta el siguiente día...

Y mientras los dos "señores de la guerra" planean una ciudad de vacaciones anexionada a un territorio arrebatado a base de sangre y cuerpos destrozados. Pretenden construir un mal llamado edén sobre miles de ruinas que no son más que tumbas de gente inocente. Edificios vacacionales en su Austliz personal, con cimientos de huesos de quienes fueron víctimas inocentes de su juego macabro.

Hablan de paz, de retirada de tropas, de entrega de rehenes, de ayuda humanitaria en camino...

Todo llega tarde, demasiado tarde para los que seguirán muriendo mientras llega un orden sin tiempos fijados. Cada día seguirán muriendo personas que ya no son recuperables, carentes de fuerza, ni ánimo, ni ganas de llegar hasta "la reconstrucción" que han marcado sin tiempo los que han comenzado un desastre humanitario descomunal... 

Creo que no digo mal si afirmó que no podemos ponernos en la piel del pueblo palestino, es imposible soportar física y mentalmente lo que han sufrido, no podemos ni imaginar la impotencia que supone no saber hacia dónde caminar para salvarse, ni el miedo que sienten cuando hacen fila para conseguir comida y agua, sin saber si ese día comerán o llorarán una nueva muerte...

No podré olvidar jamás esta guerra inútil, la injusticia de su comienzo, por qué unos terroristas sin alma torturaron, violaron, asesinaron y secuestraron a jóvenes cuyo peor pecado fue acudir a un festival para divertirse sin sospechar este atroz final...

Pocos quedan ya con vida porque la radicalidad enferma hizo enterrarlos en túneles sin luz, sin aire, sin espacio, sin comida y sin dignidad. 

Dos años después "liberarán" los cuerpos de los fallecidos y de los que aún siguen con vida, una vida que les será muy difícil recuperar... 

No todo Gaza es Hamas, ni todo Israel es Netanyahu. La paz fue firmada por un país "ajeno" al conflicto, que aportó armas a Israel por la puerta de atrás. Un país con un "jefe" arrogante y mal teñido, pero reconociendo muy a mí pesar, que ha movido las piezas de un conflicto y que le ha salido bien la partida. Prefiero no pensar a qué precio...

Hamas no debió existir nunca, Netanyahu debería de responder ante un tribunal internacional por los crímenes cometidos contra una población desvalida. Los rehenes y los muertos inocentes de este sinsentido son las víctimas. Los que quedan errando entre las ruinas de lo que fue su país deben ser ayudados, debemos ayudarnos, debemos ayudarlos...

También la guerra de Ucrania debe ser frenada, el ejército ruso debe replegarse, están haciendo del mundo un lugar insoportable. El mal creído "zar" debe ser tumbado en el tablero, cueste lo que cueste. Jaque mate.

Todos los conflictos bélicos que supongan una lucha de egos, deben desaparecer. Estamos destruyendo todo, ya sólo queda (y es cuestión de tiempo) que el mundo nos destruya a todos nosotros. 

Quiero pensar que ahí fuera, en otros mundos, hay vida inteligente...

Buena noche.

sábado, 13 de septiembre de 2025

EL COCHE AZUL

Dormir una noche sin que nada la despertara se había convertido en un deseo casi imposible, sin embargo aquella no había sido una de las peores. Aún así, a media mañana el cuerpo le pesaba un poco más de lo ya habitual, los pasos no parecían ágiles y una niebla espesa orbitaba a su alrededor, todos ellos sutiles indicios de que el cuerpo suplicaba una pequeña desconexión.

Agarró la botella de agua y bebió como si aquel sorbo le proporcionara el empujón definitivo de vitalidad que necesitaba. Y así siguió pasando la mañana, con minutos que se iban multiplicando en cada segundo hasta que llegó la hora de volver a su mundo. 

Cerró la puerta con las últimas fuerzas que le quedaban ese día, un portazo inútil que hizo que la puerta volviera a abrirse, como si quisiera burlarse de su debilidad. Suspiró una última vez, cogió aire profundamente, la agarró con ambas manos, frunció el ceño para mostrar su enfado, empujó está vez con una rabia foribunda hasta conseguir cerrarla de un golpe seco. No faltó una mirada atrás para comprobar que nadie hubiera presenciado aquel gesto tan poco femenino...

Llegó al vestuario como si hubiese atravesado cinco valles, tres ríos y dos veredas. Introdujo la llave en la cerradura de la taquilla y sintió como si hubiera abierto un sendero hacia la libertad. Sonrió tímidamente cuando echó un ojo a la ropa que colgaba de las perchas, todo liviano; sandalias, sol, mar, aún se respiraba verano, lo que parecía devolverle a la vida.

Salió a la calle para recibir el primer bofetón de calor, colocó las gafas de sol sobre sus eternas ojeras y tomó el camino entre los árboles que la llevaban hasta el aparcamiento. Una suave brisa, el ruido chirriante de unas ruedas sobre el asfalto y el final del camino que acababa en un paso de peatones. Miró a la derecha, a la izquierda y se dispuso a cruzar. De nuevo volvió a escuchar el chirriante ruido, levantó la mirada y vio como un coche azul se acercaba a toda velocidad. Tuvo un mal presentimiento, apuró el paso y al llegar a la acera, el conductor dio un volantazo injustificado dirigiendo el coche hacia dónde estaba ella. Dos fugaces segundos para pensar ¡corre!. Y así lo hizo, dudando de la agilidad tantas veces cuestionada y de si realmente le daría tiempo a esquivar un atropello seguramente mortal. Sus pies volaron hasta la acera mientras otro volantazo hizo que aquel descerebrado conductor corrigiera su trayectoria. Ella quedó paralizada mientras aquel coche se dirigía de nuevo hacia una segunda víctima que se encontraba unos metros más allá. 

Aún con el susto en el pecho, se  sentó al volante en silencio, intentando entender aquella actitud. Había sido una larga jornada de trabajo y sus pies pesaban más que cualquier otro día. Deseaba volver a casa, comer algo y descansar olvidando todo lo ocurrido. Pero no pudo evitar pensar en las consecuencias de aquel alcance, quizás no hubiese llegado hasta la acera, ni al coche o ni tan siquiera a su casa. 

Quizás hubiesen alertado a su hijo de una salida en ambulancia para atender un atropello cerca del hospital. Él nunca sospecharía quién era la víctima a la que debía atender, o simplemente quién sería la persona que ya no necesitaba ser atendida. Y mientras se enfrentaba a uno de los peores momentos de su vida, el conductor del coche azul estaría sentado a la mesa en su casa con la familia sin inmutarse por la barbaridad cometida.

Ella ya no estaría, sus hijos habrían perdido a su madre, mil planes quedarían aplazados para siempre, muchas palabras sin decir y abrazos que flotarían perdidos en el aire.

El coche volvió a pasar por delante de aquella mujer asustada con la actitud chulesca de un adolescente que quiere comerse el mundo. Mal sabe que la propia vida puede devorarlo en una décima de segundo. Se fue como vino, vacío, cruel, dañino. 

Ella tuvo suerte, llegó a casa y llamó a su hijo. Sólo necesitaba oír su voz otra vez y decirle que lo quería de todas las formas queribles. Él escuchaba en silencio sin entender el motivo de aquella llamada. Ella colgó el teléfono y se tumbó en el sofá verde, aquel que curaba todas las heridas de vida. Y se quedó dormida 

Buena noche.

jueves, 28 de agosto de 2025

ELLA

Todos sabíamos que aquella sombra de ojos acabaría naufragando esa noche. Todos menos ella, que intentaba por todos los medios buscar primaveras en una vida en la que ya sólo había inviernos, nubes grises y lluvia. Por mucho que le dijeras que las rosas no nacen bajo el cemento, ella se resistía a romper el hilo que la mantenía unida a lo imposible. 

A veces podías oirla tarareando en voz baja canciones que hablaban de amores perdidos, de vueltas de alguna parte, de caminos inversos, aunque nunca alzando la voz, siempre en susurro. Creo que sabía de lo absurdo de sus pensamientos y aún así, se negaba a abandonarlos...

Juro que se lo dije mil veces, "abrirse en canal, hablar de lo que siempre se silencia es el primer paso hacia un suicidio mental. Es como tirarte al vacío sin saber lo que hay ahí abajo. Y no siempre son nubes, querida... ".

Alguna vez quise levantarle el ánimo, "venga, sigue así, lo estás haciendo bien, estás volando, ¿lo sientes?. Eso la motivaba a salir de su oscura tristeza, a seguir intentando una y otra vez. Quizás no debí insistir tanto, no sé...

"En un sitio dónde no hay amor, yo le encontré. Y me dicen que no siga buscando lo que una vez tuve porque no lo encontraré de nuevo. No me conocen, mal saben ellos que nunca les haré caso, no perderé la esperanza de tropezar de nuevo con alguien como él , en otro lugar insospechado". Cómo me gustaría que se cumpliera tu deseo, amiga... 

Repetía una y otra vez "tengo escondidos en rincones de mi casa, mares llenos vida, agitados, en calma, tormentosos. Y cada uno de ellos, hechos de momentos vitales. Incluso, si te permitiera buscarlos, encontrarías algún naufragio del que salí en dirección hacia una tierra secreta. Y ahí, quizás es dónde me encuentro ahora". Me encantaban sus rutundidades...

Se quedaba con la mirada perdida buscando recuerdos. De pronto sonreía, me miraba y decía con su voz rotunda:  "¿Sabes?. Era jodidamente embaucador, cómo sabía acariciarme con las palabras..."

Siempre llevaba en la cartera un billete de vuelta al mismo sitio, por si acaso, por si debiera volver a un momento que sabía imposible...

Tenían un lugar mágico, la SONRISERÍA, dónde se "encontraban" cuando ya no tenía fuerzas para seguir, cuando ya estaba agotada de intentar volver "a ser siempre". La he visto "viajar" a ese lugar muchas veces, me hubiese gustado acompañarla en alguna ocasión, no os imagináis la serenidad que transmitía...

Siempre estaré ahí para ella, a su lado, en su luz y en sus sombras, pendiente de cada paso, "abastonando" su vida. Vete tranquilo...

Buena noche.



domingo, 13 de julio de 2025

LELA

 "Ayer se fue una mujer buena". Así comienza esta historia. 

Intento rebuscar en mis recuerdos el momento en el que conocí a Lela y no logro separarla de mi vida. Debía ser yo una niña muy pequeña cuando ella apareció en la vida de mi familia. No existía vínculo de sangre entre su familia y la mía, sin embargo aquella mujer grande, con melena corta y horquillas a cada lado, con zapatos enormes y ojos siempre tristes, seguiría unida a nuestra historia de vida hasta el final de sus días.

Un poco huidiza de todo, guardiana fiel de sus hermanas, o quizás separada al mundo de aquella cocina, siempre callada, prudente, servicial y emotiva, Lela se levantaba cada mañana para los demás, esa es la sensación de humildad que trasmitía.

No recuerdo que el amor le hubiese rozado nunca. Siempre con sus hermanas y un poco relegada a segundo plano, nunca acudía a bodas, comuniones ni entierros, siempre guardiana de una casa, nunca participaba en encuentros sociales. Siempre faltaba Lela, mi buena Lela.

Sus ojos marrones, verdes o parduzcos trasmitían una tristeza oculta. Nada sabías de sus sentimientos, sólo de su trabajo. Nada era ella, todo eran los demás.

Agradecida eternamente, llena de emoción contenida, abrazada a si misma, Lela iba cumpliendo años para los demás. Aquella mujer grande, empezó a venirse abajo con la misma entereza que mantuvo siempre. Se apoyaba en las paredes para mantener un equilibrio perdido hace años, cada vez más silenciosa y callada, cada vez menos visible y más vigilante de sus hermanas desde el silencio y la quietud. 

Lógica, cabal, sensata, recorrió los últimos años de su vida de puntillas, sin hacerse notar, con la discreción exquisita de la que antepone la vida de los demás a la suya propia. 

Ayer Lela se apagó y con ella se fue una parte de mi historia. Y lo hizo con la misma discreción con la que vivió, en silencio, sola y sin hacer ruido. Siendo yo mujer de poca fe, deseo para ella que exista un cielo en el que se encuentre con todos los suyos y los míos. Aunque conociéndola, estoy segura de que seguirá allá dónde sea cuidando de todos los que se fueron antes que ella. Ojalá exista tu cielo, Lela. Ojalá que tus ojos brillen allí con toda la intensidad que te faltó en la tierra.

Vuela alto, Lela.

Buena noche.


jueves, 5 de junio de 2025

PRESENTE

Me gusta sentarme en el sillón verde de curar los males y dedicarme unos minutos a sanar. Cuántas veces me habré preguntado si estoy haciendo las cosas bien, si realmente hago lo que quiero o si alguna vez tendría que haber actuado de una forma menos impulsiva y más reflexiva.

Este "paseo" por lo consciente del inconsciente no es fácil, por sí necesario.

Todos tenemos sombras, cuidamos mientras nos descuidamos, firmamos sueños en papel que con el paso del tiempo se vuelven ásperos, pétreos, incómodos ... 

Cuántas veces rumiamos conscientemente frases como "yo puedo con todo, no temo a nada, con esto es suficiente, no necesito más, ya ha pasado lo peor". Frases valientes que arrastran un descomunal esfuerzo que no acaba de convencer a nadie...

Ven aquí, siéntate conmigo "mi yo del presente", tenemos que hablar.

Deja que te tome las manos, sólo necesito decirte que no dudes tantas veces. Créeme, lo estás haciendo bien. Tomas decisiones  que antes ni te hubieras planteado, por fin te has situado por delante de todo, te importas más y ya no eres el número dos en tu lista. Por una vez has comprendido que no puedes cuidar siempre hasta el agotamiento, ni consumir todo tu tiempo y menos quedarte sin un solo minuto para tí. Deja de adaptarte a todos, vas camino de ser canonizada... 

Si las personas que se asoman a tu vida te quieren realmente, tendrán que entender que esta historia se basa en un justo equilibrio entre tú y ellos. 

Tienes valores, deseos, prioridades que debes respetar porque si así no lo haces, seguirás llena de carencias, y la paz interior no se basa en faltas.

Tú decides cómo quieres que transcurran los días y las noches, no estás en este mundo para y por los demás, necesitas momentos de cobijo, caricias en el pelo, abrazos, y un dedo recorriendo suavemente tu columna desde el cuello hasta el infinito.

Sólo tú sabes qué y cómo duele el interior, todas las dudas, lo que deseas y lo que harías desaparecer. No permitas que nadie te calle, no grites en silencio, no sonrías en momentos en los que sólo te apetece cerrar los ojos y desaparecer. No repitas  "no importa" mil veces al año, no disfraces las decepciones con palabras que le vengan bien a nadie. No lo hagas...

Ya es hora de revolverte, decir no una y mil veces, no me apetece, no es lo que quiero, no está en mi lista de prioridades, no es lo que deseo, no. 

Acércate más a tu libertad, a los sueños, a la música, a la arena y sal corriendo de los sitios fríos, agobiantes o dónde no puedas ser tú. Sabes perfectamente a lo que me refiero.

No busques amistades que se han ido, cada uno marca sus prioridades y puede ser que tú no seas una de ellas. Qué más da, ahí fuera hay gente fantástica, personas que aportan, comparten y no restan. Dale movimiento a tus alas, sólo tú puedes hacerlo, échate brillo en los labios, saca tus mejores galas, levanta la vista del suelo y libera sonrisas y palabras. 

Esa sí eres tú, ¿pero dónde te habías metido?. 

No permitas que nadie gestione tus tiempos, planifica las horas del día sola o con quién respete tu libertad, acércate sólo a las personas que no priorizan su vida ante la tuya. 

Que a nadie se le ocurra insinuar qué debes hacer a una hora u otra sin antes haberte preguntado si estás de acuerdo, no vivas de los intentos ajenos, hazlo desde tu caja de decisiones postergadas que dejaste  encerradas hace tiempo...

Y si alguien te dice que debes hacer algo "sí o sí", ponte enfrente, levanta la cabeza y respóndele con un no austero. Repítelo como un eco interminable hasta que entienda que sus decisiones no son las tuyas. 

Hola, bienvenida a tu yo del presente. Ahora ¡vive!.

Buena noche.






domingo, 11 de mayo de 2025

EL POLLO

Llevo una semana encerrada en casa porque un pollo enfermo se ha cruzado en mi camino y no sé cuándo ha sido. No, no he perdido la cabeza, debe ser lo único que no he perdido estos días. Me imagino la secuencia. Un pollo, seguramente casero, de los que campan a sus anchas entre las verduritas de la huerta, se acerca graciosamente a su dueño moviendo las plumitas de su trasero. Éste lo habrá cogido en el regazo para decirle lo buen pollo que es y lo orgulloso que está de que forme parte de su fantástico gallinero, y de esta relación idílica en la que no hace falta lavarse las manos porque son como de la familia, ¡zasca!. 

O quizás la historia no fue así, quizás el pollo se tambaleaba desde hacía unos días, tenía mal color en las patas, se le caían las plumas y estaba poco comunicativo. Y ante tal estado, el dueño del pollo en un momento de lucidez pensó que era mejor que el plumífero no sufriera y formara parte de un cocido o de unas ricas croquetas. Seguramente pensó, "le damos viaje y como es mucho pollo para nosotros , le regalamos medio bicho al vecino que el pobre está currando todo el día en el bar". El vecino recibe encantado el regalo, le da cuatro machetazos al medio difunto regalado,  lo mete en la nevera  con el resto de las viandas para cocinarlo al día siguiente, le pasa un agua al cuchillo descuartizador y corta el fiambre para la siguiente mesa, ¡zasca!.

O quizás el pollo no estaba enfermo, ni cojeaba, ni acabó siendo croquetas, pero para mí, ¡zasca!.

Cambiando de tema, me he quedado de piedra cuando un miembro de la Guardia civil ha dicho en un medio público que a partir de ya, no se puede cantar en el coche porque produce distracciones al volante. Y digo yo, ¿no será infinitamente más peligroso llevar de copiloto a un hijo adolescente poniendo ritmos reguetoneros mientras te amenaza con que si no lo dejas salir el sábado se va a ir de casa para siempre jamás con el hijo del vecino?, niño que ya se teñía el pelo de verde a los siete años y se dejó bigote con trece. 

¿No será mucho más peligroso ir escuchando la radio mientras te cuentan que aquel político de mejillas sonrosadas y sonrisa pelín cínica le ha estado pagando a su churri un piso en una selecta calle de la capital con los impuestos que tú y yo pagamos religiosamente?. Porque no sé a tí, pero a mí, vaya o no conduciendo, me dan muchas ganas de rebanarle el dedo ventiuno sin previo aviso.

¿Y no será mucho más peligroso, ir conduciendo mientras un recién licenciado en carnet, pitillo en mano y ventanilla baja, con el coche lleno de colegas imberbes y la música a todo trapo, te hace luces mientras acerca provocativamente el morro de su coche al trasero del tuyo porque vas a cincuenta en una zona de cincuenta, y él va con todos sus caballitos adolescentes revolucionados?.

Después de balancear la novedosa teoría del honrado cuerpo de seguridad  vial y mis dilemas, he decidido comprarme un chicle y grabar el discurso del Rey de la navidad pasada. En el caso de que me detuvieran en un control por ir cantando,  que quede claro  que yo no iba entonando canción alguna y que los movimientos faciales no era más que la actividad de mis maseteros mascando la gomita en cuestión. Y lo del discurso, pues yo que sé, que piensen lo que quieran o que multen al pollo, que es más culpable que yo.

Estoy nerviosa, se acerca peligrosamente la temporada de "changlas". No me veo preparada, este año con más edad he sufrido una pérdida importante de paciencia y siento terror de no poder controlar mi ira cuando empiecen a gritar  por todas las esquinas que si "changlas o changletas" en peluquerías, mercados, bares, parques infantiles o zoológicos. No saben el daño que hacen, cuántas sorderas traumáticas han provocado, y lo peor de todo, no sé cómo mantenerme tibia cuando esté delante de un "changlista" y recite una tesis  doctoral sobre cómo y con qué quedan divinas. No lo voy a poder soportar, no me siento con fuerzas. No sé, será culpa del pollo...

Por cierto, no pretendo aguaros la primavera pero también ha llegado la época de los mosquitos, y este año vienen más sedientos de sangre que nunca. Yo ya he sufrido el ataque en mis carnes hace dos semanas y no os podéis imaginar para lo pequeños que son, los tremendos picotazos que pegan. No suelo promocionar ningún método de adelgazamiento más allá del deporte y la dieta, pero en esta ocasión voy a saltarme mis estrictas normas éticas por el bien de la humanidad y hacer una promoción que no deberían dejar pasar los "changlistas". Ahí va,  "los mosquitos de este año, a parte de provocar una espectacular renovación sanguínea eliminando restos metabólicos indeseables, también hacen liposucción siempre que piquen más de tres veces. No perdáis la oportunidad, es gratis hasta el fin de la existencia", por si cuela...

Tengo un problema serio con el robot aspirador de casa,  me da más trabajo que un hijo adolescente. Es un aspirador de estos independientes, que van a su bola, nunca mejor dicho. Cada vez que lo pongo a funcionar, en milisegundos se busca un problema, me llama con un pitido insistente, tengo que buscarlo y liberarlo de todos los lugares imposibles de la casa. Con el cariño de una dueña amorosa, la pongo ruedas arriba, le desenredo los cables de los cepillos, le vacío el depósito del polvo, limpio cada uno de sus filtros y lo devuelvo al suelo diciéndole que no se vuelva a meter en líos, que no hace falta tragarse todo lo que se encuentre y que cuando acabe, vuelva a casa como se espera de un buen robot. Espero que nunca me eche en cara que no pudo aspirar a más por tener que dedicarse a aspirar para mí . Y si lo hace me importará un bledo porque pudo aprovechar estos años en el país para aprender el idioma y el erre que erre, se empeña en hablarme en alemán. Qué dura es la adolescencia, hasta en los robots...

El otro día una amiga me hizo una pregunta científica aprovechando mi carrera de ciencias. "Me comí un donuts y antes de que pasara un minuto, me comí una manzana. Lo hice así porque leí en una revista (¿científica?, lo dudo) que la fructosa de la manzana absorbe los hidratos de carbono del donuts y así no engorda". A veces creo que la humanidad se va a extinguir antes de que se derritan los polos. También me hace reflexionar en el porque a veces escucho en modo avión...

Por cierto, ya llega la época de las cerezas, que ganas tengo de comerme un puñado para que me duela la barriga por mi culpa.

El lunes del apagón decidí ir a la playa acompañada de dos catastrofistas. No había conexión por datos en los teléfonos móviles, no teníamos una radio analógica, ni una navaja multicorte, ni placas solares acumulando energía para el desastre que preveían. Yo estaba de lo más relajada mientras observaba como mis acompañantes orientaban sus teléfonos en todas las direcciones en busca de cobertura cual ofrenda a los dioses. Me miraban con las caras desencajadas y estaban claramente ofendidos por mi caída de ojos inevitable al ver que ellos se sentían en un momento vital crítico y yo, pues disfrutando del mar. ¿Qué podía hacer, sino intentar "recargar las pilas" antes de que todo se apagara?. Y curiosamente, el verdadero apagón ocurrió unos días después, fíjate tú.
Por hoy llega con este desahogo.
Imposible olvidarme del maldito pollo, 

Buena noche.






jueves, 17 de abril de 2025

CONVERSACIÓN ÍNTIMA

No saber lo que se quiere o desea, dudar en cada momento de lo que realmente es necesario, si son abrazos o tal vez un poco de espacio en la alfombra de sueños, o un cuerpo cómplice que te procure compañía y calma, o quizás el apremio de un susurro que te despierte de la aburrida realidad, o imaginar que puede volver a tí si no hubiese sucedido, fue ...

Recordar cuando sus ojos despertaban después de una noche de locura, volver una y otra  vez a sentir la calma que su respiración me daba, o el abrazo que  anclaba mi cuerpo al suyo con el justo espacio entre los dos, sin invadir, sin posesión, sin reclamos, un sueño, sea  ...

Qué no exista capacidad de cuestión, ni aparezcan dudas sobre dónde, qué o cómo sentirse, sin un lo siento planeando por su mente de forma constante, sin marcar límites injustos ni pensamientos que frenen ilusiones, sería ... 

Uno frente al otro, en silencio, desnudando las conciencias sólo con miradas que aclaren lo que las palabras no saben decir, puede ...

Un brillo en la mirada que delate, un gesto cómplice, expresiones sutilmente conscientes que intentan enmascarar un "no volverá a ocurrir" cansino que se repite demasiado a menudo, porque ...

Labios que se fruncen sin respeto, que intentan disimular la ternura de su boca, miradas que evitan un lo siento inaudible, comisuras equívocas, ojos llenos de ternura esquiva, gestos que evitan el contacto, seguro ...

Siempre navegando entre un ahora quiero pero no, después un no quiero, seguidamente de un no puedo, un sinsentido. Una mano que frena lo que se ha pensado mil veces con cordura, lo que la conciencia ha cuestionado una y otra vez, un por qué no, porque quizás, porque no lo sé ...

Pensamientos recurrentes de mañanas eternas, sueños de media noche compartidos, narices enfrentadas, despertares sintiendo su mirada desde el sillón, sintiéndose extrañamente feliz, completa, amada, deseada, cuidada, volver...

Lo tuvo todo y todo se quedó parado en un momento.  Muchas veces reniega de un volver a sentir con tanta intensidad, otras lo añora más que nada en su mundo, para acabar de forma recalcitrante en la necesidad imperiosa de volver a sentir aquello tal y como fue, pero sin ... 

En momentos grises necesita creer que  volverán las historias con final feliz, la viveza a sus ojos, el hablar sin pudor de los escalofríos que produce la emoción, sin medias verdades, sin sentimientos reprimidos y ante todo, sin el temor paralizante a qué vuelva a ocurrir otro final repetido, será...

Necesita imperiosamente  volver a temblar con canciones que comienzan en el cuello y acaban en la mañana, olvidar que ya no hace falta arrancar las hojas escritas, que caerán por si solas el próximo otoño. No habrá más copas de vino con labios pálidos e inexpresivos y que para siempre, marcarán el borde de la copa que morderá con deseo, algún día...

Seguirá soñando con la persona con la que pueda compartir deseos de "hoy quédate conmigo sin lujuria, sin promesas irresistibles, sin expectativas, sin deseos ni desalientos. Siéntate a mi lado en silencio, acaricia mis manos y lee entre los dedos la historia de todas mis vidas. Y después déjame mirarte a los ojos antes de despedirme. En ese momento lo entenderás todo. Y si aún así decides quedarte, ven, acércate, te haré un sitio bajo la manta".

"Y si así no fuere, simplemente te daré las gracias por alejarte y enseñarme que ocupabas una parcela de mi vida que no te correspondía, por hacerme entender que mis alas pueden extenderse otra vez sin que por ello me duelan, e incluso llegar hasta donde mis dedos quieran alcanzar. Te daré las gracias por indicarme un camino que evita el daño, por señalarme el que no lleva a ninguna parte y por hacerme poseedora de las mejores decisiones. 

Y si así es, cogeré aire profundamente, cerraré los ojos sonriendo, me recogeré el pelo, me abrazaré a los costados del abrigo y comenzaré el camino, ahora más segura de que ahí delante, hay mucho por descubrir. Sin duda"...

Buena noche.


martes, 18 de febrero de 2025

MAGIA

Llegó nerviosa, cabizbaja, traía un pañuelo de papel entre sus manos que no dejaba de retorcer y lo miraba continuamente como buscando consuelo entre sus dedos. 

La miraba de reojo mientras acababa de atender a otra paciente. Me llamó la atención la tristeza que transmitía, como si estuviera envuelta en un cielo de nubarrones grises que amenazaban pronta tormenta.

La llamé por su nombre, levantó la mirada y se encaminó hacia mí agarrando su pañuelo como si fuera su tabla de salvación.

"Hola, te lo voy a explicar todo, ¿de acuerdo?". Faltaban menos de 5 segundos para que aquellos ojos se desbordarán sin remedio, y así ocurrió. 

Mientras se ahogaba entre lágrimas desesperadas me iba contando lo angustiada que se encontraba. Sin mirarme y con su mente envuelta en recuerdos  pasados me dijo que la vida no había sido justa con ella y que "lo de ahora" era lo que había desbordado el vaso de sus miedos.

Bolígrafo en mano, folio doblado, empecé a escribir siglas, grados, tipos, dibujando lo que ella tímidamente me iba preguntando, llenando aquella hoja de respuestas, sonrisas tibias, caricias de consuelo y alguna que otra palabra de esperanza.

Mujer de cuidar a todos los ángeles terrenales, nunca se había mirado al espejo para verse a si misma, ni había percibido las cicatrices de vida que la definían. Le hablé de lo que se veía reflejado, de la pérdida de identidad, de intentar verse a si misma como un ser con vida propia.

De pronto se levantó la camisa y me enseñó su pecho lleno de cicatrices, dónde se podía leer la historia de una lucha terrible y no muy lejana. ¿Qué te parece cómo me los han dejado?. La miré a los ojos, sonreí, me acerqué a ella y le dije: "dame el nombre del cirujano, tengo que recomendárselo a unas cuantas pacientes". Su rostro se iluminó, su gesto se relajó, sus ojos se cerraron con aprobación y prometió traerme los datos en la próxima cita.

Me levanté, ella saltó como un resorte de la silla para acercarse a mí y sin pudor, me  abrazó con fuerza y con una ternura exquisita. Como un continuo, agarró mi cara con sus dos manos y me besó la mejilla con una delicadeza angelical, con uno de esos besos sonoros típicos de las abuelas. Ella misma se sorprendió de la reacción, se puso colorada y comenzó de nuevo a llorar, pero está vez de emoción por la tranquilidad que percibió en las palabras. No pude más que volver a su abrazo para que esas lágrimas cesarán, su sonrisa volviera a surgir y se recompusiera del momento. Se puso el abrigo, le recoloqué la bufanda en su cuello y me lanzó un beso por el aire mientras se iba.

Con todo esto, no me había dado cuenta de que en uno de los sillones de la sala estaba esperando sentada mi siguiente paciente. Me acerqué a ella mientras se secaba los ojos. ¿Estás bien?, le pregunté extrañada. Con un pañuelo de papel se secó los ojos y dijo: "me  emocioné, siempre lo consigues". 

Le guiñé un ojo, sonrió con complicidad, se agarró de mi brazo y dijo con voz templada, "este lugar tiene mucha magia". 

Y no saben que la magia la generan ellos.

Buena noche.


domingo, 19 de enero de 2025

DUALIDAD

La soledad buscada es un verdadero placer para los sentidos. Poder estirarte en la cama en cualquier dirección sin encontrar unos pies que te marquen los límites es una delicia. Madrugar sin la culpa de despertar a la persona que yace a tu lado, encender la luz con un bostezo sonoro, tirar de la manta sin tener remordimiento al destapar a la persona que duerme a tu lado, es genial. 

En la ducha encontrarte el jabón como tú lo dejaste, la esponja escurrida, el champú con tapa puesta, ..., todo ello produce un regusto que estremece . 

El cartón de leche tapado, el café en el bote con su nombre (y que esté lleno), los cereales cerrados con la pinza que colocaste el día anterior, los manteles limpios y doblados..., producen una sensación casi orgásmica.

Que tú sofá siga siendo tuyo, que la manta de las siestas la alcances sólo con estirar el brazo, que la pasta de dientes continúe tapada y en el vaso boca arriba, que el rollo de papel higiénico siga teniendo  papel y haya otro de reserva en la estantería, que la tapa del cesto de la ropa para lavar oculte la vagancia del día anterior, que en el espejo no se reflejen churretes de jabón y pasta de dientes, que el depósito del deshumidificador esté vacío, que los cajones llenos de ayuda para una mala cara estén cerrados, me eriza la piel.

Las puertas del armario de las segundas pieles cerradas, la habitación confortablemente arreglada, las alfombras sin peligrosas dobleces que amenacen con una caída, la ropa de los cajones colocada sin qué una tira de un sujetador se haya enganchado irremediablemente en el cajón inferior, las ventanas sin huellas de nariz y dedos marcadas en los cristales, las cazadoras en el armario sin que estén posadas eternamente en las sillas del salón, no sentir la niebla del desodorante flotando durante días en el aire, la toalla del lavabo seca y estirada, la bolsa de pan cerrada y sin aire, los relojes marcando la hora española, la terraza sin hojas que amenacen una inundación evitable, me gusta con delito.

La nevera llena de productos frescos, la margarina sin migas de la última tostada, el arcón lleno de comida casera y desalojado de productos no cocinados con mimo, los frutos secos sin sobrepasar en meses la fecha de caducidad, las cenas a la hora que te lo pide el cuerpo, las cartas abiertas en un plazo más que razonable, la posibilidad de decir "hoy no, no me apetece", escuchar la música que te gusta a la hora que quieras, escribir, leer, pintar, soñar...

Sólo hay unos pocos "peros", que me obligan a repasar las reflexiones:

"Pero..., ¿y si necesito un abrazo en la noche?.¿Y si tengo miedo a tomar una decisión?. ¿Y si necesito un momento de ternura?. ¿Y si tengo frío?.¿Y si me derrumbó en el sofá y nadie me tapa al quedarme dormida?.¿Y si me apetece un vino compartido?". ¿Y si necesito sonreirte sin que me veas hacerlo?.

Mañana lo pensaré, hoy no puedo enfrentarme a esas dudas. Quizás nunca lo haga.

Buena noche.