jueves, 17 de abril de 2025

CONVERSACIÓN ÍNTIMA

No saber lo que se quiere o desea, dudar en cada momento de lo que realmente es necesario, si son abrazos o tal vez un poco de espacio en la alfombra de sueños, o un cuerpo cómplice que te procure compañía y calma, o quizás el apremio de un susurro que te despierte de la aburrida realidad, o imaginar que puede volver a tí si no hubiese sucedido, fue ...

Recordar cuando sus ojos despertaban después de una noche de locura, volver una y otra  vez a sentir la calma que su respiración me daba, o el abrazo que  anclaba mi cuerpo al suyo con el justo espacio entre los dos, sin invadir, sin posesión, sin reclamos, un sueño, sea  ...

Qué no exista capacidad de cuestión, ni aparezcan dudas sobre dónde, qué o cómo sentirse, sin un lo siento planeando por su mente de forma constante, sin marcar límites injustos ni pensamientos que frenen ilusiones, sería ... 

Uno frente al otro, en silencio, desnudando las conciencias sólo con miradas que aclaren lo que las palabras no saben decir, puede ...

Un brillo en la mirada que delate, un gesto cómplice, expresiones sutilmente conscientes que intentan enmascarar un "no volverá a ocurrir" cansino que se repite demasiado a menudo, porque ...

Labios que se fruncen sin respeto, que intentan disimular la ternura de su boca, miradas que evitan un lo siento inaudible, comisuras equívocas, ojos llenos de ternura esquiva, gestos que evitan el contacto, seguro ...

Siempre navegando entre un ahora quiero pero no, después un no quiero, seguidamente de un no puedo, un sinsentido. Una mano que frena lo que se ha pensado mil veces con cordura, lo que la conciencia ha cuestionado una y otra vez, un por qué no, porque quizás, porque no lo sé ...

Pensamientos recurrentes de mañanas eternas, sueños de media noche compartidos, narices enfrentadas, despertares sintiendo su mirada desde el sillón, sintiéndose extrañamente feliz, completa, amada, deseada, cuidada, volver...

Lo tuvo todo y todo se quedó parado en un momento.  Muchas veces reniega de un volver a sentir con tanta intensidad, otras lo añora más que nada en su mundo, para acabar de forma recalcitrante en la necesidad imperiosa de volver a sentir aquello tal y como fue, pero sin ser ... 

En momentos grises necesita creer que  volverán las historias con final feliz, la viveza a sus ojos, el hablar sin pudor de los escalofríos que produce la emoción, sin medias verdades, sin sentimientos reprimidos y ante todo, sin el temor paralizante a qué vuelva a ocurrir otro final repetido, será...

Necesita imperiosamente  volver a temblar con canciones que comienzan en el cuello y acaban en la mañana, olvidar que ya no hace falta arrancar las hojas escritas, que caerán por si solas el próximo otoño. No habrá más copas de vino con labios pálidos e inexpresivos y que para siempre, marcarán el borde de la copa que morderá con deseo, algún día...

Seguirá soñando con la persona con la que pueda compartir deseos de "hoy quédate conmigo sin lujuria, sin promesas irresistibles, sin expectativas, sin deseos ni desalientos. Siéntate a mi lado en silencio, acaricia mis manos y lee entre los dedos la historia de todas mis vidas. Y después déjame mirarte a los ojos antes de despedirme. En ese momento lo entenderás todo. Y si aún así decides quedarte, ven, acércate, te haré un sitio bajo la manta".

"Y si así no fuere, simplemente te daré las gracias por alejarte y enseñarme que ocupabas una parcela de mi vida que no te correspondía, por hacerme entender que mis alas pueden extenderse otra vez sin que por ello duelan, e incluso llegar hasta donde mis dedos quieran alcanzar. Te daré las gracias por indicarme un camino que evita el daño, por señalarme el que no lleva a ninguna parte y por hacerme poseedora de las mejores decisiones. 

Y si así es, cogeré aire profundamente, cerraré los ojos sonriendo, me recogeré el pelo, me abrazaré a los costados del abrigo y comenzaré el camino, ahora más segura de que ahí delante, hay mucho por descubrir. Sin duda...

Buena noche.


martes, 18 de febrero de 2025

MAGIA

Llegó nerviosa, cabizbaja, traía un pañuelo de papel entre sus manos que no dejaba de retorcer y lo miraba continuamente como buscando consuelo entre sus dedos. 

La miraba de reojo mientras acababa de atender a otra paciente. Me llamó la atención la tristeza que transmitía, como si estuviera envuelta en un cielo de nubarrones grises que amenazaban pronta tormenta.

La llamé por su nombre, levantó la mirada y se encaminó hacia mí agarrando su pañuelo como si fuera su tabla de salvación.

"Hola, te lo voy a explicar todo, ¿de acuerdo?". Faltaban menos de 5 segundos para que aquellos ojos se desbordarán sin remedio, y así ocurrió. 

Mientras se ahogaba entre lágrimas desesperadas me iba contando lo angustiada que se encontraba. Sin mirarme y con su mente envuelta en recuerdos  pasados me dijo que la vida no había sido justa con ella y que "lo de ahora" era lo que había desbordado el vaso de sus miedos.

Bolígrafo en mano, folio doblado, empecé a escribir siglas, grados, tipos, dibujando lo que ella tímidamente me iba preguntando, llenando aquella hoja de respuestas, sonrisas tibias, caricias de consuelo y alguna que otra palabra de esperanza.

Mujer de cuidar a todos los ángeles terrenales, nunca se había mirado al espejo para verse a si misma, ni había percibido las cicatrices de vida que la definían. Le hablé de lo que se veía reflejado, de la pérdida de identidad, de intentar verse a si misma como un ser con vida propia.

De pronto se levantó la camisa y me enseñó su pecho lleno de cicatrices, dónde se podía leer la historia de una lucha terrible y no muy lejana. ¿Qué te parece cómo me los han dejado?. La miré a los ojos, sonreí, me acerqué a ella y le dije: "dame el nombre del cirujano, tengo que recomendárselo a unas cuantas pacientes". Su rostro se iluminó, su gesto se relajó, sus ojos se cerraron con aprobación y prometió traerme los datos en la próxima cita.

Me levanté, ella saltó como un resorte de la silla para acercarse a mí y sin pudor, me  abrazó con fuerza y con una ternura exquisita. Como un continuo, agarró mi cara con sus dos manos y me besó la mejilla con una delicadeza angelical, con uno de esos besos sonoros típicos de las abuelas. Ella misma se sorprendió de la reacción, se puso colorada y comenzó de nuevo a llorar, pero está vez de emoción por la tranquilidad que percibió en las palabras. No pude más que volver a su abrazo para que esas lágrimas cesarán, su sonrisa volviera a surgir y se recompusiera del momento. Se puso el abrigo, le recoloqué la bufanda en su cuello y me lanzó un beso por el aire mientras se iba.

Con todo esto, no me había dado cuenta de que en uno de los sillones de la sala estaba esperando sentada mi siguiente paciente. Me acerqué a ella mientras se secaba los ojos. ¿Estás bien?, le pregunté extrañada. Con un pañuelo de papel se secó los ojos y dijo: "me  emocioné, siempre lo consigues". 

Le guiñé un ojo, sonrió con complicidad, se agarró de mi brazo y dijo con voz templada, "este lugar tiene mucha magia". 

Y no saben que la magia la generan ellos.

Buena noche.


domingo, 19 de enero de 2025

DUALIDAD

La soledad buscada es un verdadero placer para los sentidos. Poder estirarte en la cama en cualquier dirección sin encontrar unos pies que te marquen los límites es una delicia. Madrugar sin la culpa de despertar a la persona que yace a tu lado, encender la luz con un bostezo sonoro, tirar de la manta sin tener remordimiento al destapar a la persona que duerme a tu lado, es genial. 

En la ducha encontrarte el jabón como tú lo dejaste, la esponja escurrida, el champú con tapa puesta, ..., todo ello produce un regusto que estremece . 

El cartón de leche tapado, el café en el bote con su nombre (y que esté lleno), los cereales cerrados con la pinza que colocaste el día anterior, los manteles limpios y doblados..., producen una sensación casi orgásmica.

Que tú sofá siga siendo tuyo, que la manta de las siestas la alcances sólo con estirar el brazo, que la pasta de dientes continúe tapada y en el vaso boca arriba, que el rollo de papel higiénico siga teniendo  papel y haya otro de reserva en la estantería, que la tapa del cesto de la ropa para lavar oculte la vagancia del día anterior, que en el espejo no se reflejen churretes de jabón y pasta de dientes, que el depósito del deshumidificador esté vacío, que los cajones llenos de ayuda para una mala cara estén cerrados, me eriza la piel.

Las puertas del armario de las segundas pieles cerradas, la habitación confortablemente arreglada, las alfombras sin peligrosas dobleces que amenacen con una caída, la ropa de los cajones colocada sin qué una tira de un sujetador se haya enganchado irremediablemente en el cajón inferior, las ventanas sin huellas de nariz y dedos marcadas en los cristales, las cazadoras en el armario sin que estén posadas eternamente en las sillas del salón, no sentir la niebla del desodorante flotando durante días en el aire, la toalla del lavabo seca y estirada, la bolsa de pan cerrada y sin aire, los relojes marcando la hora española, la terraza sin hojas que amenacen una inundación evitable, me gusta con delito.

La nevera llena de productos frescos, la margarina sin migas de la última tostada, el arcón lleno de comida casera y desalojado de productos no cocinados con mimo, los frutos secos sin sobrepasar en meses la fecha de caducidad, las cenas a la hora que te lo pide el cuerpo, las cartas abiertas en un plazo más que razonable, la posibilidad de decir "hoy no, no me apetece", escuchar la música que te gusta a la hora que quieras, escribir, leer, pintar, soñar...

Sólo hay unos pocos "peros", que me obligan a repasar las reflexiones:

"Pero..., ¿y si necesito un abrazo en la noche?.¿Y si tengo miedo a tomar una decisión?. ¿Y si necesito un momento de ternura?. ¿Y si tengo frío?.¿Y si me derrumbó en el sofá y nadie me tapa al quedarme dormida?.¿Y si me apetece un vino compartido?". ¿Y si necesito sonreirte sin que me veas hacerlo?.

Mañana lo pensaré, hoy no puedo enfrentarme a esas dudas. Quizás nunca lo haga.

Buena noche.



viernes, 29 de noviembre de 2024

ABRAZOS Y OTROS

 "¿Me permites darte un abrazo, te importaría?". Se me plantó delante, tratando de encontrar la respuesta en mi cara, una tibia sonrisa, casi pidiendo un permiso innecesario para dar ese paso inseguro. 

"Claro que sí, en este lugar se dan muchos abrazos". 

Eran unos brazos desconocidos, pero esa no es la cuestión. Ella lo necesitaba, y yo que me he vuelto tremendamente empática con todo lo vivido, le ofrecí el calor que su rostro me estaba pidiendo. Me apretó fuertemente contra su cuerpo, le correspondí con la misma intensidad, cómo si realmente fuese yo la necesitada de esa sensación de protección.

Tal vez, quizás era así...

"Gracias, vendré todos los meses a verte, aunque no tenga ninguna cita médica, vendré. Me transmites mucha tranquilidad, necesito estos abrazos. ¿Cómo voy a estar cuatro meses sin ellos?". 

Una sonrisa fue mi respuesta. Un por supuesto mi respuesta.

Observaba el desparpajo de su caminar, la elegancia con la que entraba en "la edad plateada", si saber ser y estar. Nos cruzamos un sonoro beso por el aire y volví a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Un trago de agua, sonrisa, una inspiración profunda y la agradable sensación de saber que has ayudado a otra persona, es como poco bonito. 

No tardó en llegar un paciente apresurado.

"Perdón, perdón, sé que llego tarde". 

"Tranquilo, aquí nunca se llega tarde, siéntate y coge aire", le contesté intentando calmar su cuerpo acelerado.

Se desplomó en el sillón como si hubiera agotado toda la energía de un cuerpo ya muy consumido por la enfermedad. Le di un vaso de agua, levantó la mirada y susurró de forma ahogada un "gracias" mientras el primer sorbo le ayudaba a recuperar la palabra. 

"Mira que sois raros en este servicio", me espetó en cuando recuperó la voz. 

"A buena hora me hubiesen dado un vaso de agua en otro lado, sólo me hubiesen llamado la atención por llegar tarde a la cita". Se quedó  mirándome fijamente esperando una respuesta enojada. Par su sorpresa le guiñé un ojo. 

"En este lugar no existe la prisa, es mejor si llegas a tu hora, pero si te retrasas un poco, vamos a atenderte igual". 

Sonreí con otro guiño de ojo. Él me correspondió con una dulce mirada. 

"Ojalá todos fueran así, que digo, con la mitad llegaba...".

Por la puerta entraba en ese momento Sara, una niña de 10 años con una vida demasiado  intensa para su edad. Hacía poco que había estrenado otra nueva gracias a la generosidad de una familia que está pasando su peor momento.

Un caminar simpático y su saludo particular.

"Hola, ¿no vas a hacerme daño, verdad?". Se sentó en la "silla del daño", arrastré otra hasta ella y me senté a su lado. Le acaricié su pequeña mano y le agarré el dedo meñique suavemente.

 "¿Cómo te parece este dedo comparado con los otros?". 

"Débil ", me respondió buscando en mi cara aprobación a su contestación. 

"Inteligente respuesta ", le contesté.

 "Ésta eres tú, y quiero convertirte en un pulgar grande y fuerte. Puede que te moleste lo que tengo que hacerte, pero es necesario para que no enfermes".

Me miró con entrega bajando los párpados de golpe.

 "Ya está, listo". ¿Te ha dolido?".

 "Nada de nada". ¿Ya soy un pulgar?".

"Ya eras pulgar cuando entraste por la puerta, Sara".

Se levantó, caminó  hacia la salida y en medio de la sala se giró hacia mí lanzándome otro beso por el aire que me supo a abrazo. Con la misma complicidad, le devolví otro que se cruzó con el suyo. 

"Hasta la próxima cita, mi niña bonita".

"Hola, creo que tengo una cita en este servicio".

Los nuevos pacientes que entran temerosos son fácilmente reconocibles. Les delata una mezcla de tímida prudencia con una expresión de miedo contenido. 

"Hola, sí claro, es aquí. Siéntate mientras veo tu historia". 

Lo cierto era que no hacía falta que leyera nada, la postura corporal y su mirada al suelo la delata. Me levanté y fui a buscar su tratamiento.

Cerré  la puerta a mis espaldas y me senté frente a ella, apoyé la caja a un lado y le dije si quería que le explicara algo. 

Contesté a todas las preguntas que sus ojos me pedían sin articular palabra. Cogí sus manos nerviosas que jugaban con unos dedos que sudaban miedo y vergüenza. Puse mis manos sobre los suyas para que la quietud de sus dedos le diera la oportunidad de descansar. 

Y así fue, su boca se llenó  de preguntas, liberó el miedo mascado durante la última semana y al terminar, esbozó una tenue sonrisa.

"Gracias, estoy más tranquila, gracias por perder tu tiempo conmigo, seguro que tienes muchas cosas que hacer".

"Sí, parte de las cosas que tengo que hacer es explicarte todo lo que necesites saber para que tu corazón recupere el ritmo y tus manos vuelvan a estar calientes. En este lugar no caben las dudas, siempre tendrás una respuesta. Y si no sé esa respuesta, la buscaré para tí". Me devolvió una dulce sonrisa.

Después la acompañé hasta la puerta.

"¿Puedo darte un abrazo?". 

"Por supuesto".

La abracé con la ternura que necesitaba, con la fuerza suficiente para que se sintiera protegida es un lugar hasta ahora desconocido y lleno de temores, que a partir de ahora le aportaría seguridad. 

Se fue sonriendo, otra sonrisa ganada al miedo.

Es hora de recoger, estoy segura de que mañana habrá más besos volantes y abrazos de los que curan. 

Y no solamente a ellos...

Buena noche.

martes, 1 de octubre de 2024

PUDO HABER SIDO

Alejarse de los recuerdos no es la solución, es huir de un momento de la vida, de momentos vividos, sean buenos, malos o peores, un mal intento pora borrar todo lo que la mente se empeña en devolver a la consciencia una y otra vez. Y con una valentía comedida, la mejor opción es aceptarlos. 

Hoy hace tres años de un mal momento que casi acaba con mi historia de vida. No es un aniversario, es tan sólo un mal recuerdo. 

Hace un tiempo mi hijo me contó un sueño, quizás premonitorio o tal vez esperanzador, en el que Juan me llevaba hacia un certero final, mientras mis dos motivos me agarraban firmemente para retenerme. 

En esta guerra de fuerzas, él lo entendió  y me soltó. El impulso de mis hijos hizo que volviera hacia el lugar seguro y me quedara con ellos. 

No hubo palabras, sólo una mirada y su dulce sonrisa, fue suficiente motivo para entender que no quería dejarles. Quizás quería medir sus amor, quizás arrancarme de la vida para no volver a perderme, quizás mi hijo necesitó sentirlo así, quizás nunca lo sabré ...

Fuimos a la conferencia un lunes y yo de vuelta, mi hijo me preguntó, ¿quién quieres que venga buscarte cuando te mueras?. Le contesté que... , sin dar tiempo a mi respuesta y sin apenas coger el aire necesario para contestar algo sensato, se adelantó a mí respuesta y me dijo que él querría a Juan o a su abuela.

Le sonreí con complicidad y susurré guiñándole un ojo que mi hermano y Juan serían mis dos elegidos, que ambos me transmitirían la serenidad precisa para soltarme de lo material y sentir la paz necesaria para olvidar lo que un día gris perdí.

Unos días después se lo comenté a un buen amigo y me afirmó quién sería mi tercera persona. No, le respondí, esa persona no. Me sorprendí a mí misma con la rapidez de la respuesta. No, le repetí varias veces. Su cara fue de sorpresa, mi contestación me hizo volver a tiempos muy lejanos, tiempos ocultos en un lugar profundo al que no quiero volver. No, no sería mi tercera persona, estoy  segura...

Mi hijo menor, siempre quiso hacerse un tatuaje, y la semana pasada se lanzó a ello. Me mandó una fotografía, su primer tatuaje sería dedicado a Juan. Quería llevarlo en su piel para siempre y eso me emocionó. Juan jamás se hubiera imaginado todo lo que dejó sembrado en este mundo, todo lo que nunca había tenido antes de llegar a nuestras vidas. Lloré en silencio,  he aprendido a hacerlo hacia dentro, sin que nadie lo perciba, a hablar de y con él susurrando en soledad, siempre prudente, como él era..

Mis hijos se acuerdan de él sin dolor. Uno se tatúa su guitarra en el brazo, la que acariciaba con cariño y respeto. Mi otro hijo quiere que sea él quién le dé serenidad cuando se vaya. Y yo, yo sólo quiero que lo recuerden como ellos deseen, de seguir amàndolo ya me encargo yo.

Pudo haberse acabado mi historia un veintinueve de septiembre de hace tres años, un momento en la que mi vida poco me aportaba, en el que me pesaba más la pena que la felicidad, en el que una simple brisa podría haberme derribado. 

Hoy camino sola recordando en cada paso a quién me daba tranquilidad, sosiego y paz en mis tormentas, he aprendido a hacerlo de forma lenta para no perder el equilibrio que él  me proporcionaba, teniendo claro que no habrá jamás una persona que me demuestre tanto amor, admiración y agradecimiento como él lo hizo. 

Sigo viendo el brillo de sus ojos en mis recuerdos, algo que no dejaré apagarse nunca, que se quedará conmigo para siempre.

Pudo haber sido el final de mi historia, pero ellos tenían más fuerza y él dejó de luchar por un amor que  vive en su sueño eterno. Gracias por entenderlo. 

Te quiero para siempre, pequeñuelo.

Buena noche.

Buena noche.

miércoles, 22 de mayo de 2024

PARA SIEMPRE

Sé que hay una bonita mujer de cabello color plata esperando desde algún sitio que desconozco para que le escriba unas palabras. Sé que se lo debo, así que ahí vamos.

Para ti, Auri.

Para comenzar siento una obligación moral de confesarte una cosa, espero que desde "allí" sueltes una sonada carcajada: durante cierto tiempo te llamaba Agripina (empezamos fuerte), no por relacionarte con la Roma antigua sino porque nunca recordaba como te llamaba tu familia, luego la mía también. Tu hijo me corregía una y otra vez con una paciencia infinita, "Auritinaaaaa" repetía como si yo lo hiciera a propósito, que nunca fue así, te lo aseguro.

Recuerdo cuando salía de clase y pasaba por tu casa para recoger a tu hijo. Siempre apuraba un cigarro antes de llegar al portal y subía hasta el noveno exhalando el aire para no oler a tabaco, como si con treinta y pico años tuviera que justificar mi pequeño vicio, como si el olor a tabaco desapareciera por quedarme asfixiada en algún  piso por debajo del vuestro. Siempre llegaba tarde y os daba los besos correspondientes con su hola correspondiente para cada uno, primero a Choni y otro para ti.

Os recuerdo sentados cada uno en vuestro sillón y con las piernas tapadas con el tapete de la mesa camilla que escondía el calor de un brasero. Me gusta recordar esa imagen, me transmite mucha paz.

Nunca vi que pusieras mala cara a nada, jamás una mala contestación a nadie, sólo alguna mueca hacia Margarita, que parecía ver sólo a Choni en aquella casa. La verdad es que era un poco de película sesentera, y me refiero al servilismo hacia "el señor" por parte de ella y tu gesto contenido para no tensionar la situación.

En más de una ocasión me mordí la lengua, si ella quería ver a un señor, también tenía que haber visto a su lado a una señora que se cuidó muy mucho y durante muchos años, de tratarla como si fuera de la familia, sin distinción slguna. Y mordiéndose la lengua más que yo incluso, que ya es contención...

Recuerdo cuando Choni enfermó y te pasaste todo el tiempo a su lado en el hospital. Estabas siempre sentada en aquel sofá de polipiel que era una prolongación de su cama, día y noche sin descanso. No volviste a casa, no querías que nadie se turnara contigo para acompañarlo en aquellos días tristes, querías estar cada segundo con él y así lo hiciste hasta el día en que se fue para siempre.

Aún sabiendo certeramente la proximidad del triste desenlace, era la noticia que nadie queríamos escuchar. Choni se moría mientras en mi abdomen crecía mi bebé.  

Y con todas las hormonas alborotadas, llegó la triste noticia, y te vi llorar por primera vez ya sin el amor de tu vida. Recuerdo su funeral, muchas lágrimas y un silencio terriblemente respetuoso, como fue él en vida. Se había ido una gran persona.

Los siguientes meses sirvieron para reordenar la vida. Recuerdo que te quedaste con sus gafas, a las que les faltaba una patilla, perdida en sabe dios que momento. Me hacía gracia la naturalidad con la que te las ponías, siempre cojas de un lado para hacer los crucigramas, siempre torcidas por esa cojera heredada. Compartimos risas con esas gafas durante años a las que ni tan siquieran le cambiaste los cristales, quizás por intentar ver a través de sus ojos. Siempre decías que no estaban tan mal, sin patilla y con una graduación que no era la tuya, pero eran sus gafas, y con eso era más que suficiente para tí.

Recuerdo tardes en tu casa viendo fotografías de hace muchos años, fotografías color sepia con los bordes en sierra, de todos los tamaños y preguntándome si reconocía a éste o al otro, y yo que tengo mucha memoria a largo plazo, a veces acertaba a la primera. Me acuerdo en concreto de una fotografía que sacaste de una caja y apoyaste boca abajo en tu pecho, como si quisieras abrazarla y resguardarla. Dijiste, como si de un juego se tratara; ¿a qué no sabes quién es esta niña?. La fotografía estaba hecha en un campo de fútbol, en una grada y en ella sentado un señor con bigote, traje y sombrero.

Reconocí con sorpresa a Choni cuando era joven y a su lado, sentada una niña que no logré adivinar de quién se trataba. Tú te echaste a reír y con un tono orgulloso me dijiste: "soy yo, fíjate que no nos conocíamos y nos sacaron una foto juntos siendo yo una niña y él ya un señor". Tus ojos brillaban llenos de amor, creo que brillaron siempre, desde ese día hasta el último de tu vida. Jamás he conocido a dos personas tan enamoradas...

Pasaron los años y "adoptaste" su sofá, sus gafas sin patilla, sus medicamentos caducados con las cajas en las que había escrito a bolígrafo para qué era cada uno de los fármacos. Un frasco de runquinquina, del que me atreví a sospechar que no te deshacías porque su olor te devolvía al presente al amor de tu vida. Te imaginaba abriendo la botella a escondidas en el baño y oliéndo su recuerdo...

Pasaron los años y pasaron muchas cosas en las familias. Yo perdí a parte de los míos, a mi amiga, y mi hijo pequeño perdió su salud.

Muy asustada, agotada, solos, sin que nadie nos echara una mano y viendo como mi familia se desintegraba poco a poco. Toda mi ayuda a los demás durante años, se quedó en alguna llamada de teléfono, en la que se nos deseaba mucha fuerza y mucho ánimo, sin adivinar que los deseos no curan, ayuda era lo que necesitábamos y no buenas palabras. 

Me dolió y quizás fue el motivo de cierta separación Auri, pero siempre sabía de ti.

Llegaron más enfermedades para todos, para todos. Volví a estar ahí de nuevo hasta que también me tocó enfermar y tuve que dejar de cuidar para empezar a cuidarme. 

Quizás por la forma en la que llevo las cosas, no entendisteis el por qué me desvinculé de vosotros en ciertos momentos, pero créeme, fue necesario para coger aire y seguir luchando por vivir. 

Siempre fuiste Auri, siempre estuve cerca de ti, eras una mujer prudente y respetuosa.

Te recuerdo cuando abrías los ojos y mirabas con un gesto de bondad absoluta, hasta que te sonreía y tu cara se relajaba con sosiego. Me encantaba esa expresión de complicidad. 

No olvidaré nunca nuestra última conversación  cuando ya estabas mal. Te hice una pregunta mirándo tu cara y la afirmaste con lágrimas en los ojos. Era tan fácil comprenderte...

Ese día te di un beso en la frente y fue el último día que dijiste mi nombre cómo sólo tú lo hacías. El siguiente beso te lo mandé por tu hijo, me aseguré que te lo diera. Fue mi último beso, me hubiese gustado dártelo yo, llegué tarde...

Hace casi dos meses que te fuiste y me atrevo a decir que todos te echamos de menos. Todos hemos salido perdiendo con tu marcha, pero me quedo con todo lo bueno que has dejado aquí. 

Hablo por mi boca, pero también hablo por Guille y Gabri, sé todo lo que te echan de menos. Por cierto, tus plantas están repartidas entre dos casas en las que siempre se te recordará de forma entrañable y no dudes que cuidaremos de ellas con el mismo mimo con el que tú lo hacías. 

En cierto modo, vives entre nosotros y te cuidaremos hasta el final. Gracias por haber formado parte de mi vida, por dejarme pertenecer a la tuya. Siempre te echaré de menos. Vuela alto, Auri. Te quiero.

Buena noche.





lunes, 18 de marzo de 2024

YADIRA

Crear un relato utilizando un número limitado de palabras es tan absurdo como decidir si se debe continuar una amistad con condiciones, así que acepto el reto y entre ambas opciones, me decanto por la primera. 

"Aún no había amanecido cuando Yadira levantaba su agotado cuerpo de la cama tras apagar la alarma de los dos despertadores que cada mañana le traían de vuelta a la vida. Sin abrir los ojos, arrastraba sus pies por el suelo de la habitación y estiraba los brazos tratando de tocar con la punta de los dedos aquellas conocidas esquinas que se interponían en su camino hacia el baño. Allí se quitaba el pijama y lo dejaba caer al suelo como si de su propia piel se tratara, y a tientas, intentaba adivinar la puerta de cristal tras la cual encontraría el verdadero despertar. Acurrucada contra una esquina de la ducha, abría el grifo con una mano que retiraba inmediatamente para evitar más frialdad en su piel, más de la que sentía al estar desnuda. Sin abrir los ojos se atrevía a  mojar su cuerpo con el agua que se templaba lentamente, mientras tarareaba la misma canción de todas las mañanas, subiendo el tono a medida que el agua alcanzaba las partes críticas  de su cuerpo. Llegado ese punto, era el momento de meter la cabeza bajo aquel chorro de agua y abrir los ojos a otro día del que no esperaba nada más que pasaran lo más  rápido posible las horas de luz y sombra. Levantaba su cabeza y dejaba caer el agua sobre sus ojos donde se mezclaba el dulce del agua de la ducha con lo salado de sus mares internos, todas las mañanas el mismo sentimiento de ausencia, todas las mañanas deseando salir de aquella lluvia que le recordaba tristezas...

Con rabia contenida, cerraba el grifo dejando que el agua le recorriera de forma desvergonzada el cuerpo hasta que su piel le gritaba abrigo. Con los ojos entreabiertos y sin levantar  su mirada del suelo, abría la puerta de cristal que le devolvería a la mañana. Desde hace un tiempo, cubría el cuerpo sin la sensualidad de antaño, ya no había un motivo para hacerlo, ya no habría más buenos días, ni besos en la frente, ni la casa olería al café recién hecho. El mundo se había olvidado de que estaba sola en una vida nada atrayente. Un poco de crema en su cuerpo era el único olor que aún conservaba de su rutina, pero sin aquellas manos que dedo a dedo dibujaban en su espalda dos palabras que cada mañana la hacían estremecer y que la hacían encaminar su cuerpo dos pasos hacia atrás para el abrazo que tanto le gustaba. 

Volviendo a la realidad, se vestía sin importarle la ropa que había escogido la noche anterior de su armario, un pantalón vaquero, una camiseta, un jersey que no se dejase abrazar y las zapatillas de siempre. Caminaba a tientas hasta la cocina, levantaba la persiana, encendía la cafetera y apoyaba su frente en la estantería de las tazas como si estuviera pensando en que no debía pensar. Aquella estantería era parte de su pasado, allí estaba su taza y la otra, la que no quería usar por si se le rompía más la vida. Ya no habría dos cafés, ni conversaciones cómplices sobre sueños, nadie la sacaría a bailar con el ruido de la cafetera, ni pondría un plato con arándanos en la mesa. Sólo estaba ella y aquel café amargo cargado de ausencia. 

Agarraba la taza con las dos manos, daba un sorbo corto, metía en su boca un trozo de galleta resesa, otro sorbo rápido y una mirada esquiva. Eso era lo único que le quedaba en aquella cocina, pocos más que prisa por salir corriendo de allí. 

Camina de vuelta al baño con los ojos cerrados para imaginar un roce, su olor, un susurro que le hiciera creer que nadie se va para siempre, pero nada de eso ocurría, sólo  era una ilusión como siempre. Cada mañana se miraba al espejo y no se reconocía, tapaba sus mejillas con sus manos y las movía como intentando cambiar los surcos de su rostro, su gesto, su realidad. Hoy tampoco se maquillaría, la misma decisión de cada mañana, un poco de colonia, atusa con desgana el pelo y listo, nada cambiará por más que se lo proponga. 

Abre la persiana de la habitación, está amaneciendo, le gusta apoyarse en la ventana dos minutos y ver como la luz disipa la oscuridad de la noche, no antes de buscar una estrella, besarse el dedo índice y apoyarlo en el cristal. Algún día tendrá que limpiar todas aquellas marcas de besos perdidos, algún día tendrá que dejar de darle los buenos días y dejarle marchar. 

Es hora de irse, llega tarde como siempre, coge el bolso cada vez más pesado y el manojo de llaves. Cierra la puerta con delicadeza, como si no quisiera despertar a alguien, a no sabe quién, ya a nadie. Se vuelve a morder el labio odiando la rutina de todas las mañanas. Coge el coche, llega al trabajo, da los buenos días con la mejor de sus sonrisas como si de otra vida se tratara, siempre algún guiño cómplice en el trabajo, es otra guerra, su otra vida". 

(Yadira, nombre hebreo que significa "amiga").