sábado, 25 de febrero de 2017

PELUQUERIA II

Ayer me levanté como cada mañana esquivando peligrosamente los marcos de las puertas, encendí la luz del baño y entonces vi un reflejo en el espejo que no me gustó nada. Pasé los dedos por aquellas profundas ojeras, intenté recolocar un flequillo indescriptible... !!!alto, esta no puedo ser yo!!!. Corrí como una posesa hacia el teléfono y llamé a MI peluquería.
Esta mañana me levanté temprano, desayuné y fui a mi refugio, la peluquería de MI Cris. Me recibió una chica desconocida, reconozco que no me gusta que alguien que no me conoce de nada me trate como si tuviera mi misma sangre: "hola, Julia, qué tal te va". Primera reflexión mientras me quitaba el abrigo: ¿que qué tal me va, de qué?, ¿qué sabes de mi vida?, ¿quién vienes siendo?, ¿no me tocarás tú la cabeza, no?.
Me sentó en un sillón distinto, no era MI sillón, pero por qué me desubicas, si yo siempre me siento en el mismo sitioooo... Cojo aire, le haré caso, no puedo ser así de puntillosa, o sí, no sé...
Me siento como una reina destronada, dejo que coloque la toalla y el protector sobre mis hombros. Se va, y yo espero a mi Cris, que está acabando de peinar a otra clienta. De pronto se acerca "la nueva" por mi espalda arrastrando un carro lleno de pinceles y botes de colorante, al grito de "qué quieres que te hagaaaa". Giré mi silla a la velocidad de la luz y la frené en seco: "NADA, quiero que me atienda mi Cris". Así como llegó, salió espantada conduciendo de forma  peligrosa aquel carro lleno de instrumentos del demonio.
En cinco minutos llegó MI peluquera, la única peluquera a la que le permito que me toque la cabeza después de todas las barrabasadas que me han ocurrido en otras ocasiones. Me puso la mano en el hombro como intentando relajar aquel cuerpo tenso. ¿Hacemos lo de siempre?. Sí, sólo le dije sí y ella entendió todo lo que yo quería hacerme. Es que MI Cris me conoce  hasta sin hablar...
Allá se fue a mezclar sus cremas y sus colores, volvió a mi lado y comenzó su trabajo. En veinte minutos tenía mi pelo repleto de papel de aluminio, su pincel había coloreado mi pelo con su ternura habitual, y con la voz muy baja me dijo: ahora, Julia, esperaremos un rato. Levanté la vista y me miré en el espejo, girando mi cuello hacia los dos lados, y pensé: ni el mismísimo Rey León tendría este aspecto, que horror. Para no ver aquella imagen tan cómica, cogí una revista de la canasta. Estaba  ensimismada con la revista de cotilleo cuando una voz chirriante hizo que mi revista se cerrara de golpe. Levanté la vista y todo mi espejo quedó ocupado por una enorme mujer llena de mechas rubias hasta en el bigote. Sentí como cada vértebra de mi columna se fusionaba contra el respaldo de mi NO sillón. Con un grito agudo comunicó a toda la peluquería, a todo el vecindario, a todo la comarca del Salnés, que sólo venía a darse un retoque. Reconozco que quedé aliviada, sólo serían unos minutos.Y así fue, mientras "la retocaban" sólo tuvo tiempo de hablar de que una conocida, que se había palpado un bulto en la ingle, la habían diagnosticado de un linfoma, que no era un tumor ni como una leucemia, que era malo pero tampoco tanto, porque tenía un grado II, que sería peor un IV, pero que con un par de pinceladas de quimio, todo iría perfecto. Además, le había hecho una PER (creo que se refería a un PET), allí en el hospital de Vigo, una prueba de esas en los que te hinchan de agua el día anterior y que no te dejan comer azúcar, porque cuando te la hacen, te meten azúcar porque las células malas se la tragan toda...Así siguió contando cosas durante su retoque. por cierto, su madre jamás le llamó guapa, ni a ella ni a sus hermanas, decía que eran normalitas y por esa razón ella a su nieto le llamaba precioso, para no ser como su madre...En fin, así acabó, se levantó y gritó a los cuatro vientos que se veía monísima con su retoque. Juro que levanté la vista para mirar aquella obra de arte y pensé: dios santo, está exactamente igual que cuando entró, pero con veinte litros menos de saliva...
Esbocé una sonrisa y la despedí mentalmente. Mi Cris pasó a buscarme para llevarme a la zona de lavado, por fín. Me recosté en el sillón, elevó mis piernas y empezó a retirarme todo aquel papel de aluminio que me protegió de las malas ondas de la del chillido. Empezó a mojarme el pelo con agua caliente, a una temperatura perfecta, eso me relajó. Dejé mi mente en blanco, estaba en la gloria hasta que oí una vocecita de niña preguntar al aire: ¿qué te vas a hacer?. Pensé: vaya, una niña perdida que me confunde con su madre. Cómo se daría cuenta de que yo no era aquella persona a la que buscaba, ni le contesté. En tres segundos me dió un golpe en el brazo y volvió a repetir la misma pregunta. Abrí los ojos, no, abrí las cuencas de los ojos, giré la cabeza y le dije entre dientes: "voy a cortarme el pelo al cero". Creí que mi contestación la haría huir horrorizada, pero no, aquella niña tenía cara de sádica y decidió seguir allí sentada. "¿Te llamas Julia, no?. Me hice la dormida mientras la peluquera le decía: sí, se llama Julia,pero  déjala dormir que es enfermera y esta noche trabajó y está cansada. Maldita la hora a la que MI Cris le dió tal dato. Tras esa información llegaron las mil preguntas: que cómo se llamaba la primera persona que atendí aquella noche, que en qué hospital trabajaba, que cuántos años hacía que era enfermera, que...!!!ALTOOOOO!!!!, me senté en el sillón y le dije: ¿Tú no tienes madre o qué?.
Creí haber espantado a esta criatura de la KGB , juro que lo pensé, pero no fue así. A esta niña le atraía la tortura psicológica, estoy segura. Me levanté después de no dejarme disfrutar de mi merecido masaje capilar y me volví a sentar en mi NO sillón. Como un alma en pena la vi reflejada en el espejo, estaba detrás de mí, como si de un fantasma se tratara. Me miraba sonriendo,  tenía un aire macabro, afú, pero qué pelma.
A la velocidad del rayo, cogí una revista del cesto y la arrojé al sillón libre que tenía al lado, marcando mi territorio y suspiré con la seguridad de que aquella hija del mismísimo santanás no se me acercaría más. Mal pensado, la niña aprovechó que MI peluquera tenía las tijeras en la mano y me recortaba el flequillo, para coger la revista y sentarse sonriendo a mí lado. No tardó ni un segundo en abrir aquella boca llena de dientes de leche: "¿tienes hijos, te gusta tu trabajo, eres de Villagarcía, te gusta esta peluquería,por qué no me hablas, eres muda, o sorda...?. Le agarré la mano a MI Cris y le dije: !espera!. Me giré hacia la muñeca diabólica y le dije con una sonrisa forzada: mira guapita, soy enfermera, y en mi trabajo me dedico a pinchar a los niños con agujas gordas en los brazos y a coser las heridas como la que se va a hacer tu hermano pequeño en los dedos como nadie le quite la cuchilla con la que está jugando mientras tu madre está atontada leyendo una revista de cotilleo.
Benditas palabras. La madre levantó la vista , me miró con cara de malas pulgas, llamó a aquel gnomo puñetero y conseguí mi libertad.
Dos minutos después salí de aquella habitación del terror y me fui a la calle. Cogí aire, sonreí y me volví a mi mundo.
Buena noche.

domingo, 22 de enero de 2017

EL VAGÓN

Era tarde y estaba cansada. Subí en aquel tren que se alejaba de mi vida, dejando allí mi motivo. Me acurruqué en el vagón, rodeada de gente pero sintiéndome sola, sin importarme nada de lo que ocurría en aquel lugar,o eso creía yo. Ella entró ocupando un espacio inexistente, tropezando casi intencionadamente con aquellas sombras que se acomodaban para el viaje. Se sentó desparramando su cuerpo en un asiento casi ridículo para aquel pedazo de vida teñida de un rubio casi imposible. Lo que debía ser algo imperceptible se convirtió de repente en algo que desperezó mi curiosidad. Se quitó la cazadora como si se estuviera retirando la piel de su cuerpo, sin importarle aquel pobre chico de pelo rizo que intentaba esquivarla de sus airados y sinuosos movimientos. Se convirtió en un segundo en la niña de mis ojos. Abrió aquel mundo de bolso y comenzó a montar su mesa quirúrgica: un libro, el "Diario de Ana Frank" a la derecha, su móvil dorado a la izquierda, su megacámara de fotos plateada enfrente. La inmensa melena apoyaba sobre su hombro y ya de paso, sobre el hombro de su anónimo compañero de viaje. Ni decir que me conquistó desde el primer momento, ansiosa por saber con qué "instrumento" comenzaría su viaje. Cogió el libro, tapas blandas sin un solo uso, lo abrió como si del mismísimo Quijote se tratara, y cerrando ligeramente sus ojos comenzó a leerlo por la primera página. Me tardaba la segunda cuando diez minutos después con un desparpajo desorbitado, cerró el libro como si de una concha de ostra asustada se tratará. Esbozó un suspiro que me provocó un escalofrío. Ya, ya había leído bastante, una página qué debía resumir a la perfección aquella obra, y eso ya era suficiente por hoy. 
Llegó el momento del móvil dorado, tecleando con una sola mano y componiendo una melodía en cada toque de letra, orgullosa de su dominio. Tentada estuve a intentarlo yo, pero no, sólo tengo tres falanges en cada dedo y ella no, de eso estoy casi segura. De pronto, algo falló en aquella máquina del diablo, ella resopló y me temí lo peor. Y eso ocurrió; cuál mismísimo demonio empezó a destripar el teléfono. Fuera tapa posterior, fuera batería, fuera tarjeta de memoria, fuera ... todo iba siendo arrojado dentro de aquel bolso sin fondo. Pude ver la desesperación en su cara, agarró su espesa melena con una mano y la arrojó hacia su hombro izquierdo arreándole a su compañero de viaje un latigazo que lo hizo despertar de inmediato del estado de hibernación en el que se encontraba sumido. Juro por Dios que pensé en no bajarme del tren así llegara al final de las vías, sin saber como acababa aquella historia de pseudosadismo. Me acomodé en el respaldo, miré el reloj y me alegré al saber que aún me quedaba tiempo para ver el final de aquella historia. De pronto, aquella valquiria clavó sus mirada en mi lo que provocó  que mis pulmones se olvidarán de respirar. Sentí como sus ojos me empujaban hacia el respaldo del asiento. Sentí terror mezclado con un poco de emoción. Sin esperarlo, cerró sus ojos con fuerza, suspiró ruidosamente y se dejó caer sobre el respaldo quedando en un semicoma cuasipreocupante. Se mantuvo en trance durante un par de minutos que se me hicieron eternos. Oí como aquellos pulmones inspiraban y esperaban  ruidosamente, cosa que me tranquilizó.
 Este estado le debió provocar un destemple corporal y en un tris, se levantó de su asiento golpeando nuevamente a su víctima-compañero de viaje para coger en la repisa superior la piel que tiempo atrás se había arrancado. Me dió la risa, siento confesarlo con tanta sorna, pero temí por la vida del pobre vecino. Llegaba a mi destino, me aseguré de llevarme todas mis pertenencias, y confieso que casi me apetecía seguir encajada en aquel teatro de vida. Allí se quedó la rubia, con su tuida melena volante, su móvil destrozado, su libro casi no estrenado y con su víctima aún respirando.
 Buena noche.

lunes, 2 de enero de 2017

2017

Juana, tengo que decirle una cosa... !!! Felíz año!!!. Así fue mi comienzo de año, agarrando una jeringa en una mano y acariciando la cara de, llamémosla Juana, con la otra mano. Los últimos minutos del año los dediqué a escuchar la historia de aquella valiente mujer. Su año de nacimiento hay que rescatarlo del siglo pasado, 1923, allá tan lejano. Creció en una familia de clase media y se casó joven con un guapo amigo. Vivió años muy felices al lado de su amor, tuvo varios hijos hasta que la guerra le robó a su compañero de viaje. Triste, sola y con varios pequeños dependientes de ella, sacó fuerza de sus recuerdos y prometió salir adelante. Y así lo hizo. Montó un negocio de hostelería y sobrevivió a lo que ella llamaba lo imposible. Y así la premiaron, a la mujer emprendedora, yo hubiese añadido el adjetivo valiente ante todo. Tiró siempre hacia delante, con mucha tranquilidad, como si el tiempo no contara para ella. Y allí la tenía a mi lado, contándome su vida mientras le hacía una gasometría, con aquella actitud paciente y entregada. Miré el reloj de mi muñeca, y poniendo mi mano izquierda en aquella tersa piel de 94 años le dije: Juana, tengo que decirle una cosa... 
Ella me miró con aquellos ojos llenos de bellas historias y dijo: "dime, mi ángel". Sentí su ternura clavarse directamente en mi corazón, reconozco que nubló mis ojos más de lo que yo hubiese deseado en ese momento, pasé mi mano suavemente por su mejilla y le dije: !!!Feliz año!!!. Juana sonrió con sus ojos, bella, tranquila y dulce: "Felíz año, deseo que este año sólo te traiga cosas buenas". Me quedé mirándola, me atraía aquella serenidad, me preguntaba si realmente había visto en mí algún rastro de dolor enquistado, no lo sé. Salí del box para tramitar sus pruebas y allí la dejé, acompañada de su templanza. Un rato después volví a asomarme por allí, Juana estaba acompañada por una de sus hijas, una chica con la misma sonrisa dulce de su madre y casi sin darme tiempo a reaccionar, mi paciente le dijo a su acompañante: "mírala, es mi ángel". Me acerqué a retirarle la vía, ya se iba de alta, todo había salido bien. Estaba felíz por irse y yo me alegré de que el primer día del año estuviera con los suyos. Se despidió agitando su mano desde la silla de ruedas. La vi irse, quizás no la vuelva a ver, igual su edad no le tiene reservadas muchas navidades más, pero sí pensé: "ahí va una mujer valiente, una dulce dama plateada". Ha sido un placer pasar de año a su lado. Buena noche.

martes, 20 de diciembre de 2016

VICTIMA 48

Se llamaba Ana,...una mujer nacida libre, conviviente en un país que presume de ser democrático y seguro, con unas leyes de protección de la mujer frente a la violencia de género supuestamente efectivas. Ana estaba ilusionada con su cena de Navidad, la imagino eligiendo el modelo para esa noche, la sombra de ojos, la barra de labios. Se habrá mirado en el espejo y se encontraría bella. Mal sabía la pobre que se estaba arreglando para que la hiena de su vida le robara lo más preciado unas horas después. Seguro que Ana estaba llena de ilusiones, algún regalo de navidad guardado en su armario, en sólo una semana estaría sentada en una bonita mesa adornada de navidad, ya habría hablado con los suyos para organizar estas fechas..., pero ella no pudo elegir, sólo entró en el portal mientras su lobo feroz la esperaba pacientemente para demostrarle que a él no se le dejaba, que ella no era tan libre como creía, que tenía derecho a matar por un amor enfermizo. Ana decidió dejar aquella relación de gritos y vejaciones, quiso volver a sus abrazos de antes, con la persona a la que quería y al que ella consideraba su amor. El lobo feroz no lo quiso así, "si no eres mía Caperucita, no serás de nadie", así modificó el cuento, a su antojo, de la misma forma que hizo con su vida. Un cuchillo y mucha ira acabaron con la vida de Ana, vestida para la fiesta, sola, en un frío portal, a unos pasos de su cálido hogar. Y su lobo se dió media vuelta y se fue, dejándola en el suelo, al supuesto amor de su vida, ese malnacido que se creyó con el derecho a decidir sobre la vida y la muerte de la mujer que no le quería, y allí la dejó, seguramente pasando por su cabeza la película de esa noche en la que bailó, felicitó y abrazó. Ojalá esos fueran sus últimos pensamientos, los de la noche de su fiesta, de su noche felíz. Ana ha muerto asesinada por una hiena cruel, le arrebató la vida un criminal enfermo de amor propio, no sólo acabó con ella, borró de un plumazo ilusiones, futuro, familia, sentimientos, olores, recuerdos, abrazos..., maldito cobarde. No sólo se llamaba Ana, 48 personas han sido asesinadas este año al grito de "eres mía", demasiadas vidas perdidas, ni una justificada porque el asesinato por amor es contranatura, es lo imposible. Hoy escribo nombrando a Ana, pero lo hago por cada víctima, por cada noche de terror, por cada insulto, por cada lágrima de una mujer valiente en manos de un maldito cobarde. No os calléis, usad vuestra voz para pararlos. Es mejor que tengáis miedo y podamos ayudaros, a que os  calléis y morir en silencio.
Hoy no es buena noche, no, no la es.

domingo, 18 de diciembre de 2016

NO TENGO TIEMPO

Esta mañana leía en el facebook de mi vida, un recuerdo de hace un año, un escrito hecho desde el dolor, la rabia y la impotencia. Sabes, ese tipo de recuerdos que puedes volver a compartir en tu página años después. Leí el texto, lo leí, lo releí y sentí pena, pena por lo que había vivido mi hijo, por lo que habíamos sentido todos, por la tristeza que revolvía mi alma un año después, y tomé una firme decisión: no tengo tiempo.
Casi llegando ya a los 50, he pasado el ecuador de mi vida, he pasado momentos realmente duros, desesperantes, amargos, pero también he disfrutado de otros llenos de vida. Lo he pensado fríamente, lo he recapacitado y he decidido que el tiempo que me quede intentaré que sea un tiempo felíz. Seguramente la vida aún me tiene guardada alguna perrería, esas cosas no son controlables, pero la otra parte, la que yo decido será lo mejor que pueda ser. Quiero ver a mis hijos crecer rodeados de risas y abrazos mágicos, con despertares a su lado, "te quieros" a diario y caricias espectaculares. Quiero tomar unos vinos con mis amigos, con los de verdad, esos que saben quitarte la sonrisa en un día gris, los que saben de qué hilo hay que tirar para sacar lo mejor de cada uno, sin olvidar nuestra particular forma de ser, los que saben que siempre estás con ellos para lo bueno y lo no tan bueno. Quiero trabajar sintiéndome necesaria para mis pacientes, calmar las ansiedades que les produce la enfermedad, tocar sus manos cuando las retuercen en un pañuelo, levantar sus miradas cuando se sientan agotados, y que noten mi compañía en sus pesares.
Quiero que mi familia sepa que yo también soy de carne y hueso, con defectos, muchos y seguramente cometedora de grandes errores, pero con un buen fondo, donde pueden acudir cuando sientan pena, pero también para la risa, los recuerdos y para pasar un cálido momento.
Quiero caminar por la calle mirando al frente, tropezando como siempre, con mi despiste tan habitual, mirando el cielo y los edificios, esos que cada vez me parecen distintos, y correr hacia el muelle cuando vea que el cielo comienza a ponerse rojizo, como si de una carrera al tiempo se tratara.
Quiero desayunar mirando por mi ventana, esa que cada día me da un nuevo espectáculo distinto en cada amanecer, tomándome mi tiempo, parando el reloj de la vida durante un espacio para disfrutar de mi momento.
Quiero escuchar música, como sea, me da igual, en directo, en mi mp, en la radio, en mi cabeza. Quiero bailar en pijama por la casa cuando nadie me ve, inventarme las letras, chapurreando un inglés imposible, reírme cuando me paro delante de un espejo para dedicar el concierto a la persona más insospechada. Me da vida, no concibo un día sin el baile incordiando, sin mi música...
Quiero playa en invierno, mis paseos a solas, recogiendo pensamientos de la arena, buscando mi propio colgante, o tu regalo de cumpleaños, mientras veo como otro día se va, lento pero cálido, como llega la noche, mi noche...
Quiero tumbarme en el sillón y taparme con la manta hasta la nariz, recolocar mi todo en ese espacio reconfortante, y ver películas domingueras, una tras otra comiendo regalices hasta que el sueño acabe con el día.
Quiero mirar mi pared llena de las fotografías de los míos, de los que están y de los que ya no, no físicamente, pero sí en mi pared, en mi alma. Quiero recordar momentos con ellos, situaciones que producen escalofríos, sentimientos de los que no hay caducidad y que se mantienen inalterables a lo largo de los años. Quiero apoyar mi mano allí, como si de aquella pared saliera el calor de sus recuerdos. Lo quiero y te quiero.
Quiero comer lo que me gusta, sin cuestionarme si debo o no debo, si me hará engordar o adelgazar, sólo hacerlo por el gusto que da saltarte las normas, como cuando de pequeño conseguías engañar a tus padres y salías vencedor con la boca llena hasta el ahogo de leche condensada. Es un milagro que hayamos sobrevivido a eso ...
Quiero ir a aquella clase que tantas veces retrasé por entregar el tiempo a los demás, ponerme aquel jersey viejo prohibitivo por normas ridículas de elegancia, salir a la calle con zapatillas de tenis aunque llueva, ponerme aquellos pendientes de araña que asustan a medio mundo y subirme los calcetines hasta las rodillas porque tengo frío.
Quiero reírme hasta llorar, esa risa que tanto sorprende a la gente y que confunden con pena. Quiero mirarte a los ojos, hasta leer en ellos tu interior, hasta sentir lo que te duele y lo que te alivia, así, sin palabras, en silencio.
Quiero tantas cosas, quiero hacer tanto, que a veces creo que ni tiempo tengo ...
Buena noche.

sábado, 17 de diciembre de 2016

VEN A MI CASA EN NOCHEBUENA

Otra vez la navidad, otra vez a vueltas con las buenas intenciones, con el "¿a dónde irás a cenar?, vente a mi casa, que donde cenan quince, cenan doscientos". Otra vez a desear que los pastorcillos lleguen al río lo antes posible para que los puñeteros peces no se beban todo el agua y se ahoguen, a comprar regalos de forma robótica antes de que llegue el 24, día en el que si no haces un regalo te caerá el sanbenito de ser la "cutrefamiliar" del año, otra vez a cocinar toda una tarde para la familia, mientras tragas como un pavo un martini tras otro, te da la llorera de todos los años y contestas a los mil y un whatsapp que recibes, dónde siempre hay unos cuantos a los que tienes que contestar: "mira, no sé quien eres, no te tengo identificado en mi agenda, y además estoy bebiendo martini, cocinando y llorando, pero a pesar de no saber quién eres, te deseo que seas muy felíz y que disfrutes de la navidad con tu familia. ¿Por qué tienes familia, no?. ¿Eres feliz?.¿Estás sólo?. ¿Quieres venir a cenar a mi casa?, porque donde cenan quince cenan doscientos... uno".
El menú de la gran cena, esa es otra. Hay platos que repito año tras año a petición de los comensales. El salmón marinado, una delicia, cuando te lo ponen en un plato delante, claro. Para mí supone ir al supermercado y encargar medio salmón de esos que pesan ocho kilos, explicarle a la pescadera que lo quieres sin espina abierto como un libro, aguantar como te mira de reojo como diciendo: "mira nenita, me vas a enseñar a mi a limpiar un salmón para marinar?". Y va la tía, y después de hacerme sentir como una idiota, te parte el salmón en dos lomos y se queda tan ancha, en fin. Lo marinas durante 24 horas, lo limpias y lo cortas en finas lonchas. Y ya, al 24, lo sirves en un plato delante de los comensales y te quedas esperando con las manos delante de tu nariz, la opinión. Siempre es buena, siempre tardo días en quitarme eso olor a salmón de mis manos, maldita sea...
Las zamburiñas a la plancha, no es por lo que tardas en hacerlas, es por el coñazo de estar abriendo zamburiña tras zamburiña, con esas conchas que son como cuchillas, que te dejan las manos como si hubieras saludado a Eduardo Manostijeras. Con las manos destrozadas, y con tres platos pendientes por preparar, tengo que tratarme las heridas porque soy enfermera y sé de curas: lavo mis manos con agua templada y jabón, me enrosco dos paños en las manos y mientras espero que cese la hemorragia, anestesio el dolor con otro martini.
A estas alturas, los camarones que he sacado del arcón congelador, están saltando en el cuenco. ¿Pero qué digo, si están congelados?. Me importa un bledo, si Disney se congeló para volver a la vida, por qué mis camarones no pueden hacerlo si quieren los pobres..., voy a beber un poco de agua, sí, será mejor...
Mientras, las almejas que he dejado lavándose en la bañera, se han dedicado a echar chorros a diestro y siniestro, como si tuvieran la obligación de beberse todo el agua. Las miro con cara de enfado, las miro, las mir..., para qué coño las miro, si no tienen ojos, ni boca, y a ellas les importa un bledo mi cara de enfado, si no tienen cerebro, me ignoran...a veces me enfado más y como venganza echo una avellana en el agua y miro como se pillan la lengua con sus conchas. Me río como una bruja por la maldad de mi acto en esta noche de paz..., a estas alturas ni me acuerdo de por qué estoy cocinando...
¿Y cómo se hacen las almejas?. Pues a la marinera, con cebollita bien partida. Yo no sé que les pasa a las cebollas en navidad, pero sólo con mirarlas me hecho a llorar. Ahora es cuando tengo que ponerme el traje NBQ para pelar las cebollas: mandil plastificado, guantes, gafas de bucear con nariz de plástico y mucha paciencia. Lo sé, lo sé, soy muy exagerada, pero os juro que aún vestida de esa forma mis ojos se irritan y lloro hasta que las lágrimas alcanzan un cierto nivel en las gafas, en el que tengo que parar.
Una vez que todos los platos se están cocinado, que mis manos apestan a salmón, que mis ojos están llenos de churretes de rimel por los llantos, que mis muslos están llenos de moratones debido a los golpes con los tiradores de la cocina, que mi cabeza no encuentra la estabilidad óptima, y que he mantenido una conversación con las almejas como si fueran mis mejores amigas, llega la familia. Llaman  a la puerta y  los recibo con una enorme y cálida sonrisa, "Feliz Navidad, por qué estamos en navidad, no????". Del resto, ya os contaré.
Buena tarde.

domingo, 16 de octubre de 2016

CASI MIS CINCUENTA

Casi cincuenta años, medio siglo, esa edad en la que te califican de señora, ya eres una madura, edad en la que se supone que ya por fin has recuperado tu tiempo y en la que se supone que ha llegado la hora en la que disfrutarás de todo lo que tanto has deseado. !!Una leche!!. Aquí estoy yo a unos meses de llegar a esas edad que no marca, sino más el hartazgo acentuado de una vida en la que no te permiten cambiar. Ayer alguien me dijo: "Oye, para tu fiesta de cumpleaños sorpresa, quién quieres que venga, tus amigos o tu familia?". Juro que me quedé sin palabras por unos segundos, luego pensé mi respuesta y me la tragué, como he hecho mil y una vez. Paso, no quiero una fiesta, ni sorpresa, ni organizándola yo, como siempre. Quiero largarme a un hotel de cinco estrellas, alojarme en una suite, que me den un masaje desestresante, cenar dos quilos de camarones, beber un buen ribera y estar SOLA.
Si revuelvo la memoria, me acuerdo cuando quería estudiar inglés, ir a clase de manualidades, clase de canto, guitarra, ir a un gimnasio, estudiar, diseñar abalorios, dar clase,..., siempre me convencía de que pronto lo haría, sólo tenían que crecer un poco mis hijos y ganaría ese tiempo. Tengo casi cincuenta y ni inglés, ni manualidades, ni canto, ni..., nada de nada. Ser la única mujer en una casa de "machos" es lo más aburrido, frustrante, aislante y exasperante que hay para una mujer. Todos dan por supuesto que la casa es tuya, no el mejor sillón, ni la mejor porción de comida, ni los mejores momentos, no, eso no, la casa física con su limpieza, su orden, su avituallamiento y todo lo que implica cuidado de su continente, donde por supuesto, tú no ocupas un lugar destacado, o ni siquiera ocupas un lugar.
Tengo casi cincuenta años y lo único que quiero es ser una persona individual, con una vida va propia, con ilusiones, con sueños, con dignidad, CON TIEMPO. Ahora muchos estaréis pensando "coño, qué egoista", sinceramente, me importa un bledo. Con casi cincuenta reivindico lo que os he entregado de forma altruista y fantástica a todos vosotros, y enfermiza para mí. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que pensé en mí, que me cuidé, que respiré sin pensar antes en vosotros, que hice lo que realmente me daba la gana, que hablé sin enfadarme, que salí de compras exclusivamente conmigoisma, que cociné el plato que realmente me apetecía, que elegí libremente un viaje, que disfruté de "mis vacaciones", que me regalé un fin de semana, que me he dedicado una tarde a mi cuerpo, que he dormido de un tirón....Ya no lo recuerdo...
Pues ahora, casi con cincuenta voy a hacer temblar vuestros pilares, esos que habéis ido afianzando desde hace años a base de cementar mis ilusiones. Y esto no significa que no os quiera, que sí, que lo hago con toda la intensidad posible, pero eso no justifica que me ahogue en vuestro cariño. Así que empezad a despertar de vuestro jardín de las delicias, desperezaros de una puñetera vez porque "mamá" va a empezar a vivir lo que le quede de vida con la misma intensidad que tenía que haberlo hecho hace ya muchos años. Y no, no me he vuelto loca, sólo voy a recuperar lo que la vida me debe por derecho.
Una cosa más: esto me lo he prometido, y lo que prometo lo cumplo. Dicho queda. Buena noche.