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sábado, 13 de junio de 2026

CEGUERA MENTAL

La sala de espera de urgencias de un hospital es una zona dónde nada deja de sorprender. Todos los que ocupamos un asiento esperamos noticias de algún familiar, amigo, conocido...

Cada minuto entra en la sala de espera una hilera de pacientes con problemas de vida, como un grifo mal cerrado que pierde agua gota a gota. Mientras, otros deambulan por esa jungla horas y horas, con una edad y un cuerpo que ya no está para aguantar esa espera.

Ayer, mientras esperábamos con paciencia una buena noticia que despejará la duda que  rondaba silenciosamente en la cabeza, entró en la sala un hombre mayor de pelo cano, calzado con alpargatas y vistiendo pantalón vaquero con camisa de cuadros. Y es necesario describirlo porque su aspecto era absolutamente impoluto. Para nada se sospechaba desagradable, para nada fue incorrecto, para nada se merecía la estúpida contestación de dos cuerpos inmóviles sentados en las sillas esperando sabe dios qué o a quién.

El anciano se acercó arrastrando los pies a una mujer de mediana edad que sujetaba entre sus manos una recalentada botella de agua. No acerté a escuchar claramente la conversación que inició el buen hombre, sólo conseguí escuchar un tímido y prudente "por favor señorita".

El anciano le pidió ayuda para conseguir de la máquina de snacks una botella de agua y unas galletas. La chica impasible miró hacia el suelo con aire de incomodidad y sin mirarle, le contestó un "no" repetido, un "no" sonoro, un "no' que le invitaba sin motivo a separarse de ella.

Dos pasos atrás, un chico de cuarenta y tantos se desvivía por no levantar la vista de su móvil. Ceño fruncido que delataba la incomodidad que le provocaba observar como el anciano se le acercaba. 

El hombre se dirigió al chico y le pidió si podía ayudarle a quitar de la máquina un agua y algo de comer. Como si le hubiera pedido tres litros de su propia sangre y con la misma cara de amargado con la que nos lo habíamos  encontrado en aquel jardín de antipáticos, miró desafiantemente al anciano y le espetó un "no" que  retumbó en toda la sala de espera. 

Hirviéndome la sangre, me levanté para ayudar al anciano en su "problema", no antes de mirar desafiantemente a los dos impresentables.

El pobre hombre con su andar titubeante se adelantó a mis pasos y se dirigió entonces a un chico que estaba retirando una botella de agua de la máquina al que pidió ayuda. El joven le preguntó mirándole  a los ojos en qué podía ayudarlo. El anciano respondió que tan sólo quería una botella de agua y unas galletas. 

Ante el desconocimiento evidente del anciano de como funcionaba la máquina dispensadora, el joven presionó el botón que hacía rodar la tan ansiada botella de agua. En el mismo segundo en que la botella caía en el cajón, el anciano sacó de su cartera un billete de veinte euros y se lo entregó al joven para realizar el pago. 

El joven ayudó al anciano a recoger la vuelta de "su compra" y a elegir las galletas que deseaba.

 Un "gracias, muy amable" fueron las delicadas palabras de agradecimiento.

Los dos innombrables que no ayudaron al anciano, sentaban sus posaderas en un servicio de urgencias al que acudieron para que se les prestaran un servicio que supuestamente necesitaban, mientras que estos mismos demandantes le negaban ayuda a un anciano por miedo a tener que abonarle de su bolsillo una botella de agua y unas galletas.

No sé en qué mundo vivimos, lo único que sé ciertamente es que la humanidad, la empatía y la capacidad de ayuda ha dejado de ser una característica humana. 

Era evidente que el anciano llevaba muchas horas en aquel hospital. Quizás ese fue el único momento en el que pudo dejar sin su compañía a un familiar y acercarse a la sala de espera para comer y beber algo. Quizás se trataba de su anciana esposa postrada desde hace horas en una incomoda camilla en un frío pasillo. O puede que estuviera cuidando de un hijo o de un nieto enfermo... 

Sólo necesitaba que alguien le dijera cómo podía comprar una botella de agua y unas galletas. El escudo de indiferencia y desprecio al prójimo con el que se cubrieron los dos despreciables de aquella sala de espera, me resultó repugnante. No puedo evitar desearles  el mismo trato, la misma indiferencia y el mismo NO a la asistencia que reciban en este servicio. Si no hoy, el día que acudan como ancianos.


Al joven amable que lo ayudó, todos mis respetos. A veces hay un rayo de luz en gente buena.

Buena noche.