lunes, 11 de mayo de 2015

LA PLAYA DE LOS CRISTALES

Me levanté esa mañana con el cuerpo de uno de esos días en los que te importa un bledo que te parta un rayo, de esos que si te pellizcan ni giras la cabeza para ver quién ha sido, de los que te pones los auriculares desde primera hora  del día para no escucharte ni a ti mismo.

Lo malo de esos días es que aunque no respondes a estímulos externos, la cabeza te bombardea con recuerdos a propósito, como si lo hiciera por "puñetear" un rato. Subes el volumen, hoy no quiero pensar. Ni de coña.

Guerra perdida.

Subí al tren. ¿Pero a quien se le ha ocurrido la idea de  numerar los vagones de atrás hacia delante?. 

Como tengo un día genial, unas ojeras fantásticas de no haber pegado ojo y una alegria que traspasa fronteras, me paseo cuál pato por todos los vagones del tren hasta mi asiento. Por fín, allí lo veo, el asiento cuarenta  y cuatro del vagón uno.

Casi había llegado cuando el  tren se puso en marcha, dándome un maldito empujoncito que hizo que mi bolso se estrellase contra la cabeza de mi vecina de asiento. 

"Lo sientooooo", le dije con cara de cordero degollado. Ni me miró. Ni me contestó. Ni se apartó. Le pego un bolsazo en toda la testa y ni se inmuta la tía. Me dieron ganas de repetir la jugada solo para comprobar si estaba viva. Estaba más insensible que yo, joer, pobre mujer, que mal día.

Total, que me senté en mi asiento, el número cuarenta y cuatro, y pensé: "que maravilla, me ha tocado la ventanilla para distraerme viendo el paisaje". Ilusa de mí, en mi vida vi tanto túnel en un recorrido tan corto. Creo que vi un árbol allá a lo lejos, o un cartel de Leroy Merlin, no sé, era verde, creo.

Para completar el viaje, la del bolsazo debió de sacar la ropa del ropero de su abuela. ¡Cómo olía a alcanfor la pobre!. No me extraña que no sintiera el bolsazo, estaba como momificada en aquel tufillo.

 Pobre mujer, que mal día.

Aquel era el primer tramo de mi viaje, bajaría del tren y continuaría en coche hasta mi destino de hoy. 

¿A dónde?. 

Pues a uno de esos sitios de los que dices que no te puedes ir de este mundo sin haberlo pisado. Mi ilusión, donde quiero descansar.

El camino largo, pero valía la pena. Bajé del coche, un cementerio, un acantilado y una cuesta que llevaba hasta mi lugar. Y como tenía el día cenizo, juro que pensé sin vacilar, "que bien, si me escoño bajando esta cuesta, que me entierren ya aquí".

Y allí, al final estaba mi paraíso: la playa de los cristales.

Como explicaros aquel lugar, lo que tenía que ser arena eran millones de cristales pulidos por el mar, de mil colores, suaves, redondeados, con mil formas. Me tumbé sobre ellos como si mi paracaidas no se hubiese abierto, como si me hubiese caído del mismísimo cielo. 

¿Cómo describir la sensación, lo bien que me sentía, el calor que transmitían, lo mucho que necesitaba encontrame bien?. Y allí lo estaba.

Estuve cerca de hora y media sentada sobre aquellos cristales, cogiéndolos entre mis manos y dejándolos caer entre mis dedos. Me hubiese quedado allí viendo cada cristal, cada forma, cada color toda una vida.

Me metí entre las piedras, allí estaban los mejores, los más ocultos, los que para encontrarlos había que escalar, resbalar y caerte de culo varias veces. Allí estaban los más mágicos, los curiosos, y el más especial, mi cristal azul.
Son presa difícil, es un cristal en extinción, es el diamante de los cristales. Escondido entre unas rocas, tuve que meter la mano, y eso que confieso ser muy miedosa a todo tipo de animales, pero hubiese hecho una bufanda con una morena por conseguir aquel cristal. Lo tengo. Y las dos manos también.

Hora de volver. Vengo recargada de vida, de luz, de color. Quiero volver allí. Quiero quedarme allí.

Buena noche.

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