viernes, 29 de noviembre de 2024

ABRAZOS Y OTROS

 "¿Me permites darte un abrazo, te importaría?". Se me plantó delante, tratando de encontrar la respuesta en mi cara, una tibia sonrisa, casi pidiendo un permiso innecesario para dar ese paso inseguro. 

"Claro que sí, en este lugar se dan muchos abrazos". 

Eran unos brazos desconocidos, pero esa no es la cuestión. Ella lo necesitaba, y yo que me he vuelto tremendamente empática con todo lo vivido, le ofrecí el calor que su rostro me estaba pidiendo. Me apretó fuertemente contra su cuerpo, le correspondí con la misma intensidad, cómo si realmente fuese yo la necesitada de esa sensación de protección.

Tal vez, quizás era así...

"Gracias, vendré todos los meses a verte, aunque no tenga ninguna cita médica, vendré. Me transmites mucha tranquilidad, necesito estos abrazos. ¿Cómo voy a estar cuatro meses sin ellos?". 

Una sonrisa fue mi respuesta. Un por supuesto mi respuesta.

Observaba el desparpajo de su caminar, la elegancia con la que entraba en "la edad plateada", si saber ser y estar. Nos cruzamos un sonoro beso por el aire y volví a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Un trago de agua, sonrisa, una inspiración profunda y la agradable sensación de saber que has ayudado a otra persona, es como poco bonito. 

No tardó en llegar un paciente apresurado.

"Perdón, perdón, sé que llego tarde". 

"Tranquilo, aquí nunca se llega tarde, siéntate y coge aire", le contesté intentando calmar su cuerpo acelerado.

Se desplomó en el sillón como si hubiera agotado toda la energía de un cuerpo ya muy consumido por la enfermedad. Le di un vaso de agua, levantó la mirada y susurró de forma ahogada un "gracias" mientras el primer sorbo le ayudaba a recuperar la palabra. 

"Mira que sois raros en este servicio", me espetó en cuando recuperó la voz. 

"A buena hora me hubiesen dado un vaso de agua en otro lado, sólo me hubiesen llamado la atención por llegar tarde a la cita". Se quedó  mirándome fijamente esperando una respuesta enojada. Par su sorpresa le guiñé un ojo. 

"En este lugar no existe la prisa, es mejor si llegas a tu hora, pero si te retrasas un poco, vamos a atenderte igual". 

Sonreí con otro guiño de ojo. Él me correspondió con una dulce mirada. 

"Ojalá todos fueran así, que digo, con la mitad llegaba...".

Por la puerta entraba en ese momento Sara, una niña de 10 años con una vida demasiado  intensa para su edad. Hacía poco que había estrenado otra nueva gracias a la generosidad de una familia que está pasando su peor momento.

Un caminar simpático y su saludo particular.

"Hola, ¿no vas a hacerme daño, verdad?". Se sentó en la "silla del daño", arrastré otra hasta ella y me senté a su lado. Le acaricié su pequeña mano y le agarré el dedo meñique suavemente.

 "¿Cómo te parece este dedo comparado con los otros?". 

"Débil ", me respondió buscando en mi cara aprobación a su contestación. 

"Inteligente respuesta ", le contesté.

 "Ésta eres tú, y quiero convertirte en un pulgar grande y fuerte. Puede que te moleste lo que tengo que hacerte, pero es necesario para que no enfermes".

Me miró con entrega bajando los párpados de golpe.

 "Ya está, listo". ¿Te ha dolido?".

 "Nada de nada". ¿Ya soy un pulgar?".

"Ya eras pulgar cuando entraste por la puerta, Sara".

Se levantó, caminó  hacia la salida y en medio de la sala se giró hacia mí lanzándome otro beso por el aire que me supo a abrazo. Con la misma complicidad, le devolví otro que se cruzó con el suyo. 

"Hasta la próxima cita, mi niña bonita".

"Hola, creo que tengo una cita en este servicio".

Los nuevos pacientes que entran temerosos son fácilmente reconocibles. Les delata una mezcla de tímida prudencia con una expresión de miedo contenido. 

"Hola, sí claro, es aquí. Siéntate mientras veo tu historia". 

Lo cierto era que no hacía falta que leyera nada, la postura corporal y su mirada al suelo la delata. Me levanté y fui a buscar su tratamiento.

Cerré  la puerta a mis espaldas y me senté frente a ella, apoyé la caja a un lado y le dije si quería que le explicara algo. 

Contesté a todas las preguntas que sus ojos me pedían sin articular palabra. Cogí sus manos nerviosas que jugaban con unos dedos que sudaban miedo y vergüenza. Puse mis manos sobre los suyas para que la quietud de sus dedos le diera la oportunidad de descansar. 

Y así fue, su boca se llenó  de preguntas, liberó el miedo mascado durante la última semana y al terminar, esbozó una tenue sonrisa.

"Gracias, estoy más tranquila, gracias por perder tu tiempo conmigo, seguro que tienes muchas cosas que hacer".

"Sí, parte de las cosas que tengo que hacer es explicarte todo lo que necesites saber para que tu corazón recupere el ritmo y tus manos vuelvan a estar calientes. En este lugar no caben las dudas, siempre tendrás una respuesta. Y si no sé esa respuesta, la buscaré para tí". Me devolvió una dulce sonrisa.

Después la acompañé hasta la puerta.

"¿Puedo darte un abrazo?". 

"Por supuesto".

La abracé con la ternura que necesitaba, con la fuerza suficiente para que se sintiera protegida es un lugar hasta ahora desconocido y lleno de temores, que a partir de ahora le aportaría seguridad. 

Se fue sonriendo, otra sonrisa ganada al miedo.

Es hora de recoger, estoy segura de que mañana habrá más besos volantes y abrazos de los que curan. 

Y no solamente a ellos...

Buena noche.

martes, 1 de octubre de 2024

PUDO HABER SIDO

Alejarse de los recuerdos no es la solución, es huir de un momento de la vida, de momentos vividos, sean buenos, malos o peores, un mal intento pora borrar todo lo que la mente se empeña en devolver a la consciencia una y otra vez. Y con una valentía comedida, la mejor opción es aceptarlos. 

Hoy hace tres años de un mal momento que casi acaba con mi historia de vida. No es un aniversario, es tan sólo un mal recuerdo. 

Hace un tiempo mi hijo me contó un sueño, quizás premonitorio o tal vez esperanzador, en el que Juan me llevaba hacia un certero final, mientras mis dos motivos me agarraban firmemente para retenerme. 

En esta guerra de fuerzas, él lo entendió  y me soltó. El impulso de mis hijos hizo que volviera hacia el lugar seguro y me quedara con ellos. 

No hubo palabras, sólo una mirada y su dulce sonrisa, fue suficiente motivo para entender que no quería dejarles. Quizás quería medir sus amor, quizás arrancarme de la vida para no volver a perderme, quizás mi hijo necesitó sentirlo así, quizás nunca lo sabré ...

Fuimos a la conferencia un lunes y yo de vuelta, mi hijo me preguntó, ¿quién quieres que venga buscarte cuando te mueras?. Le contesté que... , sin dar tiempo a mi respuesta y sin apenas coger el aire necesario para contestar algo sensato, se adelantó a mí respuesta y me dijo que él querría a Juan o a su abuela.

Le sonreí con complicidad y susurré guiñándole un ojo que mi hermano y Juan serían mis dos elegidos, que ambos me transmitirían la serenidad precisa para soltarme de lo material y sentir la paz necesaria para olvidar lo que un día gris perdí.

Unos días después se lo comenté a un buen amigo y me afirmó quién sería mi tercera persona. No, le respondí, esa persona no. Me sorprendí a mí misma con la rapidez de la respuesta. No, le repetí varias veces. Su cara fue de sorpresa, mi contestación me hizo volver a tiempos muy lejanos, tiempos ocultos en un lugar profundo al que no quiero volver. No, no sería mi tercera persona, estoy  segura...

Mi hijo menor, siempre quiso hacerse un tatuaje, y la semana pasada se lanzó a ello. Me mandó una fotografía, su primer tatuaje sería dedicado a Juan. Quería llevarlo en su piel para siempre y eso me emocionó. Juan jamás se hubiera imaginado todo lo que dejó sembrado en este mundo, todo lo que nunca había tenido antes de llegar a nuestras vidas. Lloré en silencio,  he aprendido a hacerlo hacia dentro, sin que nadie lo perciba, a hablar de y con él susurrando en soledad, siempre prudente, como él era..

Mis hijos se acuerdan de él sin dolor. Uno se tatúa su guitarra en el brazo, la que acariciaba con cariño y respeto. Mi otro hijo quiere que sea él quién le dé serenidad cuando se vaya. Y yo, yo sólo quiero que lo recuerden como ellos deseen, de seguir amàndolo ya me encargo yo.

Pudo haberse acabado mi historia un veintinueve de septiembre de hace tres años, un momento en la que mi vida poco me aportaba, en el que me pesaba más la pena que la felicidad, en el que una simple brisa podría haberme derribado. 

Hoy camino sola recordando en cada paso a quién me daba tranquilidad, sosiego y paz en mis tormentas, he aprendido a hacerlo de forma lenta para no perder el equilibrio que él  me proporcionaba, teniendo claro que no habrá jamás una persona que me demuestre tanto amor, admiración y agradecimiento como él lo hizo. 

Sigo viendo el brillo de sus ojos en mis recuerdos, algo que no dejaré apagarse nunca, que se quedará conmigo para siempre.

Pudo haber sido el final de mi historia, pero ellos tenían más fuerza y él dejó de luchar por un amor que  vive en su sueño eterno. Gracias por entenderlo. 

Te quiero para siempre, pequeñuelo.

Buena noche.

Buena noche.

miércoles, 22 de mayo de 2024

PARA SIEMPRE

Sé que hay una bonita mujer de cabello color plata esperando desde algún sitio que desconozco para que le escriba unas palabras. Sé que se lo debo, así que ahí vamos.

Para ti, Auri.

Para comenzar siento una obligación moral de confesarte una cosa, espero que desde "allí" sueltes una sonada carcajada: durante cierto tiempo te llamaba Agripina (empezamos fuerte), no por relacionarte con la Roma antigua sino porque nunca recordaba como te llamaba tu familia, luego la mía también. Tu hijo me corregía una y otra vez con una paciencia infinita, "Auritinaaaaa" repetía como si yo lo hiciera a propósito, que nunca fue así, te lo aseguro.

Recuerdo cuando salía de clase y pasaba por tu casa para recoger a tu hijo. Siempre apuraba un cigarro antes de llegar al portal y subía hasta el noveno exhalando el aire para no oler a tabaco, como si con treinta y pico años tuviera que justificar mi pequeño vicio, como si el olor a tabaco desapareciera por quedarme asfixiada en algún  piso por debajo del vuestro. Siempre llegaba tarde y os daba los besos correspondientes con su hola correspondiente para cada uno, primero a Choni y otro para ti.

Os recuerdo sentados cada uno en vuestro sillón y con las piernas tapadas con el tapete de la mesa camilla que escondía el calor de un brasero. Me gusta recordar esa imagen, me transmite mucha paz.

Nunca vi que pusieras mala cara a nada, jamás una mala contestación a nadie, sólo alguna mueca hacia Margarita, que parecía ver sólo a Choni en aquella casa. La verdad es que era un poco de película sesentera, y me refiero al servilismo hacia "el señor" por parte de ella y tu gesto contenido para no tensionar la situación.

En más de una ocasión me mordí la lengua, si ella quería ver a un señor, también tenía que haber visto a su lado a una señora que se cuidó muy mucho y durante muchos años, de tratarla como si fuera de la familia, sin distinción slguna. Y mordiéndose la lengua más que yo incluso, que ya es contención...

Recuerdo cuando Choni enfermó y te pasaste todo el tiempo a su lado en el hospital. Estabas siempre sentada en aquel sofá de polipiel que era una prolongación de su cama, día y noche sin descanso. No volviste a casa, no querías que nadie se turnara contigo para acompañarlo en aquellos días tristes, querías estar cada segundo con él y así lo hiciste hasta el día en que se fue para siempre.

Aún sabiendo certeramente la proximidad del triste desenlace, era la noticia que nadie queríamos escuchar. Choni se moría mientras en mi abdomen crecía mi bebé.  

Y con todas las hormonas alborotadas, llegó la triste noticia, y te vi llorar por primera vez ya sin el amor de tu vida. Recuerdo su funeral, muchas lágrimas y un silencio terriblemente respetuoso, como fue él en vida. Se había ido una gran persona.

Los siguientes meses sirvieron para reordenar la vida. Recuerdo que te quedaste con sus gafas, a las que les faltaba una patilla, perdida en sabe dios que momento. Me hacía gracia la naturalidad con la que te las ponías, siempre cojas de un lado para hacer los crucigramas, siempre torcidas por esa cojera heredada. Compartimos risas con esas gafas durante años a las que ni tan siquieran le cambiaste los cristales, quizás por intentar ver a través de sus ojos. Siempre decías que no estaban tan mal, sin patilla y con una graduación que no era la tuya, pero eran sus gafas, y con eso era más que suficiente para tí.

Recuerdo tardes en tu casa viendo fotografías de hace muchos años, fotografías color sepia con los bordes en sierra, de todos los tamaños y preguntándome si reconocía a éste o al otro, y yo que tengo mucha memoria a largo plazo, a veces acertaba a la primera. Me acuerdo en concreto de una fotografía que sacaste de una caja y apoyaste boca abajo en tu pecho, como si quisieras abrazarla y resguardarla. Dijiste, como si de un juego se tratara; ¿a qué no sabes quién es esta niña?. La fotografía estaba hecha en un campo de fútbol, en una grada y en ella sentado un señor con bigote, traje y sombrero.

Reconocí con sorpresa a Choni cuando era joven y a su lado, sentada una niña que no logré adivinar de quién se trataba. Tú te echaste a reír y con un tono orgulloso me dijiste: "soy yo, fíjate que no nos conocíamos y nos sacaron una foto juntos siendo yo una niña y él ya un señor". Tus ojos brillaban llenos de amor, creo que brillaron siempre, desde ese día hasta el último de tu vida. Jamás he conocido a dos personas tan enamoradas...

Pasaron los años y "adoptaste" su sofá, sus gafas sin patilla, sus medicamentos caducados con las cajas en las que había escrito a bolígrafo para qué era cada uno de los fármacos. Un frasco de runquinquina, del que me atreví a sospechar que no te deshacías porque su olor te devolvía al presente al amor de tu vida. Te imaginaba abriendo la botella a escondidas en el baño y oliéndo su recuerdo...

Pasaron los años y pasaron muchas cosas en las familias. Yo perdí a parte de los míos, a mi amiga, y mi hijo pequeño perdió su salud.

Muy asustada, agotada, solos, sin que nadie nos echara una mano y viendo como mi familia se desintegraba poco a poco. Toda mi ayuda a los demás durante años, se quedó en alguna llamada de teléfono, en la que se nos deseaba mucha fuerza y mucho ánimo, sin adivinar que los deseos no curan, ayuda era lo que necesitábamos y no buenas palabras. 

Me dolió y quizás fue el motivo de cierta separación Auri, pero siempre sabía de ti.

Llegaron más enfermedades para todos, para todos. Volví a estar ahí de nuevo hasta que también me tocó enfermar y tuve que dejar de cuidar para empezar a cuidarme. 

Quizás por la forma en la que llevo las cosas, no entendisteis el por qué me desvinculé de vosotros en ciertos momentos, pero créeme, fue necesario para coger aire y seguir luchando por vivir. 

Siempre fuiste Auri, siempre estuve cerca de ti, eras una mujer prudente y respetuosa.

Te recuerdo cuando abrías los ojos y mirabas con un gesto de bondad absoluta, hasta que te sonreía y tu cara se relajaba con sosiego. Me encantaba esa expresión de complicidad. 

No olvidaré nunca nuestra última conversación  cuando ya estabas mal. Te hice una pregunta mirándo tu cara y la afirmaste con lágrimas en los ojos. Era tan fácil comprenderte...

Ese día te di un beso en la frente y fue el último día que dijiste mi nombre cómo sólo tú lo hacías. El siguiente beso te lo mandé por tu hijo, me aseguré que te lo diera. Fue mi último beso, me hubiese gustado dártelo yo, llegué tarde...

Hace casi dos meses que te fuiste y me atrevo a decir que todos te echamos de menos. Todos hemos salido perdiendo con tu marcha, pero me quedo con todo lo bueno que has dejado aquí. 

Hablo por mi boca, pero también hablo por Guille y Gabri, sé todo lo que te echan de menos. Por cierto, tus plantas están repartidas entre dos casas en las que siempre se te recordará de forma entrañable y no dudes que cuidaremos de ellas con el mismo mimo con el que tú lo hacías. 

En cierto modo, vives entre nosotros y te cuidaremos hasta el final. Gracias por haber formado parte de mi vida, por dejarme pertenecer a la tuya. Siempre te echaré de menos. Vuela alto, Auri. Te quiero.

Buena noche.





lunes, 18 de marzo de 2024

YADIRA

Crear un relato utilizando un número limitado de palabras es tan absurdo como decidir si se debe continuar una amistad con condiciones, así que acepto el reto y entre ambas opciones, me decanto por la primera. 

"Aún no había amanecido cuando Yadira levantaba su agotado cuerpo de la cama tras apagar la alarma de los dos despertadores que cada mañana le traían de vuelta a la vida. Sin abrir los ojos, arrastraba sus pies por el suelo de la habitación y estiraba los brazos tratando de tocar con la punta de los dedos aquellas conocidas esquinas que se interponían en su camino hacia el baño. Allí se quitaba el pijama y lo dejaba caer al suelo como si de su propia piel se tratara, y a tientas, intentaba adivinar la puerta de cristal tras la cual encontraría el verdadero despertar. Acurrucada contra una esquina de la ducha, abría el grifo con una mano que retiraba inmediatamente para evitar más frialdad en su piel, más de la que sentía al estar desnuda. Sin abrir los ojos se atrevía a  mojar su cuerpo con el agua que se templaba lentamente, mientras tarareaba la misma canción de todas las mañanas, subiendo el tono a medida que el agua alcanzaba las partes críticas  de su cuerpo. Llegado ese punto, era el momento de meter la cabeza bajo aquel chorro de agua y abrir los ojos a otro día del que no esperaba nada más que pasaran lo más  rápido posible las horas de luz y sombra. Levantaba su cabeza y dejaba caer el agua sobre sus ojos donde se mezclaba el dulce del agua de la ducha con lo salado de sus mares internos, todas las mañanas el mismo sentimiento de ausencia, todas las mañanas deseando salir de aquella lluvia que le recordaba tristezas...

Con rabia contenida, cerraba el grifo dejando que el agua le recorriera de forma desvergonzada el cuerpo hasta que su piel le gritaba abrigo. Con los ojos entreabiertos y sin levantar  su mirada del suelo, abría la puerta de cristal que le devolvería a la mañana. Desde hace un tiempo, cubría el cuerpo sin la sensualidad de antaño, ya no había un motivo para hacerlo, ya no habría más buenos días, ni besos en la frente, ni la casa olería al café recién hecho. El mundo se había olvidado de que estaba sola en una vida nada atrayente. Un poco de crema en su cuerpo era el único olor que aún conservaba de su rutina, pero sin aquellas manos que dedo a dedo dibujaban en su espalda dos palabras que cada mañana la hacían estremecer y que la hacían encaminar su cuerpo dos pasos hacia atrás para el abrazo que tanto le gustaba. 

Volviendo a la realidad, se vestía sin importarle la ropa que había escogido la noche anterior de su armario, un pantalón vaquero, una camiseta, un jersey que no se dejase abrazar y las zapatillas de siempre. Caminaba a tientas hasta la cocina, levantaba la persiana, encendía la cafetera y apoyaba su frente en la estantería de las tazas como si estuviera pensando en que no debía pensar. Aquella estantería era parte de su pasado, allí estaba su taza y la otra, la que no quería usar por si se le rompía más la vida. Ya no habría dos cafés, ni conversaciones cómplices sobre sueños, nadie la sacaría a bailar con el ruido de la cafetera, ni pondría un plato con arándanos en la mesa. Sólo estaba ella y aquel café amargo cargado de ausencia. 

Agarraba la taza con las dos manos, daba un sorbo corto, metía en su boca un trozo de galleta resesa, otro sorbo rápido y una mirada esquiva. Eso era lo único que le quedaba en aquella cocina, pocos más que prisa por salir corriendo de allí. 

Camina de vuelta al baño con los ojos cerrados para imaginar un roce, su olor, un susurro que le hiciera creer que nadie se va para siempre, pero nada de eso ocurría, sólo  era una ilusión como siempre. Cada mañana se miraba al espejo y no se reconocía, tapaba sus mejillas con sus manos y las movía como intentando cambiar los surcos de su rostro, su gesto, su realidad. Hoy tampoco se maquillaría, la misma decisión de cada mañana, un poco de colonia, atusa con desgana el pelo y listo, nada cambiará por más que se lo proponga. 

Abre la persiana de la habitación, está amaneciendo, le gusta apoyarse en la ventana dos minutos y ver como la luz disipa la oscuridad de la noche, no antes de buscar una estrella, besarse el dedo índice y apoyarlo en el cristal. Algún día tendrá que limpiar todas aquellas marcas de besos perdidos, algún día tendrá que dejar de darle los buenos días y dejarle marchar. 

Es hora de irse, llega tarde como siempre, coge el bolso cada vez más pesado y el manojo de llaves. Cierra la puerta con delicadeza, como si no quisiera despertar a alguien, a no sabe quién, ya a nadie. Se vuelve a morder el labio odiando la rutina de todas las mañanas. Coge el coche, llega al trabajo, da los buenos días con la mejor de sus sonrisas como si de otra vida se tratara, siempre algún guiño cómplice en el trabajo, es otra guerra, su otra vida". 

(Yadira, nombre hebreo que significa "amiga").




sábado, 20 de enero de 2024

HIEL

Arterias, venas, capilares, todos sus vasos llenos de hiel. Quema cada frase que sale por su boca, insiste, no escucha, vomita palabras que hacen daño, mucho daño. Revuelve el pasado una y otra vez, el suyo y el que no le pertenece, todos los pasados de los que pueda sacar una amargura. Araña, hace sacar la ira, desordena vidas para pedir perdón y vuelta a empezar. 

No procesa, no piensa, escupe por la boca un dolor que proyecta sobre cada persona que tiene cerca, nada ni nadie es lo suficientemente bueno, todo malo, todos malos, nadie se salva. Imposible hacer nada, vive en un círculo pegajoso, insano, nocivo y radiante a todo el que se le acerca, no quiere que le ayudes con su dolor, ni tampoco intentar calmar su ira, quiere que te duela de la misma forma en la que le duele, quiere que el corazón te salga del pecho y se haga más vulnerable a sus palabras. Quiere que en tu cabeza resuenen lamentos semienterrados, que vuelvas a sentir lo malo que no debe salir de nuevo a tu vida, por y sólo para alimentar su curiosidad enfermiza.

Hiel, bilis, amargura, eso es. No le importa esto ni lo otro, él ni ella, lo repite murmurando como si rezará un rosario de forma plañidera, hurgando profundamente y sin pudor, todo lo vuelve enfermizo. No quiere vivir, lo verbaliza, al rato lo niega, como si de un paseo se tratara, vuelve al principio para halagar y coger carrerilla para la siguiente embestida. Otra vez, es la última, lo juro. La próxima vez me aparto y dejo que se despeñe. No habrá red, ni salvación,ni consuelo, ni escucha, sólo soledad, la que busca, la que merece. Allá su conciencia ...

Se ocupa de recoger "basura informativa", no entiendo ese morbo, quiere "mal saber" todo de todos, no perderse lo más grotesco, desagradable y doloroso. Le da igual quién tenga delante, tarde o temprano, por aquí o por allá, sacará su hiel para saber algo sin un ápice de empatía, y no porque le preocupe lo pasado, sólo por el único motivo de acumular lúgubres datos para confirmarlos, aunque para ello te retuerza la piel y sepa del daño . Le da igual, para esta persona sólo eres carnaza, nada más.

Demasiadas palabras dedicadas, no se merece ni la primera letra de esta entrada.

Absolutamente nada.

Buena noche.