domingo, 29 de marzo de 2015

A MI AMIGO MIRO

Hace varios días que no escribo, por tristeza, por vivir una de esas experiencias que son inevitables pero que no deberían existir en la vida de nadie.

Hace quince días que mi amigo Miro se fue para siempre, una maldita enfermedad con un nombre maldito. 

Miro era de ese tipo de amigos de toda la vida, de esos de los que nunca olvidas a pesar de no verlo muy a menudo, siempre había un abrazo y unos besos de esos en los que besas de verdad, no juntas las mejillas. 

Era una persona especial, hermético y muy suyo, pero siempre tenía una sonrisa ara regalarte, una entrada en facebook o un wasap que te hacía reir. Era un amigo tan especial, que un día me regaló la luna, así como os lo cuento, la luna llena más bella. 

Aquella mañana me mandó un mensaje pidiéndome ayuda, un mensaje de socorro, él nunca hubiera reconocido estar mal si no estaba al límite, por eso me temí lo peor, y había acertado. Maldito acierto. 

En media hora lo tenía ante allí, su aspecto frágil, su piel blanquecina, su respiración buscaba vida. Me senté a su lado sin poder evitar que mis ojos vieran su estado terminal.

Me fuí con el al tac, "es mi amigo ", le dije a la radióloga, "mírale de arriba a abajo, por favor". Mis ojos trataban de disimular la tristeza cuando él me miraban, cuando yo lo miraba fingía una sonrisa que seguramente él adivinaba como triste.

Aquel resultado fue demoledor, una sentencia, lo sabía a pesar de desear no ver aquella imagen. Lo siguiente fue agarrarle la mano, escuchar como le daban la peor noticia de su vida y apretar fuertemente su brazo prometiéndole que yo estaría a su lado hasta el final.

Esa noche ingreso en cuidados paliativos y yo tambien ingresé en una despedida segura. Su vida allí duró un nada, viví con él sus últimos veinte días.

Él no quería a su hermana en la habitación, no la quería de ninguna forma. Simplemente no la quería. Sólo nos permitía la entrada en aquella habitacion a dos amigos que no nos conocíamos y al personal de planta. 

Durante ese tiempo hablamos de mil cosas, nos reímos, tuvimos silencios necesarios, nos acariciamos las manos y comimos chocolate mientras le decía que me hiciera un sitio en su cama.

Lo afeité, lo peiné, lo acaricie, le colocaba sistematicamente la silla delante de aquella luz, intentaba abrir una y otra vez aquella ventana oscura, pero él no quería ver la luz. 

Ibamos a ir a la playa, él quería oler el mar, estaba todo planeado, teníamos muchos cómplices para cumplir uno de sus últimos deseos, pero aquel día era el principio de su final.

Dos días después sonó el teléfono a las seis de la mañana. 

"Julia, Miro está muy nervioso y quiere que vengas". 

Salté de la cama, hice el camino tragando lágrimas, sabía que era sus últimos momentos. Llegué a su habitacion, allí estaba, casi no estaba y me faltaba el aire. Me senté en su cama y le cogí la mano.

 "Hola mi niño, ya estoy aquí, no te asustes". 

Mis ojos flotaban en lágrimas que intentaba tragarme sin dejarlas salir. Pidió sedación, le besé en la frente como había hecho mil veces en esos veinte días y cogí su mano hasta que se durmió.

Estaba allí, pero ya no estaba, ya no lo oía, sólo lo veía. En ese momento le prometí que lo dejaría ir, que no quería hacerlo pero que ya era el momento.
Una hora después, Miro se fue para siempre. 

Le besé la frente, le acaricie el pelo y le dije adiós, uno de los "adios" más dolorosos de mi vida.

No pude escribir durante su enfermedad, el conocía mi blog y yo tenía mucha pena que escribir. El dolor se ahogaba en palabras, pero respete su intimidad, su tiempo y nuestra amistad. 

Lo echo de menos. Cuando voy a la planta de paliativos es inevitable que mis ojos miren hacia la puerta de aquella habitación. Pero ya no está.

El día del entierro, después de despedirme de él para siempre, me fuí a ver anochecer a la playa.
A pesar de estar sola, no lo sentía así, se volvió un anochecer compartido con mi amigo, yo aquí abajo y él desde allá arriba, quién sabe.

Siempre te echaré de menos, mi querido Miro.

Gracias por regalarme tus últimos veinte días, para mí ha sido un privilegio poder acompañarte.

Buena noche, mi querido amigo. Vuela alto.

Buena noche a todos.

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