Pero qué poco emotiva soy con los finales de año. A las personas les entra en estas fechas un deseo horroroso de abrazar y desear.
Desean de todo.
Que el actual año acabe mejor, que en el otro sea más felíz, poder comprarse un modelo negro con brilli brilli para la noche, brindar con champán y oro, ponerse un gorro de cartón y soplar el matasuegras a ser posible lo más cerca de tu cara.
Me espeluzna.
Se juntan familias, no me negaréis que SIEMPRE hay un gracioso pedante en la familia que hace replantearte el año que viene en familia mientras juras y perjuras murmurando que la próxima nochevieja te vas de crucero al Miño porque el Nilo está imposible.
Si sales antes de la cena de nochevieja a tomarte un vino, es imposible evitar el besuqueo de la gente que no saludas en todo el año, pero que esa noche eres como un imán.
Es terrible ver cómo atraviesan la calle a una velocidad vertiginosa para espetarte un par de besos enológicos plagados de buenos deseos y babas para desearte que lo que está por venir sea mejor que lo que tienes.
Si tienes un poquito de imaginación siempre puedes recurrir a ese socorrido...
¡¡¡¡¡¡ Altoooo, stopppp, paraaaaa. Tengo ébola!!!!!!.
Y ni aún así se inmutan, te besan igualmente.
Con un vino encima, las babas en las mejillas y tu traje negro brilli brilli llegas a "la cena madre de todas las cenas" familiares.
¡Holaaaaa, ya estamos aquiiií, empieza la fiestaaa!.
Tu cuñado te ve, sonríe, se acerca peligrosamente, extiende sus brazos, abre la boca para desearte felices fiestas y tú giras rápidamente para entrar como una exalación en la cocina donde tu suegra se entrega en cuerpo y alma a las delicias culinarias.
Pero cuidado, allí está también tu cuñada que chirría tu nombre moviendo los brazos como aspas rotas de molino.
¡Rápido!, plan B, otro doble giro con tirabuzón para encaminarte hacia el salón a dejar el abrigo y el bolso. Este tramo es mejor hacerlo mirando al suelo para no comerte el árbol de navidad y los graciosos renos que tu sobrina ha puesto debajo del árbol para que te esnafres de nuevo como el año pasado.
¡A la mesaaaa!, otra carrera, no soportaría sentarme al lado del tío pachuli, ese que te agarra la mano, lo miras como si no lo conocieras y dudas si lo que estás viendo es un bigote de gamba saliendo por la comisura de la boca mientras mastica la cabeza del desgraciado crustáceo.
Y el que te toca enfrente, que cada vez que se ríe, dispara perdigones de comida masticada mientras te quedas paralizada para que no se de cuenta de que te ha escupido veinte o treinta veces en la última media hora.
¡Holaaaaa tíaaaaaa!.
Haces que sonríes, tienes que esforzarte, es un niño inocente, pero tiene madre, aquella que se parapeta en la última silla del fondo de la mesa para no levantar su real trasero y echar una mano, a la que no tragas desde nunca y que le dice al niño que se acerque a tí para darte un besito. Se acerca peligrosamente el alma cándida y !puag!, te tose en toda la cara para que te enternezca lo malito está, mientras la madre le sonríe orgullosa al hijo de su madre, valga la redundancia.
A estas alturas, dudas entre desear que acabe la cena, o que acabe el año, o que acabe el mundo, ya te da todo igual.
De pronto, el nerviosillo de turno agita sus brazos al cántico de un ...
¡No nos da tiempo, no nos da tiempo, rápido, engullir la cena que van a dar las campanadas!
Te quitan el plato de delante mientras te agarras a la servilleta y te obligan a tragar el langostino con cabeza y cáscara.
¡Todo para dentro, que es calcio!, dice la víbora escupidora que tienes enfrente, mientras el niño te vuelve a toser y su madre se ríe como un violín chirriante.
Coges la servilleta, ese trozo de tela que tiene dueño, pero que todos despistan y acaban limpiándose las uñas con la tuya. Deseando que todo aquello termine de cualquier forma, pero que termine, te deslizan un plato con uvas grandes como melones.
Vuelves a ese pensamiento recalcitrante de todos los años...
¡Si piensan que este año voy a broncoaspirar van de lado, me haré un Heimlich a mí misma!.
Los cuartos, las campanadas...una, otra, otra y otra hasta doce, y tú aún con seis uvas en el plato.
Se abre el champán, y mientras aún tienes la sexta uva decidiendo si se va a la tráquea o al esófago, te obligan a beber un sorbo del líquido gaseado y ahí, justo en ese momento es dónde se produce la química de la navidad.
La uva baja por gravedad y las burbujas que ya han llegado al estómago vienen de vuelta, pero tienes que besuquear a tu familia. En ese momento la uva se atasca, el gas tiene que salir y de pronto, le das el beso a tu cuñado con una náusea irresistible, él se ofende porque piensa s que es de asco cuando realmente es pura supervivencia para no morir ahogada en esta bonita noche familiar.
Ya la he liado, ya no me desean felíz año, me miran con la cara de mapache de todos los años.
¡Quiero irme ya!.
Este año estoy de guardia, como todos los años, para evitar la magia de esta noche de fin de año que tanto me gusta y apetece.
Queda terminantemente prohibido opinar.
Buena noche.
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