viernes, 24 de octubre de 2025

NOSTALGIA I

Estoy en un momento vital en el que me apetece rebuscar en la memoria y traer de allí recuerdos que aún me saben a familia. Vamos allá.

Éramos una familia numerosa de la época y cada mañana los cinco hermanos nos sentábamos juntos  para desayunar leche con cacao y galletas en la mesa ovalada de la cocina. Mis padres, quizás por marcar esa diferencia entre "mayores y pequeños", desayunaban en la mesa del salón. Eso sí, la sacra comida del mediodía, la hacíamos en familia.

Era una época en la que casi todos los niños del país merendaban un bocadillo de pan con chocolate, y en mi casa, los más innovadores metíamos un plátano dentro de aquel sabrosísimo nutre de pan de Alonso.

Indefectiblemente siempre se cenaba de bocadillo, el cenar de plato estaba reservado a mi padre, que tomaba la leche con café en un plato sopero que llenaba de pan hasta hacer una papa que a mí me producía un cierto repelús. Recuerdo el sonido de la radio de fondo.

En casa estaba terminantemente prohibido madrugar, mi madre era de sueño ligero y si oía el más mínimo ruido mañanero, se levantaba de mal humor. Prácticamente era necesario levitar si querías madrugar. 

Los sábados por la mañana íbamos de forma  rutinaria a la plaza de abastos: primero al puesto de las Faras para comprar fruta, huevos, patatas, pan de maíz y algún queso. Me gustaba subirme a la acera del puesto para ver qué "novedades" tenían cada sábado, era como tener un supermercado en una pequeña habitación.  Yo era devota de su pan de maíz, me ponía de puntillas para otear aquella tabla cubierta de varios trozos de pan, deseando que mi madre le pidiera a Carmiña una loncha de aquel manjar. Y alguna caía cuando miraba a mi madre con cara de cordero degollado (expresión que utilizaba mi madre cuando le hacíamos la pelota para conseguir algo). Casi podría afirmar que Las Faras fueron las primeras en realizar entrega de pedidos a domicilio, claro que ellas, aunque no nos unía un vínculo de sangre, siempre fueron de mi familia: Lela, mi buena Lela llegaba a casa discreta y no paraba ni cinco minutos, Julia se sentaba en el salón a charlar con mi madre y ya darnos achuchones a todos los niños, y lo de Carmiña era curioso porque Bruno, nuestro enorme perro, estaba obsesionado con darle  pellizquitos con los dientes en el trasero, en cuanto la buena señora ponía un pie en casa. De hecho, ya en los últimos años de trabajo, nos rogaba que lo encerráramos en una habitación antes de entrar en casa. Esto generó en mi familia una espiral de hipótesis científicas del por qué de dicho comportamiento "perruno": unos opinamos que Bruno lo hacía porque Camiña tenía un tono de voz demasiado agudo, otros que lo hacía porque al cánido le encantaba el olor a queso y la más segura, pero la que menos barajaba nuestras mentes infantiles era porque el perro percibía su miedo.

Después de hacer la compra en el puesto de la plaza, seguíamos el recorrido haciendo la parada inexcusable en el quiosco "del ciego", apodo que le habíamos puesto los tres mayores porque el buen hombre se había quedando sin visión debido a una enfermedad que desconocíamos. Aunque debo confesar que a veces dudábamos de cuan ciego estaba, porque  siempre nos decía lo guapos que íbamos y lo bien que nos sentaba aquel color. Esa intriga rondó nuestras pueriles mentes durante años, intentando atravesar con nuestra mirada aquellos cristales verdes botella que  hacían sin más sospechosos sus ojos. 

Pero bueno, sigamos . La parada del kiosko del ciego incluía  la compra de la prensa y si cuadraba, cinco chupa chups Koyak de fresa, una delicia que se nos concedía para chupetear mientras disfrutábamos todos juntos la película del sábado a las cuatro de la tarde que de forma circadiana giraba entre el  western y la aventura. 

Para no faltar a la verdad, mis padres se sentaban cada uno en su esquina del sofá, nosotros nos tumbábamos en la alfombra con cojines bajo la cabeza esperando las palabras de mi padre sobre las película en cuestión : "está es un peliculón de rayo". Era curioso, no había películas mejores o peores, todas tenían esa calificación. Yo creo que lo decía para que estuviéramos callados porque no pasaban más de cinco minutos en quedarse los dos dormidos, cada uno en su esquina del sofá. Las siestas en mi casa, de sofá de toda la vida. 

La televisión más antigua que recuerdo tenía una "teta" en la parte posterior, se encendía dándole a un botón color crema del tamaño de un toffe, imágenes en blanco y negro, y canales que se cambiaban con una rueda estriada. Dos canales eran suficientes en aquella època, la primera cadena con una programación variada, y la segunda, de tipo cultural, o sea, más de padres.

Recuerdo que en cuanto entrabamos en la cocina, alguien enchufaba la radio, siempre estaba encendida como si formara parte del mobiliario. Algún viernes, cuando mis padres se animaban, uno de los hermanos mayores se eregía recadero y se encargaba de ir a buscar a la Parris los sandwichs para la cena. Nunca supe por qué se llamaba así, pudiéndose llamar París. En aquella época no se cogían encargos por vía telefónica, el teléfono era para hablar con la familia. 

En casa teníamos dos cuartos de baño, "el grande", más de padres, y el "pequeño", mal llamado "el de los niños". Para las duchas se utilizaba el primero, con una cadencia de un día sí y otro no. La bombona de butano no daba para una ducha diaria para tantos y las toallas eran compartidas pero segregadas entre los hermanos, la de las chicas y la de los hombres. Ni os imagináis  lo que agradecía en ese momento tener una única hermana. Los días que no había ducha, se practicaba la modalidad de "lavarse por parroquias", rigurosamente por la mañana y por la noche. Mi madre tenía un detector de olor a "cebolleta" infalible y un poder de convicción absoluto de que lo que ella olía, era lo real.

Eso sí, el cuarto de baño era un lugar de cultura, dónde el cesto de la ropa usada cedía un poco de espacio para revistas y crucigramas. Allí  te movías entre revistas médicas y el Selecciones del mes. La pasta dental de siempre, Licor del Polo, a ser posible el envase que traía de regalo un chicle de clorofila, que nos hacía entrar en competición entre los hermanos para ver quien se lo metía en la boca antes de que mi madre nos mandara repartirlo. El más rápido lo masticaba un poco y después era ofrecido al resto de los hermanos. Vamos, una cochinada de la época.

En el bajo del edificio estaba situada la panadería de Alonso, reconocida por sus nutres, palitos y las "barras finas". Mi familia con tanto bocadillo, éramos considerados fieles clientes. En mi casa se compraban a diario cinco barras finas y cinco nutres, eso sí, se bajaba con la bolsa de pan, que era de una tela feísima. ¿A quién le toca bajar a por el pan hoy?, era la frase de las dos y media de mi madre. Nunca había voluntarios, el que estuviera en ese momento más cerca de ella, era el designado para "bajar a por el pan". A veces llegábamos un poco tarde a la panadería, pero Otilia siempre tenía reservadas nuestras barras en un estante secreto que había debajo del mostrador. Me hacía gracia porque nos miraba como diciendo "es la última vez" y así lo hizo hasta su jubilación. El que bajaba a comprar el pan tenía el privilegio de comerse el currusco de la barra más tostada (a escondidas, claro). Si te ibas de excursión se lo decías a Otilia, y previo interrogatorio sobre la hora de partida, lugar de destino y con qué colegio ibas, te anotaba en su libreta  cuadriculada el número de nutres que necesitabas a primera hora de la mañana para que tu madre te hiciera el famoso bocadillo de tortilla francesa que viajaba ese día contigo. Una señora curiosa está Otilia, pero que bien sabían aquellos bocadillos lejos de casa.

Mañana seguiré recordando.

Buena noche.

sábado, 11 de octubre de 2025

EL PRECIO DE LA PAZ

Dicen que ha acabado la guerra, que se ha pactado una paz cosida con hilos de tela de araña.

Es ingenuo pensar que ya queda atrás el escozor en los ojos que veían como una estampida humana huía las ciudades, durante la eternidad que les supuso dos años, intentando esquivar las balas siendo objetivo, sin que se les permitiera encontrar un lugar dónde sentirse seguros. Un país desolado, sin comida, sin servicios básicos, sin abrigo, sin descanso, sin vida...

Un mar resacoso de víctimas de una guerra vengativa en la que se mecen entre el odio y las ruinas de su identidad, que es nada...

Imágenes de filas caóticas e interminables llevando sobre su espalda todo lo poco que les queda, intentando volver a lo que un día llamaron hogar, calores que ya no están,  borrados del mapa, expulsados de sus propias vidas.

Estremece la dureza al cruzarse con más y más cuerpos extenuados que buscan y no encuentran nada, no hay vecinos, amigos, familia... 

Todo es destrucción, todo es muerte y duelo contenido.

Madres que ya no son, hijos que ya no son, maridos que ya no son, familias que un día fueron y ya no son ni serán ...

La crueldad de una guerra no se sufre en el segundo en el que caen las bombas sobre una escuela, un hospital o una iglesia en la que buscan desesperados refugio, eso es un instante. Nos duele el estómago al ver las consecuencias inmediatas, el número de muertos y heridos, las ruinas humeantes y la errática búsqueda de supervivientes que ya no están...

Nos quedamos con la imagen de ese momento, no se piensa en su mañana imposible, en las consecuencias físicas y psicológicas, en los heridos sin futuro, en cómo como se aftonta al día  siguiente la pérdida de parte o toda su familia, en cómo se sigue viviendo un duelo imposible que enlazará a la mañana siguiente con otro nuevo duelo, más cruel quizás, más imposible de procesar. Sólo ellos...

Tengo en la memoria la imagen de una niña de doce años agarrando el cuerpo inerte de su madre, suplicándole que se despertara ya. Mientras se deshacía en lágrimas, aún con las manos llenas de ceniza, acariciaba con delicadeza la sábana blanca que la cubría. "Mamá, quiero morir contigo". Desgarrador escuchar que prefiere que una bomba la mate antes de que lo haga el dolor, con tan solo doce años. Están borrando la infancia, maldita guerra...

El gran jefe rubio y el gran vengador han jugado a la guerra seguros en sus casas con un gran tablero de ajedrez. Cada día hacían caer a miles de pequeños peones, miles de personas que no apoyan un régimen terrorista, que  nunca hicieron mal, personas normales que bastante hacían con intentar seguir vivos hasta el siguiente día...

Y mientras los dos "señores de la guerra" planean una ciudad de vacaciones anexionada a un territorio arrebatado a base de sangre y cuerpos destrozados. Pretenden construir un mal llamado edén sobre miles de ruinas que no son más que tumbas de gente inocente. Edificios vacacionales en su Austliz personal, con cimientos de huesos de quienes fueron víctimas inocentes de su juego macabro.

Hablan de paz, de retirada de tropas, de entrega de rehenes, de ayuda humanitaria en camino...

Todo llega tarde, demasiado tarde para los que seguirán muriendo mientras llega un orden sin tiempos fijados. Cada día seguirán muriendo personas que ya no son recuperables, carentes de fuerza, ni ánimo, ni ganas de llegar hasta "la reconstrucción" que han marcado sin tiempo los que han comenzado un desastre humanitario descomunal... 

Creo que no digo mal si afirmó que no podemos ponernos en la piel del pueblo palestino, es imposible soportar física y mentalmente lo que han sufrido, no podemos ni imaginar la impotencia que supone no saber hacia dónde caminar para salvarse, ni el miedo que sienten cuando hacen fila para conseguir comida y agua, sin saber si ese día comerán o llorarán una nueva muerte...

No podré olvidar jamás esta guerra inútil, la injusticia de su comienzo, por qué unos terroristas sin alma torturaron, violaron, asesinaron y secuestraron a jóvenes cuyo peor pecado fue acudir a un festival para divertirse sin sospechar este atroz final...

Pocos quedan ya con vida porque la radicalidad enferma hizo enterrarlos en túneles sin luz, sin aire, sin espacio, sin comida y sin dignidad. 

Dos años después "liberarán" los cuerpos de los fallecidos y de los que aún siguen con vida, una vida que les será muy difícil recuperar... 

No todo Gaza es Hamas, ni todo Israel es Netanyahu. La paz fue firmada por un país "ajeno" al conflicto, que aportó armas a Israel por la puerta de atrás. Un país con un "jefe" arrogante y mal teñido, pero reconociendo muy a mí pesar, que ha movido las piezas de un conflicto y que le ha salido bien la partida. Prefiero no pensar a qué precio...

Hamas no debió existir nunca, Netanyahu debería de responder ante un tribunal internacional por los crímenes cometidos contra una población desvalida. Los rehenes y los muertos inocentes de este sinsentido son las víctimas. Los que quedan errando entre las ruinas de lo que fue su país deben ser ayudados, debemos ayudarnos, debemos ayudarlos...

También la guerra de Ucrania debe ser frenada, el ejército ruso debe replegarse, están haciendo del mundo un lugar insoportable. El mal creído "zar" debe ser tumbado en el tablero, cueste lo que cueste. Jaque mate.

Todos los conflictos bélicos que supongan una lucha de egos, deben desaparecer. Estamos destruyendo todo, ya sólo queda (y es cuestión de tiempo) que el mundo nos destruya a todos nosotros. 

Quiero pensar que ahí fuera, en otros mundos, hay vida inteligente...

Buena noche.