La soledad buscada es un verdadero placer para los sentidos. Poder estirarte en la cama en cualquier dirección sin encontrar unos pies que te marquen los límites es una delicia. Madrugar sin la culpa de despertar a la persona que yace a tu lado, encender la luz con un bostezo sonoro, tirar de la manta sin tener remordimiento al destapar a la persona que duerme a tu lado, es genial.
En la ducha encontrarte el jabón como tú lo dejaste, la esponja escurrida, el champú con tapa puesta, ..., todo ello produce un regusto que estremece .
El cartón de leche tapado, el café en el bote con su nombre (y que esté lleno), los cereales cerrados con la pinza que colocaste el día anterior, los manteles limpios y doblados..., producen una sensación casi orgásmica.
Que tú sofá siga siendo tuyo, que la manta de las siestas la alcances sólo con estirar el brazo, que la pasta de dientes continúe tapada y en el vaso boca arriba, que el rollo de papel higiénico siga teniendo papel y haya otro de reserva en la estantería, que la tapa del cesto de la ropa para lavar oculte la vagancia del día anterior, que en el espejo no se reflejen churretes de jabón y pasta de dientes, que el depósito del deshumidificador esté vacío, que los cajones llenos de ayuda para una mala cara estén cerrados, me eriza la piel.
Las puertas del armario de las segundas pieles cerradas, la habitación confortablemente arreglada, las alfombras sin peligrosas dobleces que amenacen con una caída, la ropa de los cajones colocada sin qué una tira de un sujetador se haya enganchado irremediablemente en el cajón inferior, las ventanas sin huellas de nariz y dedos marcadas en los cristales, las cazadoras en el armario sin que estén posadas eternamente en las sillas del salón, no sentir la niebla del desodorante flotando durante días en el aire, la toalla del lavabo seca y estirada, la bolsa de pan cerrada y sin aire, los relojes marcando la hora española, la terraza sin hojas que amenacen una inundación evitable, me gusta con delito.
La nevera llena de productos frescos, la margarina sin migas de la última tostada, el arcón lleno de comida casera y desalojado de productos no cocinados con mimo, los frutos secos sin sobrepasar en meses la fecha de caducidad, las cenas a la hora que te lo pide el cuerpo, las cartas abiertas en un plazo más que razonable, la posibilidad de decir "hoy no, no me apetece", escuchar la música que te gusta a la hora que quieras, escribir, leer, pintar, soñar...
Sólo hay unos pocos "peros", que me obligan a repasar las reflexiones:
"Pero..., ¿y si necesito un abrazo en la noche?.¿Y si tengo miedo a tomar una decisión?. ¿Y si necesito un momento de ternura?. ¿Y si tengo frío?.¿Y si me derrumbó en el sofá y nadie me tapa al quedarme dormida?.¿Y si me apetece un vino compartido?". ¿Y si necesito sonreirte sin que me veas hacerlo?.
Mañana lo pensaré, hoy no puedo enfrentarme a esas dudas. Quizás nunca lo haga.
Buena noche.