sábado, 30 de enero de 2016

UNA DE MEDICOS

Los dioses de bata blanca me ponen enferma. Ya sé que es una controversia, una antítesis, pero lo explicaré.  Llevo un par de meses cuidando de mi hijo, que entra y sale de los hospitales sin encontrar una solución a su problema de salud. ¿Y cuál es el por qué?. Buffff, a ver como lo cuento sin crear un problema interprofesional entre sanitarios.
Os hablaré de varios tipos de profesionales médicos: los médicos que basicamente son tipos, los que disfrutan con su trabajo, los empáticos, los clínicos, los de mirada al suelo, los de las manos en sus bolsillo de la bata, los paseantes de fonendo, los ovejeros, los extras, los raros y por último los inutiles dioses de bata blanca.
Los "médicos que básicamente son tipos" son esos galenos que creen ser "alguien importante" por el hecho de haber estudiado en sus años mozos, seguramente mientras sus madre les preparaban un caldo de gallina  los fines de semana y se encargaban de recordarle a gritos a todas las vecinas del bloque que " mi pequeño estudia para médico" en la prestigiosa (y única, sea dicho de paso) universidad de Santiago.
Los "médicos que disfrutan", son aquellos que te pueden hacer una consulta en el pasillo de un servicio en treinta segundos y dejarte convencida de que su diagnóstico es lo más acertado que existe en la vida. A estos los adoro.
Los "empáticos" son los que me maravillan, los se cruzan buscando tu mirada, te responden con una sonrisa, y si detectan en ti el menor atisbo de tristeza, no tendán problema en pararse contigo, acariciar tu brazo actuando de toma de tierra para descargar tu pena. Los adoro.
Los "clínicos" se dedican a recoger el maximo de informacion del proceso, asépticos en sentimientos, encorbatados, respetables y respetados, los más seguros, los más eficaces y a los que recomendarías siempre.
Los "de mirada al suelo", tímidos enfermizos, posibles víctimas de los familiares más agresivos, a los que casi apetece abrazar y decirle al oido "ya está, hala, ya pasó", ahora vete al baño y sécate las lágrimas. Todo está bien.
Los "paseantes de fonendo" son los que realizan grandes caminatas a través de los pasillos del hospital y los que cada vez que se cruzan con un humano, realizan un gesto muy caracteristico:  estiran el cuello hacia delante hasta extremos insospechados a la vez que encajan su fonendo de marca clásica en la hendidura ya hecha en su cuello. Y así caminan hasta llegar al próximo humano para repetir su oxidado gesto.
Los "de mano en el bolsillo de la bata" son los típicos, los que jamás intercambiarían un saludo con sus pacientes, jamás dan la mano, su preciado tesoro, esas manos que revuelve entre las pelotillas de los hilos del bolsillo de su almidonada bata. Estos me dan grima.
Los "ovejeros", esos pobres futuros médicos que se dedican a perseguir a su adjunto, siempre detrás, dando pequeños trotecitos borregueros silentes para no molestar a su admirado adjunto, el cual generalmente suele ser "uno de mano en bolsillo en bata".
Los "extras" son aquellos médicos que están desubicados, no tienen lider, pero cuando se topan con otro grupo de batas blancas se entretejen entre ellos de forma disimulada para no ser descubiertos por sus pacientes y sentirse protegidos.
Y por fin, los inútiles dioses de bata blanca, mis preferidos, a los que dedico este blog. Estos días he tenido la oportunidad de conocer a un par de estos especímenes, y a los que a día de hoy "sigo sufriendo". Se hacen llamar doctores, cuando la gran mayoria son Licenciados por carecer del Doctorado que le daría dicho título. No les gustan los tuteos, me refiero a los respetuosos, a los que facilitan una información sin clasismos ni diferencias humanas. Tengo que decirlo, me revienta la creencia por parte de estos licenciados que levitan un centímetro por encima del suelo con la falsa creencia de que sus pacientes y los que los rodean están un escalón por debajo del suelo que ellos pisan.La prepotencia, la falsa creencia de  su sapiencia hace que crean poseer la verdad absoluta y esto los convierte en los mayores estafadores, ya que su falsa apariencia no corresponde con su sapiencia, de ahí ese afán por demostrar sus diferencias humanas.
Inútiles dioses de bata blanca, esos a los que me apetecería bajarles los pantalones y darles unos cachetes por prepotentes y ridículos. Si por mi fuera, los humillaría, y cierto que ello es fácil, no suelen ser inteligentes, repiten frases y ejemplos sistematicamente, siempre los mismos y cuando los desvías un poco del tema, te das cuenta de la pérdida de orientación que sufren, no saben defender sus convicciones, no saben volver a sus rancios razonamientos y es cuando, rápidamente se ponen de pie y te dirán que van a atender una urgencia. Mentira, es la huida del cobarde.
Por desgracia sufro a un par de elementos de estos en la asistencia de mi hijo, cosa que me enfada y desespera, ya que se dedican a apoyarse en la misma idea peregrina para justificar cualquier diagnóstico por el simple hecho de no saber solucionar el caso concreto. Dios nos coja confesados caer en sus manos, diría mi abuela, porque como "metan la pata" con el diagnóstico de mi hijo, me encargaré personalmente de que con  sus batas blancas hagan trapitos para limpiar los cristales en su casa por siempre jamás. Lo juro. Buena noche. Y buena suerte hijo.

sábado, 23 de enero de 2016

UNA PESADILLA REAL

Lo he pensado, como lo haría, sin ofensas, sin palabras mal sonantes, sin acritud...
Ante todo decir que soy enfermera vocacional, eso significa que me gusta lo que hago, disfruto con mi trabajo y me satisface.Y mi historia-pesadilla comienza así:
Hace un mes y medio que mi hijo pequeño comenzó con un dolor que le limitaba su vida, su descanso, su normalidad. Después de un peregrinar por hospitales en los que lo trataron con un "simulador", sin llegar a verlo con la ternura que genera un niño de 12 años que está sufriendo uno de sus peores dolores, y de múltiples asistencias ante la persistencia del dolor durante semanas,acabamos "mendigando asistencia" para el alivio de su tortura en un moderno hospital recién inagurado hace apenas unos meses en Vigo. Allí llegamos con la esperanza de que alguien lo ayudaría, de que lo mirarían a los ojos y verían su dolor,con la sensación de que ya habíamos llegado al final de un peregrinaje absurdo que ninguno entendíamos.He dejado que mi hijo alivie su dolor apretándome las manos, tomándome antinflamatorios sin que él lo supiera para que tuviera en ese "apreton" el alivio que no conseguía con sus inútiles y desganadas asistencias.En algunos casos reconozco haber tocado fondo, muy a mi pesar y le he dicho en alto en múltiples ocasiones: "ojalá yo pudiera quitarte el dolor, ojalá que me doliera a mí y no a tí", a lo cual mi hijo respondía: "mamá, nooo, no quiero que te duela a tí, prefiero tener yo el dolor y que tú me cuides". Reconozco que he llorado de impotencia, de miedo, de desesperación, de angustia, de la tristeza que sentía con cada dolor que sufría mi hijo. Muchas veces me ha dicho : "¿mamá, me estoy muriendo?, ¿esto me pasa por ser malo?, ¿Por qué no me creen, mamá?...
No puedo explicar con palabras lo que me dolía por dentro todo, la desesperación que sentía por no poder ayudarlo, las promesas de "este es el último dolor que tendrás", la sensación de impotencia que me acuchillaba por dentro. No me desviaré del tema.
Mendigué asistencia para mi hijo en este moderno hospital, creí que lo ayudarían, que le pondrían un nombre a su enfermedad y saldríamos de allí con un tratamiento que volviera a mi hijo a su vida normal. Pero no, allí tampoco sería donde encontraría el alivio, lo llevé esperanzada y me metí en una auténtica ratonera, y lo peor es que senti que había defraudado a mi hijo. Ingresó en el servicio de Pediatría, allí donde esperas ser recibido como lo que eres, un niño asustado, con dolor que no has buscado, buscando allí la tabla de salvación. Y no fué así, desde el primer día lo trataron como un farsante porque no gritaba, porque su dolor lo intentaba controlar con la respiración, porque era un niño resignado, porque su sonrisa entre dolor y dolor no era valorada como la sonrisa limpia de un niño, allí lo interpretaron como un "fingidor". Yo conozco a mi hijo, coño, lo he parido y convivo día a día con él, se cuando está feliz y cuando tiene dolor, jamás este dolor tan incapacitante. Pues bien, en aquel servicio tanto mi hijo como yo tuvimos que demostrar a unos incredulos ¿ profesionales? sanitarios mediante un interconsulta que mi hijo no mentía y que su dolor era real, tan real que no sé como no se volvió loco. Y así quedó demostrado con aquel informe favorable, informe en el que quedaba demostrado que "a mí hijo le dolía su dolor", que todo era real, que nadie fingía.
El dolor de mi hijo comenzaba de forma aguda y cedía a los dos minutos, momentos en los cuales mi hijo disfrutaba de su "no dolor" como lo hace un niño de su edad, con un sonrisa, o dándome un beso o cogiéndome la mano de forma tierna. Una mañana mi hijo caminaba conmigo por delante del Control de enfermería, donde había tres profesionales sanitarios sentados tras sus ordenadores,cuando de pronto sintió su dolor agudo. Se abrazó a mí, se retorcía de pie, yo intentaba agarrarlo para que no se cayera, le decía que pronto pasaría mientras tragaba lágrimas de bilis. Nadie, NADIE se levantó a ayudarme, simplemente observaban la situación al otro lado del mostrador de aquel "maldito toril" donde se escondían. Yo las miraba mientras mi hijo se encogía de dolor, ni un gesto de empatía, ni una palabra de ayuda, ni un solo  movimiento de auxilio, sólo miradas juzgando a una madre y a un hijo que se derrumbaban al mismo tiempo con un dolor parecido...
Alguien se acercó a nosotros, se presentó como Tere, enfermera de Nutrición y abrazó a mi hijo diciéndole que pronto pasaría. Se me llenaron  los ojos de lágrimas, por fín alguien nos ayudaba después de un mes terrible.Me giré, miré hacia el control y tragué las lágrimas que ellas deseaban ver, como señal de debilidad. Jamás me han visto llorar, no volví a mirar hacia ese control, ni a sonreir, ni a dar las gracias, ni  a respirar cuando me cruzaba con "mis compañeras de profesión".  Me  he sentido encerrada en un ambiente hostil, y así continué incluso después de que aquel informe confirmara el dolor real de mi hijo. He maldecido mi profesión por momentos, me he sentido abandonada en mi propio ambiente, nos han juzgado injustamente, han "gozado" del control que nos hacían día a día, y no lo supongo, lo sé, lo hé sentido y  lo he visto, sé lo redactado por esas mentes enfermas, esas "cotillas sanitarias" que se han atrevido a juzgarnos a pesar de las pruebas a nuestro favor. No perdono, no olvido, jamás lo haré porque el daño ha sido muy agudo, prolongado en el tiempo, sin el más minimo signo de bondad ni empatía hacia nosotros.
Había dos personas, una auxiliar y un pediatra que me sirviero de válvula de escape a mi destrozo emocional. Solo ellos hablaban con mi hijo y le hacían reir. Gracias Dr. Ruiz y Duly. A los demás, aún habiendo pasado una de las peores experiencias de mí vida, os deseo que nunca os encontreis en mi lugar, que vuestros hijos crezcan sanos y protegidos, que nunca sintais el desgate físico y psicólogico que habeis provocado en mi, sin sentido y sin merecérmelo. Sabed que aún habiendo tratado a mi hijo con una indiferencia injusta y cruel, siguiéndole el juego a un par de pediatras desalmados, colgando en los palos placebos que sabiais de su inefectividad, sirviendo de hienas a sus "demostradas falsas teorías", si en algún momento ingresarais vosotras o algún familiar vuestro en mi servicio, os trataría con correccción, con empatía y respeto, jamás repetiría lo que vosotros habeis hecho con mi familia y conmigo. Esto con respecto al personal de enfermería y no sanitario, del resto ya lo contaré más tarde.
No pienso callar mi experiencia, y animo a que denuncieis si sufrís esta situación, por justicia y por el bien de vuestras familias. Buena noche.